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«Mine, O thou lord of life, send my roots rain». Gerard Manley Hopkins. Justus quidem tu es, Domine.

La frase del epígrafe es el último verso de un soneto en que el poeta se queja de su labor estéril, sin frutos; mientras que la lluvia revigora todo alrededor, sus raíces permanecen secas.

Raíces secas. Un artículo de Gilmar Siqueira

Es como El mal monje, de Baudelaire, quien se pregunta cuándo sabrá hacer de su «triste miseria» el trabajo de las manos y el amor de los ojos. En medio de la actividad incesante y de emociones agotadoras, el hombre contemporáneo – tú y yo, lector, «mi igual» – se pregunta lo mismo.

Hemos perdido el sentido de las cosas de que habló el profesor Rafael Gambra. O, lo que es lo mismo, nuestras raíces están secas. Como Gerard Manley Hopkins, pedimos a Dios que nos mande lluvia al igual que a las plantas; miramos el vigor de las hojas mojadas al tiempo que nos percibimos resequidos y sucios de polvo.

Todo aspaviento, rabia, resentimiento, congoja, hastío, fuga a los placeres y protestas incesantes, que más se parecen a berrinches infantiles, son figuras de las raíces secas. Cuando se le mueve a una planta de un lugar a otro, cuando sus raíces son quitadas de la tierra en que ha crecido, ella tiene un período crítico; aun hincada en la nueva tierra, parece no adaptarse bien y reseca. Pasado el período crítico puede morirse o rebrotar. Hoy nos encontramos en el período crítico.

Pero, a diferencia de la planta, no nos quedamos quietos mientras que esperamos la muerte o el rebrote. Aunque tengamos las raíces resecas seguimos buscando nutrirnos de lo que encontramos alrededor. Nosotros, como en el verso de Antonio Machado, vamos «siempre buscando a Dios entre la niebla»; y Lo buscamos incluso cuando intentamos huir de Él. Es el terreno definitivo en que podemos hincar raíces. No hay otro.

En su comentario a Saint-Exupéry, Rafael Gambra escribió que los hombres aman «espontáneamente su propia casa y, a través de ella, su remoto y divino origen». La casa es la imagen del sentido de las cosas – nuestro terreno propio de cultivo –, es la que nos lleva a la llanura de la Verdad que dijo Sócrates en el Fedro. En ella construimos el hogar que es «mansión en el espacio y rito en el tiempo». Siendo la imagen del sentido de las cosas, refleja en escala personal el orden de la Creación y nos despierta a la belleza. Rafael Gambra lo ha explicado mejor que yo.

El hombre, aunque razone, no vive en lo universal, sino que habita en lo concreto, y sólo a partir de lo concreto razona. Precisamente porque él mismo es individual y personal, crea lo concreto determinado y en ello se alberga y protege. De aquí que el conjunto de límites o determinaciones que forman el habitáculo humano sea el bien más precioso que cada hombre y cada generación debe conservar, porque le proporciona el sentido de las cosas y le preserva de la incoherencia y del esencial hastío.

Los límites o determinaciones que forman el habitáculo humano son la tradición. A cada generación los límites o determinaciones pueden ser aceptados, amados, repetidos y así transmitidos. Otra diferencia entre nuestras raíces y la de las plantas es que los hombres también somos responsables por el suelo en que nos hincaremos. La tradición es el cultivo, aquí abajo, que supone la apertura al terreno definitivo de que antes hablaba. Pondré un ejemplo de lo que quiero decir: la relativa estabilidad del habitáculo humano, construido al precio del sacrificio, no es un espejismo; es una plegaria en que se manifiesta la esperanza para que, de alguna manera, todo lo amado en este mundo permanezca después.

Aunque no haya estabilidad en nuestra vida y la muerte llegará como el ladrón en la noche, el anhelo por el hogar no es una fantasía. Amamos en lo concreto – a veces sin saberlo – lo que promete de perdurable, de permanente. Y las formas – los límites y determinaciones de que hablaba Rafael Gambra – son antes compromisos que necesitamos renovar para que no fenezca la esperanza.

Cuando los católicos hablamos de los ataques a la familia, muchas veces lo hacemos en campos más amplios: las consecuencias del divorcio, la aberración que supone el aborto, el miedo a los compromisos y tantas cosas más. Todo eso está muy bien y es necesario. Pero en este artículo me gustaría hacer hincapié en que la ruptura con la tradición familiar reseca nuestras raíces; en vez de que el hogar sea figura y esperanza del terreno definitivo, se convierte en un peso. El que se siente intruso en su propia casa también se creerá intruso en el mundo – y no podrá amarlo ni esperar que algo perdure. Si lo concreto se hace insoportable – feo – no cabe mucho que esperar.

Un buen ejemplo de lo que quiero decir está en Angel, personaje de la novela The Five Wounds, de Kirstin Valdez Quade. La chica, de quince años, estaba embarazada y un día apareció en la casa de su padre y abuela (a quienes no veía muy a menudo). El padre que, a pesar de sus treinta y tres años, no era mucho más maduro que Angel, en una ocasión perdió la paciencia y le preguntó si ella creía «tener el derecho» de aparecer en su casa. Mirad lo que pensaba la muchacha.

Su padre se equivoca al pensar que Angel siente tener derecho a estar aquí. Ella siente no tener derecho a estar en ningún lugar. Lo que nadie reconoce es que hace falta valor – y un talento dramático considerable – para aparecer e insistir que se pertenece, hacer reivindicaciones genéticas y demandar comida y amor y casa. Angel vacila, Angel se preocupa, Angel se mantiene despierta, odiando ser una carga, temiendo que la rechacen, pero a cada mañana sale de la cama y se ocupa en la cocina como si fuese suya. Ella se comporta como si no fuera una adolescente necesitada y desgraciada, pero una hija apreciada y servicial ocupando su debido lugar. Pretende que sea y lo será, Brianna les había dicho.

Rafael Gambra dijo que el habitáculo humano proporciona al hombre el sentido de las cosas y le preserva de la incoherencia y del esencial hastío, es decir, de la resecación de nuestras raíces. Las personas que, como Angel, no pertenecen ni siquiera a la casa de sus padres, y hoy están en un lugar mientras que mañana podrán estar en otro, ya viven en el hastío. Andan por «sus» casas como si fuera una ciudad en ruinas. ¿Qué sentido pueden tener las cosas para ellas? Si el hombre sólo razona a partir de lo concreto, ¿qué figura de mundo – y de eternidad – podrá tener quien carece del habitáculo con límites y determinaciones?

La parte que nos corresponde en la preparación de nuestro suelo no la sabemos sin más, sino que necesitamos aprenderla. La tradición es eminentemente narrativa; lo que quiere decir que las formas de preparación y cultivo, justo para ser mantenidas a cada generación, tienen que ser enseñadas. Las formas son semejantes aunque las materias sean distintas. El aspecto narrativo de la tradición significa, sí, que necesita ser contada a las siguientes generaciones; pero el contar es un aspecto del vivir, del hacer con que las formas del habitáculo humano sean encarnadas. El ejemplo arrastra, dicen; y no hay mejor ejemplo – ejemplo más capaz de cautivar – que el de una vida llena, sin incoherencia ni hastío.

En una época en que los límites y determinaciones del habitáculo humano fueron olvidados (o atacados), en que buscamos hincar nuestras raíces secas en charcos que nos dejarán sucios antes que nutridos, en que nos hemos convertido en intrusos de nuestro hogar… nos queda pedir a Dios, con el Padre Gerard Manley Hopkins, que mande lluvia a nuestras raíces a fin de hincarnos en el terreno que nos es propio y reencontrar el sentido de las cosas.

Gilmar Siqueira

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Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental