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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Perros perdidos sin collar

PorMiguel Toledano

Abr 27, 2021
Perros perdidos sin collar-MarchandoReligion.es

Hoy, nuestro compañero Miguel, nos trae un libro de Gilbert Cesbron, disponible por la editorial Encuentro como «Perros perdidos sin collar», ¿Se animan a su lectura?

Perros perdidos sin collar. Un artículo de Miguel Toledano

Hay un género de literatura de ficción consistente en narrar las peripecias de un grupo de niños, a menudo varones, fuera de su entorno natural, que debería estar en principio constituido por la familia y el hogar.

La obra cumbre de este género es “Dos años de vacaciones”, de Julio Verne; aunque en el último cuarto del siglo veinte se hiciese más conocida, a raíz del Nobel otorgado a su autor, “El señor de las moscas”, escrita por William Golding, que viene a ser una especie de plagio negativo y pesimista de aquélla.

Una hijuela algo extraña de este género es la novela del internado inglés; fuera de la isla británica, al padre de familia le resulta antinatural deshacerse del cuidado de los hijos a excepción de los períodos en que se produce la interrupción escolar. En este sentido viene a asemejarse dicha subcategoría a la especie principal. No deja de tratarse de una interpretación extraña, posiblemente contaminada por el protestantismo anglosajón, del tercer mandamiento de la ley de Dios.

Pero hoy no nos trasladamos a Inglaterra, sino a la Francia de la Cuarta República, cuando abundaba una generación de chavales desarraigados después del desastre que para su patria representó la Segunda Guerra Mundial.

En 1954, el escritor Gilbert Cesbron publicó en París la novela que lleva por título el de este artículo (“Chiens perdus sans collier”), la cual se convirtió en un impresionante éxito de ventas. Sin perjuicio de que hoy nos concentremos en ella, Cesbron tiene interés además por haber dado a la imprenta un relato sobre el asunto de la eutanasia, que está de plena actualidad.

La trama que nos ocupa gira en torno a los internos del centro de Terneray; allí se acoge a menores de edad de sexo masculino que, procediendo de medios desfavorecidos, han cometido delitos que aconsejan su reeducación; o, más bien, su educación, pues propiamente esos chicos nunca han sido debidamente formados.

El protagonista es un pequeño llamado Alain Robert que siente, más que ninguna otra cosa, no poder conocer a sus padres. Cuando uno lee lo problemático que puede convertirse un menor por culpa de esa situación, que él no ha elegido, se comprende el disparate que suponen tantos “avances” y “progresos” de ingeniería social como estamos viendo en nuestros días, desde las madres solteras inseminadas artificialmente a los vientres de alquiler y progenitores del mismo sexo.

De hecho, en la edición que yo he leído, a cargo del Club Mundial del Libro, el nombre de Alain Robert figura impreso en la pasta dura, imitando la firma que sería la de un niño y otorgándole así una preeminencia gráfica sobre todos los restantes personajes de la historia.

El autor fue católico y se nota en el texto que éste se halla inspirado por la religión de Cristo. La fe aparece aquí y allá a lo largo del desarrollo argumental, aunque hay un punto fundamental que lo aleja de un valor de proselitismo directo: Es el estado quien se ocupa de los descarriados, no una institución religiosa; y lo hace bien.

Podría, naturalmente, argumentarse que, desde una perspectiva recta, al sector público le corresponde, en virtud del principio de subsidiariedad, ejercer las funciones sociales allí donde los cuerpos intermedios no alcanzan con su actividad.

Pero aquí no hay rastro de esos cuerpos intermedios y, en particular, brillan por su ausencia las instituciones eclesiásticas dedicadas a la educación y a la caridad, que a pesar del carácter laicista de la República francesa no han dejado de existir en aquella nación.

Esto distingue abrumadoramente la experiencia, hasta la fecha, en el mundo hispánico. A pesar de la monarquía liberal y a pesar del acomodo de ésta a cuanto representa el socialismo y el comunismo, la impronta de la Iglesia entre nosotros sigue generando por doquier obras de caridad -me gusta más este término que el de “solidaridad”-, entre las que los lectores de Marchando Religión han conocido recientemente la muy impresionante del Hogar Nazaret.

No obstante, en la novela de Cesbron el estado cumple más que correctamente con su cometido, como sociedad perfecta que es, junto a la Iglesia. Y entre los servidores públicos destaca la personalidad del juez Lamy, que aun no gestionando el día a día de la institución educativa de Terneray, puede decirse que actúa como su máxima autoridad de referencia.

Es un personaje entrañable, porque a pesar de su alta posición no ejerce su mando de manera despótica ni impostada, sino presidida en todo momento por la caridad. En esto se percibe el talante cristiano del gobierno.

En una ocasión, conocí al director de un centro de enseñanza, sacerdote para más inri, que se comportaba precisamente en modo opuesto al del juez Lamy. Era tiránico y caprichoso, seguramente por una alteración de la personalidad unida a una deficiente formación teológica, filosófica y política, confundiendo en consecuencia la doctrina católica con el absolutismo monárquico, que es más bien protestante o mahometano. Su obsesión por provocar el terror alrededor de él terminaba, como es natural, en que a la postre nadie se lo tomaba demasiado en serio, extendiéndose respecto a su figura una suerte de mofa general. Algo semejante a lo que en la historia les ha sucedido a caracteres como Adolfo Hilter o el padrecito Stalin.

Al contrario, el juez Lamy vela por todos y cada uno de los menores, a los que se interesa en conocer personalmente, y a quienes trata con benevolencia sincera y equilibrada. Al final, es ascendido a un puesto diferente dentro de la carrera judicial, a lo cual se había resistido durante años para poder estar junto a sus chicos.

Junto a Alain Robert y al juez se encuentra el personaje de Françoise, una joven que con su cariño viene a hacer el papel de segunda madre (en algunos casos, primera) de todos los internos. Al término de la jornada se despide de cada uno de ellos con un beso, curiosamente lo que el anti-director de quien antes hablé prohibía hacer, quizás porque él nunca los recibió y le provocaban sentimientos contradictorios.

Françoise se debate, como si de una personificación agustiniana se tratase, entre dos amores: el amor de sí misma, que le lleva a desear abandonar la institución antes de que sea demasiado tarde y de que ello le impida casarse; y el amor por la educación de los niños, que siente como su vocación propia, al igual que los demás compañeros de su trabajo.

En realidad, en su caso no hay tal oposición, pues la tendencia humana al matrimonio no está reñida con el desempeño profesional de la enseñanza; sino que, propiamente, hay sinergia entre ambas. Cuando la novela toca a su fin, sabemos que Françoise también dejará el centro, al tener lugar su enlace.

Hacia la culminación de la historia se da una interesante discusión entre funcionarios católicos y ateos. Uno de éstos hace una afirmación que hoy podríamos considerar premonitoria: “Las iglesias no serán destruidas: estarán vacías”. Esta estrategia secularizante llama la atención a la altura de los años cincuenta, en que todavía la Guerra Fría permitía identificar en el comunismo al principal adversario de la fe (fin del pontificado de Pío XII); pero autores como Cesbron preveían ya que el enemigo utilizaría otros medios, más sibilinos y eficaces, para anular la religión sin necesidad de oponerse frontalmente a ella, sino infiltrándose desde dentro para diluirla primero y terminar por hacerla irrelevante.

Apenas un año después de su publicación escrita, la historia fue llevada al cine; y de forma bastante feliz. Si bien la película sigue sólo parcialmente el hilo argumental, pues sería muy difícil encorsetar todos los detalles de la novela en apenas dos horas de celuloide, la versión audiovisual cuenta con la maestría del actor Jean Gabin en el papel del juez Lamy. Las interpretaciones de los niños son también de alta calidad.

Aunque yo he manejado un ejemplar en lengua original de 1955, la obra ha sido recientemente traducida al español por Ediciones Encuentro, haciéndola así accesible a nuestro mercado literario. Acorde con el gusto realista de la época, en diversos pasajes se utilizan tacos y describen algunos momentos escabrosos – para el estado de la moral en los años cincuenta del pasado siglo, aunque seguramente hoy se perciban, por comparación con el mal gusto imperante, como cándidos; por lo demás, la recomendamos por su trasfondo de predilección por el prójimo y muy especialmente hacia los más necesitados.

Miguel Toledano Lanza

Domingo tercero después de Pascua, 2021

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Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibió su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovisión carlista, está casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. Ha publicado más de cien artículos en Marchando Religión. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Actualmente reside en Bruselas. Es miembro fundador de la Unión de Juristas Católicos de Bélgica.