El latín ha sido tradicionalmente la lengua de la Iglesia Católica. Hasta no hace mucho, anteriormente a la reforma litúrgica auspiciada por Pablo VI, era la lengua propia de la liturgia. Hasta hoy sigue siendo la de los documentos oficiales del Magisterio que, desde el latín, se trasladan a las demás. La lengua de Roma ha sido muy querida en la Iglesia y, aún hoy, cuando algún cura se atreve a introducir alguna oración o canto en latín, los fieles acaban por aprenderse y apreciar estos textos. Porque la belleza y la elegancia, al final, imponen sus fueros. ¿Cómo comparar la solemnidad y espiritualidad del Salve Regina o el Tantum ergo con las melodías de ritmos juguetones, al son de guitarra y palmas, tan cercanas a la estética evangelista?
Pero no es de belleza y solemnidad de lo que voy a tratar, sino de otra característica de la lengua latina: la exactitud, la capacidad de delimitar y expresar con claridad y sin ambigüedades el significado de una expresión, la concisión, la economía de medios.
Comento algunos ejemplos.
Es habitual que las versiones en español compliquen y amplíen el texto latino, añadiendo matices que a veces son innecesarios o redundantes.
En el Ángelus el ángel anuncia a María que concepit per Espiritu Santo; esto se convierte en por obra y gracia del Espíritu Santo.
En una famosa jaculatoria mariana al Ora pro nobis Sancta Dei Genetrix, se responde Ut digni efficiamur promissionibus Christi. Una traducción literal sería algo así como para que nos convirtamos en dignos de las promesas de Cristo. Esto, en algunas versiones, se dice para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo; y, rizando el rizo, es frecuente que se amplíe a alcanzar y gozar las promesas…
En el Salve Regina el advocata nostra con el que nos dirigimos a María se convierte en Señora, abogada nuestra.
Las advocaciones marianas de la letanía Turris Davidica y Turris Eburnea, frecuentemente, son Fuerte como la Torre de David y Hermosa como torre de marfil.
En la oración Gratiam tuam, la expresión per passionem eius et crucem (en una versión más literal sería por su pasión y cruz) se traduce como por los méritos de su santísima pasión y muerte.
Todos estos ejemplos tienen un claro factor común: la traducción al vernáculo intenta amplificar y complicar la expresión; en general, sin añadir nuevos rasgos significativos. Parece que una expresión es mejor si contiene un número mayor de palabras y, así, la concisión, la exactitud, que es uno de los mejores atributos de la lengua del Lacio, cede a una mayor expresividad sentimental. Se sobreabunda en la expresión de las mismas ideas; diríamos que se subrayan de una forma redundante.
Pero hay otros casos en los que la traducción puede trastocar el sentido teológico del texto inicial. No es ya que la expresión esté más o menos hinchada, sino que el concepto dogmático puede mutar su contenido en un grado más o menos alto.
Un caso muy significativo es el que explica el gran filósofo tomista Etienne Gilson en un artículo publicado en La France Catholique (n° 970, 2 de julio de 1965) con un título curioso y hasta irónico, algo sorprendente en un académico tan ilustre: «Suis-je un schismatique?» («¿Soy yo cismático?»). Gilson cuenta como, en una parroquia que él frecuenta, le entregan a los fieles el texto del Credo nicenoconstantinopolitano para ser cantado en francés. Estamos en 1965. Las reformas litúrgicas conciliares están latentes o en curso, pero todavía permanece la misa vetus ordo hasta la reforma de 1969. Se intentaba facilitar la participación de unos fieles que van desconociendo el latín. Hay en la traducción del Credo una expresión que al filósofo le parece inapropiada e incompatible con la Tradición de la Iglesia. Hablando de Cristo, segunda persona de la Santísima Trinidad, la versión latina lo define como consubstancialem Patri (consustancial al Padre), lo que se traduce como de la misma naturaleza que el Padre. Gilson hace una observación muy lúcida: «Dos seres de la misma naturaleza no son necesariamente de la misma sustancia. Dos hombres, dos caballos, dos puerros son de la misma naturaleza, pero cada uno de ellos es de una sustancia distinta y es por lo mismo por lo cual son dos». Cita, con su habitual erudición, algunos Credos anteriores. Los hay donde la connaturalidad y la consustancialidad aparecen juntos; también en los que aparece la segunda, pero, en ningún caso, la primera sin la segunda. Para Gilson este intento de acercar la comprensión del dogma lo lastima sensiblemente. Termina el gran tomista dejando esta interrogación en el aire: «¿a qué fin facilitar el acto de creer, si es necesario para ello desvalijar a una parte de su sustancia el contenido mismo del acto de fe?»
Tomás Salas
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