Lo que queda después de la guerra

«La obra maestra de mi vida fue haber guiado aquellos hombres del reducto manteniéndolos unidos y vivos».

Mario Rigoni.

Navidad de 1942. Un grupo de soldados alpinos italianos está a los márgenes del río Don cumpliendo su misión en Rusia. Aunque el enemigo esté al alcance de la vista, no atacan ni son atacados. Ambos esperan. Hay pequeñas escaramuzas sin avance. En nochevieja el capitán avisa a los oficiales que necesitarían retirarse. Tendrían que hacerlo por la noche para que los rusos no los impidieran.

Al mando de un escuadrón está el sargento Mario Rigoni. Sin su teniente, herido, él quedaba al mando de su grupo. Años más tarde, de regreso a los márgenes del Don, Mario Rigoni diría que la retirada de los hombres, que eran 70, sin ningún herido, seguía siendo la obra maestra de su vida. Pero la retirada del reducto en que estaban fue solo el principio. Reunidas las tropas, marcharon juntas. A lo largo de las semanas siguientes, los soldados italianos caminaron mucho, luchando contra el hambre, el frío insoportable y los ataques del ejército soviético. Dejaron el reducto y cayeron en un cerco.

Lograron romper el cero a fines de enero, en el pueblo de Nikolayevka. Pero el precio fue demasiado alto: la mayoría de ellos dejó la vida en el campo de batalla. Mario Rigoni, superviviente, relató las memorias de la retirada en un libro que, publicado a mediados de 1950, pronto tuvo éxito: El Sargento en la Nieve: Recuerdos de la Retirada de Rusia. En esa obra maestra, cuenta la obra maestra de su vida.

La narración de El Sargento en la Nieve está dividida en dos partes: El Reducto y El Cerco. La primera parte, contada con los verbos predominantes en pasado, realmente tiene la estructura de una rememoración: las trincheras, el olor a grasa, la polenta, el enemigo a vista, los compañeros de armas. Acciones contadas como recuerdos.

La segunda parte, sin embargo, tiene un giro: en determinado momento, los verbos predominantes están en presente. Mario Rigoni describe su experiencia en el cerco como quien la viviese todavía, como si ella ocupase un presente continuado en su vida. No es casualidad que, años después, haya realizado más de un viaje a Rusia, precisamente a la región por la que había marchado en retirada con sus compañeros.

Ghe rivarem a baita?, le preguntaba a menudo el soldado Giuanin en dialecto bresciano. “¿Llegaremos a casa?” El sargento Rigoni decía que sí, pero no lo podía saber. Él llegó, mientras que Giuanin no. La pregunta por el regreso a casa ocupa el centro da la narración, como ocupaba el centro de la vida de aquellos soldados que luchaban para sobrevivir y proteger a sus camaradas.

Mario Rigoni contó en una entrevista que, después de la guerra, las personas no creían cuando él contaba lo que había visto. Penurias y horrores parecen increíbles, realmente. Pero si no lo creían sus parientes ni paisanos, ¿cómo lo contaría en un libro? Aquí viene la calidad literaria de Rigoni, artesano de la palabra. Centrándose más en substantivos que en adjetivos, tuvo valor para contar lo que vio, cuidando de discernir claramente cuáles eran sus impresiones personales.

El horror literario podría ser tomado como ficticio. Rigoni no podía – ni sería justo – ponerle una estructura demasiado compleja a su narración. No quería olvidar a sus compañeros, pero tampoco podía convertirlos en quienes no eran. Tenía que contar lo que había visto y pensado, creyéranle o no. Tenía que encontrar las palabras justas. Si cargase demasiado las tintas, el horror de que había sido testigo sería falseado.

La sencillez fue su método, como lo era de sus paisanos montañeses y también artesanos. Esa decisión permitió la grandeza de su libro; permitió que las vidas de sus compañeros, terminadas en la estepa rusa, se quedara también en la memoria de los lectores. Ninguna palabra fue malgastada por Rigoni. La obra maestra de su vida fue fundida a su obra maestra literaria – un hombre, una obra.

Después de Nikolayevka, cuenta el narrador, los soldados todavía caminaron mucho. Él estaba agotado, hambriento, con los pies purulentos, y vacío por haber perdido sus amigos. En determinado momento, es acogido en una isba y las mujeres de la casa le cuidan. Una de ellas, muchacha joven, tenía un hijo. La cuna del niño quedaba suspendida del techo. Mientras que ella trabajaba en roca, mecía la cuna cuando el niño lloraba. Y cantaba para su hijito.

Yo miraba el techo y el ruido de la rueca llenaba mi ser como el ruido de una cascada gigantesca. De vez en cuando la observaba y el sol de marzo, que entraba por las cortinas, convertía en oro el lino y la rueda lanzaba mil destellos. El niño a veces lloraba y entonces la chica empujaba delicadamente la cuna y cantaba. Yo escuchaba y nunca pronunciaba palabra. Sus amigas, también jóvenes, la visitaban de tarde en tarde. Iban con su rueca y se ponían a hilar con ella. Hablaban queda y suavemente, como si temiesen molestarme. Era un murmullo melodioso y las ruedas de las ruecas endulzaban sus voces. Aquello me curó.

Ahora, al fin de la narración, el autor vuelve a emplear el pasado. La evocación de continuidad del pretérito imperfecto, a diferencia de la narración en presente hasta entonces, indica una permanencia diferente de esa otra experiencia en la vida del autor. Mientras que la dureza del cerco se queda como obsesión, la memoria de la vida cotidiana de la chica permanece como una belleza cotidiana asociada a su vida, asimilada por él. Era la anticipación de una vida normal, sencilla y, precisamente por eso, feliz. Había llegado a la baita.

Gilmar Siqueira

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Author: Gilmar Siqueira
Feo, católico y sentimental