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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Literatura y Admiración

PorGilmar Siqueira

Ago 4, 2021
Literatura y Admiración-MarchandoReligion.es

Nos vamos a los espacios literarios con nuestro querido Gilmar, conscientes de que, tal y como dice él, esta no nos aleja de la realidad, «sino que nos empapa de ella»

Literatura y Admiración. Un artículo de Gilmar Siqueira

«Aburrirse es besar la muerte». Ramón Gómez de la Serna.

En alguna ocasión escribí que el hastiado no canta; no puede cantar porque está aburrido y, como dijo Ramón Gómez de la Serna en el epígrafe que elegí para este artículo, el aburrido besa la muerte. Aburrirse con la vida es, conscientemente o no, abrazarse a la muerte con aquél macabro deseo descrito por Unamuno en Del Sentimiento Trágico de la Vida.

No hablaré de la acedia (cosa que ya lo hicieron muy bien Josef Pieper y el Padre Horacio Bojorge, por ejemplo) ni de la muerte. Por lo menos no directamente. Una vez más pulsaré la tecla de la imaginación. Es probable que – menuda ironía – ya os esté aburriendo al hablar de la misma cosa desde enero; pero ni modo. Es lo que me toca. Sobre todo si tiene que ver con la literatura, la responsable por destrozar el aburrimiento que a veces me atormenta. La literatura no nos aleja de la realidad, sino que nos empapa de ella hasta los huesos: gracias a ella podemos ver lo que el aburrimiento nos ocultaba.

Los amigos que me leéis sois tan conscientes como yo de que la rutina infecunda, las múltiples imágenes (algunas perversas) y los ruidos con que nos deparamos a diario son, paradójicamente, un intento de escapar del aburrimiento y también la expresión misma de él. El hastiado puede no cantar, pero hace mucho ruido. Quiere meterse en el ruido, fundirse en él y apagarse: eso es besar la muerte. Baudelaire lo ha descrito todo mucho mejor que yo en Las Flores del Mal, pero aquí quedémonos con la última estrofa del Heautontimorumenos (en la versión castellana de Nydia Lamarque):

Soy vampiro de mi existir

– uno de esos abandonados,

a risa eterna condenados,

¡que no pueden ya sonreír!

La risa caricaturizada es la mueca. Tiene el mismo dibujo y los mismos movimientos del rostro, y sin embargo es triste y algunas veces perversa. ¿No os parece curioso que un único gesto tenga sentidos opuestos? Pues ahí está la paradoja del aburrimiento. El falso remedio de los aburridos es su enfermedad.

Pero, si les hace tanto daño, ¿por qué siguen buscando el mismo veneno? Todo lo que va implicado en esta pregunta trasciende mi capacidad de respuesta. Algo de ella lo podréis encontrar en los dos ejemplos que mencioné arriba: Josef Pieper y el Padre Bojorge. Me limitaré a hablar de la imaginación aburrida y de un posible remedio: la literatura.

Una de las causas para que alguien se convierta en vampiro de su existir es que sencillamente no puede imaginar nada mejor: no lo ve, no lo escucha y por lo tanto no lo conoce. Si no sabe qué es la música seguirá buscando alivio del aburrimiento en el ruido sin darse cuenta de que es peor. La imaginación podrida amarga la vida.

Hay dos posturas elementales ante la realidad: aprobación o desaprobación. La aprobación es el amor, la admiración que engendra una esperanza de escudriñar aun sabiendo lo inagotable de la tarea. La aprobación supone la apertura a lo eterno. Mientras que en el otro extremo está la desaprobación: la miserable criatura, contrariando al Creador, mira a las cosas y piensa que son malas, las desaprueba, no quiere que existan.

Yo aquí lo puse muy en claro, pero las posturas pueden existir como trasfondo en la vida. Una imaginación aburrida, aunque se plantee las imágenes de los goces, lleva el gusano de la desaprobación. Y los santos – si estiramos la cuerda otra vez hacia el extremo – no maldicen la realidad ni ante el sufrimiento; incluso si se quejan lo hacen a manera de Job: blasfeman en Job Idumeo, como dijo el Padre Castellani. Pero sin maldecir a la realidad ni su Creador.

Los que estamos en el medio – los todavía mediocres – vemos la realidad muchas veces como la imaginamos; y la imaginamos mejor o peor sencillamente si tenemos un dolor de muelas o si comemos bien. Nos quedamos en la superficie porque nos da miedo llegar al trasfondo: la aprobación es un compromiso de aquí para la eternidad; y la desaprobación es el aburrimiento, el beso a la muerte.

La literatura puede ayudarnos, por lo menos en lo que atañe a la imaginación, a quedarnos con la aprobación elemental. El crítico Charles du Bos dijo que la literatura y la vida se necesitan mutuamente, porque la literatura es la vida preñada de conciencia de sí misma. En su libro ¿Qué es la Literatura? trae una imagen muy interesante: la vida es como un curso de agua en que nos metemos sin conocer su sentido e incapaces de controlarlo; mientras que la literatura, a la manera de la hidráulica, la capta, recoge y eleva a nuestros ojos.

Si la belleza es la expresión de la verdad, quiere decir que nos puede confirmar o corregir a medida que estemos más o menos cerca de la verdad. La belleza de los versos de Baudelaire, por ejemplo, aun en medio de su horror, es la de darnos pintado el retrato del alma de un pecador (ojalá la constatación fuera mía, pero me la tomé del Padre Castellani). Vuelvo a Charles du Bos: la literatura tiene el valor diagnóstico y defensivo al darnos el nombre de nuestro mal. Si nos horrorizamos ante la descripción de un defecto que reconocemos como nuestro, tanto mejor.

Pero también en la literatura podemos encontrarnos con la total y consciente aprobación de la verdad: con el amor. La encontramos en una forma bella que podemos hacer nuestra, o mejor, que queremos hacer nuestra tan pronto como la leemos. Hace poco me deparé con semejante aprobación mientras leía la novela The Fountain, de Charles Morgan:

Había gozo, no solamente en su estudio de Platón, pero también cuando lo interrumpía – el feliz conocimiento de que podría retornar cuando quisiera y que, aunque los libros fueran dejados, la sabiduría lo acompañaría y mantendría al mundo espectral a su alrededor, resplandeciendo en su espíritu como la memoria de un día de verano, que continúa aún después de llegada la oscuridad. Incluso las cosas materiales se afectaron a sus ojos por ese halo de meditación. Ellas le parecían ahora en un calma especial, siempre un poco apartadas de él; y cuando, por las tardes antes de cenar, salía de su habitación anhelante de compañía tras muchas horas de silencio, la tierra parecía como que recién revelada para él, como lo había sido antes cuando por la primera vez la Odisea se cambió en su espíritu de palabras en música.

Este fragmento contiene todo lo que intento decir en este artículo y lo demás que me sería imposible decirlo. Es la actitud de un lector para quien la realidad aparece como recién revelada, que la ve mejor gracias a una forma bella (y estaba leyendo Platón). Entonces la aprueba. Sabe que nada de aquello se perderá, pase lo que pase, porque su imaginación ya ha sido cautivada por la belleza: la verdad lo ha enamorado.

Lo más fascinante es poder encontrar una descripción literaria, bella (aunque mi traducción la haya estropeado), de la experiencia de un lector precisamente en una novela. Es el ejemplo del resplandor de la belleza en la belleza misma. Esto es más ilustrativo que cualquier cosa que os haya podido contar de la imaginación.

No más me queda concluir con un testimonio personal: es imposible aburrirse con la vida cuando se lee bien una novela.

Gilmar Siqueira

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En el siguiente enlace tienen el libro completo de Gilmar Siqueira disponible para su descarga, por gentileza del escritor: Diario de un dandy

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Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental