La indiferencia a la belleza: El hastiado no canta

¿Observan las cosas que les rodean? ¿Han visto alguna vez una casa llena de balcones pero sin flores? ¿Qué puede pasar en esa casa? Gilmar nos lo cuenta en este artículos

“La indiferencia a la belleza: El hastiado no canta”, Gilmar Siqueira

Hay un libro de Josef Pieper que en su traducción al inglés se titula “Only the Lover Sings”, solo el amante – literalmente, el que ama – canta. Y el opuesto al amor es la completa indiferencia ante todo. Esa misma indiferencia generalmente degenera en el odio a lo creado, pero el tema es demasiado complejo e intentaré dejarlo para otro momento. En este artículo quiero hablar de la indiferencia: específicamente, de la indiferencia a la belleza.

Para esto, empecemos con un poema de Baldomero Fernández:

Setenta balcones hay en esta casa,

setenta balcones y ninguna flor.

¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?

¿Odian el perfume, odian el color?

La piedra desnuda de tristeza

¡dan una tristeza los negros balcones!

¿No hay en esta casa una niña novia?

¿No hay algún poeta lleno de ilusiones?

¿Ninguno desea ver tras los cristales

una diminuta copia de jardín?

¿En la piedra blanca trepar los rosales,

en los hierros negros abrirse un jazmín?

Si no aman las plantas no amarán el ave,

no sabrán de música, de rimas, de amor.

Nunca se oirá un beso, jamás se oirá un clave…

¡Setenta balcones y ninguna flor!

He conocido este poema hace algunos años y siempre me vuelve a la cabeza cuando me planteo – o soy amenazado por – el problema de la indiferencia a la belleza. Me dijeron que los griegos llamaban apeirokalia a este mal; yo, que a los griegos no los conozco, me fío de lo que me han contado.

La imagen que presenta Baldomero Fernández me parece perfecta: el poeta está estupefacto delante de una casa con setenta balcones y ninguna flor; entonces se pone a preguntar qué les pasa a los habitantes de la casa, porque seguramente algo les pasará: si a él, que fue de visita o vio la casa desde la calle, le causó “una tristeza los negros balcones”, ¿cómo no serían tristes las personas que vivirían en la tal casa? ¿No habría vida en aquella casa? Parece que no. Y la conclusión de la última estrofa es aterradora y real: si no aman ni siquiera a las plantas, no podrían amar nada.

Quien es indiferente a la belleza está seco, estéril y árido como un desierto.

Es un campo muerto en donde no pueden crecer las flores, sobre el cual no volará el ave, no escuchará la música, aborrecerá las rimas y escarnecerá el amor. El indiferente a la belleza siempre tiene sed. Me acuerdo de una escena de la última temporada de la serie inglesa Ripper Street: el sargento Drake, poco antes de morir, le dijo a su asesino algo más o menos así: “en mis venas ya no encontrarás sangre, solamente polvo”. Drake también estaba seco.

El alma del indiferente a la belleza no puede conocer, no puede dejar que entre en sí la existencia de las otras cosas. Como es estéril, todas las cosas – a comenzar por sí misma – le parecen horriblemente feas y vacías, infinitamente lejanas. Toda la vida entonces se convierte en un conjunto de funciones desagradables y, en el fondo, totalmente inútiles. Esta alma enferma es incapaz de ver la belleza aunque esté delante de su nariz; su esterilidad la hace completamente ciega. Si antes dije que el indiferente a la belleza es árido como un desierto, creo que podría añadir que su alma no ve más que polvo delante de sí.

La consecuencia inmediata de esta ceguera ante la belleza es que todo, incluso la propia vida de la persona que sufre este mal, no tiene ningún sentido. Si no puede maravillarse y sorprenderse por el sencillo hecho de que haya una realidad, de que las cosas existan, tampoco – como dijo Pieper – se puede celebrar una fiesta. Y esto porque lo que sigue a la admiración y a la alegría por la existencia y belleza de las cosas es precisamente la necesidad de alabar, de agradecer de alguna manera – lo mejor que se pueda – a que todo exista. Es bueno que existan las cosas, que exista el orden y que el hombre esté concertado de alguna manera en este orden; y más, que pueda percibirlo y admirarlo. ¡Más razón para celebrar!

La celebración es una respuesta positiva a la Creación.

Pero el indiferente a la belleza, ciego para todas estas cosas y torturado por su aridez, verá en la celebración una broma negra. Del indiferente a la belleza no nace el arte: es incapaz de crear bellas casas, profundos versos y hasta de reírse. Tampoco podrá cantar, porque sólo el que ama puede cantar.

Gilmar Siqueira

Esperamos que hayan disfrutado con este artículo, “la indiferencia a la belleza”. Les invitamos a quedarse en nuestra sección de: Citas y reseñas literarias

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Gilmar Siqueira

Gilmar Siqueira

Feo, católico y sentimental