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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

El sueño de Europa del Papa Francisco

PorMiguel Toledano

Jul 20, 2021
El sueño de Europa del Papa Francisco-MarchandoReligion.es

La Librería Editorial Vaticana ha publicado este año un libro, titulado “I dream of a Europe… Sogno un’Europa…”, que recoge cinco intervenciones sobre la visión oficial de la Iglesia Católica acerca de la Unión Europea.

El sueño de Europa del Papa Francisco. Un artículo de Miguel Toledano

La primera, a modo de introducción, es la del cardenal arzobispo de Luxemburgo, Jean-Claude Hollerich, quien comparte con el papa actual su condición de miembro de la Compañía de Jesús. El cardenal Hollerich es además presidente de la Comisión de Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE), organismo formado por los delegados de las conferencias episcopales de los estados miembros de la referida Unión.

En calidad de punto positivo de la breve colaboración del purpurado destacamos una llamada a que “Europa” reconsidere su identidad y valores.

Sin embargo, por dos veces proclama el presidente de la COMECE los principios de la fraternidad y de la paz, que cabe confundir, respectivamente, con el tercer elemento de la divisa de la Revolución Francesa y con una estabilidad social que, sin especificaciones, más que a la tranquilidad del orden agustiniana se parece a la excusa masónica de las Naciones Unidas y del mundialismo. Por otra parte, el Cardenal Hollerich subraya el “compromiso pleno” de la Iglesia en la construcción de Europa, sin critica alguna de su laicismo, que supuestamente constituiría un “ejemplo positivo para el resto del mundo”.

Acto seguido figura nada menos que una carta del papa Francisco a su secretario de estado, de 22 de octubre del año pasado, en el quincuagésimo aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y la Unión Europea.

Como aspectos laudables del texto del obispo de Roma hemos de señalar su apelación a los ideales más profundamente enraizados en la historia milenaria del continente, a saber, la sed por la verdad “desde” la antigua Grecia, la sed por la justicia a partir del derecho romano (transformado, según el actual vicario de Cristo, en el respeto hacia todos los seres humanos y sus derechos) y la sed de eternidad “enriquecida” por el encuentro con la tradición judeo-cristiana reflejada en el patrimonio europeo de “fe, arte y cultura”.

Asimismo, resalta el papa que los cristianos actuales deben “reavivar la conciencia de Europa”, lo que podría entenderse como un reavivamiento de la tradición cristiana. En la misma línea, el sucesor de san Pedro “confirma a la Iglesia en su misión evangelizadora y en su servicio al bien común”.

Con un estilo que recuerda a la famosa arenga del protestante Martin Lutero King de 1963 -cuando el joven seminarista Jorge Mario Bergoglio tenía 26 años-, el pontífice escribe soñar con una Europa que cumpla tres condiciones: la defensa de la dignidad humana con un valor no puramente económico, encarnada en la vida desde la concepción hasta la muerte natural, y reflejada en el trabajo, como medio de crecimiento personal y búsqueda del bien común; el respeto a la familia y a la comunidad, en la que hombre y mujer son fundamentalmente diferentes, sin caer en una concepción individualista de la vida y la sociedad, y reconociendo la ecología como la protección de la creación y las criaturas; finalmente, la caridad en tanto que mayor de entre las virtudes cristianas, manifestada a través de la hospitalidad.

El sueño de Europa del papa Francisco trae ecos también del libro “Sueño con una Europa del espíritu”, escrita en 1999 por el cardenal liberal Carlo Maria Martini, que fue igualmente de la Compañía de Jesús.

En el debe de la comunicación bergogliana situamos su alineamiento con la Unión Europea bajo el eufemismo, ya adelantado por el cardenal Holllerich, de la “senda de la fraternidad”. Para hacer más persuasiva tal preferencia política, el jefe de la jerarquía católica profiere una crítica triple a las resistencias contra el actual proceso federalista, calificadas de “tendencia creciente de que cada uno vaya por caminos separados”, “tentación de autonomía” y “fuerzas centrifugas que recobran vigor”.

Igualmente es de lamentar su adhesión al modelo de la “sana laicidad” (secularismo sano, en la versión en idioma inglés), donde Dios y el César son distintos pero no opuestos – aunque sí independientes o separados. Tal secularismo, abierto a la trascendencia, supone que “los creyentes son libres para profesar su fe en público y proponer su respectivo punto de vista en la sociedad”. O sea, la libertad religiosa del liberalismo y del Concilio Vaticano II, condenada por la doctrina tradicional de la Iglesia Católica. A continuación desautoriza el papa a “un cierto laicismo cerrado a los demás y especialmente a Dios”, que él considera deseablemente desaparecido, como si ello asegurase la pervivencia de la religión y de la unidad en la fe verdadera.

Al modo en el que fueron introducidas las innovaciones del último de los concilios ecuménicos, Francisco realiza una importante salvedad: sus palabras tienen un carácter pastoral (por consiguiente, no doctrinal); a la que añade una segunda, no menos importante, en el sentido de que el contenido de su carta debe ser “entendido exclusivamente como contribución personal” a la reflexión sobre el futuro del continente; es decir, que el representante de Cristo en la tierra desiste de su función magisterial para colocarse al mismo nivel que todos y cada uno de los miembros de la sociedad civil que asisten a la discusión de la cuestión.

La tercera aportación al impreso, seis días posterior a la carta del papa, es el discurso ante la COMECE por parte del citado secretario de estado vaticano, cardenal Pietro Parolin.

Comentando las palabras de su superior, el cardenal Parolin expresa algunos términos dignos de elogio. Por ejemplo, advierte que la Iglesia “se enfrenta a numerosos retos, en su interacción con las autoridades civiles, particularmente en el campo de la legislación, con las consecuencias sociales que ello comporta”. Imposible es no recordar la deriva abortista, feminista y aberrosexualista de la Unión Europea, discretamente evocada por el prelado en la forma que se ha dicho.

Insiste en el carácter social del hombre, como parte de un tejido social, la comunidad, sin lo cual Europa no sería “más que un conjunto de procesos burocráticos estériles”. El ser humano no debe ser contemplado “en abstracto, simplemente como sujeto de múltiples derechos individuales” sino considerando ante todo sus relaciones.

En esa dirección de crítica implícita a la ideología liberal, afirma que “en las décadas recientes, ha habido una constante evolución de la idea que los legisladores europeos tienen de la persona […], cada vez más portadora de derechos subjetivos individuales, limitados exclusivamente por los intereses del estado”.

Tres ejemplos aporta el cardenal para sustentar su fina crítica: la legislación de protección de datos personales, que “presupone una concepción de la persona humana como titular casi absoluto de derechos entendidos individualísticamente”; la eutanasia, de la que ya hemos tratado en esta serie; y la consideración del matrimonio “al mismo nivel que otras uniones”.

Además, el representante de la Santa Sede defiende la familia como “el más importante recurso que tiene la sociedad civil” y avisa del “invierno demográfico que “socava en su base el mismo futuro de Europa”. En relación con África, repite las palabras del papa Francisco en orden a que los mandatarios del viejo continente eviten perpetrar “una verdadera colonización ideológica”, esto es, el ofrecimiento de fondos económicos a cambio de una perversión de la moral y las costumbres.

Haciendo suya otra máxima de Francisco, el secretario de estado insta a que los cristianos sean “el alma de Europa”, que es tanto como decir que el alma de Europa sea cristiana – puesto que en este momento no lo es.

De especial interés es su invocación a la Regla Pastoral de san Gregorio Magno, que sostenía que “de la misma forma que un discurso imprudente conduce al error, el silencio inoportuno mantiene en el error a quienes hubieran podido evitarlo”. Más problemática que la cita del eminente santo padre de la Iglesia latina es su aplicación por lo que se refiere a los autores que venimos citando, cuya metodología no parece precisamente ser la claridad en la exposición del carácter anti-cristiano de la Unión Europea.

Al contrario, Parolin subraya la supuesta bondad del plan europeísta personificándolo en su co-fundador Robert Schuman, ministro de asuntos exteriores de la Cuarta República atea y actualmente incurso en proceso de beatificación. Para remachar la benevolencia vaticana frente al proyecto de Bruselas, trae a colación el parecer del venerable Pío XII a la altura de 1957:

“Ya sabéis con qué atención Nos seguimos el progreso de la idea europea y de los esfuerzos concretos que tienden a hacerla penetrar cada vez más en los espíritus, y a darle, conforme a las actuales posibilidades, un comienzo de realización.”

Luego, es preciso concluir que el flirteo de la Santa Sede con la Unión Europea no es post-conciliar, sino que se remonta a los orígenes de la organización internacional.

Como segundo elemento criticable encontramos en la alocución de Parolin un guiño al ecumenismo, cuando se refiere a “las Iglesias de Europa”, entre las que se encuentra la Católica Romana como una más; todas ellas han de mantener entre sí una apertura recíproca y una cooperación fraternal para “promover y proteger el bien común, en la luz de la alegría del Evangelio de Cristo”. O sea, que las distintas confesiones religiosas promueven y protegen el bien; y la luz no procede del Evangelio predicado por la Iglesia Católica, sino de la alegría común que producen esa apertura recíproca y cooperación entre credos diferentes.

Al igual que matizaba el papa Francisco restándose a sí mismo credibilidad, el cardenal Parolin advierte que el acercamiento de la Sede Apostólica a la Unión Europea es “puramente diplomático”. Es decir, que no hemos de tomarnos al pie de la letra los términos favorables empleados por los dignatarios eclesiásticos, sino más bien interpretarlos a la luz del protocolo entre naciones. A mayor abundamiento, el jefe de la cancillería vaticana previene que la perspectiva del papa Francisco no contempla “nunca” conceptos abstractos. Pero ante todos estos caveats uno se pregunta dónde queda la regla de san Gregorio Magno rememorada por los mismos que callan y, al callar, no instruyen o incluso confunden.

Llegamos así al mensaje de los presidentes de las conferencias episcopales de los estados miembros de la Unión. Es la cuarta y penúltima de las secciones del libro y la suscriben nada menos que veinticinco obispos y arzobispos, incluyendo cuatro cardenales – no están representadas únicamente Suecia y Finlandia, donde la población católica es marginal.

Lamentablemente, es el más defectuoso de los documentos agrupados en el volumen. La cantinela de la fraternidad se define como un universo que no excluye a nadie, aglutinando junto a los católicos a los miembros de las tradiciones religiosas de las iglesias hermanas y a los hombres de buena voluntad.

Esta tesis liberal propuesta originalmente por Lamennais en la época romántica fue expresamente condenada por el gran papa Gregorio XVI en su encíclica “Mirari vos”, de 1832.

En la mentalidad de estos obispos europeos, “Dios puede dirigir hacia el bien todo lo que sucede” (¿por ejemplo, el pecado?), “incluso las cosas que no comprendemos y que parecen malas”. La filosofía clásica que permite al hombre distinguir el bien del mal queda así desacreditada, toda vez que al observar la naturaleza de las cosas posiblemente nos parece mal lo que no lo es.

El compromiso de los sucesores de los apóstoles con la construcción del Leviatán europeo se justifica por los siguientes “valores”: paz, prosperidad, solidaridad, libertad, inviolabilidad de la dignidad humana, democracia, estado de derecho, igualdad, defensa y promoción de los derechos humanos, respeto al medioambiente, apertura a la vida, preocupación por la familia, igualdad social, dignidad de los trabajadores, derechos de las próximas generaciones, hermandad universal y amistad social. El Credo y el catecismo brillan por su ausencia. En gran parte, la debilidad del mensaje de los miembros de la COMECE se corresponde con la crisis actual de la Iglesia y de la fe.

La obra se cierra con una carta del Nuncio Apostólico dimisionario ante la Unión Europea, dirigida a la COMECE el 6 de enero del año en curso.

En ella, el arzobispo Lebeaupin apunta calculadamente que debe mantenerse el equilibrio entre, por una parte, la solidaridad entre los pueblos encauzada a través del proyecto europeo y, de otra, el respeto a sus diversas culturas y trayectorias históricas.

Se trata, en realidad, de una tesis liberal de tipo conservador, en la que lo que se persigue es el mantenimiento del statu quo; si se defienden las tradiciones cristianas de unos pueblos es sólo en la medida que se aceptan las de otros, sin pretensión de evangelizarlos.

Seguidamente argumenta el sacerdote francés que los distintos estados miembros se encuentran unidos por la fe. Resulta ésta una alegación imposible de sostener, salvo que su autor promueva una vuelta al modelo anterior a la Reforma protestante, es decir, a la Cristiandad.

No lo creemos, pues posteriormente se explica: “Europa es cristiana, ante todo, por el hecho de que los valores cristianos sean actualmente vividos por el Pueblo de Dios”. Hay una considerable dosis de ambigüedad en dicho juicio: el subjuntivo parece indicar que la vivencia de la fe es un objetivo y no una realidad, pero en ese caso ni Europa sería hoy cristiana ni estaría en la actualidad unida por la fe, como desde luego no es el caso; por otra parte, el concepto conciliar de “Pueblo de Dios” también es ambiguo porque engloba a las diferentes confesiones separadas de la Iglesia, que no están propiamente unidas por la fe, sino que difieren en ella; por último, no parece que si la proporción de fieles es pírrica y si las instituciones son ateas o agnósticas quepa hablar seriamente de una Europa cristiana.

Miguel Toledano Lanza

Domingo octavo después de Pentecostés, 2021

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Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibió su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovisión carlista, está casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. Ha publicado más de cien artículos en Marchando Religión. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Actualmente reside en Bruselas. Es miembro fundador de la Unión de Juristas Católicos de Bélgica.