• Dom. Nov 28th, 2021

Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Las tradiciones de la Iglesia están vivas y en buen estado

tradiciones de la Iglesia

La tradición está viva y en buen estado en aquellos en quienes vive, y florece porque se han sumergido en su torrente

Las tradiciones de la Iglesia están vivas y en buen estado. Los católicos necesitan sumergirse en ellas, un artículo de Peter Kwasniewski para LifeSiteNews

Actualmente, cuando las creencias y prácticas tradicionales están haciendo un inesperado regreso en el catolicismo, uno ve a los escépticos moviendo la cabeza y hablando sobre cómo la tradición del pasado está muerta y enterrada; o que es bella, pero inaccesible; o cómo se arriesga uno a la rareza al intentar “reconectarse” con algo que ya no se ve, ni se siente espontáneamente como “nuestro.” Sin embargo, a mí tal escepticismo no tiene sentido, porque mi experiencia en la vida ha sido que la tradición está viva y en buen estado. Pero hay que entregarse a ella: está viva y en buen estado en aquellos en quienes vive y florece. Dejad que me explique.

Soy cantante y compositor de música sacra.

La música sacra siempre ha estado en el reino del gran conservación, en el cual cada generación, mientras va agregado al depósito común, continúa preservando y cantando la música heredada. Por ejemplo, cuando nació la música polifónica renacentista, el canto gregoriano no desapareció, sino que continuó utilizándose junto con el nuevo estilo. Cuando el barroco suplantó al renacimiento, la música secular cambió considerablemente, pero en la liturgia de la Iglesia se podían aún escuchar con frecuencia los compases de Palestrina, Lassus o Victoria. Cuando Mozart y Haydn estaban escribiendo sus Misas orquestadas, los Propios aún eran cantados en el mismo canto llano de siempre.

Hasta el día de hoy, en cualquier lugar donde se celebre la liturgia como es debida, seguiremos escuchando esos antiguos cantos, tal vez complementados por motetes o por misas extraídas de cualquiera de los períodos creativos por los que ha atravesado la Fe.

Ser un intérprete y compositor de música sagrada es experimentar la perenne frescura y actualidad de toda esta herencia. No se percibe como algo rígido y anticuado, como si se estuviera tratando de revivir una antigua moda en el estilo de ropa. Se percibe como algo antiguo, sagrado, apropiado, hecho a medida para su propósito.

Cuando escribo mi propia música, sigo a mis predecesores, ya sea si lo hago conscientemente, como si sigo mi creatividad: mi homofonía y polifonía tendrán melodías cantadas y cadencias establecidas. Pero nunca suenan como un intento de una reconstrucción históricamente auténtica de un compositor del pasado, como si estuviera pretendiendo ser Palestrina. Aparte del hecho de que yo no tengo el talento para llevar a cabo una perfecta y convincente imitación de Palestrina, por experiencia es evidente que esta música hecha por compositores modernos, a pesar de lo “conservadores” que puedan ser, aún suena como música nueva de los modernos, aunque enraizada en la tradición a la que se complacen pertenecer, en armonía con todo lo que se ha hecho antes.

En otras palabras, tengo una experiencia de ser “yo mismo”, de producir mi propio trabajo, mientras que al mismo tiempo estoy en continuidad con la tradición católica. No existe un antagonismo en esta relación. El pasado no es “meramente” el pasado, desde que vive en mi mente y corazón como una realidad presente que yo conduzco al futuro. Palestrina está muerto, pero la música de Palestrina, donde quiera que sea ejecutada, está tan viva como lo fue cuando se escuchó por vez primera en las iglesias de Roma. Puesta en el papel, la música adquiere una existencia real y cuando es interpretada logra de nuevo una existencia real, y percibida por los oídos de las personas hoy como un sonido ordenado hermosamente. He tenido una experiencia similar observando a mis hijos sumergiéndose en los repertorios de sus respectivos instrumentos (harpa, laúd, piano, órgano). No importa qué periodo de tiempo sea la pieza musical, la abordan como si estuviera recién salida de la imprenta, y la hacen revivir, dando placer a los oyentes.

Para mí la experiencia más fundamental y transformadora en este respecto ha sido el descubrimiento y la propia apreciación de la liturgia tradicional de la Iglesia católica romana, convertirme en un aprendiz de sus ricas oraciones y hermosos cantos; sus gestos llenos de contenido y sus magníficos símbolos. Me ha tomado décadas alcanzar un punto donde estoy completamente “en armonía” con esta liturgia, donde me habla íntimamente, más allá de toda necesidad de análisis. Y lejos de haber perdido su fascinación por la rutina, ahora me parece como algo con lo cual no podría vivir, sin lo cual no podría estar. Esta tradición, que para algunos forasteros es una pieza de museo cubierta de telarañas, está vibrantemente viva en mi alma y en el alma de muchas personas que conozco, como mi esposa y mis hijos. Se ha convertido para nosotros no en un objeto que contemplamos, sino en un medio a través del cual vivimos, miramos y amamos.

El factor crucial en todo esto que he relatado es este: uno tiene que sumergirse en la tradición.

No puede ser solo el meter un dedo del pie en la corriente, ni puede ser un entretenida consideración académica desde la distancia, mirada a través de múltiples velos de comentarios y aparatos. Tiene que ser una “experiencia de inmersión completa”. Hay que dejarse llevar, olvidarse de sí mismo, abandonarse a la realidad en la que se vive, y dejar que esta moldee la visión y la audición, incluso las expectativas de lo que hay que ver y escuchar.

Es precisamente en este punto que la moderna autoconciencia, que es otra manera de llamar a la tentación de la autonomía, objeta: “Debes ser cuidadoso acerca de dejarte llevar. Podrías terminar siendo una persona diferente, podrías ser absorbido y convertirte en un fanático. Es mejor que te mantengas controlado y distante, para conservar la objetividad de un observador neutral.” En otras palabras, es la Serpiente susurrando: “No seas un santurrón. Aquellos que se sumergen en el río pueden ahogarse.” Esta objeción, a la cual todos nosotros nos hemos enfrentado de una u otra manera, muestra que existe una cierta opción involucrada en la falta de conexión con la tradición católica, al menos en aquellos que son lo suficientemente afortunados como para rozarla. Hay temor de abrirse al misterio trascendente que simboliza y comunica.

En su homilía inaugural del 24 de abril del 2005, el Papa Benedicto XVI retrató con fuerza esta dramática alternativa entre temor y renuncia. Al escuchar sus palabras, no solo pensamos en Cristo o en el cristianismo en un sentido genérico, sino en las riquezas de la fe católica en su tradición concreta:

“¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.”

Está de moda hablar del hombre moderno como si tuviera un “yo amortiguado”, impermeable a lo sobrenatural, en guardia contra lo divino, que ya no vibra más con simpatía con las armonías de un mundo que manifiesta lo divino. Pero existe una sutil ilusión en este lenguaje. Uno no nace siendo un yo amortiguado, uno quiere ser uno. Al final del día, ¿podría, este legendario “yo amortiguado” no ser simplemente una descripción psicológica de la caída condición del hombre, de la cual debe salir por la práctica de la religión y por la operación de la gracia de Dios? La fuerza entera de la espiritualidad católica se orienta a echar abajo esta oposición entre el ego y Dios, una oposición en la cual nosotros nacemos y contra la cual necesitamos combatir cada día de nuestra vida.

Peter Kwasniewski

*Nota de edición: La fotografía pertenece al artículo original publicado por LifeSiteNews. MarchandoReligion declina toda responsabilidad

Puedes leer este artículo en su sitio original en inglés aquí: https://www.lifesitenews.com/blogs/on-living-tradition/

Si quieres leer más sobre la Tradición católica en Marchando Religión mira este artículo


*Se prohíbe la reproducción de todo contenido de esta revista, salvo que se cite la fuente de procedencia y se nos enlace.

 NO SE MARCHE SIN RECORRER NUESTRA WEB

Marchandoreligión  no se hace responsable ni puede ser hecha responsable de:

  • Los contenidos de cualquier tipo de sus articulistas y colaboradores y de sus posibles efectos o consecuencias. Su publicación en esta revista no supone que www.marchandoreligion.es se identifique necesariamente con tales contenidos.
  • La responsabilidad del contenido de los artículos, colaboraciones, textos y escritos publicados en esta web es exclusivamente de su respectivo autor

Profesor Peter Kwasniewski

Profesor Peter Kwasniewski: (Chicago, 1971) Teólogo y filósofo católico, compositor de música sacra, escritor, bloguero, editor y conferencista. Escribe regularmente para New LiturgicalMovement, OnePeterFive, LifeSiteNews, yRorateCaeli. Desde el año 2018 dejó el Wyoming CatholicCollegeen Lander, Wyoming, donde hacía clases y ocupaba un cargo directivo para seguir su carrera como autor freelance, orador, compositor y editor, y dedicar su vida a la defensa y articulación de la Tradición Católica en todas sus dimensiones. En su página personal podrán encontrar parte de su obra escrita y musical: https://www.peterkwasniewski.com/