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Se admiraba de su incredulidad

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MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO. Se admiraba de su incredulidad. Rev. D. Vicente Ramón Escandell

MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO

SE ADMIRABA DE SU INCREDULIDAD

1. Relato Evangélico (Mc 6, 1-6)

Partido de aquí, se fue a su patria; y le seguían sus discípulos. Llegado el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga; y muchos de los oyentes, admirados de su sabiduría, decían: «¿De dónde saca Este todas estas cosas? ¿Y qué sabiduría es ésta que se le ha dado? ¿Y de dónde tantas maravillas como obra? ¿No es Este aquel artesano hijo de María, hermano de Santiago, y de José, y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no moran aquí entre nosotros?» Y estaban escandalizados de Él. Mas Jesús les decía: «Cierto que ningún Profeta está sin honor, sino en su patria, en su casa y en su parentela». Por lo cual no podía obrar allí milagro alguno. Curó solamente algunos pocos enfermos, imponiéndoles las manos; y se admiraba de la incredulidad de aquellas gentes.

2. Comentario exegético

Esta <<admiración>> verdadera que Cristo tiene a causa de la <<incredulidad>> que tenían en Él, en nada va en contra la plena sacudiría que tiene por su ciencia sobrenatural, ya que esto no es más que un caso del ejercicio de su ciencia <<experimental>>, como la teología enseña (ST III, 15, 8 ad 1). Y, sobre todo, la descripción popular: un modo de acusar su actitud ante ellos.

3. Reflexión

En el Evangelio está contenida una fundamental paradoja: para encontrar la vida, hay que perder la vida; para nacer, hay que morir; para salvarse, hay que cargar con la cruz. Ésta es la verdad esencial del Evangelio, que siempre y en todas partes chocará con la protesta del hombre1, nos recuerda san Juan Pablo II.

La incomprensión del mensaje de Jesús afecta, aunque de diverso modo, a los tres grupos de sus oyentes: los discípulos, los adversarios y la masa del pueblo.

No ofrece dificultad especial la incredulidad de los adversarios. Es una ceguedad voluntaria. Se consideran como sabios y justos: en su actitud soberbia y satisfecha de sí misma, no quieren oír la voz de un nuevo profeta. No quieren oír al Bautista, ni luego a Jesús, creerían, aunque un muerto resucitase. Se imaginan iluminados, y no buscan la luz; pero así morirán en su pecado. La responsabilidad, pues, no recae en Jesucristo, sino en la voluntad contumaz de sus enemigos.

La incomprensión de los discípulos es solamente relativa: aunque desean entender son torpes para captar el sentido de la enseñanza de su Maestro. San Marcos es quien más lo pone de relieve, haciendo de ella uno de los elementos del <<secreto mesiánico>>. Pero sus corazones sencillos están abiertos a la nueva revelación, que el Padre se complace en hacerles. A ellos <<les es dado>>, o sea, Dios les ha concedido el beneficio de <<conocer los misterios del reino>>2. Cierto que esa inteligencia no la alcanzaron en un momento, sino progresivamente; y a la inteligencia plena solo llegaron después que el Señor resucito y el Espíritu Santo descendió sobre ellos para hacerles penetrar en las profundidades de la verdad divina revelada por Cristo.

Pero el problema de la incomprensión se agudiza cuando nos circunscribimos al tercer grupo de oyentes: a la masa del pueblo; porque parecería que aquí la responsabilidad recae sobre el mismo Jesús. Sería inexplicable que un pueblo a quien se ofrece la salvación como inminente sea perezoso en aceptarla si se la ha presentado de una manera asequible. Y, en efecto, a primera vista, los evangelios mismos admiten que Jesús propuso su doctrina en una forma difícil de entender; porque solo a los discípulos se declara el misterio del reino, mientras que, al pueblo, <<a los de fuera, se les habla nada más en parábolas.>>3

La intención de Jesús no puede ser ocultar totalmente la verdad; al contrario, las parábolas son un modo inicial para expresarla. Jesús hacia lo que podía. No pretende <<hacer un misterio>> del reino; pero el misterio está en la misma realidad del reino que aquí se revela: no es asequible en un momento. Porque, para conocerlo, son necesarios dos pasos: primero, aceptarlo en su misteriosidad; y segundo, pedir y escuchar su aclaración; dicho de otra forma: primero, romper las ataduras de nuestros pensamientos y prejuicios mezquinos humanos; y segundo, abrirse totalmente a la inmensidad del misterio de Dios. Sólo así se puede comprender el plan de Dios, tan sublime, pero tan distinto de lo que los hombres pueden imaginar.

La incompresibilidad, pues, del misterio no proviene de la predicación de Jesús o de la forma inasequible del anuncio, sino de la naturaleza misma del reino.

A pesar de la profundidad del misterio y de la incomprensión de las masas, Jesucristo no ceja de predicar e invitar al pueblo, y como Él su Iglesia, a abrir los oídos y a buscar y preguntar como preguntaron los discípulos: al que busca y pregunta se le da el conocimiento del misterio del reino4.

4. Doctrina de los Santos Doctores de la Iglesia

SAN BEDA EL VENERABLE (672-735)

<<No se asombraba como de una cosa no esperada e imprevista, puesto que conoce todas las cosas aun antes de ser hechas; pero conociendo hasta lo más secreto de los corazones, manifiesta delante de los hombres que se asombra de lo que quiere que se asombren los hombres. Y es bien de asombrar por cierto la ceguedad de los judíos, que ni quisieron creer lo que sus profetas les decían de Cristo, ni tampoco en El que nació entre ellos.

En sentido místico, Jesús, despreciado en su casa y en su patria, es Jesús despreciado en el pueblo judío. Hizo allí algunos milagros, para que no pudieran excusarse del todo; pero hace todos los días mayores milagros en medio de las naciones, no tanto por la salud de los cuerpos, sino por la del espíritu de los hombres.>>

Comentario al Evangelio según san Marcos 2, 23

5. Oración

Señor Jesucristo, rechazado por los tuyos y acogido por los extraños; concédenos acogerte siempre en nuestro corazón, y poder gozar así de tu presencia transformadora. Que vives y reinas. Amén.

LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad

1 Cruzando el umbral de la esperanza, p. 117

2 Mc 4, 11

3 Cf. Mc 4, 11-12.33-34 par

4 Mc 4, 9-12

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