• Mié. Dic 1st, 2021

Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia

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El Rev. D. Vicente nos lleva a recorrer la vida de San Juan de Ávila y empieza por recordarnos como se alcanza dentro de la Iglesia, el tan alto grado de Doctor

San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia. Rev. D. Vicente Ramón Escandell

INTRODUCCION

En muy contadas ocasiones, la Iglesia ha concedido a uno de sus santos el insigne título de “Doctor”, manifestando con ello, no sólo la brillantez de su sabiduría humana sino, y tal vez sea más importante, su conformación con la sabiduría divina. Pues, no todos los Doctores de la Iglesia han sido grandes teólogos como San Agustín o Santo Tomás de Aquino, sino que, conformando su vida a la luz de la Sabiduría divina, a través de sus vidas han destilado la doctrina cristiana de una manera más eficaz que muchos doctores y teólogos.

La Iglesia inicio catalogando como “doctores” a los cuatro grandes teólogos y pastores de la Iglesia primitiva, tanto de Occidente como de Oriente, curtidos en mil batallas contra las nacientes herejías y aplicando al cuidado de las almas la misma doctrina que plasmaban en sus escritos teológico. Así, en el Occidente cristiano brillaron con luz propia san Jerónimo, San Agustín, San Gregorio Magno y san Ambrosio de Milán; en el Oriente cristiano, reconocidos como tales por las Iglesias latina y griega, sobresalen san Juan Crisóstomo, San Basilio, San Gregorio Nacianceno y San Atanasio.

Hasta la Edad Moderna no se amplió el número de doctores de la Iglesia con la incorporación de Santo Tomás de Aquino que, por derecho propio, ocupó un lugar especial entre los Doctores de la Iglesia. En 1567 era elevado el Aquinate a la categoría de “Doctor de la Iglesia”, por el papel decisivo de su teología en la comprensión del misterio cristiano y por el lugar relevante que ocupó en la elaboración de los decretos conciliares de Trento.

Tras la incorporación de Santo Tomás de Aquino al número de los “Doctores de la Iglesia” se inicia un largo y lento proceso de incorporaciones a esta categoría de santos y sabios católicos:

  • San Anselmo de Canterbury (1730)
  • San Isidoro de Sevilla (1722)
  • San Pedro Crisologo (1739)
  • San León Magno (1754)
  • San Pedro Damián (1828)
  • San Bernardo de Claraval (1830)
  • San Hilario de Poitiers (1851)
  • San Alfonso María de Ligorio (1871)
  • San Francisco de Sales (1877)
  • San Cirilo de Alejandría, San Cirilo de Jerusalén y San Juan Damasceno (1883)
  • San Beda el Venerable (1899)
  • San Efrén de Siria (1920)
  • San Pedro Canisio (1925)
  • San Juan de la Cruz (1926)
  • San Roberto Belarmino y San Alberto Magno (1931)
  • San Antonio de Padua (1956)
  • San Lorenzo de Bríndisi (1959)
  • Santa Teresa de Jesús y santa Catalina de Siena (1970)
  • Santa Teresita del Niño Jesús (1997)
  • San Juan de Ávila y santa Hildegarda de Bingen (2012)
  • San Gregorio de Narek (2015)

A esta lista de Doctores de la Iglesia, España ha aportado a san Isidoro de Sevilla, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y San Juan de Ávila, siendo después de Italia la nación católica que más doctores ha aportado a la Iglesia (San Jerónimo, San Ambrosio de Milán, San Gregorio Magno, Santo Tomás de Aquino, San Pedro Crisologo, San León Magno, San Pedro Damián, San Alfonso María de Ligorio, San Roberto Belarmino, San Lorenzo de Bríndisi y Santa Catalina de Siena) e igualando a Francia en número de Doctores de la Iglesia (San Hilario de Poitiers, San Bernardo de Claraval, San Francisco de Sales y Santa Teresita del Niño Jesús).

Una lista, no menos extensa, es la de candidatos a alcanzar el título de “Doctor de la Iglesia”, en la cual figuran nombres como san Bernardino de Siena, San Luis María Grignion de Montfort, Santo Tomas de Villanueva, San Maximiliano Kolbe, Santa Margarita María de Alacoque, Santa Brígida de Suecia, Santa Verónica Guliani o San Juan Pablo II.

SAN JUAN DE AVILA, DOCTOR DE LA IGLESIA

No bastaría un libro extenso para poner de manifiesto la excelencia de la doctrina de san Juan de Ávila, que resplandece en sus escritos y en cuantas obras llevó a cabo y empresas de tantas actividades como se ejercitó.

PASTOR Y DIRECTOR DE ALMAS

Porque él fue Predicador insigne, como le llama el Papa Paulo III, cuyos sermones conmovieron toda Andalucía, convirtieron a muchas personas e hicieron cambios de vida en otras.

Fue comentarista eximio de la Sagrada Escritura, cuyas explicaciones fueron tan notables, que se decía por algunos que le oyeron que parecía a San Pablo comentándose a sí mismo.

Catequista celoso, que no sólo se dedicó a enseñar la doctrina cristiana por pueblos y ciudades, sino que era uno de los principios fundamentales de su escuela sacerdotal la enseñanza del catecismo, y en la Universidad de Baeza y otros centros eclesiásticos por él fundados no se concedía el título de maestro o doctor al que no se hubiera ejercitado en la enseñanza de la doctrina cristiana. Escribió también un catecismo en verso para que los niños cantaran la doctrina en la escuela y por las calles y plazas, el cual se hizo muy popular por Andalucía divulgado por sus discípulos, y aún en Italia, vertido en aquella lengua por los Padres Diego Gómez y Loarte.

Confesor y director de almas como pocos, siendo su característica la universalidad y profundidad, pues en los directores de almas suele ocurrir como en los médicos, que los hay especialistas, con profundos conocimientos de aquello a que se dedican, y otros de medicina general, pero con conocimientos más superficiales; y nuestro santo Maestro era de medicina general, pero con la profundidad de los especialistas, porque de todas clases de enfermedades de espíritu entendía, y sabia aplicar sus remedios, merced a aquella discreción de espíritus con que Dios le había dotado. Con razón decía de él santa Teresa de Jesús que <<tuvo este santo varón, con singular alteza, los dones de consejo y de discreción de espíritus, y fue conocido y tenido por eminente en esta ciencia por todas las personas santas que florecieron en su tiempo en España, y este don fue el más particular que se ha visto y leído en historias eclesiásticas, y ninguna persona que lo consultó e hizo lo que él ordenaba resultó que errase.>>

Escritor místico, que supo armonizar, como san Pablo, la vía activa del apostolado con la unión interior del alma con Dios en un grado de perfección mística a que se puede llegar aquí en la tierra, y cuyas experiencias místicas divulgó en sus escritos, no sólo en los capítulos del Audi filia que dedica a esto, sino en sus cartas respondiendo a consultas que se le hacían de todas partes por sus dirigidos, y de tal modo es maestro en estos, que es considerado como el patriarca de la mística española. Así, Menéndez Pelayo, no duda en llamarle <<Padre de la nueva escuela mística española>>1. Y ciertamente, como reconocen varios autores, sus escritos son el punto de partida de esa maravillosa literatura espiritual que nos dejaron más tarde tantos autores místicos españoles, como santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, Pedro de Alcántara, Diego de Estella, Luis de Granada, Luis de León, Alonso de Orozco, Juan de los Ángeles, Luis de la Puente, Alonso Rodríguez, etc.

APOSTOL DE LA COMUNION FRECUENTE

Sabido es que sobre el uso o práctica de la comunión ha habido diversidad de estilos en la Iglesia; pues los primeros cristianos comulgaban casi a diario sin distinción de estado social, siendo lo único que se les exigía el estar en gracia, o sea sin pecado grave, lo cual era una necesidad en aquella época de persecuciones y martirios, porque este Divino Manjar les daba la fortaleza en la fe y la constancia de las virtudes, tan heroicas como necesarias; mas pasadas las persecuciones y gozando los cristianos, por otra parte, muy numerosos, de una vida tranquila, la Sagrada Comunión se hizo rutinaria en unos y degenero en abuso, faltando así al debido respeto y aprovechamiento; y en otros, como remedio a estos abusos, se fue demorando su práctica, lo cual, como enseñaba el Maestro Ávila, no es remedio, sino grave mal, pues llegó al extremo de abandono completo y fue necesario que el IV Concilio de Letrán mandase que por lo menos una vez al año se recibiese la Sagrada Eucaristia.

En tiempo de san Juan de Ávila eran pocos los que comulgaban frecuentemente, y fue él en su época el paladín de esta frecuencia; devotísimo del Santísimo Sacramento, no se contentó con predicar sus excelencias y su devoción de los jueves, sino que indujo a comulgar a sus dirigidos frecuentemente, como el mejor medio de santificación.

Mentira parece que haya quien se atreva a considerar a san Juan de Ávila como adversario de la comunión frecuente, porque en algunas de sus cartas a algunos confesores les aconseja alguna restricción a los que abusan. ¡Como si el poner remedio a los abusos fuera negar su frecuencia! Si hoy la Iglesia recomienda a todos la comunión diaria, no quiere decir que haya abusos y que estos no puedan y deban ser evitados por el confesor prudente. Además, no se puede juzgar con el criterio de hoy lo que ocurría en el siglo XVI; en aquel tiempo de tantos santos y de tanta exaltación de la fe, había también santos de pega, los alumbrados, que fingían una santidad que no tenían.

Sucedía lo contrario que en nuestro tiempo, en que el indiferentismo religioso retrae a muchos de las prácticas religiosas, mientras que entonces todo el afán de las gentes era de parecer personas de mucha piedad, y llegaba la vanidad de muchos a frecuentar los Sacramentos más por liviandad que por deseos de aprovecharse, y sobre esto es lo que aconsejaba el padre Ávila a los confesores se la restringiesen, haciéndola desear más, para su mejor provecho, no obstante predicar y aconsejar la comunión frecuente y aún diaria.

Léanse sus escritos y se convencerán los que lo duden, pues su doctrina es, en síntesis, la siguiente: <<Hay que convidar a todos a la comunión frecuente y aún diaria, pero se ha de negar a los que abusan por su culpa y para su mal. Sólo el confesor es quien ha de entender de esto.>> En lo cual nada hay reprensible, sino mucho que alabar y que agradecer.

INSTAURADOR EN ESPAÑA DE LA REFORMA DEL CLERO

El Maestro Ávila influyó, no sólo en España, sino en la Iglesia universal, con la fundación de seminarios y con sus <<Memoriales al Concilio de Trento>>.

En tiempo del Padre Ávila se llegaba al sacerdocio con sólo estudiar en las Universidades la teología; sin más reparos ni requisitos, se ordenaban sacerdotes, como podían hacerse médicos, abogados, etc. De esta forma entraban en el sacerdocio muchos por adquirir puestos y dignidades, y otros sencillamente, por tener que comer.

Fue el Padre Ávila quien primero intentó en España una reforma de los estudios eclesiásticos, separándolos de las Universidades y exigiendo en los sujetos condiciones de idoneidad que antes no se exigían. Más que estudiar la cuestión de la vocación, se propuso remediar un mal. Sintió la necesidad de cerrar la puerta a los intrusos, y da su solución al Concilio de Trento, como prácticamente lo venía haciendo en España en sus colegios por él fundados; y el Concilio siguiendo su dictamen, determina la creación de los Seminarios Conciliares, y exige en los ordenados un mínimo de virtud. Así escribe, a este respecto, a los Padres conciliares de Trento:

<<En todos los oficios humanos el buen oficial no nace hecho, sino hase de hacer; medico, abogado, carpintero y todos los oficios tienen un año y medio de noviciado y tirocinio, para aprender poco a poco lo que después puede ejercitar son peligro. Pues como el sacerdote, aunque no sea más, o ser confesor o predicador, cura, o pastor, sea cosa de tan gran perfección y de tanta dificultad para hacerse bien hecho, ¿qué razón hay para que no tenga su tiempo diputado para que aprenda el arte, que después ha de ejercitar, especialmente siendo arte que también se dará a aprender y donde el fruto con mucho colmo responde a la diligencia y trabajo del que lo aprendió? (…) Si este oficio es de mayor importancia que otro ninguno, pues de él depende la salvación de las almas, y tanta parte es para alcanzarlo ser primero impuesto en él, ¿qué vergüenza tan grande es que, no consintiendo en la republica un oficial que primero no se haya impuesto en su oficio, consintamos que en la Iglesia un ministro que jamás aprendió a serlo? ¿Qué infidelidad es aquesto, que, si una bestia bruta tiene un achaque de dolencia, no la osamos fiar a un albéitar, si no ha aprendido primero su oficio, y a una anima enferma, por quien Dios murió, la fiamos de un médico, que nunca aprendió como la había de curar?>>2

Cierto que el Concilio, como el Maestro Ávila, exigen al sujeto condiciones que antes no se exigían. ¿Es esto la vocación? Por lo menos son señales de ella.

La vocación al estado sacerdotal, considerada teológicamente, es una llamada o elección que hace Dios, y en su nombre la Iglesia, de una persona para tal estado, conforme a lo que dice san Pablo: <<Ninguno se atribuya a sí este honor, sino ha sido llamado por Dios, como Aarón>> o como el mismo Jesucristo decía a sus Apóstoles: <<No sois vosotros los que me habéis elegido, sino Yo fui quien os eligió>>. Según esto, Dios, o en su nombre la Iglesia, es quien elige a sus ministros, a los cuales Dios dota particularmente de condiciones que le hacen idóneo y apto para tal cargo, las cuales condiciones son las señaladas de que se vale la Iglesia para su elección. Sobre esta cuestión, decía san Juan Pablo II:

<<La vocación sacerdotal es un don de la gracia, una llamada gratuita que precede del amor divino; en efecto, jamás se puede considerar la vida sacerdotal como una promoción sencillamente humana, ni la misión del ministro un simple proyecto personal. En todos los instantes de su vida el sacerdote debe considerarse a sí mismo como destinatario de una especial llamada de Jesús, y totalmente comprometida a realizarla.>>3

Fue posterior al Padre Ávila cuando surgió entre los teólogos un concepto nuevo de la vocación sacerdotal, haciéndala consistir en una llamada interior de derecho inmutable de Dios de predestinación del sujeto para tal estado, sin el cual no podía ser admitido al sacerdocio, ni el individuo renunciar a él sin exponerse a su condenación eterna, y como esto es difícil de averiguar sin una revelación de Dios, salta a la vista la perplejidad y los temores de conciencia que esta opinión trae consigo, tanto para los superiores eclesiásticos que han de elegir en nombre de la Iglesia, como para los individuos que han de determinarse.

Con razón ha sido reprobada esta doctrina sobre la vocación, con la cual nada tiene que ver la doctrina de san Juan de Ávila, que se limitó a exigir en el ordenando condiciones de aptitud, con buenos y rectos deseos de servir a Dios y a la Iglesia en el estado eclesiástico, aunque reconoce que Dios es quien da a los individuos estos rectos deseos y les dota de condiciones de aptitud, en lo cual hace consistir la vocación o llamada interior del sujeto, pero sin que por ello le de derecho alguno a exigir a la Iglesia una obligada elección de personas. Así lo manifiesta, de nuevo, a los Padres Conciliares de Trento:

<<Los que hubieren de ser elegidos para estos colegios sean de los mejores que hubiere en todo el pueblo, haciendo inquisición de ellos muy de raíz el obispo y los que el concilio le señalare por acompañados. Y de esta manera vendrán llamados y no injeridos, y entraran por la puerta de obediencia y llamamiento de Dios {…} Todos estos han de procurarse sean gente de la cual se entiende que vive Dios en ellos, amigos de virtud, aficionados a las cosas de la Iglesia, probados en la castidad.>>4

En términos similares, se expresaba el Papa Pío XI en su encíclica Ad catholici Sacerdotii, en donde se pone de manifiesto el influjo perdurable de la doctrina de san Juan de Ávila sobre la vocación sacerdotal:

<<No será difícil a la mirada vigilante y experimentada del que gobierna el seminario, que observa y estudia con amor, uno por uno, a los jóvenes que le están confiados y sus inclinaciones, no será difícil, repetimos, asegurarse de si uno tiene o no verdadera vocación sacerdotal. La cual, como bien sabéis, venerables hermanos, más que en un sentimiento del corazón, o en una sensible atracción, que a veces puede faltar o dejar de sentirse, se revela en la rectitud de intención del aspirante al sacerdocio, unida a aquel conjunto de dotes físicas, intelectuales y morales que le hacen idóneo para tal estado.

Quien aspira al sacerdocio sólo por el noble fin de consagrarse al servicio de Dios y a la salvación de las almas, y juntamente tiene, o al menos procura seriamente conseguir, una sólida piedad, una pureza de vida a toda prueba y una ciencia suficiente en el sentido que ya antes hemos expuesto, este tal da pruebas de haber sido llamado por Dios al estado sacerdotal.

Quien, por lo contrario, movido quizá por padres mal aconsejados, quisiere abrazar tal estado con miras de ventajas temporales y terrenas que espera encontrar en el sacerdocio (como sucedía con más frecuencia en tiempos pasados); quien es habitualmente refractario a la obediencia y a la disciplina, poco inclinado a la piedad, poco amante del trabajo y poco celoso del bien de las almas; especialmente quien es inclinado a la sensualidad y aun con larga experiencia no ha dado pruebas de saber dominarla; quien no tiene aptitud para el estudio, de modo que se juzga que no ha de ser capaz de seguir con bastante satisfacción los cursos prescritos; todos éstos no han nacido para sacerdotes, y el dejarlos ir adelante, casi hasta los umbrales mismos del santuario, les hace cada vez más difícil el volver atrás, y quizá les mueva a atravesarlos por respeto humano, sin vocación ni espíritu sacerdotal.>>5

CONCLUSION

Muchos otros aspectos se han quedado en el tintero respecto a la doctrina de san Juan de Ávila, una doctrina que, alcanzó ya en su tiempo un valor universal, que le ha hecho merecedor del título de “Doctor de la Iglesia”.

Inspirador de los grandes doctores y místicos de la época moderna (Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz o San Francisco de Sales), san Juan de Ávila ocupa ya, gracias al Papa Benedicto XVI, un lugar entre los grandes maestros de nuestra fe y de los sabios y doctores españoles (San Isidoro de Sevilla, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz), que con sus aportaciones forjaron el alma católica de España y consolidaron y aumentaron la fe católica en toda la Cristiandad.

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad

1 La Ciencia española, t. II, inventario bibliográfico III, p. 189

2 Memorial al Concilio de Trento.

3 Ángelus (3-XII-1989)

4 Memorial al Concilio de Trento 1, n. 17, 458ss; cfr. Trento 2, n. 91, 3407 ss. / Toledo I n. 39, 1405ss.

5 N. 54

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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna