• Dom. Dic 5th, 2021

Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

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La Fundación Identidad y Democracia, vinculada al movimiento político francés “Rassemblement national” así como a otros siete partidos políticos europeos, acaba de publicar el libro titulado “Reconquista, ocho siglos de resistencia europea”, con prefacio de Santiago Abascal y conclusión de Nicolas Bay, parlamentario en Bruselas.

Reconquista. Un artículo de Miguel Toledano

En su prólogo, el carismático presidente de Vox califica al Imperio español de “doblemente católico”: por una parte, destaca su condición religiosa opuesta a la media luna; pero además, añora la intención española de cubrir el “kathos olon”, todo el orbe, con la cruz de Cristo.

A continuación, el líder vitoriano recuerda la cooperación entre la espada y la cruz, el poder temporal y el espiritual, en la gran obra de la Hispanidad. Ello permitió que los indios abandonasen sus inhumanas practicas sacrificiales y antropofágicas para pasar a ser considerados como personas iguales en derechos a los castellanos y aragoneses.

Y junto a la Reconquista y la evangelización, el político español opone a la tiranía coránica la libertad proclamada por Cervantes en “Don Quijote”; es decir, el más precioso de los dones otorgados a los hombres por el Cielo constituyendo, junto al honor, los dos elementos que debemos defender con la misma vida.

El cuerpo de la obra recorre en apenas sesenta páginas la gran epopeya histórica nacional felizmente alcanzada entre los siglos octavo y decimoquinto. Hasta el punto de que la confrontación a los mahometanos articula la identidad colectiva española. No sólo eso, sino que el ideal católico personificado por los reinos ibéricos produce un modelo imitado por los Cruzados al norte de los Pirineos y ensalzado incluso hasta la actualidad.

La invasión mora se produce por “acuerdo de una parte importante de la elite cristiana”. Esto es una enseñanza válida entonces y en todas las épocas, que debería advertir a las ingenuas clases dirigentes contemporáneas, así como a nuestros compatriotas, de los peligrosos experimentos del multiculturalismo, especialmente en cuanto se refiere a los seguidores del falso profeta.

Un segundo factor del fracaso inicial ante el invasor africano estuvo representado por la falta de organización eficaz de las poblaciones locales. Es éste un mal cultural y ya secular de la España liberal, respecto al que Vox supone un éxito inicialmente esperanzador. Después de décadas de degeneración creciente, parecería imposible que un grupo significativo de españoles lograsen alinearse contra el turnismo partitocrático.

No obstante, la catástrofe original del año 711 permitirá, a través de los lentos movimientos de la teología de la historia, que España se convierta en el campo de rivalidad permanente entre cristianos y musulmanes. Como si ese combate, que ocupó no menos de un tercio de toda nuestra historia, simbolizase la lucha permanente entre el bien y el mal, que sólo ha de finalizar con la segunda venida del Mesías.

Al igual que a través de la radio y la televisión presenciamos en la actualidad, nuestros antepasados experimentaron las mismas instituciones islámicas: la responsabilidad colectiva, de tal forma que una comunidad entera puede ser castigada por la actuación de un solo infiel; la prohibición de portar prendas o símbolos externos que acrediten la condición cristiana; y la expresión de términos injuriosos a Mahoma.

Adicionalmente, los no musulmanes son considerados súbditos de segunda clase. Se les llama “dhimmis”, que quiere decir protegidos; pero esto es únicamente un eufemismo para ridiculizar su condición inferior. En nuestra época, sólo el socialismo nacional alemán ha sido capaz de semejante sarcasmo contra sus adversarios.

En Al-Ándalus, los cristianos tienen obligación de ceder el paso a los fieles de Alá por la calle, pagan contribuciones fiscales superiores y deben hacer una reverencia a las autoridades extranjeras, quienes pueden asestarles una bofetada para mostrar a las claras la atribución en su favor del poder político.

Por lo que se refiere a los impuestos, dos se exigen con carácter suplementario a los mozárabes con tal de permitirles seguir practicando -privadamente- la fe trinitaria. Un autor de la época los describe como tributos “que golpean la cabeza de los infieles para humillarlos y sojuzgarlos, hasta que los paguen para salvar su nuca, en lugar de torturarlos o someterlos a mayores cargas por encima de sus posibilidades, manifestándoles más bien desprecio y humillación”.

Se impide la construcción de nuevas iglesias y la ampliación de las ya existentes. Se prohíbe la celebración de procesiones. Se castiga con la muerte la eventual conversión al cristianismo. E igual pena capital se impone a cualquiera que ponga en duda los textos coránicos.

Para lograr la repoblación en Al-Ándalus, los invasores obligan a las mujeres españolas a casarse con ellos, a razón de hasta diez esposas por varón. Inmediatamente, se les exige la conversión a la religión del califato y a todos los usos y costumbres derivados de tal cosmovisión.

“Reconquista” dedica un capítulo a Santiago el Mayor, convertido en patrón nacional. En el texto se afirma que el santuario de Compostela fue erigido “en el lugar donde fue descubierta la tumba del Apóstol”. Más aun: la Fundación Identidad y Democracia equipara la categoría que la ciudad gallega tiene para todos los fieles cristianos con la que ostenta la Meca en el imaginario de los mahometanos.

La enumeración de las apariciones del Matamoros en la historia de España es conocida y no por ello merecedora de menos veneración: Clavijo en el siglo IX, Simancas en el X, Portugal en el XI y en 1212 las Navas, más otras dieciséis ocasiones en la América hispana entre 1518 y el fin del siglo XIX.

La Reconquista pertenece por derecho propio al género de cruzada santa, animada por el gran papa Inocencio III, quien instó a que los reyes cristianos se uniesen y expulsasen definitivamente a los mahometanos fuera de la Península Ibérica. Paradójicamente, los papas posteriores al Concilio Vaticano II se abrazan a las autoridades coránicas, llegando a exhortar a sus seguidores a perseverar en la “shahada”.

Hacia el fin del relato de esta gran guerra de religión, la Fundación Identidad y Democracia realiza un nuevo homenaje a España: Mientras Constantinopla cae en 1453 ante el poderío otomano en el este, los soldados españoles reconquistan Gibraltar en 1455, dando un ejemplo de admiración al mundo cristiano de entonces; como si la afrenta por la desaparición del Imperio Romano a manos de los turcos fuese, en cierta manera, lavada por los caballeros de Castilla y de Aragón.

La narración se completa con el descubrimiento de América, verdadera segunda parte de la gloria española. La Fundación francesa subraya un bilema que presidio la misión de los conquistadores, a saber, un mismo soberano-una misma fe para los indios occidentales. Para la gran empresa de Castilla y Aragón, la fe era una “cuestión crucial” y siguió siéndolo hasta el momento en el que España encabezase la Liga Santa en Lepanto, el 7 de octubre de 1571.

España, “campeona del catolicismo” entonces, hoy ha sido convertida en comparsa de la Unión Europea. La Reconquista, concluye Nicolas Bay, es un acontecimiento histórico capital que debe conocerse y meditarse, por ser rico en enseñanzas para el presente y el futuro. Nos permite honrar la grandeza del pasado y albergar un legítimo orgullo por cuanto significó.

Su dimensión primordialmente cristiana refleja la “profunda alteridad” entre el universo islámico y el nuestro. Concordamos con el eurodiputado francés en la esperanza que proyecta aquella proeza sobre nuestro potencial; también en la importancia de la visión estratégica a largo plazo, que nos lleva a construir y a combatir por el bien de las generaciones siguientes, más allá de las coyunturas puramente electoralistas.

Por momentos se percibe en el relato un excesivo protagonismo, a veces misterioso, que se reconoce a las fuerzas procedentes del norte de los Pirineos en los triunfos militares contra los árabes peninsulares.

Mas críticos todavía somos respecto a la confusión relativa a la “unidad cultural” que se predica. Tal unidad o identidad solo puede estar cimentada sobre la fe, no sobre el mito europeo u occidental, ni sobre la nación. Esa dimensión cristiana de la que habla Bay, anterior a la modernidad, es el pilar en el que se apoya la gran civilización que fue la Cristiandad – y no la Europa surgida de la revolución protestante y de la paz de Westfalia. El “poder del Estado”, que reivindica el tribuno del Frente Nacional, nos devolvería a 1648 – que es precisamente el modelo político contrario a la monarquía española tradicional, fundada en el derecho público cristiano.

Miguel Toledano Lanza

Domingo decimosexto después de Pentecostés, 2021

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Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibió su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovisión carlista, está casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. Ha publicado más de cien artículos en Marchando Religión. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Actualmente reside en Bruselas. Es miembro fundador de la Unión de Juristas Católicos de Bélgica.