• Jue. Dic 2nd, 2021

Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Debemos terminar con la mala música en la Iglesia

mala música en la Iglesia

La mala música en la Iglesia no es sino una victoria de la mundanidad, un subproducto de un imperialismo cultural sin resistencia, una contaminación del silencio y del canto llano que deberían reinar en la casa de Dios.

Debemos terminar con la mala música en la Iglesia, por la misma razón que Jesús expulsó a los vendedores del templo, un artículo de Peter Kwasniewski para LifeSiteNews

Comentando el rito romano de la Misa, Santo Tomás observa:

“En este sacramento (de la Eucaristía) se requiere una mayor devoción de la que se requiere para los otros sacramentos, por el hecho de que Cristo en su totalidad está contenido en él; y también una devoción extendida, porque en este sacramento se requiere la completa devoción de las personas por las cuales se ofrece este sacrificio, y no solo la devoción de aquellos que reciben el sacramento como ocurre en los otros sacramentos. Y por esta razón es que Cipriano dice (En la Oración del Señor, cap.31), “El sacerdote al decir el prefacio, prepara las mentes de los hermanos en la fe, diciendo: “Levantemos el corazón”, con el fin de que, cuando personas respondan: “lo tenemos levantados hacia el Señor”, se les pueda recordar que deben pensar nada más que en Dios.”

¡Qué notable fragmento! El Doctor Angélico nos está diciendo que la liturgia de la Misa debiera estimular una devoción profunda y amplia en las personas, como corresponde a un sacrificio tan grande, para que podamos pensar nada más que en Dios. Como lo atestigua también la divina liturgia Bizantina:

«Los que representamos místicamente a los querubines y cantemos el himno tres veces santo a la Trinidad creadora de vida, dejemos ahora a un lado todos los cuidados terrenales».

En esta vida no podemos emular perfectamente a los querubines, para estar así perfectamente inmersos en la liturgia celestial. Algunos pensamientos terrenales y emociones siempre se aferrarán a nosotros. Sin embargo, la Iglesia siempre ha elevado una voz de protesta cada vez que los compositores y músicos permiten que esos pensamientos y emociones acampen dentro del templo y dominen la escena.

Inspirados por la enseñanza de Jesús, nutridos por Su vivificante Cuerpo y Sangre, nuestro llamado como cristianos es a llevar santidad desde el altar al mundo, y, tanto como podamos, transformar el mundo, renovarlo, santificarlo por el poder de los sagrados misterios. Los cristianos nunca han visto que sea su trabajo llevar elementos del mundo caído desde fuera al interior del templo, rehaciendo la liturgia, la predicación y las formas de arte en reflejos de ese mundo. Porque incluso si ellos son “reflejos atenuados”, aún así no tienen su origen en Dios, sino en el mundo y llevan consigo su mundanidad.

Por otra parte, ¿Cómo podría no haber una conexión en los elementos postconciliares de reemplazar la naturaleza jerárquica de la Iglesia con el modelo democrático tomado del humanismo de la Ilustración, y por otro lado, el declive en la calidad de la música sagrada y religiosa, que ahora celebra al hombre en vez de Dios, y que solo tiene realmente éxito mostrando la banalidad y la pobreza del hombre sin Dios?

Si queremos conocer cómo los Salmos u otros textos de la Escritura debieran ser cantados, deberíamos escuchar a los sucesores de los Israelitas cantando los “cánticos de Sión,” a saber, los fieles monjes y monjas que han dedicado su vida a “cantar sabiamente” (Cf. Salmo 46, 8). Un oído atento puede, de hecho, distinguir los paralelos musicales entre la cantilena judía y la salmodia cristiana, ya sea latina o bizantina Si escucháis una grabación de los monjes de Barroux, Fontgombault, Norcia o Silverstream, escucharéis el sonido de la oración cantada, reverente, que adora y contempla, que saborea las palabras sagradas como la miel (Cf. Salmo 118; 103), con las pasiones en paz y la mente elevada al cielo y a la Santísima Trinidad.

“El celo de tu casa me consume” (Juan 2, 17), Jesús arroja a los cambistas fuera del perímetro del templo, a pesar de que lo que ellos estaban haciendo era menos objetable que mucho de lo que sucede en los santuarios de las iglesias católicas hoy. ¿Por qué nuestro Señor, tan gentil como era con los pecadores, actuó de es manera? Es porque Cristo, más que cualquier otro fiel que haya jamás vivido o vivirá, sabe de la importancia de la pureza del culto, de la necesidad de mantener una separación entre lo mundano y lo sagrado. Sólo él sintió y conoció hasta lo más profundo de su ser increado, cuán indignos del Dios vivo eran los motivos, los modales y la mercancía que ofrecían aquellos comerciantes.

Cuando una persona entra en el templo, deja atrás suyo los negocios y los placeres del mundo y procura adorar a Dios con todo su corazón, con toda su mente y con toda su alma. Y se supone que esta completa dedicación y devoción se derrama desde el templo hacia el mundo, así, de este modo, mientras más una persona adore, más se conforma a los misterios que celebra, convirtiéndose, por así decirlo, en una encarnación viva de los ritos litúrgicos, incluso en sus actividades seculares.

La meta no es secularizar lo sagrado y hacerlo más “accesible” a la mentalidad de la época (esto bordearía en el sacrilegio), sino más bien, santificar lo secular y hacerlo santo para mejor. La iglesia es el domino de lo sagrado, no el hogar para una adaptada y acomodada mundanidad.

Se supone que la Iglesia debe ganar nuestros corazones y nuestra mente para lo sagrado, de modo de esta manera esta victoria pueda permear el resto de nuestras vidas en el mundo. El “rock cristiano”, o incluso el suave estilo folklórico de los jesuitas de Saint Louis, no es menos que una victoria de la mundanidad, un subproducto de un imperialismo cultural sin resistencia, una contaminación del silencio y del canto llano que deberían reinar en la casa de Dios, donde el espíritu respira libremente y las emociones se aquietan suavemente.

Muchos libros y artículos (como este, este y este otro) han sido escritos sobre las directrices eclesiásticas de la música destinada al culto y sobre el noble ideal de cantar la Misa, no meramente para cantar en la Misa, haciéndolo, además, en continuidad con la gloriosa herencia de la música sacra que el Espíritu del Señor ha insuflado a su Iglesia a lo largo de los siglos.

En conclusión, aquí yo solo deseo sugerir un buen punto de inicio para un “examen de conciencia musical”, que pueda conducir a un cambio del corazón, a nuevas resoluciones y a iniciativas concretas. La sesión 22 del Concilio de Trento nos desafía a hacer todo lo que podamos para hacer nuestro ofrecimiento de la liturgia sea digna en su naturaleza interior:

“Cuánto cuidado se deba poner para que se celebre, con todo el culto y veneración que pide la religión, el sacrosanto sacrificio de la Misa, fácilmente podrá comprenderlo cualquiera que considere, que llama la sagrada Escritura maldito el que ejecuta con negligencia la obra de Dios. Y si necesariamente confesamos que ninguna otra obra pueden manejar los fieles cristianos tan santa, ni tan divina como este tremendo misterio, en el que todos los días se ofrece a Dios en sacrificio por los sacerdotes en el altar aquella hostia vivificante, por la que fuimos reconciliados con Dios Padre; bastante se deja ver también que se debe poner todo cuidado y diligencia en ejecutarla con cuanta mayor inocencia y pureza interior de corazón, y exterior demostración de devoción y piedad se pueda.”

Estas palabras nos llaman a dar forma de nuevo y a profundizar nuestras concepciones de adecuación musical y litúrgica. Al fin y al cabo, aún seguimos escuchando a San Pablo llamándonos a través de los tiempos, con los Padres de la Iglesia, con el Concilio de Trento, con San Pío X, con Juan Pablo II y Benedicto XVI: “Y no os acomodéis a este siglo, antes transformaos, por la renovación de vuestra mente, para que experimentéis cuál sea la voluntad de Dios, que es buena y agradable y perfecta” (Romanos 12, 2).

Peter Kwasniewski

*Nota de edición: La fotografía pertenece al artículo original publicado por LifeSiteNews. MarchandoReligion declina toda responsabilidad

Puedes leer este artículo en si sitio original en inglés aquí: https://www.lifesitenews.com/blogs/we-must-end-bad-church-music-for-the-same-reason-jesus-drove-money-changers/

En Marchando Religión tenemos en nuestro canal de Youtube muy buenos videos sobre la música que agrada a Dios:


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Profesor Peter Kwasniewski

Profesor Peter Kwasniewski: (Chicago, 1971) Teólogo y filósofo católico, compositor de música sacra, escritor, bloguero, editor y conferencista. Escribe regularmente para New LiturgicalMovement, OnePeterFive, LifeSiteNews, yRorateCaeli. Desde el año 2018 dejó el Wyoming CatholicCollegeen Lander, Wyoming, donde hacía clases y ocupaba un cargo directivo para seguir su carrera como autor freelance, orador, compositor y editor, y dedicar su vida a la defensa y articulación de la Tradición Católica en todas sus dimensiones. En su página personal podrán encontrar parte de su obra escrita y musical: https://www.peterkwasniewski.com/