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Marchando Religión

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Los Malavoglia

PorGilmar Siqueira

Nov 10, 2021
Los Malavoglia-MarchandoReligion.es

«A verdadeira arte regional é sempre universal».

Otto Maria Carpeaux. Atrás de Pirandello.

Mi reciente lectura de Los Malavoglia, novela escrita por Giovanni Verga y publicada en 1881, reavivó la impresión que tuve de mis primeras lecturas de Pereda: una familiaridad con los personajes. Lo que a primera vista es un poco curioso: ¿Qué podría yo, un brasileño del siglo XXI, encontrar de familiar en novelas llamadas regionales del siglo XIX? Y aún más: ¿Qué puede haber de familiar – o de universal – entre pescadores santanderinos y sicilianos del siglo XIX?

Los Malavoglia. Un artículo de Gilmar Siqueira

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La segunda pregunta quizá sea menos difícil porque, aunque los personajes hayan vivido en diferentes partes de Europa, la época y el oficio común los acerca en muchas características. Es cierto. Pero hay algo más: la posible universalidad que he insinuado en la segunda pregunta. Como lector, me he deparado con ella – tal vez con su posibilidad – mientras pensaba en las personas que conocía y que de alguna manera, como yo lo intuía, se parecían a los personajes de Pereda. La intuición se confirmó gracias a la lectura de Verga.

Los Malavoglia no es una novela amena. En ella se cuenta la desgracia de una familia antaño grande, pero que en el tiempo de la narración estaba reducida a los Malavoglia del pueblo de Trezza. El narrador presenta un cuadro muy sucinto de esa gente en las primeras líneas para luego dar voz a los propios personajes: alternando entre el discurso directo y el indirecto conocemos Trezzo, los Malavoglia y los demás personajes gracias a lo que unos hablan de los otros. Como en todos los pueblos pequeños, retazos de las vidas ajenas son comentados en cada casa. Sabemos lo que se dice de algunos personajes y luego escuchamos sus propias voces, mientras que el narrador pretende quedarse callado. «Quien observa dicho espectáculo no tiene el derecho de juzgarlo», escribió Giovanni Verga en el prefacio. ¿A qué espectáculo se refiere? Al camino hacia el progreso material, dijo el autor, y prosiguió:

Tan solo el observador, también él arrastrado por la marea, mirando a su alrededor, tiene el derecho de interesarse por los débiles que se quedan en el camino, por los extenuados que se dejan vencer por la ola a fin de terminar más pronto, por los vencidos que levantan los brazos desesperados y doblan la cabeza bajo el pie brutal de los que sobrevienen, los victoriosos de hoy, también apresurados, también ávidos, y que mañana serán ultrapasados.

¿Novela de tesis? Parece que sí. Y me revolví en el sillón con la lectura del prefacio. A fin de cuentas una novela de tesis no es una novela, pensé. Pero decidí seguir adelante porque Otto Maria Carpeaux habló bien de Verga. No me he arrepentido; merece la pena fiarse de los maestros. La tesis de Giovanni Verga se le fue de las manos y quedó la novela, quedó la obra de arte.

La tragedia de Los Malavoglia fue que, cuando intentaron mejorar un poco de vida, perdieron los únicos bienes que tenían: la casa solariega y la barquía, llamada Providencia para mal de sus pecados. La suya fue una tragedia porque entre elecciones imprudentes, rebeldía contra la vida (encarnada en el joven N’toni) y aceptación resignada de los hechos (encarnada en el abuelo N’toni), es difícil que el lector encuentre alguna culpa concreta en su desgracia. Al tomarse la posición del observador que no tiene derecho de juzgar, el narrador le impuso al lector la misma condición. Los Malavoglia no saben a ciencia cierta qué les pasa; y nosotros tampoco. Pero aun así – valga la paradoja – no son totalmente juguetes de las circunstancias, ni de las condiciones del ambiente, ni de los factores económicos. Son hombres: su desgracia les duele porque se sienten disminuidos, porque anhelan un equilibrio perdido e intentan recobrarlo.

Dijo Carpeaux que «Verga mira al sol, al mar y al hombre de su isla no con la desesperación científica de los naturalistas, pero con el stupore del fiel de dioses alejados, muertos y todavía siniestros». La tesis murió cuando Verga, al centrarse antes en los hombres que en las cosas, vio que la desgracia de Los Malavoglia tenía algo de misterioso. Su arte es clásico, lo dijo Carpeaux. Sigo con el maestro austro-brasileño:

Es un arte clásico, arte de figuras de tamaño sobrenatural, figuras homéricas y de los grandes trágicos, Aquiles, Ulises, Antígona, de inocencia elemental, como Adán y Eva. El tema eterno de Verga es la voluntad trágica de los hombres de oponerse al propio Fado; para mantenerse como habían sido, aun cuando todo a su alrededor había cambiado. Rechazando la nueva realidad, los personajes de Verga no son locos, sino héroes; no son vencidos, sino victoriosos. Como victorioso fue el propio Verga, quien rechazó la nueva realidad, renunció a la literatura y continuó, a lo largo de treinta años de vergüenza «modernista», dannunziana, en un altivo silencio, hasta la muerte.

Probando su desgracia, los Malavoglia no tenían más que refranes, oraciones humildes y lágrimas para narrarla, para intentar comprenderla. El gran proyecto del abuelo N’toni era recobrar la casa perdida y seguir trabajando, para poder morir en ella – descansar – como sus antepasados; al nieto N’toni todo esto se le figuraba absurdo, sin sentido, vacío; ellos trabajaban como burros mientras que otros se divertían todo el tiempo sin hacer nada. Abuelo y nieto no se entendían; en sus limitadas palabras, vivían en mundos apartados. El nieto N’toni abominaba el pueblo en que vivían y la vida que llevaban; el abuelo N’toni, con todas las dificultades, no se imaginaba cómo alguien podría maldecir de la vida y dejar de luchar.

El nieto N’toni fue coherente – por decirlo de alguna manera – y dejó de vivir. Se entregó a la vagancia, a la borrachera y por fin al crimen. Lo metieron en la cárcel y, cuando volvió, nos cuenta el narrador – o más bien el propio N’toni – «que ahora lo sabía todo». ¿Qué es lo que sabía? No alcanzamos descubrirlo, pero vemos al personaje, por primera vez en su vida, lamentarse por tener que abandonar el pueblo en que había nacido.

Cuando me referí al misterio en la desgracia de los Malavoglia, no lo hice porque me faltaba una palabra mejor; tanto en el cambio final del nieto N’toni como en la constancia de su abuelo y hermanos había una resistencia, tal vez una grandeza, que es misteriosa. Supongo que ellos no sabrían describirla. Carpeaux, el crítico literario, la llamó trágica. Y fue otro personaje – de otra novela y además un noble – quien la intentó describir de alguna manera: el príncipe Salina, de Lampedusa. La experiencia trágica – que es universal – igualó a nobles y plebeyos. Dichoso el arte que puede inmortalizarlo.

Pero no fueron ni Carpeaux ni Lampedusa los responsables por el impacto más hondo que la novela de Giovanni Verga tuvo sobre mí; en realidad los dos maestros me ayudaron a comprender y darle forma a una experiencia anterior, más directa, que influyó en mi lectura de la novela. La experiencia anterior es mi conocimiento de una familia semejante a la de los Malavoglia.

Soy de un pueblo muy pequeño y, cuando yo era niño, vivía con mi familia en el campo. En una finca cercana estaba otra familia, más numerosa que la mía: eran siete hijos y cuatro seguían viviendo con los padres, pero los demás estaban a menudo cerca de ellos. Ni la casa ni la tierra pertenecían a esa familia; su gran ilusión era tener una casa propia en el pueblo.

Me acuerdo de ellos por esos retazos de la vida que comenté más arriba: oía mis padres, algunos otros conocidos y ellos mismos hablando de sus proyectos. Los conocí de una manera cercana a la que conocí los personajes de Verga; creo que por eso la ausencia del narrador me llamó tanto la atención. Hablaban a menudo del sueño de vivir en el pueblo.

Nosotros nos fuimos a vivir en el pueblo antes que ellos. La señora – la madre – nos despidió emocionada: estaba triste por nuestra marcha y a la vez le brillaban los ojos, porque pronto lograría marcharse también. Y lo logró. No tardó mucho para que toda la familia realizara su ilusión.

Yo, desde más lejos, seguí recibiendo algunos retazos de su vida. Poco tiempo después del cambio radical el padre murió; como había más de un nieto N’toni en esta familia, los hijos se descarrilaron un poco y dieron muchos disgustos a la madre; uno de ellos hizo efectivamente lo que el nieto N’toni no alcanzó a hacer. El único más cercano a la madre, que podía sufrir con ella y confortarla, era el mayor, un hombre con discapacidad mental. Ese hombre, más que sus hermanos, podía ver y entender la desilusión del proyecto.

Al igual que los Malavoglia, ellos no entendían qué les pasaba. Ni yo tampoco. Pero no conozco todas sus vidas y, como un lector de novela, recibí de esas vidas no más que algunos retazos que volví a componer imaginativamente mientras leía Los Malavoglia. En mi cabeza están confundidos los Malavoglia de antaño con los de hogaño.

Gilmar Siqueira

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