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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Iudica me, Deus. Júzgame, Dios

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Un salmo para tiempos difíciles, el Salmo 43, en el que fácilmente podemos vernos identificados en situaciones concretas de nuestra vida. Nos adentra en el mismo, nuestro presbítero, D. Vicente

Iudica me, Deus. Júzgame, Dios. Un artículo del Rev. D. Vicente Ramón Escandell

PALABRA DE VIDA

IUDICA ME, DEUS

Júzgame, ¡oh Dios!, y defiende mi causa;

Líbrame de esta gente sin piedad,

Del hombre pérfido y malvado.

Pues tú eres mi refugio, ¿por qué me rechazas?

¿Por qué he de andar en luto bajo la opresión del enemigo?

Manda tu luz y verdad; ellas me guiaran

Y me llevaran a tu monte santo, a tus tabernáculos.

¡Oh si pudiera acercarme al altar de Dios,

Al Dios de mi alegría,

Y cantarle a la citara, oh Dios, Dios mío!

¿Por qué te abates, alma mía?

¿Por qué te me turbas contra mí?

Espera en Dios, que aún le alabare.

¡Él es la salvación de mi rostro y mi Dios!

Salmo 43 (Vg 42)

AUTORIA

No se sabe a ciencia cierta quien fue su autor. Algunos sitúan su composición muy posterior a la época davídica, vinculada al destierro de Babilonia o a alguna situación similar de alejamiento del Templo y de la Ciudad Santa. Parece ser que su autor pudo ser un sacerdote o levita que expresaba, en el destierro, su nostalgia por el Templo, en el que habría pasado su juventud, y su deseo esperanzado de retornar a los atrios sagrados que le vieron crecer. Ello nos puede indicar que su composición es anterior al 586 a. C., fecha de la destrucción de Jerusalén por los babilonios, y que su autor formó parte del primer contingente de exiliados que marchó a tierras caldeas en el 597 a. C. Ello explicaría la esperanza de retornar a Jerusalén, algo que no tendría sentido si situáramos su composición tras el segundo destierro a Babilonia, en el cual la Ciudad Santa estaba totalmente destruida y el Templo en ruinas.

Sin embargo, no cabe duda de que situarlo en el contexto davídico tampoco carecería de sentido. La vida de David, tanto antes como después de ser proclamado rey, no estuvo exenta de exilios y destierros. En vida de Saúl tuvo que marchar fuera de los dominios del rey, por el odio que este manifestó en sus últimos años, viéndose perseguido injustamente y apartado del lugar donde era custodiada el Arca de la Alianza. Pero es más probable que pudiera situarse el Salmo durante el segundo exilio de David tras el alzamiento de Absalón, apoyado por las tribus del norte, que obligó al rey a marchar de Jerusalén y dejar el arca en la Ciudad Santa. Los sentimientos de angustia y la sensación de abandono que debió experimentar el rey David pueden muy bien haber inspirado el texto del Salmo, si bien la referencia al Templo y al altar, espacio reservado a los sacerdotes y levitas, hace bastante complicado situarlo en un contexto davídico.

Finalmente, el salmo podría también haber sido compuesto o inspirado por el profeta Jeremías, natural de Anatot, que formaba parte del linaje sacerdotal que allí habitaba. Las profecías de Jeremías causaron gran conmoción entre los habitantes de la Ciudad Santa, entrando en conflicto con los últimos reyes de Judá y con los profetas profesionales del Templo, siempre dispuestos a “profetizar” para halagar al rey, la corte y los ciudadanos de Jerusalén. Por sus denuncias sobre la idolatría y corrupción de la Ciudad Santa, y por vaticinar la caída de la misma, Jeremías se vio exiliado en varias ocasiones y apartado del culto del Templo. Los incidentes que rodearon la vida y misión del profeta, bien podrían estar reflejados en el salmo, incluyendo la llamada a la esperanza que brota de en medio de un conjunto de oráculos marcados por el pesimismo personal y el anuncio de la ruina de Judá. Con todo, tampoco parece probable, pues, como hemos indicado arriba, el texto está escrito por un exiliado, que espera volver a Jerusalén y al Templo para adorar a Dios; Jeremías no participo del primer exilio, el que tuvo lugar en el 597 a. C., sino que fue testigo del segundo, cuando no había ya esperanza de retorno ni lugar santo al que volver.

De esta manera, la autoría del salmo parece más bien atribuirla a un sacerdote o levita que tuvo que marchar a Babilonia en el 597 a. C., y en cuya alma anidaba la esperanza del volver a su tierra y ofrecer de nuevo sus sacrificios en el Templo, en la presencia del Dios que lo vio crecer.

UN SALMO PARA TIEMPOS DIFICILES

El Salmo 43, que en la versión Vulgata es el 42, es un salmo en el que fácilmente podemos vernos identificados en situaciones concretas de nuestra vida, especialmente, en aquellas en las que parece que Dios se ha ocultado de nosotros y nuestros enemigos triunfan de nosotros.

Y es que muchos de los Salmos del Salterio están escritos de modo de deprecación o suplica, como suplica desesperada ante la injusticia de la que es objeto el salmista. La figura del justo perseguido está ampliamente presente en la literatura sapiencial del Antiguo Testamento, como también en los demás libros, pues, en medio de un contexto de general apostasía, no son pocos los que, por su fidelidad a la Ley divina se ven perseguidos, anidando en su corazón un sentimiento de abandono divino que no esperaban.

El mismo modo conque empieza el Salmo ya nos indica esta temática suplicante: Júzgame, ¡oh Dios!, y defiende mi causa; líbrame de esta gente sin piedad, del hombre pérfido y malvado. El autor presenta su causa a Dios, para que proclame su inocencia ante sus perseguidores o enemigos, confiado en su juicio que es superior al de los hombres. Así, por ejemplo, David pone su causa en manos de Dios para que lo defienda del odio visceral de Saúl, que le obliga a abandonar su patria, y de la traición de Absalón, su hijo, que ha puesto precio a su vida y a la de los suyos. Pero también puede reflejar los sentimientos del hombre común, del judío piadoso, que, viéndose acosado por un enemigo o por una injusticia, pone su causa en manos de Dios, siguiendo el ejemplo de sus antepasados.

Al igual que Job, el hombre justo por excelencia del Antiguo Testamento, el autor del Salmo se siente abandonado por ese mismo Dios al que apela como su defensor, a pesar de su cercanía a él. Así, proclama angustiado: Pues que tú eres mi refugio, ¿por qué me rechazas? ¿Por qué he de andar en luto bajo la opresión del enemigo? El Salmista se siente abandonado en medio de la prueba, y con el dolor de saberse injustamente probado a pesar de su fe en Dios. Resuena así en estas palabras, la tragedia de Job y de Tobías, prototipos del hombre justo golpeado por la desgracia, que se pregunta el porqué de su desdicha a pesar de su fidelidad a Dios. Este es un tema recurrente en la literatura sapiencial que, con antecedentes en Ezequiel y Jeremías, se pregunta el porqué del sufrimiento del Justo, poniendo en duda el tradicional concepto de retribución judía que contemplaba el sufrimiento del pecador y la paz del justo.

A pesar de estas dudas en su fe, el autor mantiene viva su esperanza en medio de la prueba que lo atribula. No pide a Dios la muerte y el castigo de sus acosadores, sino que le envíe la gracia necesaria para sobrellevar la prueba y alcanzar el triunfo en ella: Manda tu luz y tu verdad; ellas me guiaran y me llevaran a tu monte santo, a tus tabernáculos. Un cierto sabor sapiencia detonan estas palabras del salmista, a la vez que nos desvelan su condición sacerdotal y su cercanía al culto divino. Para él solo la luz y la verdad divinas serán las fuerzas liberadoras de su mal y las guías seguras hacia la Casa de Dios, el lugar en el que habita en medio de los hombres. Se trata, pues, de un sabio y un sacerdote, de un servidor de Dios que ha encontrado en la meditación de la Ley la fuerza que ha mantenido en pie su fe en medio de la persecución y el exilio, reforzando su fe y alentándolo en medio de la persecución a la que se ve sometido.

Este sabio – sacerdote añora el lugar que lo vio crecer, los atrios de la Casa del Señor, y por ello anhela volver al lugar de su juventud, al espacio de renovación interior, que le ha de devolver la alegría de su existencia: ¡Oh si pudiera acercarme al altar de Dios, al Dios de mi alegría, y cantarle a la cítara, oh Dios, Dios mío! Solo alguien vinculado existencialmente al Templo podría anhelar tan ardientemente volver a él y renovar sus años de juventud en que fue formándose en el servicio divino y en los que, a imitación del rey David, cantaba las glorias de Yahveh en su presencia. Cierto sabor a nostalgia destilan estas palabras, que bien podrían haberse escrito no sólo antes, sino también, después de la destrucción del Templo. El salmista podría añorar el Templo destruido en el 586 a. C., como los destinatarios de la Carta a los Hebreos, sacerdotes y levitas del Segundo Templo, sentían nostalgia de lo que habían perdido, cultualmente hablando, al convertirse al Cristianismo y abandonar el culto de Jerusalén. En ambos casos, estaríamos hablando de personas que, desde su más tierna edad, habían habitado la Casa de Dios, formándose en ella y dando culto a Yahveh, y que sienten en su actual situación añoranza de algo que jamás volverán a ver.

En medio de su general abatimiento, el salmista, que lo espera todo del Señor, excita su ánimo de cara al futuro: ¿Por qué te abates, alma mía? ¿Por qué te me turbas, contra mí? Espera en el Dios, que aún le alabare. ¡Él es la salvación de mi rostro y mi Dios! Las hazañas realizadas por el Señor a favor de su pueblo, conocidas y meditadas por el salmista, constituyen el fundamento de su esperanza. Del mismo modo que Dios acompaño a los Patriarcas hasta la Tierra Prometida; sacó al Pueblo esclavo de Egipto humillando la altanería del Faraón; protegió y concedió la victoria a Josué y a los Jueces sobre los enemigos de Israel; y protegió a David de las insidias de Saúl y de Absalón, así lo protegerá a él en este momento de prueba y tribulación. Y la recompensa será el retorno a la Ciudad Santa, al Monte Sión y a los atrios del Templo, donde volverá a alabar al Dios que lo ha salvado y que ha castigado a sus inicuos enemigos.

Así, del general abatimiento con que se abre el salmo, el autor termina con un canto a la esperanza muy en la línea del salmo 22, aquel mismo que pronunciara Cristo en la cruz que, iniciándose con un grito de desesperación, concluye con un canto a la exaltación del Justo por parte de Dios. Esta temática está muy presente a lo largo del Salterio, donde abundan los salmos deprecatorios, donde el justo perseguido invoca a su favor el juicio de Dios y en donde se vislumbra su triunfo final y la condenación de sus enemigos. Escritos para ocasiones concretas, alcanzan una universalidad que traspasa los límites históricos y personales, para convertirse en una súplica universal para todo hombre que pone en manos de Dios su destino.

EL SALMO 43 (Vg 42) COMO ORACION APOLOGETICA

El Salmo 43 (Vg 42) es uno de los más conocidos del Salterio, porque durante mucho tiempo formó parte de la celebración eucarística como oración apologética, es decir, como preparación interior del celebrante antes de dar inicio a la Eucaristia. Haciéndose eco de las palabras y sentimientos del autor sagrado, el sacerdote iniciaba su camino hacia el altar, manifestando su indignidad para celebrar los santos misterios e invocando el perdón de Dios para que lo hiciera digno para ello.

El Salmo formaba parte de las llamadas “apologías del Introito” u “oraciones al pie del altar” prescritas en el Misal Romano de 1962. Esta parte inicial de la celebración Eucarística estaba conformada por la recitación del Salmo 42 (Introibo ad altare Dei); la Confesión y Absolución; y las Preces.

El uso del Salmo 42 en la Liturgia eucarística esta constatado ya en el siglo IX, cuando se indicaba su uso bien alternándose el sacerdote y los ministros o bien era recitado en solo por el primero y en silencio. Ya bajo el pontificado de Inocencio III se prescribió su recitación al pie del altar, costumbre que paso al misal franciscano y que, ya en el siglo XVI, fue incorporado definitivamente por san Pío V como parte integrante del Misal Romano. La rúbrica prescribía su omisión en las misas de difuntos y en el Domingo de Pasión, mientras que su uso se extendió a todas las misas feriales del Tiempo de Pasión. En 1964 el Papa Pablo VI, en los primeros compases de la reforma litúrgica, suprimió la recitación del mismo al inicio de la Misa, quedando reducida, en virtud del Ordinario de la Misa aprobado por el Consilium (3-XII-1964), a la mera recitación del versículo: Introibo ad altare Dei y su respuesta Ad Deum qui laetificat iuventutem meam.

El propio contenido del Salmo 43 (Vg 42) daba sentido a su uso al inicio de la Liturgia Eucaristia, si tenemos en cuenta que su inclusión en la misma se realiza en una época en donde existe una gran proliferación de oraciones preparatorias para la celebración eucarística. El deseo de acercarse con corazón puro a la celebración de los santos misterios, hizo que proliferasen multitud de formularios preparatorios que buscaban suscitar los deseos de penitencia y santidad en el celebrante. Muchos de estos fueron incluidos dentro de la celebración eucarística, mientras que otros quedaron fuera de la misma a modo de oraciones preparatorias previas a la celebración. Así, por ejemplo, tenemos la apología Summe Sacerdos, atribuida a san Ambrosio, que por su extensión fue dividida en siete oraciones, una para cada día de la semana.

De los que fueron incluidos dentro de la celebración se encuentra la recitación del Salmo 42 que, antes del Misal Romano de san Pío V, era recitado por el sacerdote o bien en la sacristía o bien en el trayecto hacia el altar. La temática del mismo hizo propicia su incorporación a la Liturgia eucarística, pues, la expresión Introibo ad altare Dei servía perfectamente para la preparación del sacerdote en su camino hacia Santo de los Santos. Desde un punto de vista espiritual, aquel que lo recitaba camino del altar, suplicaba a Dios que lo guardase de sus enemigos, no sólo temporales sino también espirituales, para poder acercarse dignamente al ara del sacrificio. Expresaba el anhelo, que cada sacerdote guarda en su corazón, de dejar atrás en cada celebración eucarística al hombre viejo, cargado de pecados y defectos, para renovar en ella su amor primero, el amor de su juventud, con el que tan ilusionadamente celebró su primera eucaristía.

De esta manera describe el gran liturgista Jungmann el sentido de la presencia de este salmo en los primeros compases de la celebración eucarística:

<< Este acercamiento a Dios que ansía el salmista ha llegado a ser posible en la Nueva Alianza; pues sólo por Cristo “tenemos la franca seguridad y libre entrada con confianza al Padre (Ef 3, 12; cf. Rom 5, 2) El altar de la Nueva Alianza es el lugar donde en este mundo más perfectamente se puede realizar este encuentro de la criatura con su Dios. Gran acierto es el que la misa entre los sirios se llame sencillamente kurobho, acercamiento a Dios.

En la misa no es solamente la acción de acercarse a Dios lo que recobra su sentido pleno, sino que toda la situación en la que se hallaba el salmista cuando añoraba por la vuelta al santuario viene a ser una figura, que ahora se cumple en el sacerdote de la Nueva Alianza. Cada vez que nos acercamos a Dios se nos impone en el camino el homo iniquus. Y entonces levantamos nuestra voz a Aquel que es nuestra fortaleza para que nos ilumine con su luz y nos haga experimentar su fidelidad, llevándonos in montem sanctum, a la cumbre sobre la que habrá de renovarse el sacrificio del Calvario. Termina el salmista con acordes de alegría y jubilo que anticipan ya la eucaristía.>>1

El Salmo 43 (Vg 42) no es la única apología escrituristica que contemplaba el Misal Romano, pues, posteriormente a la reforma de san Pío V, si bien no se incluyeron dentro del Ordinario de la Misa, sí que lo fueron, a modo de recomendación, los salmos 83, 84, 85, 115 y 129, en los que domina un tono eucarístico (acción de gracias), deprecatorio, impetratorio y penitencial:

  • Salmo 84 (Vg 83): Anhelo de la presencia de Dios en el templo.
  • Salmo 85 (Vg 84): Oración por la salvación del pueblo.
  • Salmo 86 (Vg 85): Petición de auxilio divino.
  • Salmo 116 (Vg 115): Acción de gracias por haber sido preservado de la muerte.
  • Salmo 130 (Vg 129): Imploración de la divina misericordia.

Este conjunto de oraciones apologéticas, extraídas de la Sagrada Escritura, que habían de preparar al sacerdote para la celebración del Santo Sacrificio, se complementaban con las propias de acción de gracias tras la celebración. Si el salmo 42 acompañaba al sacerdote camino del altar, el cantico Benedicite lo acompañaba de vuelta a la sacristía. El Benedicite, que no aparece en el Misal Romano como parte del Ordinario de la Misa, es el gran himno de acción de gracias que recoge el libro de Daniel y que fue entonado por los tres jóvenes encerrados en el horno por Nabucodonosor. Es el gran cantico en el que se bendice a Dios por toda la Creación y que la Iglesia canta en el Oficio Divino dominical y de las grandes solemnidades. Es probablemente la fórmula más perfecta de acción de gracias por la Eucaristia celebrada, pues es toda la creación la que alaba al Señor por las maravillas obradas en el Santo Sacrificio, y a la que se une el sacerdote celebrante. Al Benedicite se añadía el rezo del salmo 150, con el que concluye el Salterio, y que es, al igual que el cantico de los tres jóvenes, una acción de gracias a Dios por todas sus obras.

CONCLUSION

El Salmo 43 (Vg 42) se nos presenta como el canto de nostalgia y esperanza de un sacerdote o levita desterrado de Sion, que anhela volver de nuevo a los atrios del Señor, fuente de su juventud. Redactado por un autor anónimo, el Salmo bien podría aplicarse a las grandes figuras de Israel como David o Jeremías, que experimentaron en sus vidas las mismas asechanzas y nostalgias, que expresa el autor del Salmo.

Iniciándose como una apelación del Justo calumniado y perseguido, el Salmo va llevándonos hacia la esperanza del pronto regreso y de la reivindicación del Justo. En este trayecto, el Salmista interpela a Dios para que intervenga a su favor, para que juzgue su causa, y permita su pronto retorno al Templo, al lugar donde creció y aprendió a alabarle. De este deseo se pasa a la esperanza en el triunfo final, en la reivindicación definitiva, que dará paz al alma del Salmista porque toda su confianza esta puesta en las manos del Señor.

Este Salmo fue escogió por la Iglesia desde tiempo inmemorial como preparación para la celebración eucarística. De la figura contenida en el Salmo se pasa al cumplimiento en la peregrinación sacerdotal hasta los umbrales del Santo de los Santos, del Altar, Monte Calvario, donde se renueva el sacrificio redentor que hace nuevas todas las cosas. Así, el sacerdote examina su conducta, pone en manos de Dios su destino y anhela ardientemente acercarse al altar, lugar del sacrificio, para presentarse ante el Señor con el corazón limpio de todo pecado y protegido de todo peligro.

Un Salmo verdaderamente hermoso e inspirador que nunca debió desaparecer como preparación del sacerdote antes de la Eucaristia, y que tan excelentes y elevados deseos de santidad y perfección ha inspirado durante generaciones a todos aquellos que, con piedad, devoción y atención, lo recitaron camino del altar, del altar del Dios que alegraba su juventud.

Vicente Ramón Escandell, Pbro.

1 El Sacrificio de la Misa (BAC), p. 332

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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna