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Marchando Religión

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Hugh Walpole: El señor Perrin y el señor Traill

PorMiguel Toledano

May 28, 2019
Hugh Walpole-MarchandoReligion.es

Esta semana Miguel Toledano nos traslada a nuestra sección de reseñas literarias con una obra del escritor inglés, Hugh Walpole. ¿Lo conocen? ¿No lo conocen? En ambos casos disfrutarán con este artículo

«Hugh Walpole: El señor Perrin y el señor Trail», Miguel Toledano

“El Señor Perrin y el Señor Traill” es el título de la tercera novela de Sir Hugh Walpole, la primera que le dio éxito como escritor en 1911.

No me consta que esté traducida al español, lo que es una pena, porque, como veremos, algunos valores tiene, sin perjuicio del cinismo inglés que rezuma, odioso en ocasiones para nuestro gusto patrio, más proclive al principio cristiano de sí sí, no no.

El interés principal de este libro es la temática:  Se trata de un internado para chicos, de nombre Moffatt’s, situado en Cornualles.  Ya se sabe lo que han dado de sí estos establecimientos escolares en la cultura anglosajona; múltiples son los reflejos de sus costumbres e incluso las pasiones que desatan.  Yo creo que para encontrar un equivalente en el mundo hispánico tendríamos que pensar en los amores, celos y navajazos propiciados entre toreros y flamencas.

Walpole fue hijo y nieto de pastor anglicano, rasgos igualmente inauditos en nuestra cosmovisión, hasta ahora fiel a machamartillo al celibato eclesiástico.  Era asimismo descendiente del Primer Ministro liberal Roberto Walpole (aliado del bando austracista en la Guerra de Sucesión de España) y del también escritor Horacio Walpole, pionero del terror gótico.  En los años veinte del pasado siglo trató a Adolfo Hitler en Bayreuth.

Bastante olvidado en nuestros días, Sir Hugh debió tener una personalidad complicada, como tantos súbditos de la P. Albión, al menos después de su abandono de la Fe en 1531.  No me resisto a reseñar literalmente una anécdota sucedida con su colega de profesión P. G. Wodehouse -éste sí consagrado tanto en vida como después de su muerte en la cima de la popularidad, hasta hoy-, según la cuenta este último:

“Yo estaba con el Vice-canciller del Colegio de la Magdalena, de Cambridge, y Hugh Walpole entró de sopetón y se quedó todo el día.  Era justo después de que Hilaire Belloc hubiera dicho que yo era el mejor escritor inglés vivo.  Se trataba de una provocación, por supuesto, pero que preocupó a Hugh terriblemente.  Me dijo, ‘¿Viste lo que Belloc dijo de ti?’  Le dije que sí.-  ‘Me pregunto por qué lo dijo.’  ‘No sé,’ dije yo.  Largo silencio.  ’No puedo imaginarme por qué dijo eso,’ dijo Hugh.  Le dije que yo tampoco.  Otro largo silencio.  ‘¡Resulta algo tan extraordinario como ocurrencia!’-  ‘Extraordinario, desde luego.’  Otra vez largo silencio.  ‘Bueno,’ dijo Hugh, encontrando aparentemente la solución, ‘el hombre se está haciendo muy viejo.’”

Walpole no aguantaba que el bueno de Wodehouse triunfara en la literatura; aunque los honores de caballero del imperio le fueran otorgados al primero casi cuarenta años antes que al segundo, la historia ya ha colocado a cada uno en su sitio, en sentido inverso a la cronología de esas condecoraciones.  Comparando esta obra con las hilarantes novelas de Wodehouse, uno coincide con la historia.  Algún día tendremos que dedicarle un artículo en esta serie al Genio del Humor con mayúsculas, pero ahora volvamos a Walpole.

Los dos personajes principales del drama son, como el lector imagina, el Señor Perrin y el Señor Traill.  Nos encontramos ante sendos maestros del colegio pero el primero es viejo y mediocre y el segundo, joven y brillante.

El triángulo se completa con la bella Isabel.  Esto ya parece el argumento de “Tosca”, de Puccini, a partir de la soprano, el tenor y el malísimo barón Scarpia, naturalmente, el barítono.  Aunque aquí la cosa es más compleja.

Archibaldo Traill e Isabel Desart son buenos y relativamente unitarios en el desarrollo de los acontecimientos; el auténtico protagonista es Vicente Perrin, enamorado secretamente de Isabel, que le ignora en beneficio del nuevo profesor, con quien llega a prometerse; esto convertirá a ambos compañeros de institución en rivales y despertará un lado oscurísimo de Perrin, inspirado sospechosamente en “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”.  En la mente ya enloquecida de Perrin, nublada por la sed de venganza, hay dos Señores Perrin:  el honrado hijo de su anciana madre y “el otro Señor Perrin”, que desea acabar con Traill, sintiéndose abandonado de Dios. 

Aunque no hay eliminación de la puntuación, aparecen diversos momentos de monólogo interior, alcanzando el clímax cuando el propio Perrin ve también a dos Señores Traill, uno el verdadero objeto de su venganza y el otro una imagen obsesiva que le acompaña por todas partes y que se desvanece en cuanto su infeliz enemigo intenta acercarse a ella.

Existe también personificación del siniestro colegio, para crear un ambiente desagradable, opresivo y deprimente.  “Muchos libros se han escrito sobre los horrores de los internados de chicos.  Comparativamente pocos, sin embargo, se aventuran más allá de la sala de profesores para examinar los sufrimientos tanto de éstos como de los alumnos.  De los que lo hacen, probablemente ninguno capta la desdicha de su vida de enclaustramiento más vívidamente que éste”, dice la contraportada de mi versión.  Según el prólogo, Moffatt’s es un centro que llevaría a cualquier hombre a las profundidades de la desesperación – hasta el punto mismo del asesinato.

Un cuarto personaje completa el elenco de los protagonistas.  En el ámbito de la ópera sería el bajo; en Moffatt’s, es el director del colegio, el Reverendo Moy-Thompson, irritable por motivos insignificantes, causante intencionado de la atmósfera venenosa del internado, con sus ardides y sus abusos, y sobre todo con su hipocresía, que al igual predica formalmente el espíritu del colegio que mantiene una constante estrategia de divide y vencerás.  Si la vida no nos hubiera enseñado que, en efecto, la realidad supera a menudo la ficción, no diríamos que nos sorprende la costumbre de muchos españoles de enviar a sus hijos a estudiar a Inglaterra, aun un solo trimestre.

Por momentos, el Director encuentra en el Señor Perrin un aliado:  “No se gustaban mutuamente, por supuesto; pero podrían ser uno ventaja para el otro y ambos descubrieron que los pequeños comentarios dejados caer y aceptados durante las reuniones les eran de gran valor”.  Los dos se entendían a la perfección y tenían un respeto recíproco por las cualidades del otro.  El Reverendo Padre se contentaba con seguir utilizando a sus peones; por su parte, Perrin llegó a la conclusión de que era justo para él aprovechar las oportunidades que se le presentaban para emprender represalias contra su rival Traill. 

En mi vida he conocido a una decena de directores de establecimientos escolares:  tres en el Maravillas, una en Alcalá de Henares, cinco o seis en Bruselas.  Afortunadamente, en sólo uno de ellos se daban los mismos rasgos descritos del Reverendo Moy-Thompson.  La casualidad, o quizás no tanto, viene a resaltar que ambos compartían la nacionalidad británica.  Los demás gozaban de múltiples cualidades profesionales y personales.

Los restantes personajes forman un cuadro coral en el que los profesores y sus esposas no llegan a ponerse de acuerdo para lograr, a través del corporativismo, mejorar sus lamentables condiciones y nulas esperanzas bajo la tiranía del clérigo anglo, su superior. 

Al parecer, la obra se basa parcialmente en las propias experiencias personales del autor como interno en el Colegio del Rey, de Canterbury, y como profesor de francés en Epsom, centro escolar que también existe todavía.  El prologuista de mi edición resalta la frecuencia con la que los maestros de los internados de segunda clase en el Reino Unido están, según relata Walpole, “mal pagados, sin posibilidad de desarrollo, hacinados, odiándose mutuamente y deseando quizás, hacia el final del curso, cortarse el cuello unos a otros”.  Nosotros también nos preguntamos:  ¿Puede esto representar alguna bondad para los chicos a los que enseñan?

En fin, nos hallamos una vez más ante ese escenario desquiciado que es el del capitalismo protestante, el de la doblez calculada, el de la frialdad individualista, el de la Londres financiera, el de la campiña donde importan más los jardines y los perritos que las familias, el de las viejas universidades medievales que hace muchos siglos abandonaron la calidez y la brillantez del cristianismo apostólico por la impostación y el sarcasmo, el de la elegancia para tomar el té detrás de la cual se esconde el timo de la piratería.  Si algo podemos apreciar en la visión antipática y negativa de Walpole es la amarga veracidad del retrato de su país y de lo que representa en la teología de la historia.

Como dato de coda, cabe resaltar que este ilustre caballero del Imperio perdía aceite (cosa no infrecuente en el sedicente Imperio británico e infrecuentísima en el nuestro, al menos hasta épocas recientes, de carácter más desatado); no obstante, este extremo -me refiero a la inversión sexual de Sir Hugh- en la novela no se nota, salvo por la malicia del creador y de la mayoría de sus personajes.

Miguel Toledano Lanza

Quinto domingo después de Pascua, 2019

Esperamos que hayan disfrutado con esta reseña literaria y que nuestra sugerencia sobre el libro de Hugh Walpole sea de su agrado

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Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibió su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovisión carlista, está casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. Ha publicado más de cien artículos en Marchando Religión. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Actualmente reside en Bruselas. Es miembro fundador de la Unión de Juristas Católicos de Bélgica.