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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Auge y caída del Jansenismo (II)

PorMiguel Toledano

Jun 22, 2021
Auge y caída del Jansenismo (II)-MArchandoReligion

Continuamos de la mano de Miguel con esta interesante serie sobre el jansenismo

Auge y caída del Jansenismo (II). Un artículo de Miguel Toledano

Antes de morir el padre Duvergier en 1643, tuvo la oportunidad de nombrar un sucesor en la persona del padre Antonio Arnauld. En una ocasión en que los jesuitas defendían que se podía ir a bailar después de haber recibido la Comunión, Arnauld atacó con un tratado sobre la Eucaristía que reducía extraordinariamente la recepción del Sacramento. Vicente de Paul se preguntó si el mismo san Pablo hubiese sido autorizado a comulgar por el padre Arnauld. El nuevo éxito jansenista provocó que el pueblo llano dejase de ir en masa a Misa.

La Compañía de Jesús se defendió demostrando que, en realidad, las tesis de Arnauld no eran completamente nuevas, sino que volvían a reproducir la herejía de Miguel Bayo, otro sacerdote flamenco que ya había sido condenado un siglo antes. El papa Inocencio X nombró una comisión de seis cardenales en 1651 y, dos años más tarde, renovó la condena del jansenismo en la persona de su tercera cabeza.

Entonces Duvergier jugó sucio. En lugar de aceptar la condena, arguyó que el jansenismo estaba siendo manipulado. Cuando la credibilidad popular del movimiento estaba en solfa, de pronto salió publicada en 1656 la primera de una serie de cartas cuyo autor, por su prestigio, daría alas a la secta. Se trataba nada menos que de Pascal; su hermana Jacqueline era monja de Jansenio en Port-Royal.

El gran matemático se prestaba así a la expansión de la herejía rigorista. Llegó a acusar de blando en la confesión al padre Antonio Escobar – por supuesto, siempre de la Compañía de Jesús -, que había sido llevado ante la Inquisición precisamente por ser demasiado severo. Vemos aquí uno de muchos ejemplos en que el Santo Oficio ejercía un sano poder moderador en pro de la fe, aunque la Leyenda Negra haya transmitido un cuento bien diferente. En todo caso, el rigor del padre Escobar no era suficiente para el purismo de los amigos de Pascal.

¿Se mantuvo éste dentro de la ortodoxia de la fe? Como ocurrió con las afirmaciones del Concilio Vaticano II relativas a su supuesta fidelidad a la tradición de la Iglesia, también Pascal declaró que “se adhería a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana”. Pero, después de haber servido a la causa de Port-Royal y Jansenio mucho más que su propio fundador, es muy dudoso que muriese en comunión con el papa.

Al poco de subir al solio, Alejandro VII, que había sido uno de los seis cardenales consultores de Inocencio X en la materia, volvió a condenar esta herejía mediante la constitución apostólica “Ad sanctam beati Petri sedem”; posteriormente, en 1665, aprobó un formulario a firmar por todos los sacerdotes rechazando el movimiento.

Los dirigentes jansenistas se negaron a obedecer y se aliaron con el arzobispo de París, a la sazón enemigo de Mazarino y que aspiraba a su condición de valido real. Cuando el purpurado escapó de prisión, en Port-Royal se cantó un Te Deum para humillar al primer ministro. El prelado de la capital francesa se comparó a san Atanasio, san Juan Crisóstomo y santo Tomás de Canterbury.

Luis XIV nada quiso saber de semejantes levantiscos; hay, además de la prevención en el gobernante autoritario, una segunda razón para su desdén hacia esta secta: difícilmente su rigor moral se compadecía con la afición recurrente del monarca por las damas de compañía de la reina María Teresa.

En estas condiciones, muerto su fiel Mazarino presentó a las monjas de Port-Royal una propuesta atenuada de retractación. Éstas, convencidas de su verdad, se negaron a suscribirla y dijeron al rey que un reciente milagro probaba que tenían razón ellas: la hermana Catalina de Santa Susana, hija del gran pintor Felipe de Champaigne, se había curado de un reumatismo.

A mayor abundamiento, el nuevo arzobispo de París, contrario al jansenismo, murió fulminantemente, lo que las religiosas recibieron con gran júbilo y como una nueva demostración de qué lado estaba Dios. El siguiente titular de la archidiócesis trató de conciliar pero las sucesoras de Jansenio volvieron e negarse. Los fundamentos mismos de la Iglesia quedaban en entredicho.

Fue en ese momento cuando el mitrado parisino pronunció la famosa frase: “Puras como ángeles y soberbias como demonios”. Menos conocido es lo que decía a las entrevistadas durante su visita, cuando una a una rechazaron obedecerle: “¡Hermana, no es Ud. más que una loca!”

Hasta el excelso Bossuet, que en su momento había hablado bien de Pascal, intentó convencerlas, sin éxito alguno. El 26 de agosto de 1664, el arzobispo regresó a Port-Royal, pero esta vez acompañado de la fuerza armada. Doce monjas serían deportadas a otros monasterios, incluida la madre superiora. En su lugar se instalaron cinco visitandinas de san Francisco de Sales, a las que el resto de la comunidad despreciaba. El arzobispo dio otra vuelta de tuerca. Durante cuatro años, el monasterio fue aislado de todo contacto exterior y privado de los sacramentos.

A la muerte de Alejandro VII, su sucesor Clemente IX inició una política conciliadora, bien vista por los ministros del rey. Con concesiones por ambas partes, se firmó la paz en enero de 1669. Luis XIV y Bossuet agasajaron a Arnauld, cuyo nombre sonó hasta para cardenal. La doctrina creció aún más, acometiendo ahora publicaciones con plena libertad. Racine, Boileau o Madame de Sévigné consolidaron la moda jansenista. El Cristo de los brazos estrechos, icono propio de la casa, se extendió por toda Francia, Flandes (hoy Bélgica) y también por las Provincias Unidas (hoy Países Bajos).

Ahora bien, ¿cuánto podía durar esa tregua entre la verdad y el error? Fueron los propios jansenistas los primeros en romperla a apenas diez años; en el fondo, es lógico, pues difícilmente los partidarios del extremo rigor podían sentirse tranquilos en medio de fiestas de disfraces, terciopelos y sederías versallescas. Por otra parte, tampoco el Rey Sol aceptaba con facilidad que se discutiese su brillo personal.

Entonces sucedió algo imprevisto, a saber, que Roma se pusiese circunstancialmente del lado de los sectarios. ¿Cómo ocurrió esto? Fue a resultas de la otra secta francesa que hemos mencionado, la galicana, que en esta ocasión se alió con el interesado Luis XIV a cuenta del espinoso problema de las regalías o privilegios eclesiásticos.

Desde la época de los merovingios, la Iglesia había concedido tales privilegios al rey, pero éstos no se extendían a las diócesis meridionales de Francia. Con su consabida avidez, el Rey Sol excitó los ánimos de los galicanos y pidió a Bossuet un texto que justificase sus pretensiones ante Roma. Al posibilista Clemente X le sucedió Inocencio XI en la cátedra de san Pedro, suficientemente enérgico como para no dejarse atropellar por el regalismo del Borbón.

Los dos únicos obispos franceses que se opusieron a los deseos de Luis eran cercanos a Port-Royal. Esto, unido a la paz clementina y al hecho de que los jansenistas habían logrado del papa medidas anti-laxistas, convenció al monarca de que se estaba poniendo en entredicho su poder. Probablemente intervino decisivamente también el confesor del rey, el padre jesuita La Chaise, que da nombre todavía hoy al conocido cementerio parisino. Recordemos que la gran enemiga del jansenismo fue siempre la Compañía de Jesús.

Como epílogo de esta crisis regalista, el 17 de mayo de 1679 el arzobispo de París ordenó la expulsión de todas las novicias de Port-Royal y limitó a cincuenta el número máximo de religiosas, condenando al monasterio a su potencial extinción. Sin embargo, veremos que, como si de una hidra se tratase, la facción no estaba ni mucho menos acabada.

(Continuará)

Miguel Toledano Lanza

Domingo cuarto después de Pentecostés

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Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibió su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovisión carlista, está casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. Ha publicado más de cien artículos en Marchando Religión. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Actualmente reside en Bruselas. Es miembro fundador de la Unión de Juristas Católicos de Bélgica.