• Sáb. Nov 27th, 2021

Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Duelo en Roma: La presencia del Apóstol San Pedro en la ciudad eterna

Duelo en Roma La presencia del Apóstol San Pedro en la ciudad eterna-MarchandoReligion.es

Cercana la celebración de la Fiesta de la Catedra de San Pedro en Roma, me ha parecido interesante compartir con vosotros, este breve estudio sobre la presencia del apóstol en la Ciudad Eterna, centrado en el enfrentamiento que este tuvo con Simón el Mago, aquel que quiso comprar la gracia del Espíritu Santo al mismo Pedro y a Juan en Samaría, y a quien la tradición adjudica un reencuentro en Roma, años después.

Duelo en Roma: La presencia del Apóstol San Pedro en la ciudad eterna. Un artículo del Rev. D. Vicente Ramón Escandell

EL MISTERIO SOBRE EL DESTINO DE LOS APOSTOLES

Poco o casi nada sabemos sobre el destino de los Doce Apóstoles tras la Ascensión del Señor y los hechos que sobre ellos nos narra san Lucas en sus Hechos de los Apóstoles o Hechos de Apóstoles, según consideremos la obra como un relato sobre los Doce o sobre algunos de ellos, como fueron Pedro, Juan, Santiago, Pablo y Bernabé.

La obra de san Lucas, centrada básicamente en la figura de san Pablo, recoge algunas pinceladas sobre estos últimos, destacando su papel en momentos clave de la Iglesia naciente como la evangelización de Judea, Samaría, Asia Menor, Grecia y Roma. Si san Pedro aparece como protagonista del inicio de la evangelización, este cede el testigo a san Pablo que se convierte en el gran protagonista de la obra misionera de la Iglesia, compartiendo protagonismo con otras figuras, como Bernabé o el propio Lucas, que aparece acompañándole en algunas de sus misiones, algo que el propio Pablo constata en sus cartas. Del resto de los apóstoles, salvo Juan y Santiago, vinculado este último al Concilio de Jerusalén y representante del sector judío de la naciente Iglesia, nada se nos dice.

Las lagunas dejadas por san Lucas sirvieron de caldo de cultivo a una serie de obras apócrifas, no necesariamente heréticas muchas de ellas, que pretendían cubrir el espacio dejado por el autor sagrado, sacando del anonimato al resto de los miembros del Colegio apostólico. En este sentido, pueden citarse obras como los Hechos apócrifos de Andrés, de Juan y de Tomás, por mencionar algunos cuyos textos nos ha llegado de forma completa. En ellos, aun percibiéndose cierto influjo del gnosticismo, apreciamos el deseo de los primeros cristianos de conocer los hechos y palabras de estos apóstoles, de quienes apenas tenían información a través de los textos canónicos. Por otra parte, también surgen, a fin de completar lo dicho por Lucas acercar de Pedro y Pablo, una serie de escritos apócrifos donde se relatan las aventuras de estos, proporcionando informaciones que, muy probablemente reflejen tradiciones preexistentes sobre su presencia en los lugares que en ellos son mencionados, y muy especialmente en la ciudad de Roma; así, tenemos, por ejemplo, unos Hechos de Pablo, Hechos de Pedro, Hechos de Pedro y Pablo, una narración del martirio de San Pedro en Martirio de San Pedro y otro relato del mismo, atribuido a San Lino, segundo obispo de Roma, bajo el título Martyrium beati Petri Apostoli a Lino conscriptum.

Estos textos, como los Evangelios apócrifos, aun no siendo reconocidos por la Iglesia como textos normativos, han alimentado durante generaciones la piedad cristiana, hasta el punto de popularizar en el arte y la literatura episodios tales como el famoso Quo Vadis?, inmortalizado en el cine y en la literatura, o el enfrentamiento entre Pedro y Simón el Mago en Roma, que inspiro la novela y la película El cáliz de plata, donde un jovencísimo Paul Newman daba vida al orfebre encargado de labrar un cáliz con la efigie de los Doce Apóstoles y que coincide en Roma con el propio apóstol Pedro y su némesis Simón el Mago.

Por lo tanto, el destino de los Doce Apóstoles nos es bastante incierto desde una perspectiva histórica y aún de aquellos que tenemos noticia, como es el caso de Pedro, Pablo, Santiago y Juan, están son muchas veces fragmentarias y envueltas, no pocas veces, por el velo de la leyenda.

LA PRESENCIA DEL APOSTOL SAN PEDRO EN LA CIUDAD DE ROMA

La presencia del Apóstol San Pedro en Roma se encuentra en esa situación: los datos sobre la misma son más bien escasos, pero la autoridad de quienes nos los han transmitidos es suficiente como para darles el crédito que merecen.

El primero de ellos (h. 96 d. C.) nos lo proporciona uno de sus primeros sucesores, san Clemente Romano, que ocupo la sede petrina tras san Lino, sucesor de san Pedro. En su carta a los Corintios menciona a los díscolos cristianos de aquella comunidad, gobernada por presbíteros jóvenes e inexpertos, el hecho de que en Roma sufrieron martirio los Apóstoles Pedro y Pablo. Hacia la misma época, san Ignacio de Antioquia (35-108/110), en su carta a los cristianos de Roma, camino del martirio, les pide que no intercedan por él para evitar su martirio, mandato que les da fundado en su propia autoridad y no en la de los apóstoles Pedro y Pablo, que en aquella ciudad entregaron su vida por Cristo. A estos testimonios habría que añadir los procedentes de Asia Menor, donde figuras como Papias de Hierapolis o Dionisio de Corinto confirman en sus escritos la presencia del apóstol san Pedro en la Ciudad Eterna. Y el más insigne de los refutadores de la herejía gnóstica y padre de la Teología Católica, san Ireneo de Lyon, afirmaba en torno al año 180, que los apóstoles Pedro y Pablo habían dado testimonio de Cristo en Roma y habían sido ellos los fundadores de aquella cristiandad.

Lo cierto es que los orígenes de la Iglesia romana son bastante oscuros, y que habría que situarlos en torno a la época del emperador Claudio, sucesor de Calígula. La existencia de una comunidad cristiana en Roma posterior al imperio de Tiberio y contemporánea a sus sucesores, lo atestigua el hecho de que el emperador Claudio promulgara un edicto (49 d. C.) que ordenaba la expulsión de los judíos de la ciudad, por motivo de las divisiones religiosas en el seno de su comunidad en torno a la persona de un tal “Cresto”, nombre con que se cita a Jesús en la obra de Suetonio Vida de los Doce Cesares. De este hecho deja constancia san Lucas al hablar del encuentro de Pablo con Aquila y Priscila, dos judíos cristianos expulsados de Roma por Claudio, y que se habían instalado en Corinto.

Este edicto de Claudio pone de manifiesto las tensiones religiosas en la comunidad judía de Roma, lo que manifiesta que, en aquella ciudad, la comunidad cristiana se nutrió, en un inicio, de gentes procedentes del Judaísmo. Siendo la comunidad judía una de las más florecientes de la Ciudad Eterna, es lógico que el primer destinatario del mensaje cristiano fuese esta, tal vez, a través de predicadores itinerantes que, llegados a través del cercano puerto de Ostia, introdujeron el cristianismo en la Ciudad Eterna. Esto tuvo que provocar, como en otros lugares, no pocos conflictos con los judíos que, es de suponer, conocían a través de diversos canales, los acontecimientos acaecidos en Jerusalén con motivo del proceso de Jesús. La decisión del emperador Claudio, motivada por su política de unidad religiosa y de retorno a los valores tradicionales de Roma, pone de manifiesto lo público y notorio de las discrepancias entre los judíos y los judeocristianos, que no dejaban indiferentes a las autoridades romanas.

Es, pues, sobre este sustrato sobre el que habría de asentarse la predicación de san Pedro, si bien, antes que esta pudo darse la de san Pablo, cuya estancia en Roma es más conocida, por medio de san Lucas. Tras su apelación al Cesar Nerón en su proceso ante el rey Agripa, Pablo es conducido a la Ciudad Eterna para ser juzgado, como ciudadano romano, por el César. Es este medio del que se valió la providencia para hacer llegar al apóstol de los Gentiles a la Ciudad Eterna, donde ejerció su ministerio hasta su liberación por el César. A partir de este instante, nada sabemos del destino del apóstol Pablo, si bien, si hacemos caso a los datos que él mismo proporciona en su Carta a los Romano y a las noticias que de él nos da el mismo san Clemente Romano, debió iniciar un nuevo viaje que debía tener como destino la zona occidental del Imperio, Hispania, el confín del mundo romano y del conocido hasta aquel entonces.

¿Cuándo llegó San Pedro a Roma? ¿Coincidió en Roma con san Pablo? Son preguntas de difícil respuesta. El mismo san Pedro nos habla, en sus cartas, dirigidas a los cristianos de la diáspora, que lo hace desde Babilonia, expresión criptica que parece ocultar el hecho de que lo hace desde Roma, y que señala a la Ciudad Eterna como una ciudad donde se dan cita toda clase de corrupciones y ofensas a Dios; este término, aparece también usado por el Apóstol San Juan en el Apocalipsis, para referirse del mismo modo críptico a Roma y a la degradación moral y espiritual que en ella se dan cita. Esta es, pues, la única mención que encontramos que relaciona a san Pedro y a Roma, que pueda atribuirse al propio Apóstol, si realmente el termino ha sido usado para referirse al lugar desde donde les escribe. Por lo demás, no sabemos si él y san Pablo coincidieron personalmente en la Ciudad Eterna antes, durante o después del inicio de la persecución neroniana; la tradición ha querido señalar un encuentro entre ambos apóstoles en la prisión Mamertina, lugar en el que eran encarcelados los principales enemigos de Roma, como también camino del martirio. Sin embargo, es probable que ambos no llegaran a encontrarse físicamente en la Ciudad Eterna, y que fuesen martirizados en fechas distintas, pero vinculadas a la persecución de Nerón.

Desde un punto de vista arqueológico, son muchos los vestigios que apuntan a la presencia de san Pedro en Roma. El principal de ellos es el lugar de su enterramiento, situado en la colina Vaticana y sobre el cual fue elevada una basílica en tiempos de Constantino. Sin embargo, ya en el año 200, según informa el presbítero romano Gallo, existía un lugar de culto en la colina Vaticana que señalaba el lugar de su enterramiento; en torno a este lugar, se descubrieron una serie de grafitos, inscripciones e invocaciones cristianas de los siglos I, II y III, alusivas a la figura de san Pedro, que confirman la existencia en aquel lugar del enterramiento de alguien de gran importancia para la comunidad cristiana de Roma, y que no podía ser otro que el Apóstol. En cuanto al lugar donde sufrió el martirio, este se encuentra en el interior del antaño convento franciscano de San Pedro in Montoro, actualmente la Academia de España en Roma; en el mismo lugar donde la tradición sitúa el lugar de la crucifixión de san Pedro, los Reyes Católicos mandaron edificar un templete, obra de Bramante, como exvoto tras el fallecimiento del Príncipe Juan de Castilla y Aragón, heredero de los dos reinos, que falleció de forma repentina.

De esta manera, a través de los testimonios historiográficos y arqueológicos, tenemos noticia de la presencia del Apóstol San Pedro en Roma hasta donde los mismos nos permiten tener certeza.

SAN PEDRO Y SIMON EL MAGO: DUELO EN LA CIUDAD ETERNA

En los Hechos apócrifos de san Pedro se nos habla del encuentro entre el Príncipe de los Apóstoles y Simón el Mago, con quien ya había coincidido en Samaria, como hemos dicho, y que se atrevió a poner precio a la gracia del Espíritu Santo. Este hecho ha dado nombre a una práctica deleznable, la simonía, que consiste en la compra – venta de bienes espirituales o temporales de la Iglesia, y que fue una de las grandes lacras de esta durante los tiempos oscuros y no tan oscuros de su historia.

¿Quién era Simón el Mago? Realmente más allá de lo que se nos dice en Hechos de los Apóstoles nada sabemos de este personaje. Así nos los presenta el texto sagrado:

Al ver Simón que mediante la imposición de manos de los apóstoles se transmitía el Espíritu, les ofreció dinero y les dijo: <<Dadme a mí también ese poder: que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos.>> Pedro le contestó: <<Que tu dinero te sirva de perdición, por haber pensado que el don de Dios se compra con dinero. En este asunto no tienes tú parte ni herencia, pues no piensas rectamente en lo tocante a Dios. Arrepiéntete, pues, de esa maldad y ruega al Señor, a ver si te perdona esos pensamientos; porque veo que estas amargado, como la hiel, y encadenado por la maldad.>>1

Según este relato, Simón el Mago era natural de Samaría y ejercía la magia, con gran éxito, dejando asombrados a cuantos lo contemplaban, hasta el punto de que se le tenía como un ser casi divino, pues, como indica san Lucas, el pueblo exclamaba diciendo: <<Este es la Potencia de Dios llamada la Grande>>2 Sin embargo, la llegada de Felipe el diacono y el anuncio del Evangelio, hizo que muchos de sus seguidores se bautizaran y le abandonaran, hasta el punto de que el mismo, atraído aparentemente por el mensaje de Cristo, se hizo bautizar. Sin embargo, más que por la palabra de Salvación, Simón se sentía atraído por los milagros que Felipe hacía en nombre de Cristo, y como consecuencia de ello, aprovechando la presencia de san Pedro y san Juan en Samaría, como vemos en el relato anterior, solicito recibir el Espíritu Santo para obrar esos mismos prodigios a cambio de una compensación económica. Las duras palabras de san Pedro, parecieron mover al arrepentimiento a Simón, quien, en su despedida de los Apóstoles les dijo: <<Rogad vosotros al Señor por mí, para que no me sobrevenga ninguna de esas coas que habéis dicho.>>3

A estos datos, proporcionados por el texto sagrado, habría que añadir los que nos proporciona san Justino, según el cual, Simón era natural de Gitton, en Samaría, y que, llegado a Roma, en tiempos del emperador Claudio, fue venerado en ella como un dios. Por su parte, san Hipólito de Roma (s. III) le atribuye la autoría de un libro titulado La Gran Revelación, en el cual ofrecía una interpretación alegoría, muy del gusto de las corrientes filosófico – religiosas alejandrinas, del texto mosaico de la Creación, pero cuya autoría es más que dudoso que pueda atribuirse a Simón el Mago.

¿Fue sincero su arrepentimiento? Nada podemos decir. Lo que sí que podemos afirmar es que Simón el Mago ha encarnado, en su enfrentamiento apócrifo con san Pedro, la lucha entre el Cristianismo y la Gnosis, que ocupo los esfuerzos de la Iglesia desde finales de la era apostólica y durante todo el siglo II. En este sentido, suele situarse a Simón el Mago entre los últimos gnósticos anteriores a la gnosis cristiana, que tuvo especial presencia en el ámbito oriental como fruto del encuentro entre el pensamiento filosófico griego, especialmente, el neoplatonismo y las religiones de Oriente Medio, con especial incidencia en el ámbito del Judaísmo. El hecho de que su nombre haya sido incluido por el autor de la Epistola Apostolorum, escrito apócrifo del siglo II, junto con el de Cerinto, otros de los grandes representantes del gnosticismo cristiano, da una idea de su pertenencia a esta corriente herética, siempre que consideremos la veracidad del mismo dato.

Sobre la presencia o supuesta presencia de Simón el Mago en Roma, en tiempos del emperador Claudio, tal y como afirma san Justino, nos dice lo siguiente Eusebio de Cesárea, en su Historia Eclesiástica:

A ese Simón {el Mago}, padre y autor de tan grandes males, el poder malvado y odiador de todo bien, enemigo de la salvación de los hombres, le destacó en aquel tiempo como gran adversario de los grandes y divinos apóstoles de nuestro Salvador.

Sin embargo, la gracia divina y supraceleste vino en socorro de sus servidores, y con sola la aparición y presencia de éstos extinguió rápidamente el fuego prendido por el maligno, y por medio de ellos humilló y abatió toda altura que se levanta contra el conocimiento de Dios (cf. 2 Cor 10,5)

Por lo cual, ninguna maquinación de Simón ni de ningún otro de los que por entonces vegetaban, prevaleció en aquellos mismos tiempos apostólicos: la luz de la verdad y el mismo Verbo divino, que recientemente había brillado sobre los hombres, floreció sobre la tierra y conviviendo con sus propios apóstoles, triunfaba de todo y lo dominaba todo.

En seguida el mencionado impostor, como herido en los ojos de la mente por un ofuscamiento divino y extraordinario cuando anteriormente el apóstol Pedro había puesto al descubierto sus malvadas intenciones en Judea, emprendió un larguísimo viaje, más allá del mar, y marcho huyendo de Oriente a Occidente, convencido de que solamente allí le sería posible vivir según sus ideas.

Llegó a la ciudad de Roma, y con la gran ayuda del poder que en ella se asienta, en poco tiempo alcanzó tal éxito en su empresa, que los habitantes del lugar incluso le honraron, igual que un dios, con la dedicación de una estatua.

No llegaría muy lejos está prosperidad. Efectivamente, pisándole los talones, durante el mismo imperio de Claudio, la providencia universal, santísima y amantísima de los hombres, iba llevando de la mano hacia Roma, como contra un grande azote de la vida, al firme y gran apóstol Pedro, portavoz de los otros por causa de su virtud.

Como noble capitán de Dios, equipado con las armas divinas, Pedro llevaba de Oriente a los hombres de Occidente la preciosísima mercancía de la luz espiritual, anunciando la buena nueva de la luz misma, de la doctrina que salva las almas: la proclamación del reino de los cielos.4

Se ve, pues, según apunta el historiador Eusebio, que la presencia de Simón en Roma fue seguida por la llegada de san Pedro a la misma Ciudad Eterna, con la finalidad deshacer la obra de aquel embaucador que se hacía pasar por un dios. Y es que, como afirma el autor de las Acti Petri Apostili, Simón el Mago había logrado no sólo embaucar a los gentiles, sino también a los mismos cristianos de Roma, hasta el punto, de poner en peligro la fe de los más débiles de la misma. Así presenta el autor la llegada del Apóstol a la comunidad romana y las palabras que este le dirigió:

Voló rápidamente el rumor por la ciudad, entre los hermanos dispersos: Pedro había venido por orden del Señor a causa de Simón, para dejarlo convicto de seducción y persecución contra los buenos.

Todo el mundo corrió para ver cómo un apóstol del Señor se apoyaba en Cristo.

En el primer día de la semana, cuando la multitud se había congregado para ver a Pedro, comenzó éste a hablarles con gran voz:

 Hombres aquí presentes, que esperáis en Cristo, aprended vosotros – que hace poco habéis sufrido la tentación – por qué motivo ha enviado Dios a su Hijo al mundo o por qué razón lo ha ofrecido por medio de la Virgen María. ¿Qué otra sino para procuraros alguna gracia o favor? Deseaba eliminar toda suerte de escándalo o ignorancia, toda potencia diabólica, y debilitar los ataques y fuerzas con las que en otro tiempo dominaba, antes de que nuestro Dios brillara en el mundo.

Ya que los hombres, entre variadas debilidades, se precipitaban a la muerte por la ignorancia, Dios omnipotente, movido de misericordia, envió al mundo a su Hijo, con quien conviví. Anduvo sobre las aguas, portento del que sigo dando testimonio. De todo lo que él obró entonces en este mundo con signos y prodigios me confieso también testigo, hermanos queridísimos.

Yo negué a Nuestro Señor Jesucristo, y no solo una, sino tres veces, pues los que me rodeaban eran perros rabiosos, como <afirma> el profeta del Señor. Mas este no me lo tuvo en cuenta, sino que volviéndose hacia mí se apiado de la flaqueza de mi carne. Lloré amargamente lamentando la endeblez de mi fe, porque el diablo había extraviado mis sentidos y no conservaba en la mente la palabra de mi Señor.

Mas ahora os digo hermanos reunidos aquí en nombre de Jesucristo: Satanás, el Mentiroso, tiende ahora contra vosotros sus saetas para que os apartéis del camino. Mas no desfallezcamos, hermanos, ni decaiga vuestro ánimo, sino confortaos, manteneos firmes y no alberguéis más dudas.

Pues si a mí – a quien el Señor honró sobremanera – me escandalizó Satanás hasta negar la luz de mi esperanza, subyugándome y convenciéndome para que huyera, como si hubiera depositado mi fe en un hombre, ¿qué pensáis vosotros, unos recién convertidos? ¿Creíais que no os iba a derrocar hasta haceros enemigos del reino de Dios y precipitaros en la perdición por medio de un error recientísimo?

Aquel a quien consiga apartar el diablo de la esperanza en nuestro Señor Jesucristo, ese tal será eternamente un hijo de la perdición.

Convertíos pues, hermanos elegidos por el Señor, y confortaos en el Señor Omnipotente, Padre de nuestro Señor Jesucristo, a quien nadie vio jamás ni puede ver salvo aquel que ha creído en Él.

Caed en la cuenta de dónde os ha sobrevenido la tentación. No solo intento convenceros con palabras de que él es el Cristo aquel a quien yo predico, sino que os exhorto, por medio de hechos y magníficos milagros y por la fe que tenéis ya en Cristo Jesús, a que ninguno de vosotros espero otro (ungido) que éste, despreciado y calumniado por los judíos, este nazareno crucificado, muerto y al tercer día resucitado.5

Llega, pues, Pedro a la Ciudad Eterna con la misión, no sólo de anunciar la fe de Jesucristo, sino también para confirma la de los creyentes y traer de nuevo a la comunidad a aquellos que han sido apartados de ella por las palabras y engaños de Simón el Mago. Las palabras que el Apóstol dirige a los cristianos entremezclan los recuerdos del pasado con la esperanza en el futuro, añadiendo detalles biográficos, como su debilidad en el momento de la Pasión del Señor y la gracia que este le dio para volver a comenzar y confirmar la fe de sus hermanos. Tiene en cuenta, pues, el Apóstol la debilidad de los que han caído, porque él mismo fue débil en el momento supremo de su Maestro, pero también del poder de la gracia para levantar el alma y apartarla de toda tentación.

El autor de las Acti Petri Apostili sitúa a continuación, una serie de relatos maravillosos, en los que se entremezclan los milagros, las conversiones y las persecuciones, alguna de ellas realizada por los apostatas. El clímax de la lucha de san Pedro con Simón, con quien tiene varios encuentros en la Ciudad Eterna, llega en el último de los mismos, que, con tanta viveza, nos narra el autor del apócrifo:

Al día siguiente, una gran muchedumbre se congrego en la Vía Sacra para verle volar {a Simón}. Pedro se acercó a lugar para contemplar el espectáculo y para refutarlo también en este hecho, pues cuando entre en Roma dejó estupefactas a las gentes con su vuelo. Pero Pedro, su debelador, no vivía aún en Roma, ciudad a la que aquel había engañado con sus mágicas artes hasta el punto de que algunos se extasiaban ante él. Así pues, Simón se colocó en un lugar elevado, y al divisar a Pedro comenzó a decir:

– Pedro, especialmente ahora, cuando voy a elevarme ante todos estos que me contemplan, te digo: si es poderoso tu Dios – a quien dieron muerte los judíos mientras que, a vosotros, sus elegidos, os lapidaban – muestra ahora que la fe en Él es fe en Dios. Quien se revele en este momento si es digna de la divinidad. Por mi parte, elevándome ahora voy a mostrar a toda esta gente quien soy.

Entonces ascendió en el aire, y todos lo veían (como volaba) sobre toda Roma, sobre sus templos y colinas, mientras los fieles miraban a Pedro. Este, al contemplar el asombroso espectáculo, clamó al Señor Jesucristo:

– Si permites que este hombre realice lo que intenta, todos los que han creído en ti se escandalizaran ahora, y no prestaran ningún crédito a los prodigios y milagros que me has concedido realizar para ellos. Apresura, Señor, tu gracia; caiga Simón desde arriba y quede inútil. Que no muera, pero que no pueda hacer nada con su pierna rota por tres lugares.

Cayó Simón desde lo alto y se partió la pierna por tres sitios. Entonces lo lapidaron y cada uno se volvió a su casa. Por lo demás, todos creyeron a Pedro. 6

El autor de las Acti Petri Apostili nos presenta, así, el duelo final entre Simón el Mago y San Pedro, en donde el orgullo y la soberbia del primero, contrasta con la fe del segundo en el poder de Jesucristo. A la derrota del impostor, sigue la conversión de uno de sus más fervientes seguidores:

Uno de los amigos de Simón, por nombre Gemelo – casado con una mujer griega y que había recibido de aquel muchos beneficios – llegó rápidamente desde el camino adonde estaba Simón, y al verle con la pierna quebrada, le dijo:

– Simón, si la <<Fuerza de Dios>> yace rota, ¿será ciego ese mismo Dios de quien tú eres la Fuerza?

Corrió Gemelo detrás de Pedro y le dijo:

– También yo deseo contarme entre los que creen en Cristo.

Pedro respondió:

– ¿Qué dificultad habría, hermano mío? Ven y toma un lugar entre nosotros.7

Finalmente, el autor, nos narra el final trágico de Simón el Mago:

Simón, en medio de la desgracia, encontró a algunas personas que le trasladaron de noche sobre unas parihuelas desde Roma a Aricia. Después de permanecer allí algún tiempo, fue conducido a Terracina, a casa de un cierto Castor, expulsado de Roma bajo acusación de artes mágicas. Allí, tras amputarle (la pierna), halló su fin, el ángel del diablo.8

CONCLUSION

Que san Pedro estuvo en Roma parece un dato incuestionable, por las pruebas que nos ha dejado la Tradición y la arqueología. Ciertamente sabemos con más seguridad de la presencia de san Pablo en la Ciudad Eterna, al menos, en su primer cautiverio en ella, y menos sobre el segundo.

A pesar de esta escasez de pruebas más tangibles, el hecho mismo de la existencia de un lugar de culto especial, como el que menciona el presbítero Gallo, en Roma dedicado al Príncipe de los apóstoles, y la continua mención a su presencia en ella en los documentos de figuras clave de la historia primitiva de la Iglesia, como Clemente Romano, Ignacio de Antioquia, Irineo de Lyon, Hegesipo, Dionisio de Corinto…, constituye una garantía de que no se trata de una construcción posterior. También la misma existencia de relatos apócrifos sobre su presencia en Roma, manifiesta la existencia de una tradición a la que se le dio forma de relato, a fin de conservarla y transmitirla a las futuras generaciones.

La contraposición entre Pedro y Simón el Mago manifiesta esa lucha entre la ortodoxia y la herejía en los primeros tiempos de Cristianismo. A través de sus palabras y obras, san Pedro confirma la fe de los cristianos de Roma, amenazada por los engaños de Simón el Mago que, presentándose como un semidiós, había extraviado a no pocos miembros de la misma. Del mismo modo, la gnosis logro no pocos adeptos con sus extrañas y fascinantes doctrinas, que, bajo apariencia cristiana, desviaban del mensaje salvador de Cristo. Bajo el manto de lo maravilloso y milagroso, el autor nos presenta la figura protectora de san Pedro y la devoción que la comunidad romana manifestaba por él, manifestada también fuera de la misma como atestiguan los autores arriba mencionados en sus respectivas comunidades.

Que la lectura de este trabajo, nos sirva para conocer más y mejor, con los datos que tenemos, la figura del Príncipe de los Apóstoles, y fomente nuestra devoción a él, que debe ser manifestada a sus Sucesores en el ejercicio fiel de confirmar en la fe a sus hermanos.

D. Vicente Ramón Escandell Abad, Pbro.

1 Hch 8, 18-23

2 Hch 8, 10

3 Hch 8, 24

4 EUSEBIO DE CESAREA: Historia Eclesiástica (14)

5 HECHOS APOCRIFOS DE LOS APOSTOLES, Biblioteca de Autores Cristianos (2004), pp. 569-573

6 Ibídem. Pp. 645-647

7 Ibídem. P. 649

8 Ibídem. P. 649

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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna