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Terror revolucionario en Madrid: Las matanzas de religiosos de Julio de 1834

La historia muchas veces es contada desde el lado de quién gobierna y ocultados los hechos para las generaciones posteriores. No así en nuestra página donde damos a conocer, como hoy, las matanzas de religiosos que sucedieron en 1834. Un artículo imperdible

Terror revolucionario en Madrid: Las matanzas de religiosos de Julio de 1834. Un artículo del Rev. D. Vicente Ramón Escandell

Las matanzas de religiosos de julio de 1834

INTRODUCCION

Madrid, 17 de julio de 1834, la capital de España se despierta para una nueva jornada. Un día más en la vida de miles de madrileños, atentos a las ultimas noticias procedentes de los distintos frentes en los que se baten carlistas e isabelinos, y expectantes ante los cambios políticos que se van produciendo en la Villa y Corte, a la sombra de la Regente María Cristina y su hija Isabel, reina de España, que esperan anhelantes el triunfo de las armas liberales para asentar su trono tras la muerte de Fernando VII, último rey absolutista de España.

España vive un periodo convulso nunca visto hasta entonces: represión contra liberales y absolutistas, pronunciamientos militares, intervenciones extranjeras, crisis económica, malestar social, división política…, que contrastan con la estabilidad que había reinado en España desde el fin de la Guerra de Sucesión. Mientras en Europa se derrumbaba el sistema de la Restauración, y se establecían monarquías de corte liberal, en España Fernando VII, tras el Trienio Liberal, había impuesto un férreo control político, oscilando lentamente hacia los sectores más moderados del liberalismo, muchos de cuyos representantes habían sido represaliados por el rey tras su llegada a España. El fin último del monarca era asegurar el trono a su hija Isabel, reconocida como heredera al trono, que se veía amenazada por las aspiraciones de su tío, el Infante D. Carlos María Isidro, en torno al cual se había aglutinado la oposición absolutista al monarca.

Aquel Madrid que despertaba a un nuevo día, convulsionado por todos los acontecimientos políticos vividos hasta entonces y tras haber sufrido una epidemia de cólera, no podía imaginarse el espectáculo dantesco del que serían testigos sus vetustas calles y plazas, pórtico de muchos de los conventos y monasterios que adornaban la capital del Reino. Nunca en la historia de España se había presenciado un espectáculo como el que tuvo lugar aquel caluroso 17 de julio, y que ponía de manifiesto la existencia de una brecha ideológica y religiosa en el seno de una sociedad que, hasta ese momento, había permanecido en bloque unida bajo el manto de la Religión.

EL CAMINO HACIA EL INFIERNO

¿Cómo explicar los sucesos que acaecieron el 17 de julio de 1834? ¿Qué podía mover a un pueblo, como el madrileño y español a realizar actos tan barbaros nunca vistos hasta entonces?

Para comprender, hasta donde puede la humana razón, estos hechos hay que tener en cuenta el contexto de aquella España que, como hemos dicho arriba, se hallaba inmersa en un doble proceso: uno revolucionario y otro contrarrevolucionario.

El primero era heredero natural de lo acaecido en las Cortes de Cádiz que, en plena guerra contra el invasor francés, llevaron a cabo, consciente o inconscientemente, un proceso revolucionario que, dando la espalda a las tradiciones políticas de España, pretendía implantar un régimen liberal amparado por una Constitución, la de 1812, que resultó ser un texto soporífero y de difícil aplicación. En este proceso revolucionario la cuestión religiosa tuvo un peso destacado, pues, no pocos de los diputados de las Cortes pertenecían al estamento clerical, pero que, en muchos casos, presentaban una clara ideología liberal; y los que no formaban parte de él, estaba vinculados a la masonería, que ya por entonces había penetrado profundamente, a través de sus agentes ingleses, en diversos sectores de la sociedad y cultura española. Lejos de ser un tópico, la masonería tuvo un papel destacado en aquel proceso revolucionario, del mismo modo que lo tuvo en la independencia de los territorios españoles de Ultramar que, por aquellas fechas, empiezan ya a sublevarse contra la metrópoli, bajo la excusa de no querer someterse al usurpador José I.

Como decimos, el elemento religioso estuvo muy presente en este proceso inicial, como bien demuestra el hecho del deseo, casi unánime, entre los diputados gaditanos, de alcanzar la supresión del Tribunal de la Inquisición; desparecido los jesuitas en 1767, los elementos ilustrados, primero, y los liberales después, no contaban con otra oposición que la del Santo Oficio para la extensión de sus ideas en el Reino. Si bien, todo hay que decirlo, que para finales del siglo XVIII y principios del XIX, el Santo Oficio había experimentado una profunda decadencia y se había convertido en una “policía del pensamiento”, utilizada por los últimos Borbones para la neutralización de la disidencia. De ahí, se explica, el anhelo reiterado en Cádiz, y más tarde durante el Trienio Liberal, de suprimir el Tribunal para facilitar la labor de implantación de las ideas liberales en España.

Por otra parte, no sólo había un objetivo ideológico en el pensamiento de los diputados gaditanos en su legislación contra la Iglesia y la Religión, sino que también económico. La desamortización de los bienes eclesiásticos fue un antiguo anhelo de los ilustrados, llevado a cabo en parte bajo Godoy, pero que alcanzara su cenit bajo el reinado de Isabel II a través de los ministerios de Mendizábal y Madoz. El objetivo estaba claro: favorecer el empobrecimiento de la Iglesia, sin beneficiar a aquellos que necesitaban del usufructo de los bienes desamortizados, sino favorecer la creación de una clase burguesa fiel al régimen liberal revolucionario. Este fue el objetivo de la primera gran desamortización, la de Mendizábal, que logró, en parte su objetivo, como también el poder levantar y mantener un ejército contra los carlistas. En cuanto a la de Madoz, esta dio la puntilla a los bienes eclesiásticos perteneciente al clero secular, no afectados por la de Mendizábal, como también a los Ayuntamientos, cuyas tierras destinadas al sustento de los más pobres, fueron desamortizadas y entregadas a los capitalistas liberales.

El segundo proceso fue el que nace de la reacción contra el primero, y que encarnó la causa carlista, inaugurada por Carlos V, hermano de Fernando VII y tío de Isabel II. El Carlismo hunde sus raíces en los realistas que apoyaron el retorno al absolutismo de Fernando VII tras su llegada a España en 1815, y que actuaron como fuerza de choque contra los levantamientos liberales previos al Trienio Liberal. Hombres como el General Elio, formaron parte del círculo más íntimo del monarca, pagando con la vida la defensa del Absolutismo, una vez instaurado el Trienio Liberal tras el pronunciamiento de Riego en 1822.

Siguiendo la tónica de acción – reacción, durante el Trienio Liberal los Realistas actuaron como fuerza opositora al nuevo Régimen, llegando a controlar extensas zonas de Cataluña, estableciendo allí una Regencia, en Urgel. Desde esta base y por toda la costa levantina, actuaron partidas de realistas contra las fuerzas liberales que, como acontecerá durante la I Guerra Carlista, no dudarían en actuar con mano dura contra los sospechosos de apoyo a la causa absolutista. Sin embargo, la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis, liderada por el Duque de Angulema, futuro Carlos X de Francia, que contó con el apoyo de los realistas y sus fuerzas armadas, pusieron fin al Trienio. Sin embargo, el retorno al absolutismo no se produjo en los términos que hubieran deseado los realistas: Fernando VII inicia una política de acercamiento hacia los sectores más moderados del liberalismo, dejando al margen a los representantes más duros del absolutismo, los llamados apostólicos, que habían encontrado en el hermano del Rey, Carlos María Isidro, su principal apoyo y representante.

1830 marca un punto de inflexión para la causa realista, cuando Fernando VII promulga la Pragmática Sanción de Carlos IV, por la cual quedaba abolida la Ley semi-sálica francesa, por la cual, contradiciendo el derecho tradicional castellano, privaba del derecho al trono a las mujeres. De esta manera, lo supiera o no, allanaba el camino al trono a su hija Isabel que nacería en enero de 1832, excluyendo del mismo a su hermano Carlos. Sin embargo, la causa realista pareció ver un atisbo de esperanza cuando, el 18 de septiembre de ese año, en el marco de una enfermedad del Rey, este derogaba la Pragmática sanción de enero; pero fue una mera ilusión: la intervención de la hermana de la Reina María Cristina, Luisa Carlota, determinó la derogación del codicilo fernandino, dando al traste con las esperanzas de los realistas y de Don Carlos.

Exiliado en Portugal, D. Carlos se manifiesta en rebeldía contra su hermano y asiste impotente a la proclamación, en Los Jerónimos, de la Princesa Isabel como heredera al trono. Era el 30 de junio de 1832, tres meses después, el 29 de septiembre de 1832, fallecía Fernando VII, dejando a su esposa María Cristian como Regente del Reino, a su hija como Reina de España y a la nación dividida y en trance de una guerra civil.

Ideológicamente, D. Carlos y sus partidarios representaban la defensa de los valores tradicionales del Reino, circunscritos, desde tiempos de Recaredo, en la defensa de la Religión frente a sus enemigos externos e internos. D. Carlos asume el legado de sus antepasados y en su Manifiesto de Abrantes (1 de octubre) proclama solemnemente sus principales objetivos: defensa de la Religión, del derecho legítimo a la sucesión al trono y defender el Reino de sus enemigos. A esta proclama de Don Carlos, responde la Regente con otra en la que, aduciendo argumentos de índole religioso, más atenuados que los de D. Carlos, apela a la defensa de la legitimidad de la Reina Isabel; en este manifiesto, junto a una proclamación de confesionalidad católica de España, resuenan ya los ideales del liberalismo burgués de la búsqueda de la felicidad y el fomento de la riqueza, que se presentaban como los frutos predilectos del nuevo reinado.

Con las cosas así, el 3 de octubre de 1833, se produce el estallido de la I Guerra Carlista: el administrador de correos de Talavera subleva a los realistas de la localidad a favor de Carlos V y en contra de Isabel II. El conflicto se iniciará de un modo desigual, pues, al contrario que la Regente, el pretendiente carlista cuenta solo con el apoyo de dos generales, Ladrón de Cegama y el Cura Merino, curtidos ambos en la lucha contra el francés y contra los liberales durante el reinado de Fernando VII. El apoyo del clero rural, que alientan con tintes de cruzada a los voluntarios carlistas, y los oficiales depurados por María Cristiana por sus simpatías realistas, son el principal refuerzo con que contara el exiguo ejercito carlistas en este inicio de campaña.

La primera guerra civil española, guerra política, religiosa y social, estaba a punto de empezar marcando el desarrollo histórico de España para todo el siglo XIX y parte del XX.

LAS MATANZAS DE RELIGIOSOS DE MADRID DE JULIO DE 1834

En este ambiente se desarrollarán las matanzas de religiosos de Madrid de 1834, y que se extienden al resto de España durante el año de 1835. Un fuerte viento anticlerical recorrerá los territorios leales a la causa isabelina, sin que las autoridades civiles tomaran las medidas necesarias para frenarlos o para buscar a los culpables de los mismo. Un manto de silencio y complicidad se cernera sobre ellos, como apunta Menéndez Pelayo.

Las matanzas de religiosos perpetradas en España durante 1834 y 1835, especialmente crueles en la capital del Reino, se insertan dentro de la vorágine de la guerra carlista y del proceso revolucionario que tiene lugar de forma simultánea. La identificación interesada entre carlismo y clero, por parte de ciertos sectores del liberalismo, calo hondamente entre las clases populares, al menos en sus estratos más bajo y manipulables. Desde las logias, los cafés, las tertulias y los periódicos se hablaba abiertamente de la connivencia entre curas, frailes, monjas y monjes con los carlistas, el fantasma de la “quinta columna” era esgrimido en la propaganda anticlerical como forma de azuzar los odios contra D. Carlos y la Iglesia. Ciertamente, el apoyo a la causa carlista, dentro del clero español, quedó, salvo algún que otro caso, circunscrito al clero rural, mientras que entre la jerarquía hubo un apoyo más o menos explícito hacia Isabel II. Ello no fue óbice para que no pocos obispos, como en la época del Trienio Liberal, tuvieran que exiliarse de sus sedes, e incluso de España, por ser sospechosos de apoyo a la causa carlista o poco firmes en su apoyo al partido cristino. Fue un tiempo de gran inestabilidad en las diócesis y sedes episcopales, donde la autoridad civil dominaba a la eclesiástica, que se veía impotente ante el expolio material y moral, al que las fuerzas liberales la sometían.

Centrándonos en la capital de España, la situación del clero era ya bastante grave en vísperas de las matanzas de julio, a tenor de las proclamas que se escuchaban por las calles, llenas de odio contra Dios y la Religión: Muera Cristo, viva Isabel, muera don Carlos, viva Isabel. En este ambiente enrarecido, azuzado por las maquinaciones de los ministros de la Regente, muchos de ellos vinculados a la masonería, solo hizo falta una chispa para hacer saltar la pólvora: la epidemia de cólera. Por la capital, como parte de la propaganda de guerra, corrió el rumor de que habían sido los frailes, agentes del carlismo, quienes habían provocado la epidemia envenenando las fuentes. Este fue el motivo peregrino que condujo a la matanza perpetrada el 17 de julio de 1834, y que tan vivamente nos narra D. Marcelino Menéndez Pelayo en su obra Historia de los Heterodoxos españoles, a quien vamos a seguir en su descripción literal de los hechos.

El primer objetivo de los asaltantes, fue la comunidad jesuita de Madrid, residente por entonces en lo que hoy es la iglesia de San Isidro, cerca de la Plaza Mayor. Los jesuitas habían retornado a España tras la expulsión de 1767 y vueltos a expulsar durante el Trienio Liberal (1820), para establecerse de nuevo tras la restauración de Fernando VII. La inquina que contra la Compañía de Jesús manifestaran los ilustrados y heredada por los liberales, explica, en parte, que fuesen el primer objetivo a batir en el proceso revolucionario en el que vivía España. La propaganda antijesuítica liberal, en parte, heredada de los ilustrados y renovada por las logias, los hacia los chivos expiatorios perfectos y un ejemplo para las demás órdenes religiosas. Sobre lo acaecido en el Real Estudio de San Isidro, nos dice lo siguiente el insigne historiador español:

Amaneció [en Madrid], al fin, aquel horrible jueves, 17 de julio, día de vergonzosa recordación más que de otro alguno de nuestra historia.

Las doce serian cuando cayó la primera víctima, acusada de envenenar las fuentes. Otro infeliz, perseguido por igual pretexto, buscó refugio en el Colegio Imperial, y en pos de él penetraron los asesinos a las tres de la tarde.

Lo que allí pasó no cabe en lengua humana y la pluma se resiste a transcribirlo. En la portería del Colegio Imperial, en la calle de Toledo, en la de Barrionuevo, en la de los Estudios, en la plaza de san Millán, cayeron, a poder de sablazos y de tiros, hasta dieciséis jesuitas, cuyos cuerpos, acribillados de heridas, fueron arrastrados luego con horrenda algazara y mutilados con mil refinamientos de exquisita crueldad, hirviendo a poco rato los sesos de algunos en las tabernas de la calle de la Concepción Jerónima. Uno de los asesinados era el P. Artigas, el mejor o más bien el único arabista que entonces había en España, maestro de Estébanez Calderón y de otros.

Los restantes jesuitas, hasta el número de setenta, se hallaban congregados en la capilla domestica haciendo las ultimas prevenciones de conciencia para la muerte, cuando sable en mano, penetró en aquel recinto el jefe de los sicarios, quien, a trueque de salvar a uno de ellos, que generosamente persistía en seguir la suerte de los otros, consintió en dejarlos vivos a todos, ordenando al grueso de los suyos que se retirasen y dejando gente armada en custodia de las puertas.1

Finalizada la vorágine criminal contra los hijos de San Ignacio, los asaltantes, con sospechosa impunidad, y sin temer reacción alguna de la autoridad civil y militar, se dirigieron hacia los conventos de los mercedarios y dominicos:

Eran ya las cinco de la tarde, y el capitán general, como quien despierta de un pesado letargo, comenzaba a poner sobre las armas la tropa y la Milicia urbana. ¡Celeridad admirable después de dos horas de matanza! Y ni aún ese tardío recurso sirvió para cosa alguna, puesto que los asesinos, dando por concluida la faena de los Reales Estudios, se encaminaron al convento de dominicos de Santo Tomás, en la calle de Atocha, y, allanando las puertas, traspasaron a los religiosos que estaban en el coro o les dieron caza por todos los rincones del convento, cebando en los cadáveres su sed antropofágica.

Entonces se cumplió al pie de la letra lo que de Corpus de Sangre de Barcelona escribió Melo: <<Muchos, después de muertos, fueron arrastrados, sus cuerpos divididos, sirviendo de juego y risa aquel humano horror, que la naturaleza religiosamente dejó por freno de nuestras demasías; la crueldad era deleite; la muerte entretenimiento; a uno arrancaban la cabeza (ya cadáver), le sacaban los ojos, cortabanle la lengua y las narices; luego, arrojándola de una en otras manos, dejando en todas sangre y en ninguna lastima, les servía de fácil pelota; tal hubo que, topando el cuerpo casi despedazado, le cortó aquellas partes cuyo nombre ignora la modestia y, acomodándoselas en el sombrero hizo que le sirviesen de torpísimo y escandaloso adorno.>>

Mujeres desgreñadas, semejantes a las calceteras de Robespierre o a las furias de la guillotina, seguían los pasos de la turba forajida para abatirse, como los cuervos, sobre la presa. Al asesinato sucedió el robo, que las tropas, llegadas a la sazón y apostadas en el claustro, presenciaron con beatifica impasibilidad. Sólo tres heridos sobrevivieron a aquel estrago.

De allí pasaron las turbas al convento de la Merced Calzada, plaza del Progreso, donde hoy se levanta la estatua de Mendizábal. Allí rindieron el alma ocho religiosos y un donado, quedando heridos otros seis.2

Esperpéntico espectáculo pocas veces visto en la España católica, el que tenía como escenario la ciudad de Madrid, Corte y Villa, y referente para toda la nación. Nunca se había vista tanta saña contra la Religión, sus símbolos y representantes, como el que se vio en aquella jornada. Solo durante la ocupación napoleónica se habían vivido tales escenas, pero a manos de extranjeros e incrédulos, pero no a manos de españoles, cuya nación había asombrado al mundo por la defensa de la Religión unos años antes frente al invasor francés.

No contentos con lo ya realizado, las turbas sacrílegas dirigieron sus miras hacia la iglesia y convento de San Francisco el Grande, vecino al Palacio Real, sede del poder y hogar de la Regente y la Reina. Sin embargo, esta cercanía no fue óbice para que los hijos de san Francisco se vieran libres de la chusma. Y así, y a pesar de las garantías de protección de la fuerza armada allí acantonada, fue asaltado el convento, bajo el amparo, la indiferencia y la complicidad de los mismos militares que habían dado su palabra de salvaguardar la vida y hacienda de los frailes:

Ni siquiera las nieblas de la noche pusieron termino a aquella orgía de caníbales.

Seis horas habían transcurrido desde la carnicería de san Isidro: los religiosos de San Francisco el Grande, descansando en las repetidas protestas de seguridad que les hicieron los jefes de un batallón de la Princesa acuartelado en sus claustros, ponían fin a su parca cena e iban entregándose al reposo de la noche, cuando de pronto sonaron voces y alaridos espantables, toco a rebato la campana de la comunidad, cayeron por tierra las puertas e inundo los claustros la desaforada turba, tintas las manos en la reciente sangre de dominicos, jesuitas y mercedarios.

Hasta cincuenta mártires, según el cálculo más probable, dio la Orden de San Francisco en aquel día.

Unos perecieron en las mismas sillas del coro, cuya madera conserva aún las huellas de los sables. Otros fueron cazados, como bestias fieras, en los tejados, en los sótanos y hasta en las cloacas. A otros, el ábside del presbiterio les sirvió de asilo. Y alguien hubo que, con pujante brío, se abrió paso entre los malhechores y logró salvar la vida arrojándose por las tapias o huyendo campo traviesa hasta parar en Alcalá o en Toledo.

Los soldados permanecieron inmóviles o ayudaron a los asesinos a buscar y rematar a los frailes y a robar los sagrados vasos.3

Y como no en pocas ocasiones futuras, la autoridad miraría hacia otro lado y se desentendería de la suerte de las víctimas, llegando incluso a culparlas de haber provocado el motín:

¡Ocho horas de matanza regular y ordenada, y por un puñado de hombres, casi los mismos en cuatro conventos distintos! ¿Qué hacía entre tanto el capitán general? ¿En qué pensaba en Gobierno?

A eso de las siete de la tarde se presentó San Martín en el Colegio Imperial, hablo con los jesuitas supervivientes y les increpo en términos descompuestos por lo del envenenamiento de las aguas. En cuanto al Gobierno de Martínez de la Rosa, se contentó con hacer ahorcar a un músico del batallón de la Princesa que había robado un cáliz en San Francisco el Grande.

Con todo, el clamoreo de la opinión fue tal, que hubo, pro formula, de procesarse a San Martín, separado ya de la Capitanía General.

Aquí paro todo, y huelgan los comentarios cuando los hechos hablan a voces.4

Así termina Menéndez Pelayo su relato de estas matanzas, el cual amplia a las acaecidas en el resto de España a la sombra de la guerra, o, mejor dicho, bajo el pretexto de la guerra. En ellas la tónica es la misma: barbarie, asesinato, saqueo, impunidad y desentendimiento de la autoridad civil. Triste hora para aquella España desgarrada ya de por sí por una guerra, y que veía sus tesoros materiales profanados y los espirituales ultrajados.

CONCLUSION

Sería prolijo extenderme en todos los demás acontecimientos que narra Don Marcelino, y que, prefiero no hacer, porque bastante herida esta nuestra sensibilidad por hechos similares no hace mucho acaecidos y que, de un modo u otro, tienen sus orígenes en los que acabo de narrar. Simplemente invitar al lector a que amplié, si es su deseo, y no para fomentar el rencor o el odio, sino para aleccionarse sobre nuestra historia, en las páginas de Don Marcelino Menéndez Pelayo, digno sucesor de los grandes historiadores cristianos como san Isidoro de Sevilla o san Beda el Venerable.

En ellas encontrara más información sobre estos y otros hechos de aquellos años, terribles para nuestra Patria e Iglesia, pero que deben ser conocidos para no volver a repetirlos y mirar con esperanza el futuro de nuestra Patria. Una esperanza que no se funda en ideologías humanas, sino en Aquel que es el Señor de la Historia y por cuya fe derramaron su sangre los jesuitas, dominicos, mercedarios y franciscanos, asesinados por odio a la fe, en aquella aciaga jornada.

D. Vicente Ramón Escandell Abad, Pbro.

1 MENENDEZ PELAYO, Marcelino: Historia de los Heterodoxos Españoles, vol. II p.827

2 Op. cit. Pp. 828-829

3 Op. cit. p. 829

4 Op. cit. p. 829

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