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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Adopción internacional: Ecos de buen derecho

PorMiguel Toledano

Jul 16, 2019
Adopción internacional-MarchandoReligion.es

¿De qué hablamos cuando mencionamos la «adopción internacional»? ¿Qué creen, que no es un tema que nos toque a los Católicos de lleno? Lean esta frase: «El niño adoptado se merece no sufrir ulteriores rupturas, habiendo sufrido ya el traumatismo de dejar atrás a sus padres biológicos», les invitamos a leer el artículo completo, ¡imperdible!

«Adopción internacional: Ecos de buen derecho», Miguel Toledano

En 1988, los estados miembros de la Conferencia de la Haya sobre derecho internacional privado se plantearon la conveniencia de elaborar un convenio sobre adopción internacional de niños, fenómeno creciente en los últimos cincuenta años. 

Fruto de ello, en 1993 fue aprobado por unanimidad el Convenio relativo a la protección del niño y a la cooperación en materia de adopción internacional.

En las discusiones previas a la aprobación del Convenio, concretamente en la Comisión especial de febrero de 1992, se debatió extensamente respecto a las personas que pueden ser futuros padres adoptivos, en particular, sobre solicitudes de adopción presentadas por personas amancebadas de diferente sexo o por homosexuales o lesbianas, vivan solos o en pareja.

La Conferencia diplomática que aprobó el Convenio volvió a suscitar la cuestión, incluyendo la posible prohibición de la adopción por homosexuales, individualmente y en pareja, y la revocación de la adopción si tras la constitución de una adopción “normal”, uno de los padres adoptivos saliese del armario.

Colombia presentó un documento de trabajo en el que se especificaba que el término “cónyuges” se refiere a una pareja formada por un hombre y una mujer y que no puede aplicarse a una pareja de homosexuales.  Recordaba el estado hermano americano que la palabra francesa “époux” se aplicaba únicamente a parejas heterosexuales, puesto que a las parejas homosexuales se las conocía como “partenariat”.  La propuesta colombiana, como es de suponer en cualquier contubernio mundialista que se precie, no prosperó.

El delegado de la Santa Sede añadió una propuesta en la línea de la Realpolitik que la Secretaría de Estado vaticana viene adoptando desde los años cincuenta del pasado siglo:  la adopción por cónyuges es la forma “más común” de adopción internacional, sin precluir explícitamente otras formas, por ejemplo, la de parejas amancebadas.

Por su parte, el documento de trabajo número 187 presentado por Australia recordaba que “la adopción internacional pretende hallar padres para niños y no niños para padres”, lo que suele ser el caso en las caprichosas parejas invertidas.

Se optó finalmente por una decisión salomónica, como también es habitual en las organizaciones del mundialismo, en virtud de la cual se consideraron dichos problemas ajenos al ámbito del Convenio, correspondiendo su resolución al derecho interno de cada estado contratante.

El texto resultante del artículo 2 establece que la adopción del niño en el marco del Convenio es “por cónyuges o por una persona”.  Rechazada la propuesta colombiana, como hemos visto, dichos cónyuges podrían ser hoy ambos del mismo sexo en muchos de los estados signatarios.  La adopción por persona célibe nunca estuvo de suyo excluida.  Aunque no con la claridad que sería deseable y que es imposible en los instrumentos de las Naciones Unidas, el matrimonio parece, en el precepto del Convenio, la estructura familiar que ofrece el contexto de seguridad deseable para el niño.  Pero el hecho de que exista una adopción a cargo de parejas no casadas no es contraria al derecho internacional del mundialismo, sino que su consecuencia jurídica es únicamente quedar excluida del ámbito de aplicación del Convenio internacional, aunque no prohibida.

En realidad, una vez admitido y extendido el divorcio, la necesidad del matrimonio como requisito para la adopción pierde su principal fundamentación racional, que está basada en la indisolubilidad del vínculo y la estabilidad familiar que ella comporta.  El niño adoptado se merece no sufrir ulteriores rupturas, habiendo sufrido ya el traumatismo de dejar atrás a sus padres biológicos.  Mas tolerada y sacralizada legalmente la posibilidad de romper incluso lo que Dios unió,

¿por qué preferir el modelo matrimonial al concubinato?  ¿Ofrece aquél mayores garantías de confianza?

Finalmente, el artículo 24 del Convenio permite denegar el reconocimiento de una adopción en un estado contratante “si dicha adopción es manifiestamente contraria a su orden público, teniendo en cuenta el interés superior del niño”.  Por tanto, cabe denegar el reconocimiento de una adopción a cargo de parejas amancebadas o de personas de carácter sodomítico, pero sólo si dichos supuestos se consideran no sólo contrarios al orden público del estado de adopción, sino ítem más, “manifiestamente contrario” a dicho orden público.  A años luz, por supuesto, de nuestra pobre España contemporánea; quizás en nuestros antiguos territorios de ultramar quepa aún la aplicación de esta regla jurídica.  Para nosotros, se trata únicamente de ecos de otra época, para muchos de nuestros compatriotas felizmente superada.

Algunas almas bienintencionadas querrán aún ver recursos extralegales para entregar el niño a una familia que le otorgue las mayores cotas de previsiblidad que necesita.  Pero en una sociedad que tolera y hasta ensalza la aberración sexual no cabe ya el argumento de la vergüenza, precisamente lo que el adoptado no requiere para poder reducir sus niveles inevitables de stress.

Tampoco las necesarias nociones de paternidad o maternidad, que a menudo no ha podido aprender en su país de origen, operan como un requisito implícito a favor de la familia tradicional, pues la ideología transgenérica intenta convencernos de que tales nociones son posibles con independencia del sexo del progenitor.  Hoy, todos los partidos políticos con representación parlamentaria sostendrán que la orientación sexual desviada no es óbice para que el niño adoptado recupere el ritmo vital después de una experiencia, por ejemplo, de alcoholismo o drogadicción en su familia biológica.

Los instrumentos jurídicos internacionales deberían servir para reforzar los beneficios del derecho nacional, para alcanzar los fines a donde éste no llega.  Si no, ¿qué sentido tiene adherirse a ellos?  Las pocas luces que queden en los territorios soberanos, incluso en el magisterio eclesiástico, se diluyen en el pantano diplomático de las buenas palabras y del consenso.  Así termina afirmando la Santa Sede que la adopción por cónyuges es la forma más común de adopción, callando lo que debería recordar para enseñar a los hombres.  Y al callar, también enseña; pero lo contrario de la lección.

Miguel Toledano

Domingo quinto después de Pentecostés

Hemos hablado de la adopción internacional, este y muchos otros temas los tratamos en nuestra sección de:

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Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibió su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovisión carlista, está casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. Ha publicado más de cien artículos en Marchando Religión. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Actualmente reside en Bruselas. Es miembro fundador de la Unión de Juristas Católicos de Bélgica.