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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Reina de los Ángeles

PorMiguel Toledano

Dic 8, 2020
Reina de los Ángeles-MarchandoReligion.es

¿Quieren saber de donde procede el honor de ser Reina de los Ángeles? Miguel sigue adentrándonos en los hermosos títulos que adornan a Nuestra Madre

Reina de los Ángeles. Un artículo de Miguel Toledano

Se acerca la vigilia de la Inmaculada Concepción de María y la primera de las fiestas que en el año litúrgico le están dedicadas.

Por eso, me parece un momento idóneo para analizar el tercero de los títulos que, según san Francisco de Sales, le corresponden a la Santísima Virgen, después de haberlo hecho ya respecto a sus cualidades de Madre de Gracia y de Madre de Dios.

En realidad, el honor de ser Reina de los Ángeles se deduce de su divina maternidad. Si Nuestra Señora es la Madre de Dios, a quien sirven todos los coros angélicos, siendo su dignidad casi infinita y sólo segunda a la misma Trinidad, es de rigor que ella rija a los espíritus celestes.

En las letanías lauretanas, esta distinción ocupa la primera entre las regias atribuidas a María Santísima, nada menos que doce, después de haberla aclamado como auxilio de los cristianos.

El título de Reina, en otra época, sería ya de por sí gloriosísimo, con todo merecimiento para Nuestra Señora; pues antaño los súbditos de muchas naciones se inclinaban con reverencia ante quienes ostentaban la legítima majestad. Por el contrario, hoy predominan en forma creciente las repúblicas; e incluso donde hay nominalmente monarcas éstos son casi siempre liberales, figurones de celofán para las revistas del corazón, a quienes no cabe tomar demasiado en serio – salvo para echarse a temblar en razón de las fechorías que acostumbran sancionar.

Además, como tampoco ellos se toman a sí mismos muy en serio, a menudo se comportan en forma ajena al decoro y menoscaban aún más el prestigio de la institución. No, María no es ni reina constitucional ni presidenta de ninguna república sobrenatural, ya que en el Cielo no hay sufragio, universal o censitario.

Por otra parte, tendemos a pensar que es Reina Madre, por ser Madre de Cristo Rey. Pero no sólo es Madre de Rey, sino también Hija de Rey, pues la Majestad le corresponde en primer término al Padre, quien la eligió antes de todos los siglos para concebir a su Hijo unigénito. Y, en tercer lugar, es Reina consorte, al ser esposa predilecta del Espíritu Santo, que recibe la misma adoración y gloria regia que el Padre y el Hijo.

El 13 de mayo de 1946, en radiomensaje a los fieles portugueses anterior a la proclamación del dogma de la Asunción, el papa Pío XII ya explicaba que, tras su tránsito en la tierra, la Santísima Virgen “entró triunfante en la patria celeste, atravesó las jerarquías de los bienaventurados y de los coros angélicos, fue sublimada hasta el trono de la Trinidad beatísima, le fue ceñida en la frente una triple diadema de gloria, fue presentada en la Corte celestial, sentada a la derecha del Rey inmortal de los siglos y coronada Reina del universo”. El mismo Pío XII llamaba a este gran mensaje suyo de Fátima el de la Realeza de María. Los lectores de Marchando Religión convendrán conmigo en que desde el príncipe Pacelli ningún papa ha escrito mejor.

La entrada triunfal de Nuestra Señora en la Corte celestial fue, a diferencia de todos los demás bienaventurados, en cuerpo y alma. Y fue la misma Trinidad quien la coronó como Reina de todos los servidores divinos. En el Prado hay una imagen de aquel momento, con la sobriedad, quizás en este caso excesiva, de la escuela española. No podemos imaginarnos cómo sonarían la música y los himnos angélicos de aquella ceremonia de entronización, hace ahora algo menos de veinte siglos.

A la realeza de la Santísima Virgen María le volvió a dedicar nueve años después Pío XII su encíclica “Ad Caeli Reginam”, instituyendo la fiesta de María Reina el 31 de mayo; es decir, el mismo día, que Benedicto XV había elegido para la fiesta de la Santísima Virgen como Medianera de todas las gracias, fue elevado para exaltar a partir de entonces la majestad regia de Nuestra Señora.

La liturgia aprobada por Pío XII nos revela un antiquísimo hecho histórico, que se remonta a la época mosaica: Corá, antepasado de Samuel, más de un milenio antes del nacimiento del Redentor, profetizó que la Reina vestiría, a la derecha de Dios, adornos de oro de Ofir y así lo recogió en su salmo 44.

Nos enseña el Catecismo Mayor de San Pio X que las criaturas más nobles creadas por Dios son los Ángeles. Luego, si María es su Reina, no hay en toda la Creación criatura más noble que la Virgen Santísima. La nobleza es cualidad asociada a la realeza, o más bien condición de la misma, salvo una vez más por lo que se refiere a los reyes ilegítimos; como es por ejemplo el caso de la monarquía británica, en la que quienes ostentan sus pretensiones al trono se casan con princesas consortes plebeyas.

Ser Reina de los Ángeles implica que son millones de millones sus súbditos, todos los servidores de Dios, lo que revela la amplitud del poder de la humilde Virgen de Nazaret. La conocida antífona “Ave Regina Caelorum”, que entonamos hasta la Pasión, la nombra como Señora de los Ángeles. Señora, domina en latín, constituye precisamente la etimología del nombre María, porque el señorío es cualidad primera del Rey (insistimos – no del rey constitucional, al que sólo nominalmente nos referimos como “Señor”, sin serlo de nada).

El señor, dominus, domina, facultad ajena a los reyezuelos de opereta contemporáneos, convertidos en “árbitros y moderadores”, según establece un conocido texto que algunos celebran en el día de hoy. De rey y señor a simple árbitro, como en un partido de futbol, o moderador, como si se tratara de una tertulia. Y eso, cuando al menos les dejen arbitrar o moderar quienes se suponen son sus propios súbditos, en realidad sus verdaderos jefes. En esto ha quedado el señorío o el dominado, que en Roma llegó a ser ominoso desde Diocleciano. Pero en el Cielo no ha degenerado esa soberanía en nuestras anarquías, como las que padecemos en la antigua Cristiandad, y el trono de María sigue intacto.

Por otra parte, el saludo que merece de cuantos -hombres y ángeles- nos reunimos en cada Misa, constituye también un signo de honor, por ser ave la fórmula que en Roma utilizaba el inferior frente al mayor; éste por el contrario, no precisaba de emplear la misma salutación.

Así, cuando el arcángel san Gabriel, que tiene a su cargo nada menos que un tercio del efectivo total de ángeles, anuncia a la joven de Galilea que Dios la ha elegido desde antes de todos los tiempos para obrar el misterio de la Encarnación, se inclina ante ella y comienza su embajada con aquella etiqueta “ave”, según la traducción hecha por San Jerónimo para la Vulgata a partir del griego χαῖρε. Con ello reconoce el arcángel, ya en ese momento, la superior jerarquía de quien unos años después ha de ser proclamada su Reina y Señora en el empíreo.

Antes de contemplar a la Trinidad en el último de los cantos de la Divina Comedia, Dante ha visto a san Gabriel desplegar extasiado sus alas frente a María y volver a entonar la oración católica por excelencia. El poeta florentino nos refiere que “respondió a la divina cancioncilla por todas partes la beata corte”. La Corte en pleno de la Reina saluda en el Cielo exactamente de la misma forma en que nosotros lo hacemos en nuestro Rosario.

El pintor que con mayor elegancia ha retratado a la Reina de los Ángeles fue el francés Bouguereau, en el imponente cuadro del Pequeño Palacio parisino. La Santísima Virgen, aureolada de estrellas, ocupa un trono bizantino rodeado de criaturas angélicas; aunque ni por el modesto tamaño de la corte ni por la edad del Salvador revista un gran realismo. La realidad queda, en efecto, sacrificada a la estética todavía impecable del comienzo del pasado siglo.

Voy a terminar este breve ensayo mariano con una figura de dicción que no acostumbro – la pregunta retórica; que resulta la siguiente: Además de ser Señora de los Ángeles, ¿posee también la Reina asunta majestad sobre la tierra? Pero la respuesta ha de quedar, por el momento, para una futura ocasión.

Miguel Toledano Lanza

Domingo segundo de Adviento, 2020

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Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibió su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovisión carlista, está casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. Ha publicado más de cien artículos en Marchando Religión. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Actualmente reside en Bruselas. Es miembro fundador de la Unión de Juristas Católicos de Bélgica.