María, Madre de Gracia

Un sermón de S. Francisco de Sales nos hace pararnos en uno de los títulos refereridos a María: “Madre de Gracia”

María, Madre de Gracia. Un artículo de Miguel Toledano

En su sermón sobre S. Pedro, S. Francisco de Sales hace una breve disertación sobre la Stma. Virgen María y enumera seis nombres que le corresponden realmente.

Otros títulos los tiene por apariencia, semejanza, proporción y/o participación. Pero esos seis, según el doctor de Sales, los posee “con más razón que un rey lleva el nombre de su reino”.

Como ayer fue la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, detengámonos hoy, como homenaje, en el primero de los seis excelentes títulos de la gloriosísima Virgen: María es “Madre de gracia”. Si constituye el primero de esos títulos propios, cabe decir que alcanza el grado de mayor importancia.

Así la llamamos como jaculatoria cuando rezamos el Santo Rosario; y “Madre de la Divina Gracia” le cantamos en sus letanías1.

Ante todo, al ser Madre de gracia o Madre de la Divina Gracia, es primero madre; y, por tanto, queda la maternidad elevada a la máxima categoría de dignidad, para ejemplo de todas las mujeres. A dicha maternidad se asocian además los caracteres naturales de protección y auxilio, sin perjuicio de su faceta sobrenatural en el sentido que veremos.

Pero, ¿qué quiere decir que María ostenta, antes que los demás, el título de Madre de gracia o Madre de la Divina Gracia?

Al nacer de ella Nuestro Señor, autor mismo de la gracia, con toda seguridad y fundamento podemos comprender que ella es Madre de gracia2.

De ello se derivan dos importantes corolarios, cuales son la plenitud de la gracia en María y el carácter de María Santísima como Medianera de la gracia.

El primero nos es familiar. Al comienzo de su Evangelio, San Lucas nos transmite la aparición de San Gabriel a María en el día de la Anunciación; por mandato y nombre y representación de Dios mismo, el arcángel la llama “llena de gracia”. Otra razón, si se quiere, por la que el título de “Madre de gracia” figura en el primer lugar de los conferidos a la Stma. Virgen.

Refiriéndose a este episodio en 1953, ya proclamado por tanto el dogma de la Asunción de Nuestra Señora, el papa Pío XII explicó en su encíclica Fulgens corona3 que “llena de gracia” -la cualidad de existir en ella la plenitud de la gracia- quiere decir que la Santísima Virgen es “sede de todas las gracias divinas”4; es decir, que la Madre de gracia posee todos los medios concedidos gratuitamente por Dios para conocer el camino de la verdad y gozar de toda esperanza de vida y de virtud, por utilizar la sagrada descripción del Eclesiastés. El pontífice recoge así el sentir de los teólogos y padres de la Iglesia, incluido el hecho de que la plenitud de gracia de María supone la dignidad más elevada de toda la Creación, segunda únicamente a Dios mismo.

Esa plenitud se da también en el tiempo. En la misma encíclica, dedicada al centenario del dogma de la Inmaculada Concepción, el venerable papa recordaba cómo a la Santísima Virgen ni por un segundo desde su concepción le faltó la Divina gracia5, de tal manera que pudiese ser cierta la enemistad perpetua entre ella y Satanás descrita en el Génesis.

La gran novedad que aporta el documento magisterial de Pío XII es haberle reconocido a María un carácter único: su proclamación dogmática como Inmaculada Concepción un siglo antes, a cargo de Pío IX, ya implicaba que a la Virgen de Nazareth le había sido otorgada una “singular gracia de Dios omnipotente”, cual era la de haber sido inmunizada frente al pecado original; pero, aunque ello estuviera implícito, no explicitaba que esa gracia fuese única en la Creación. A los cien años completó Pío XII, para mayor claridad de la doctrina cristiana, ese punto sobre la plenitud de la gracia en Nuestra Señora.

Apenas unos pocos meses después de Fulgens corona, el marianísimo papa Pacelli vuelve a dedicarle a Nuestra Señora una carta encíclica, de gran solemnidad: Ad Caeli Reginam, en la que instituye el 31 de mayo como fiesta dedicada a la Realeza de la Stma. Virgen y la define, insistiendo en el punto que estamos comentando, como “venerable por la gracia maternal”6.

Entre todos los teólogos que han tratado la cuestión7, elegiremos al Doctor Angélico. En su Exposición sobre el Saludo del Ángel, Sto. Tomás de Aquino expone que la gracia de la Virgen es superior a la de las mismas criaturas angélicas (motivo por el cual es S. Gabriel quien la saluda a ella en el episodio de la Anunciación, y no al revés) y explica que María es llena de gracia de tres maneras:

Primera, en relación con su alma, de tal forma que, a diferencia de los demás santos, fue librada de todo pecado, tanto original como mortal y venial, para poder concebir a Aquél que está absolutamente libre de todo pecado.

Por cierto, que aquí encontramos, siquiera por una vez, un error en el aquinate, pues para el grandísimo teólogo católico la Madre de Dios fue sanada del pecado original tras su concepción, en el seno materno; mientras que, como hemos visto y sabemos, la Iglesia posteriormente ha establecido como dogma de fe que María fue ya Inmaculada en el mismo momento de su Concepción.

Según Sto. Tomas, Nuestra Señora es llena de gracia en el ejercicio de todas las virtudes y en la evitación de todo mal, mientras que los demás santos son conspicuos en el ejercicio de algunas virtudes, respectivamente, pero no de todas. De ahí, en primer lugar, la plenitud de la gracia de María Santísima.

En segundo lugar, las gracias conferidas sobre el alma de la Bienaventurada Virgen desbordaron sobre su propio cuerpo, de modo tal que en tal cuerpo fuese concebido el Hijo de Dios.

En tercer y último término, dice Sto. Tomás que la plenitud de gracias en María hace que sus efectos se desborden hacia todos los hombres. Los demás santos poseen gracias que guían la salvación de muchos, pero en María hay tal abundancia en la gracia que impulsa la salvación de todos los hombres, como ocurre con el mismo Cristo8.

Este tercer aspecto explicado por Sto. Tomas nos permite entroncar el título de Madre de gracia con el carácter de medianera de todas las gracias. Resultaría estéril y absurdo que tal abundancia y plenitud de la gracia la poseyera María sólo para sí; máxime siendo además Madre. Luego, María se asocia a Cristo para procurarnos la redención y la vida eterna. Así, la veneración a María es vía segura para obtener de Nuestro Señor las gracias que precisemos en orden a nuestra salvación.

Sobre este particular, S. Bernardo de Claraval en el siglo XII ya enseñaba que cuantas gracias bajan del Cielo para nuestra conversión y santificación han sido confiadas a María quien, a su libre albedrio, las distribuye a los hombres de buena voluntad.

Cómo los protestantes nieguen después estas referencias, bien anteriores a ellos, es algo que resulta difícil de comprender. Para S. Bernardo, Nuestra Señora es el “acueducto”; o la parte del cuerpo místico de Cristo por la que la cabeza se une al cuerpo y le transmite fuerza y eficacia, es decir, el cuello.

Con igual metáfora vuelve a expresarse S. Bernardino de Siena en el siglo XV: María es el cuello de nuestra cabeza, por medio del cual aquél comunica a su cuerpo místico todos los dones espirituales. Los dones celestiales provienen del Padre al Hijo, del Hijo a la Madre, y ésta los derrama como lluvia benéfica sobre la tierra.

Ya con posterioridad a la sedicente Reforma, S. Luis María Grignion de Montfort siguió la estela de S. Bernardo explicando que Dios ha querido darnos todo por María y nada sino por María, hasta el punto de que sin su auxilio nosotros no volveríamos tampoco a Dios.

En 1895, el papa León XIII afirmó que a la Bienaventurada Virgen María le ha sido concedido un poder “casi ilimitado” en la distribución de las gracias9.

Y en 1921, tras la petición del cardenal Mercier, el papa Benedicto XV instituyó la fiesta litúrgica de la Santísima Virgen como Medianera de todas las gracias el día 31 de mayo, que posteriormente, como hemos visto, sería elevada por Pío XII a la de Realeza de Nuestra Señora.

Miguel Toledano Lanza

Domingo undécimo después de Pentecostés, 2020.

1 También, por supuesto, comenzamos el Ave María, la oración católica por excelencia, diciendo que la Santísima Virgen es “llena de gracia”, gratia plena. Sobre este punto volveremos seguidamente.

2 Como sabemos por nuestro catecismo, la gracia es el don de Dios que nos concede en orden a participar con Él de la vida eterna.

3 “Corona radiante” es la traducción, al español, de este bello enunciado del documento pontificio.

4 Punto número 4 de la encíclica.

5 Punto número 7.

6 Punto número 20.

7 Por ejemplo, San Alberto Magno en el número 15 de sus Sermones acerca de los Santos, dedicado a la Anunciación de la Stma. Virgen María; cf. etiam:  Mariale, q. 132.

8 Sto. Tomás trata la cuestión en otros lugares también; cf. etiam: Symb. Apostolorum expositio, art. 5; Sent. IV, D. 12, q. 1, art. 3, sol. 3; D. 43, q. 1, art. 3, sol. 1 y 2.

9 Carta encíclica Adiutricem populi.

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Miguel Toledano

Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibio su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovision carlista, esta casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. En la actualidad es subdirector de un colegio internacional en Bruselas. Ha sido secretario general de la Fundación Nacional Francisco Franco y afiliado del partido político Alternativa Española. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Ha publicado distintos artículos en diferentes medios.