• Sáb. Nov 27th, 2021

Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Comprender la solemnidad nos ayuda a distinguir una buena liturgia de una mala

la solemnidad

¿A qué nos referimos exactamente cuando hablamos de la solemnidad de la liturgia? En este artículo el autor nos ayuda a entender su triple sentido: la liturgia ofrecida, la ocasión de la ofrenda y la manera en la que se ofrece.

Comprender la solemnidad nos ayuda a distinguir una buena liturgia de una mala, un artículo de Peter Kwasniewski para LifeSiteNews

¿Qué es exactamente la “solemnidad”? La etimología de la palabra nos ofrece algunas pistas. Como Anthony Lo Bello escribió en Orígenes de las palabras católicas (p. 453):

“El adjetivo latino sollemnis es la combinación de dos palabras, sollus, una forma Osca de totus, que significa todo, y annus, que significa año. Solemne significa lo que se repite cada año. Estas ocasiones, que volvían a repetirse, eran consideradas especialmente sagradas. De este adjetivo se formó el sustantivo solemnitas para nombrar una festividad.”

Implícito en la derivación de la palabra está el sentido religioso que los fieles tienen en la observancia de naturaleza especial de la Anunciación, Navidad, Viernes Santo, Pascua, Ascensión, Pentecostés y Corpus Christi. Cada una de estas no son una simple recolección de eventos del pasado, sino que hacen presente de nuevo el misterio y el poder del evento, mientras nuestras almas se sumergen en él por la gracia de la liturgia y de los sacramentos. Por esta razón, el término solemnitas se aplica no solo a las “grandes” ocasiones, como las que señalé, sino incluso a conmemoraciones de santos de categoría menor y a la manera más plena de ofrecer el diario Sacrificio Eucarístico, al que llamamos Missa sollemnis o “Misa solemne (mayor)”, con el sacerdote, diácono, subdiácono, acólito y cantores.  El término solemnidad, por lo tanto, describe al mismo tiempo la liturgia ofrecida, la ocasión de la ofrenda y la manera en la que se ofrece.

Por eso es por lo que Santo Tomás de Aquino escribe sobre la Sagrada Eucaristía:

“Puesto que en este sacramento se compendia todo el misterio de nuestra salvación, por eso se celebra con mayor solemnidad que ninguno”

Suma Teológica, III, q. 83, a.4)

Aquí él usa el sustantivo para referirse no a un rango de día, sino a la cualidad que nunca debiera estar ausente. No a una verificación minimalista de la “forma y la materia” como criterio de validez, sino a una verdadera plenitud de la forma y la materia como criterio de adecuación y de autenticidad.

Sin embargo, ¿No ha desaparecido más o menos la palabra, y hasta el concepto, de solemnidad del panorama católico en el último medio del siglo? Es raro encontrar personas que entiendan el punto que señala Santo Tomás, y mucho menos que lo hagan suyo. Ya no podemos asumir que su verdad será evidente, especialmente (¡ay!) a la casta profesional de liturgistas, que tienen una notable tendencia a descartar como “supersticiosas”, “mágicas”, “mecánicas” e “ignorantes” las antiguas preocupaciones por mantener una adecuada postura hacia lo sagrado, y que incluso van más lejos al negar la distinción entre lo sagrado y lo profano. Para ver porqué el Aquinate está en lo correcto, debemos definir el término que usa. De esta forma, lo podremos recuperar mejor en nuestras conversaciones y, por, sobre todo, en nuestras prácticas.

La solemnidad es seriedad acerca de lo sagrado.

Definida objetivamente por la ceremonialidad y la subjetividad, por la humildad y la reverencia. Cuando nos aproximados a lo sagrado, lo hacemos utilizando formas de culto heredadas que ni hemos inventado ni nos atreveríamos a modificarlas a nuestro capricho. Son estables, impersonales, colectivas, venerables, precisas y de sublime estilo. El que las usa se ve a sí mismo como un recipiente, transmisor, instrumento, “portavoz” de la interpretación de las formas de culto heredadas, que él respeta como propiedad de otro y como un acto de homenaje a Dios, al que debe acercarse con fe y temor.

Las desviaciones son pues posibles en cualquiera de estas cualidades. Por ejemplo, un ministro puede usar las formas del culto sin desviarse, pero al hacerlo de una manera tan rápida que dé a entender que realmente no comprende la magnitud de lo que está diciendo y haciendo. Es vez de estar haciendo algo divino que lo hace temblar, él parece un locutor de noticias leyéndolas o un subastador de remates gestionando ofertas. Esta es una falta de la debida disposición subjetiva, y por lo tanto, una falta de solemnidad, independiente de la “propiedad” con la que es hecha.

Por otra parte, tenemos a un sacerdote pio, sincero y reverente que puede errar al actuar dirigido a Dios en la esfera de la liturgia pública, como si él simplemente estuviera rezando en la privacidad de su habitación, usando un lenguaje coloquial, inventando cosas a medida que avanza, esencialmente arrastrando a la feligresía a sus devociones personales, presumiendo y proyectando una intimidad que puede o no ser real, la cual no es ciertamente apropiada para recreación de los misterios de salvación. La liturgia no es el momento para que mi vida íntima, o la tuya, sean puestas en exhibición (mucho menos para mí o para tu incapaz intento de expresar lo inexpresable), sino para que Jesucristo sea puesto al frente y al centro delante de todos nosotros, en los misterios de Su vida, muerte, resurrección, ascensión como es transmitido en el preciso y poético lenguaje de la tradición. El “sacerdote sincero” que hace de la liturgia un vehículo para su devoción personal, falla en la objetiva dimensión de la solemnidad.

Volviendo a la Misa en particular: la dimensión objetiva y subjetiva de la solemnidad vienen juntas cuando y solo cuando se entiende que la Misa es, y por tanto se trata, como la representación incruenta o la renovación del sacrificio de Cristo en la Cruz, que une al hombre y a Dios, a la tierra y al cielo, al tiempo y a la eternidad. En este sacrificio, el Señor Jesús está presente en Su estado glorificado, resucitado, inmortal, que reina por siempre, que es parte de la razón por la que no celebramos la liturgia como si estuviéramos de luto por alguien que está muerto, sino de regocijante espiritualidad en alguien que está indestructiblemente, con vida.  Lo honramos y glorificamos como nuestro Rey con el solemne esplendor y devoto decoro. Es un homenaje puro de oración, al borde de la contemplación. No es la búsqueda del muerto, sino del Dios vivo (Cf. Lucas 24, 5). La liturgia no tiene que ser “animada” desde fuera, puesto que ya contiene la vida y la fuente de toda vida. En este sentido es imposible que la liturgia tradicional se convierta en “una cosa muerta”, contrariamente a las opiniones de los liturgistas.

Trágicamente, el Novus Ordo, símbolo de nuestra era de decadencia, ha deshecho tanto la magnificencia de la Misa Cantada como el espíritu de oración de la Misa Rezada, asestando un golpe de muerte a las causas y efectos de la solemnidad. En lugar de llevarnos a postrarnos delante de la Gloria del Señor, levantándonos para sentarnos con Él en los lugares celestiales (Cf. Efesios 2, 6; Colosenses 3, 3), este lo corona ritualmente con espinas y le ofrece un homenaje simulado, sacando el foco de la Misa Su misterio y poniéndolo en el celebrante y en la comunidad, en “el presidente y la asamblea.” Es como si la Misa, en su populocéntrico ajetreo, tedio, ruido, verborrea, falta de nobleza y de palpable devoción, fuera el mejor plan que sus arquitectos podrían idear para asegurar que la gloria celestial del Señor no sea percibida ni confesada, y que, por así decirlo, permanezca clavado a un árbol, impotente y sin vida. Esto no debiera ser tolerado por los católicos.

Porque el misterio entero de nuestra salvación es abarcado en el Santísimo Sacramento del Altar, es, y seguramente debiera ser, ejecutado con gran solemnidad. En compañía del Doctor Angélico, no solo mantendremos y profesaremos esta verdad fundamental, sino que haremos lo mejor de nosotros para adorar en concordancia con esto, y para encontrar una comunidad construida sobre eso. Nunca ha sido más importante para nosotros guiarnos no por la conveniencia o por lo que es “suficientemente bueno” (¿para quién? ¿para qué?), sino por el correcto ofrecimiento de las santas ceremonias que honran al Señor con humildad y reverencia.

Peter Kwasniewski

*Nota de edición: La fotografía pertenece al artículo original publicado por LifeSiteNews. MarchandoReligion declina toda responsabilidad

Puedes leer este artículo en su sitio original en inglés aquí: https://www.lifesitenews.com/blogs/understanding-solemnity-helps-us-distinguish-good-liturgy-from-bad

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Profesor Peter Kwasniewski

Profesor Peter Kwasniewski: (Chicago, 1971) Teólogo y filósofo católico, compositor de música sacra, escritor, bloguero, editor y conferencista. Escribe regularmente para New LiturgicalMovement, OnePeterFive, LifeSiteNews, yRorateCaeli. Desde el año 2018 dejó el Wyoming CatholicCollegeen Lander, Wyoming, donde hacía clases y ocupaba un cargo directivo para seguir su carrera como autor freelance, orador, compositor y editor, y dedicar su vida a la defensa y articulación de la Tradición Católica en todas sus dimensiones. En su página personal podrán encontrar parte de su obra escrita y musical: https://www.peterkwasniewski.com/