Amor y atención-MR

Amor y atención

«Para mí, escribir ha sido siempre como rezar, incluso cuando no escribía plegarias, como sucedía a menudo. Sientes que estás con alguien».Marilynne Robinson. Gilead.

Josef Pieper, en un artículo sugestivamente titulado Aprobación creadora1, trata del amor como confirmación, aprobación en el ser; amar, en ese sentido, significa reconocer que alguien o algo está bien, que es bueno que exista. Semejante aprobación, aclara Pieper, es más que estar satisfecho; es una manifestación de la voluntad que se exterioriza en adhesión y alabanza. Es un querer. «Amar es, pues, una manera de querer». Eso en la lengua española se puede expresar con una claridad que ya le escapa al portugués corriente: un «te quiero» indica más el beneplácito del amor que un «te amo».

Tomando en cuenta que la palabra «voluntad» en su época – como en la nuestra – puede ser reducida a «voluntad de hacer algo», es decir, de actuar para obtener un resultado, Pieper compara el reduccionismo activista de la voluntad al reduccionismo del conocimiento. Al igual que de la voluntad, se espera del conocimiento que produzca (esta es la palabra: producir) un resultado y no que se realice en la pura visión, en la «intuición en su sentido más propio, donde se nos comunica de manera inmediata la certeza tanto de los hechos subyacentes a ese pensamiento como de la existencia». El discurso es bueno – y a menudo necesario –, pero ocurre como respuesta a la visión: «lo que va buscando el que piensa ya ha encontrado el que ve». También a la voluntad – al querer – le sucede algo así: en vez de concentrarse en un hacer para obtener un resultado, afirma «algo que ya es real». Tenía razón el profesor Tomás Melendo cuando dijo que el amor no es ciego, sino que hace ver.

Mucho preámbulo filosófico para un artículo de literatura, bien lo sé. Pero todavía queda un preámbulo: la atención. La idea de que amar es poner atención no se me ocurrió a mí, sino que la oí de la profesora Jennifer Frey2. El pastor John Ames – en la novela Gilead – manifestaba su amor en la manera cómo ponía atención a las cosas y personas a su alrededor; mientras las miraba, mientras se concentraba en ellas, las iba afirmando. Y su afirmación ganó una forma: las cartas dirigidas al hijo. La escritura era esencial para el personaje de Gilead como el discurso, ya lo veremos, le fue esencial al narrador de Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes. El pintor, quien había perdido a su mujer, tuvo que rememorarla en un monólogo atentamente escuchado por la hija.

La novela está narrada en primera persona por el pintor. La narración es tortuosa como una conversación íntima en que uno no se preocupa tanto por la linealidad de los hechos, sino que busca significados más hondos de experiencias todavía calientes en la memoria. Si Delibes era mal lector de Proust, como dijo su amigo Francisco Umbral en un libro publicado muchos años antes de Señora de rojo sombre fondo gris, creo que en esta novela la materia de los recuerdos fue fundida poco a poco por el personaje principal hasta darnos a los lectores un vívido retrato de la amada Ana. No ha ido lejos de Proust.

Mi impresión – mientras el retrato de Ana era pintado por sus acciones y por la manera cómo el pintor las recriaba – fue la de que el narrador la leyó atentamente durante todo el tiempo en que vivieron juntos. Ya sé que la metáfora de la lectura puede ser poco convincente para algunas personas y que quizá no sea suficiente para expresar la atención amorosa, pero me quedo con ella. Una buena lectura tiene inicio y no termina nunca; uno siempre encuentra algo nuevo en el misterio de la obra que tiene por delante. El personaje de Delibes hurgó en la memoria lo que, paradójicamente, temió haber descuidado en la vida de Ana:

¿Cómo no valoré antes este detalle? Cuando las cosas de este tenor se están produciendo no les das importancia, las consideras normales. Incluso te parece ridículo el reconocimiento ante los allegados. Pero un día falta ella, se hace imposible agradecerle que te metiese el botón de la camisa y, súbitamente, su atención deja de parecerte superflua para convertirse en algo importante. En la vida has ido consiguiendo algunas cosas pero has fallado en lo esencial, es decir, has fracasado. Esta idea te deprime, y es entonces cuando buscas apuradamente un remedio para poder arrostrar con dignidad el futuro.

Elegí este fragmento porque parece contradecir mi referencia a la atención. El narrador se queja, sintiéndose culpable, el no haber dado la debida atención a un gesto cuidadoso de su mujer. Su declaración es, sin embargo, un testimonio de la propia atención. El hecho de que el gesto haya quedado en la memoria – en algún desván, pero guardado – demuestra que nada de lo que Ana hacía le pasaba desapercibido al hombre que la amaba. Cuando la tenía junto a él, los gestos de Ana formaban el trasfondo de su personalidad; después que la muerte la llevó, los mismos gestos – volviendo como ocasión para los recuerdos – eran la oportunidad para afirmarla una vez más en la existencia. Todo el tortuoso monólogo del personaje a su hija consistió en una aprobación de Ana en el ser.

Cada pequeña anécdota narrada en la novela – el talento de Ana para contar historias, su capacidad de ser amable con toda la gente, su incapacidad para recordarse de un enfado, el cuidado con los hijos y el temor a apegarse demasiado a la nieta para no mimarla y tantas otras cosas –, cada anécdota formaba una línea del retrato de Ana; cada pequeño gesto, recriado imaginativamente por el narrador, era un testimonio de su atención.

Cuando Ana enfermó él dejó de pintar. No era capaz de hacerlo. Al principio no se percató del motivo que le impedía trabajar, pero poco a poco se fue dando cuenta de ello; se fue dando cuenta de que Ana también tenía que ver con su pintura. Una noche la encontró sola en el estudio:

Estaba descalza, sentada sobre sus pies desnudos, y en el suelo, al alcance de la mano, el inevitable vaso de agua. Entre sus labios temblaba una sonrisa melancólica, tan pequeña que era más bien un esbozo. No había advertido mi presencia, pero cuando subí otro peldaño, dirigió los ojos a la escalera sin el menor sobresalto; sonrió al verme: No bajan los ángeles ¿verdad?, dijo. Me miraba resignada, con una pálida piedad. Yo asentí con la cabeza. ¿Hace mucho tiempo? Hice un esfuerzo: Desde que enfermaste, dije. Dobló la cabeza como solía hacer, buscando una perspectiva más favorable para mirarme: Pero supongo que no tendrá nada que ver una cosa con la otra, añadió. Fue algo imprevisto. Iba a responderle que no, que mi sequía actual era una crisis más, que pasaría como habían pasado otras, pero, repentinamente, titubeé, se me aflojó la garganta y rompí a llorar.

Fue algo imprevisto. Quería haber dicho otra cosa, pero, viéndole a ella en el estudio, la atención fijada en sus trabajos antiguos e inconclusos, cayó en la cuenta del motivo de su bloqueo. En la primera línea del párrafo siguiente confesó: «Nunca había llorado ante ella». Ana estaba tan unida a la vocación artística del narrador que la cercanía de la muerte le impidió a él dar vida a una nueva obra. Las lágrimas, mejor que cualquier razonamiento, fueron la respuesta a la realidad que acababa desvelarse.

El personaje que cuenta la historia es un pintor y, sin embargo, nos encontramos ante el retrato novelado de una encantadora mujer. Miguel Delibes publicó Señora de rojo sobre fondo gris en 1991, casi veinte años después de la muerte de Ángeles de Castro, su mujer. Si el artista de la novela jamás pudo pintar el retrato de Ana, el novelista recreó a Ángeles – y la afirmó, la aprobó amorosamente – en la forma artística (literaria) que ella misma le alentó a cultivar, desde la vocación que le enseñó a ver.

Señora de rojo sobre fondo gris es un testimonio de atención amorosa, de aprobación de la amada en el ser. Pieper no andaba desencaminado cuando intentó ilustrar semejante aprobación con una frase: «¡Qué bien está que existas!».

Gilmar Siqueira

1 Josef Pieper. Antología. Traducción de J. López de Castro. Barcelona, Herder, 1984.

2 La profesora Jennifer Frey conduce un estupendo podcast dedicado a literatura y filosofía. La idea que he mencionado en el artículo está en el programa en que comentaron la novela Gilead.

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Author: Gilmar Siqueira
Feo, católico y sentimental