Han disfrazado esto de milagro. Pero solo es un asesinato
Graciosa, honesta, irónica, fanática, etc. Así plantea Rian Johnson la muerte de un “santo” y el intento de condenar a un inocente. El escenario —no debería, pero es sombrío; la víctima —por su autoridad y experiencia, no debería, pero es el primer culpable; el sospechoso, juzgado por su poca experiencia, por su bondad e inocencia; y el investigador: escéptico y ateo, pero honesto en la búsqueda del verdadero culpable.
Aquí todo se manipula: el lugar físico, el discurso moral y el poder de la autoridad. Todo ello se enfrenta, desde el minuto cero, a la honestidad, la bondad y el deseo de un ambiente más justo.
La víctima, el monseñor Jefferson Wicks, había alimentado a su cría de cuervos, reduciendo poco a poco a su rebaño para mejor manipularlo en beneficio de su autoproclamada santidad y del culto hacia su persona, sembrando así el miedo en todo aquel que se atreviera a dudar de su palabra. Por lo tanto, era de esperar que la llegada de Jud Duplenticy, un joven sacerdote, fuera una amenaza para su discurso autoritario y moralista. Jud tenía un pasado, un pasado que lo puso a prueba: un episodio violento como boxeador en el que causó la muerte de su oponente. Sin embargo, desde entonces su arrepentimiento había sido sincero, así como el deseo de hacer el bien; supo perdonar porque fue perdonado y experimentó el autoperdón. Los dos personajes se enfrentan desde el primer encuentro y no por motivos personales, sino teológicos y morales; los objetivos de ambos iban por caminos diferentes, mientras que monseñor Wicks se hacía proclamar santo y por ende no necesitaba a nadie, los defectos del padre Jud estaban a la vista; veía con los mismos ojos sus defectos y los de los demás, eran para él motivos de compasión y no de poder.
“Todo el mundo cree que fui yo. No fui yo. Pero en mi corazón quizá sí lo hice, y lo que ocurrió fue una especie de milagro… Y… No lo sé. Estoy perdido. No lo sé”.
Por otro lado, el escenario era estremecedor. La Iglesia era fría y oscura, y todo lo humano que se movía dentro de ella era digno de rechazo. Al final todo cambia, pues la importancia no está en la autoridad o en la grandiosidad de un edificio, sino en cómo se transmite el mensaje. En ese escenario sombrío aparece Benoit Blanc, un detective sin fe. Su puesta en escena no causa un enfrentamiento con el sospechoso, sino todo lo contrario, su capacidad de escucha une a los dos a un solo objetivo. Jud Duplenticy es, además, gracioso, y su espontaneidad suaviza la investigación y la angustia de verse sospechoso; incluso recupera por unos momentos la necesidad de atender a una persona necesitada para el asombro de Benoit. Con todo, Jud no adopta el papel buenista de poner la otra mejilla, pues conocía el comportamiento de monseñor Wicks y el daño que él había causado en aquel rebaño y su posición no podía ser neutral. Era consciente de la crisis por la que atravesaba: vivir la fe dentro de una institución corrupta, y así se lo hizo saber a Wicks antes de morir.
Ni la santidad que envolvía al personaje del monseñor Wicks era verdadera, ni su muerte fue un milagro, ni la tentación es capaz de incapacitar la decisión humana. La Manzana de Eva, codiciada en la película, fue un objeto de tentación para muchos, pero no para todos. Desde luego, estamos expuestos al mal, pero el mal será siempre una opción a elegir. A Jud también le fue presentada la ocasión y la rechazó, fue rechazada incluso, por el ateo Benoit. La pregunta es: ¿Qué tan predispuestos estamos para elegir el bien y apartar el mal?
La ambición por un diamante, la infidelidad, los celos y el fanatismo espiritual sembrados por Wicks contaminaron y corrompieron la fe, y ha sido precisamente en ese terreno donde la película ha querido poner el foco: en que toda conducta moral tiene su consecuencia, y que lo sagrado y lo corrupto pueden convivir ocultos bajo las apariencias, hasta que la corrupción brote y deje ver sus consecuencias en aquellos que la practicaban.
Luciana Dias
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