La iglesia actual tiene muchos problemas y no es el menor el litúrgico. Hay algunos entendidos que dicen que del problema litúrgico derivan todos los demás. Ars orandi, ars credendi. Desde que se implanta el novus ordo con la reforma de Pablo VI (1969) parece que se desató un reformismo desenfrenado que dio (y da hoy) lugar a variados dislates y experimentos.
Como sé que cambiar hábitos antiguos y combatir vicios muy arraigados es harto difícil, me atrevo a hacer unas cuantas propuestas –sin entrar en el capítulo de cantos y músicas, que merece artículo aparte—. Dichas propuestas no son muy complejas ni necesitan reformas canónicas ni sínodos ni siquiera la intervención del Magisterio, porque las pueden implementar los mismos párrocos.
Primera propuesta. Respetar las rúbricas del Misal y no inventarse ni añadir nada. Es fácil; basta con leer. Pero cada cura dice «su» misa. Es lo que se ha llamado la «liturgia creativa». Hay partes del Misal cuyo texto original casi se ha perdido; por ejemplo, la introducción al rito penitencial (para celebrar dignamente…). Se ha convertido en una verdadera reliquia la introducción al padrenuestro (fieles a la recomendación del Salvador…). A esto hay que añadir el no saltarse ninguna parte del rito, por ejemplo el lavatorio.
Segunda. Evitar moniciones, testimonios, avisos, explicaciones que suelen ser innecesarios. En muchas parroquias un laico lee una explicación a cada lectura; para eso está la homilía. No digamos las moniciones cuando la misa la organiza una asociación, cofradía, etc. Igualmente se puede decir de la acción de gracias final. Usar estas prácticas en momentos muy especiales y con moderación. Aquí añado los testimonios personales, tan frecuentes hoy, donde alguien cuenta su vida y circunstancias (aniversarios de boda, funerales…).
Tercera. Las ofrendas se han convertido en un acto variopinto. Se ofrendan libros, comida, utensilios de limpieza, catecismos, medallas… Todo ello acompañado por una monición. La idea del ofertorio es ofrecer el pan y el vino que se convertirán en el cuerpo y sangre del Señor, a eso se han ido añadiendo elementos extraños que han terminado normalizándose.
Cuarta. Evitar los aplausos, que se han convertido en un uso normal, en ocasiones solicitado por el mismo celebrante. Se oyen incluso después de las homilías, cuando han emocionado mucho al público. No estamos asistiendo a ningún espectáculo.
Quinta. Colocar reclinatorios delante del presbiterio. Es algo barato (comparado con las reformas y compras que se hacen en cualquier parroquia) y sencillo. Se da la posibilidad al que quiera de que comulgue en la boca y de rodillas, como ha sido tradición durante siglos. A algunos curas parece que les molesta y, cuando van a una iglesia donde los hay, se ponen al lado para que los fieles no los usen.
Sexta. Los ministros extraordinarios de la comunión, como su nombre indica, son para casos extraordinarios. Sobre todo para llevar al Señor a los enfermos y para distribuir la comunión en casos en que haya un gran número de fieles. En muchas parroquias se han convertido en algo rutinario que den la comunión, aun cuando comulguen 20 o 30 personas. La comunión la debe distribuir el cura. Si tarda 5 o 10 minutos más, piense que no tiene otra cosa mejor que hacer.
Séptima. Hacer homilías (no es obligatorio todos los días) breves y limitadas a la explicación de las lecturas del día. No se trata de una conferencia ni de un retiro espiritual ni de un análisis de la situación del mundo. Para eso hay otros foros.
Y una de propina. Si es posible, y no es mucho pedir, que un rato antes de la misa de cada día (y no sólo en tiempos especiales, como cuaresma), el cura se ponga a confesar. El sacramento de la confesión se está perdiendo, entre otras cosas, por la falta de esa sencilla costumbre, que antes era común.
Todas estas propuestas se resumen en una idea: la liturgia es para Dios, es un acto de culto, en ella se actualiza la ofrenda del Calvario. No es primariamente para nosotros (de hecho, la puede celebrar el cura sin fieles), aunque nosotros podamos participar y beneficiarnos de sus gracias.
Tomás Salas
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