La Encarnación y la novela V: el rito de lo cotidiano

«It is the narrativity and commonplaceness of the novel which is unique. Something is happening in ordinary time to ordinary people, not to epic heroes in mythic time». Walker Percy. Another Message in the Bottle.

Dije que el artículo anterior sería el último de esta pequeña serie, pero me he equivocado. A lo largo de los últimos días me di cuenta de que faltaba un ejemplo concreto, es decir, un comentario a una novela que por lo menos señalara los temas de los artículos precedentes. Como Walker Percy ha sido mi guía en esa trayectoria, he decidido comentar la primera de sus novelas: The Moviegoer, publicada en 1961.

La novela está contada en primera persona por el protagonista: Jack Bolling, Binx. Es un hombre que va a cumplir treinta años a lo largo de la narrativa, tiene un buen trabajo con el que gana dinero, vive en New Orleans, mantiene relaciones esporádicas con sus secretarias y, según cuenta, pasa mucho tiempo viendo películas. Binx está insatisfecho, pero no resentido; todo parece irle bien en la vida y sin embargo falta algo. Trabaja, se divierte, se lleva bien con su familia, pero no sabe muy bien a qué atenerse. Nota que es diferente de las demás gentes que ve; no diferente por creerse mejor, sino lo contrario: intenta hacer lo que los demás, pero no está en la vida como ellos. Es un espectador, un moviegoer.

Aunque hable de películas a lo largo de la novela, no le vemos mucho en ellas. Antes que nada, Binx pone atención a las personas y cosas que están a su alrededor; como quiere entrar en la vida, comprender qué es lo que hacen para que él también lo pueda, mira y escucha atentamente a todos con quienes convive. Así es como, junto a sus pensamientos, podemos leer descripciones precisas de las cosas y de las personas; es el contacto con las cosas concretas, cotidianas, lo que hace Binx reflexionar. Sus pensamientos nunca están separados de lo que ve en el momento, como si cada persona o cosa le franqueara el paso hacia una realidad más profunda, una realidad que él desea sin poder acceder a ella.

Esa imposibilidad le inquieta, aunque no le desespere. Para él, saber que ella está ahí es lo suficiente como para no desesperarse. Binx llega a la conclusión de que busca algo; todavía sin saber qué es lo que busca, intuye que es como una autenticidad detrás de lo que ve y oye. «La búsqueda es lo que cualquier persona intentaría si no estuviera hundida en la cotidianidad de su propia vida»1. Binx cree que la cotidianidad – la ordinariez de que venimos hablando – es el obstáculo, es lo que impide que la gente pueda darse cuenta de que hay algo a ser buscado. «Tomar consciencia de la posibilidad de la búsqueda es estar en algo. No estar en algo es desesperarse»2. La desesperación, para él, es lo que incita el apego a la cotidianidad:

La cotidianidad es el enemigo. Ninguna búsqueda es posible. Tal vez hubo un tiempo en el que la cotidianidad no era tan fuerte y uno podría romper su agarre con la fuerza bruta. Ahora nada la rompe – excepto el desastre. Una única vez en mi vida el agarre de la cotidianidad fue rompido: cuando me encontraba echado y sangrando en una trinchera3.

A su padre le había sucedido algo semejante: tras pasar más de un mes en la cama apenas comiendo, a causa de una depresión, un día se levantó y comió como nunca. Acababa de ocurrir un desastre: estallaba la segunda guerra mundial y el doctor Bolling encontraba un motivo para volver a la vida. Muerto en la guerra, el doctor Bolling llega a los lectores por los testimonios de quienes lo conocieron: Binx se parecía mucho a él en el carácter y en la búsqueda. Los dos eran espectadores – moviegoers – de la realidad y solo un desastre aparentemente les permitía participar en ella.

Pero Binx, a diferencia del padre, no se desesperó. Su búsqueda, una vez centrada en la gente y en las cosas antes que en ideas abstractas, paradójicamente lo situó en plena cotidianidad. Binx sólo puede buscar cuando pone atención en la gente y en las cosas; ver, escuchar, oler y tocar es lo que le hace pensar. Poco a poco, sin que él lo note, la cotidianidad va cobrando el aspecto de un rito; de un rito a que no pertenece todavía, al que no cree poder pertenecer, pero al que asiste ávidamente.

Durante un intento de escapada con su secretaria Sharon, Binx le propone que vayan a una casa que su madre tiene. Cuando llegan a la casa encuentran a toda la familia, para contrariar los planes de Binx. La madre, que era católica, se había casado otra vez y tenido muchos hijos. Todos eran católicos, pero no hablaban de ello. No hacía falta. Daban por supuesto que iban a misa, discutiendo no más a qué parroquia o a qué hora sería mejor irse. Las ambiciones frustradas de Binx se convirtieron en un ordinario encuentro de familia, un encuentro que al fin y al cabo agradó a Binx y le puso otra vez en contacto con la cotidianidad; con un aspecto de la cotidianidad que otras personas a quienes Binx conocía no vivían: la religión.

A Binx le espanta que, desde la muerte del hijo mayor del segundo matrimonio, su madre haya metido a Dios como un elemento más de la vida cotidiana. No es que haya reducido la fe de alguna manera, sino que ha dejado de considerarla extraordinaria, apartada de lo demás. Todos los ritos de aquella familia – incluso el religioso – se volvieron cotidianos.

Binx, bautizado católico, no es hostil a la fe de su familia. Es – o más bien cree que lo es – indiferente. Piensa que, respecto a Dios, solo hay un punto de partida viable: «el extraño hecho de nuestra apatía invencible – si las pruebas fuesen confirmadas y Dios mismo se presentase, nada cambiaría. He aquí el hecho más extraño de todos». Todos se volverían de espaldas a Dios con el mismo gesto apático con que verían su llegada. «La única señal ahora es que todas las señales del mundo no hacen la menor diferencia»4. Binx sería – caso Él apareciera – un espectador de Dios como ya lo era de todo, incluso de la propia vida.

Veamos lo que dice Walker Percy en uno de sus ensayos: «El superviviente de la abstracción y del consumo en los tiempos actuales se convierte en un errante en el desierto, como San Antonio; es decir, abierto a las señales»5. Aunque parezca lo contrario, sobre todo por la citación del párrafo anterior, el personaje de Percy es un hombre abierto a las señales. ¿Cómo?

En el mismo ensayo que acabo de citar, Walker Percy dice que el agotamiento a que se refiere es propicio a la apertura. Binx es indiferente a la idea de Dios que tiene, una idea desligada de todo lo que mira tan atentamente. Es en el mirar – en la búsqueda – donde se encuentra su apertura.

En otro ensayo – al que ya me referí en los artículos anteriores –, Percy escribe que la antropología judía y cristiana hace hincapié en el valor individual de la persona; y a esa antropología se puede añadir las notas especiales de la Iglesia Católica: los sacramentos que, al impartir la gracia divina, les dan a las cosas ordinarias su sentido más elevado. Cada trayectoria personal – como la de Binx – tiene una importancia incalculable. Es el contacto con las cosas ordinarias en el transcurso del tiempo – el tejido narrativo – lo que religa al hombre con el misterio y lo convierte en un «peregrino cuya vida es una búsqueda y un encuentro»6.

Binx no encuentra una respuesta teórica, sino una persona: una mujer. Kate, hijastra de una tía de Binx, es una chica bonita y en apariencia fuerte, aunque con algunas dificultades psicológicas. Es, a su manera, tan rara como Binx; con la diferencia de que ella no vive asistiendo a la realidad, sino que está metida en el desastre o, lo que es lo mismo, piensa que la vida y el desastre se confunden. Kate y Binx se conocen desde la niñez, pero solo se encuentran realmente al fin de la novela.

El miedo al desastre va poco a poco consumiendo a Kate. Su entereza artificial se rompe y el único que lo percibe es el espectador, el moviegoer. Lo percibe porque lo ve. De una manera sorprendente, incluso para sí mismo, Binx le propone matrimonio a Kate. Ella, sin ocultar el miedo, dice que Binx tendrá que pasar mucho tiempo con ella, tendrá que aprobarla en las cosas más sencillas de la vida y que, al fin y al cabo, puede ser que no logre cambiar para mejor. Lo que ella pide es un compromiso: un rito que los dos llevarán a cabo en un conjunto de actos cotidianos a lo largo del tiempo.

Al fin de la novela, Binx ve un hombre que sale de la misa. Por sus movimientos, el personaje principal deduce que lo hace a menudo. Es miércoles de cenizas. Binx no entiende por qué el hombre va a la iglesia: ¿eso forma parte de lo que significa estar en la vida? ¿O el hombre cree que Dios mismo está en ese rinconcito de New Orleans? «¿O él está aquí por ambos motivos? Mediante algún obscuro y deslumbrante truco de la gracia, ¿viniendo por uno y recibiendo el otro como un bono inoportuno de Dios?»7

Gilmar Siqueira

1 Walker Percy. The Moviegoer. New York: Alfred A. Knopf, 1960.

2 Walker Percy. The Moviegoer. New York: Alfred A. Knopf, 1960.

3 Walker Percy. The Moviegoer. New York: Alfred A. Knopf, 1960.

4 Walker Percy. The Moviegoer. New York: Alfred A. Knopf, 1960.

5 Walker Percy. “Why I am Catholic”. Signposts in a Strange Land. New York: Farrar, Straus and Giroux, 1991.

6 Walker Percy. “The Holiness of the Ordinary”. Signposts in a Strange Land. New York: Farrar, Straus and Giroux, 1991.

7 Walker Percy. The Moviegoer. New York: Alfred A. Knopf, 1960.

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Author: Gilmar Siqueira
Feo, católico y sentimental