Cortando el nudo de víboras

«Y Él [Cristo] nos ama en la medida en que nos conocemos, en que aceptamos la gracia de conocernos.»François Mauriac. Journal.

Los Padres del desierto insisten mucho en el arrepentimiento. En un principio, cuando leía en uno y otro de sus escritos acerca de la constancia del arrepentimiento, me he sorprendido. Yo entendía el arrepentimiento tan sólo como un cambio de conducta (rectitud) después de una acción mala, pecaminosa. Y me parecía muy raro que monjes y ascetas del desierto – por muchos pecados que tuvieran – hablasen tanto, casi obsesivamente, de un cambio de conducta. Por supuesto que me equivocaba.

La primera pista de mi equivocación fue justo la insistencia de los Padres. Lo que yo tomaba por escrúpulo es en realidad un modo de vivir, la orientación de toda la vida hacia Dios. San Isaac, el sirio, escribió que “No hay límites para la perfección, de tal manera que el perfeccionamiento del más perfecto es señal de imperfección. Por lo tanto, hasta el momento de la muerte, ni el tiempo ni los trabajos del arrepentimiento pueden ser completos… a medida en que alguien se perfecciona, va tomando conciencia de su propia imperfección”. He aquí la justificación de la insistencia: el gradual perfeccionamiento trae a la conciencia la profundidad de la imperfección. Por eso también los santos se quejan de que son pecadores; no es por escrúpulo, sino porque realmente ven el pecado mejor que nosotros.

El desvelamiento de las imperfecciones – o, lo que es lo mismo, el camino de la perfección – está a nuestro alcance. La faena de hacer del arrepentimiento un modo de vida, un estado de conversión, empieza por la confesión. Hablo de la confesión sacramental, por supuesto, pero aquí quiero hacer hincapié en la capacidad de confesarse, es decir, en la conciencia de la imperfección.

Un ejemplo claro de esa conciencia está en la novela El Nudo de Víboras, de François Mauriac. Un ejemplo claro y tal vez, para nosotros, algo paradójico. La novela está compuesta por una serie de cuadernos escritos por Luis, el personaje principal y narrador. Sabemos que es un hombre mayor, bastante rico y que padece de una enfermedad cardíaca. Está seguro de que la muerte se acerca y pretende dejar al principio una carta, y luego unos tantos folios, a Isa, su mujer; para que ella supiera quién había sido su marido. Para vengarse de su indiferencia.

La dolencia física es un símbolo perfecto de la espiritual. Mientras que las medicinas van aliviando los dolores cardíacos, Luis opera el propio corazón a fin de encontrar el odio que pasó más de sesenta años tejiendo: odio de la mujer, de los hijos y de la religión católica. Luis se sentía como “el hombre a quien nadie ha amado, por quien nadie en el mundo había sufrido”. Su impresión de desamor, combinada a la conmiseración de sí mismo a la que todos tendemos, podría convertirlo en una pretensa víctima. Sin embargo, por grande que fuese su odio, Luis no se eludía con sus sentimientos y experiencias: “Siempre tuve la conciencia de todo lo abyecto que he sentido y practicado”.

El desierto del amor – para aludir a otra novela de Mauriac – que Luis experimentó desde la juventud, acrecido luego por lo que él pensaba ser la indiferencia de su mujer, no se volvió solamente en ocasión para observar los defectos de su familia – lo que hacía con perspicacia – sino también los propios. Luis confiesa, asqueado, que buscó “amores” a precio fijo y que, habiendo encontrado otra mujer que le quería por gratitud, intentó aprisionarla hasta que ella huyó. A sus propios ojos, como a los de Isa y los hijos, Luis era un monstruo.

A medida en que despertaba el desprecio en los demás, crecía su autodesprecio. Decidió por fin hacerse despreciar voluntariamente ya que, según pensaba él, el resultado sería el mismo. Pero, para su sorpresa, cuatro personajes no le despreciaron: la hija María (muerta aún pequeña), la cuñada Mariette, el sobrino Lucas y un seminarista que era preceptor de sus hijos, Ardouin. De los tres, cuatro eran católicos de una manera que sorprendía a Luis: realmente intentaban vivir lo que enseña la Iglesia. Eran piadosos y no le tenían asco.

Si Luis era brutal en sus descripciones de los hijos, lo era mucho más cuando describía los propios sentimientos y acciones. En la mayor parte de la narración, el hombre dolorido oscila entre la confesión de los errores – la limpieza del corazón – y el odio y deseo de venganza contra los hijos, yernos y nietos que esperaban su dinero lo más pronto posible.

Luis se acercaba mucho a lo que dijo San Isaac, el sirio, precisamente en los momentos de mayor clarividencia en cuanto a sus defectos: “Es justamente cuando busco entrar en mí, con honestidad y sin repugnancia, como vengo haciendo desde hace dos meses, y en los momentos de mayor lucidez, que me atormenta la tentación cristiana”. Cuanto más se veía miserable e indigno de amor, más Luis se acercaba lo que llamó la tentación cristiana, que no es otra que una tentación de amor.

Los que a nuestros oídos podría sonar como la morbidez de un desesperado, para Luis era la misma esperanza: “Conozco a mi corazón, a este pobre corazón: un nudo de víboras. Sofocado por ella, ahogado en su veneno, sigue latiendo bajo tanta agitación. Este nudo de víboras, imposible de desatar, tendría que ser cortado con un cuchillo o una espada: no he venido a traer la paz, sino la espada”. Como escribió Mauriac en la frase que puse en epígrafe, Nuestro Señor nos ama a medida en que nos conocemos. Luis ya era amado. Tuvo indicios de ese amor especialmente en María y Lucas; de un amor capaz de limpiarle de toda suciedad. El hecho mismo de no aceptarse tal y como era – miserable –, fue un acto de esperanza para Luis. Como dijo el Padre Charles Moeller:

Esta es la gran confesión: verse como uno es, es una gracia; no aceptarse como uno es, es otra gracia. No despreciarse totalmente supone que se sigue esperando algo: la gracia de lucidez va acompañada de una gracia de esperanza. Aceptarse como uno es sería matar la esperanza, desesperar, cometer el mayor de los crímenes.

Lo que al principio era un plan de venganza, se convirtió en ocasión de gracia para Luis. Al admitir las propias vilezas y al mismo tiempo el desamor en que había vivido, el personaje de Mauriac fue poco a poco percibiendo que los amores humanos – de los que esperaba todo – serían insuficientes para hacerle otro hombre. Quienes de verdad le habían amado, por muy monstruos que fuera, eran como mensajeros o, como dijo el Padre Charles Moeller, “era el amor mismo de Cristo el que tocaba al desgraciado”.

Luis, como varios otros personajes de Mauriac, no era ni siquiera un gran villano; era mediocre, como cada uno de nosotros. Lo que él sí tenía – y tantas veces nos falta – era la capacidad de confesarse su mediocridad. La confesión tira del nudo de víboras, lo hace visible para el único que lo puede cortar: “Cristo, que es el personaje central de todas las novelas de Mauriac, a quien todos buscan sin saberlo, y a quien reconocen algunos, los que se saben culpables y tienen esperanza.”

Gilmar Siqueira

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Author: Gilmar Siqueira
Feo, católico y sentimental