Al margen de un poema de Denise Levertov

«[Los impíos] Son como polvo que dispersa el viento.». Salmo 1.

Inspirado por un versículo de San Pablo – «las cosas que no vemos de Dios, se conocen por las que vemos obradas por Él en este mundo» –, Fray Luis de Granada empieza su Introducción del Símbolo de la Fe tratando de cómo las criaturas dejan el rastro de la infinita sabiduría y bondad de Dios. Si seguimos a ese rastro encontraremos al divino Creador que dispuso todo en un orden admirable, en un hermoso libro que es el universo mismo. Pero, nos advierte Fray Luis, a veces nos quedamos embobados delante de las criaturas y «no hacemos más que deleitarnos en la vista de cosas tan hermosas, sin querer advertir qué es lo que el Señor nos quiere significar por ellas». Así nos convertimos en «pervertidores de las obras divinas».

La acusación de Fray Luis nos revela una aprensión que podemos experimentar a veces, la de olvidarnos de Dios por nuestro excesivo apego a las criaturas. ¿Cómo remediarlo? Tal vez el camino sea un desprecio, aunque moderado, de las criaturas. Quizás tengamos que cerrar un poco los ojos y no pensar en nada más que Dios. A lo mejor la belleza de las criaturas será como un barniz que miramos al paso, mientras nos dirigimos al pintor. Mantengamos esta inquietud mientras leemos qué nos dice Fray Luis de Granada sobre las granadas:

¡Pues el artificio de una hermosa granada, cuánto nos declara el artificio y hermosura del Criador! El cual, por ser tan artificioso, no pudo dejar de representar en este lugar. Por primeramente Él la vistió por defuera con una ropa hecha a su medida, que la cerca toda y la defiende de la destemplanza de los soles y aires, la cual por defuera es algo tiesa y dura, mas por de dentro más blanda, porque no exaspere el fruto que en ella se encierra, que es muy tierno; mas dentro de ella están repartidos y asentados los granos por tal orden, que ningún lugar, por pequeño que sea, queda desocupado y vacío. Está toda ella repartida en diversos cascos, y entre casco y casco se extiende una tela más delicada que un cendal, la cual los divide entre sí. Porque como estos granos sean tan tiernos, consérvanse mejor divididos con esta tela que si todos estuvieran juntos. Y allende de esto, si uno de estos cascos se pudre, esta tela defiende a su vecino para que no le alcance parte de su daño.

Fray Luis también habló de las flores, que son como otro cielo estrellado por su belleza; de las hormigas, arduas trabajadoras que entierran sus muertos; de las arañas, hábiles cazadoras y tejedoras; de las abejas, que para tener una sola reina a quien seguir matan las concurrentes, «aunque con mucho sentimiento suyo». El fraile dio especial atención a los animales pequeños y escribió acerca de ellos con sumo cuidado y encantamiento. ¿Acaso es esta la actitud de alguien que desprecia las criaturas o las ve como simple barniz? No. Amando al Creador, Fray Luis pudo volver a las criaturas amándolas también; su amor le permitió al fraile holgar en la hermosura de los detalles que, preciosos en sí mismos, eran simultáneamente una alabanza al Creador.

¿De dónde viene nuestra dificultad con las criaturas? ¿Por qué a veces las aislamos impropiamente para bien o para mal? No sé de donde viene, pero hay un poema de Denise Levertov capaz de – por lo menos – plantear el problema con más claridad. El título del poema es On theme by Thomas Merton y reflexiona sobre un episodio poco después de la caída de Adán.

«Adam, where are you?»

God’s hands

palpate darkness, the void

that is Adam’s inattention,

his confused attention to everything,

impassioned by multiplicity, his despair.

Las manos de Dios tientan la oscuridad, el vacío, la nada que es la desatención de Adán. Dios le pregunta a Adán dónde está a la vez que mueve sus brazos, intentando agarrarlo. Aunque la caída haya sido de Adán, el poema de Denise Levertov, ya en la primera estrofa, nos sugiere como una angustia de Dios por el primer pecado. Adán, paradójicamente, no puede fijar su atención en Dios – “creando” el vacío a que se refiere la autora – y mira confusamente las cosas a su alrededor; todo le entra por los sentidos en profusión tal que, en vez de gozo y espera, se encuentra desesperado.

Multiplicity, his despair;

God’s hands

enacting blindness. Like a child

at a barbaric fairgrounds –

noise, lights, the violent odors –

Adam fragments himself. The whirling rides!

La autora repite el último verso de la estrofa anterior: la multiplicidad es el desespero de Adán. Las manos de Dios – en una imagen más viva ahora – buscan a Adán con gestos de ciego. El pecador, todavía mirando el espectáculo a su alrededor – ruido, luces y fuertes olores – se va fragmentando poco a poco. Si tantas cosas a la vez demandan su atención, él quiere entregarse – ¿perderse? – a todas ellas. Más adelante está el carrusel.

Fragmented Adam stares.

God’s hands

unseen, the whirling rides

dazzle, the lights blind him. Fragmented,

he is not present to himself. God

suffers the void that is his absence.

El Adán fragmentado mira. En el segundo verso, como en las estrofas anteriores, aparecen las manos de Dios; Adán ni siquiera puede verlas. El Adán fragmentado, intentando poner atención en todas las cosas al mismo tiempo, no está presente para sí mismo. Es un hombre desintegrado, hueco como en el poema de T. S. Eliot. Y al fin Denise Levertov confirma la impresión sugerida al principio del poema: Dios sufre el vacío – la nada – que es la ausencia de Adán.

Cuando dije que Adán intentaba poner atención en todas las cosas no fui preciso. En realidad lo que él parecía querer era entregarse a las luces, olores y ruidos para disiparse; a cada uno de estos estímulos, fuertes e inmediatamente accesibles, Adán pedía que le arrebatara por completo, que le ahogara la vergüenza insoportable. Quería deshacerse de sí mismo y se mutilaba – fragmentaba – en la disipación. Las luces, olores y ruidos, oriundos de la creación, ya no le podrían llevar al Creador. Lo que Adán buscaba era todo lo contrario.

El Adán fragmentado, hecho añicos, somos nosotros. La disipación – aunque en apariencia muy centrada en las criaturas – no es un acto de amor sino de desprecio y desesperación. Por eso necesitamos estímulos cada vez más grandes, más disipadores. El placer que (parece) nos pueden proporcionar es un velo que oculta la muerte y el ímpetu por desaparecer, al igual que el fragmentado Adán. En el fondo, a cada estímulo más intenso le pedimos que destruya nuestros añicos.

¡Qué diferencia entre el Adán fragmentado y la mirada amante de Fray Luis de Granada! El bueno del fraile, viendo que las criaturas – especialmente las más pequeñas – eran como páginas en el discurso divino, podía poner en ellas toda la atención y descubrir sus hermosos misterios sin agotarlos. Fray Luis, con los ojos sobre todas las cosas, notó la unidad que las trascendía y daba origen; gozó con las criaturas porque a ellas no les pidió más sino que manifestasen, cada una a su manera, la bondad del Creador.

Gilmar Siqueira

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Author: Gilmar Siqueira
Feo, católico y sentimental