Tragedias cotidianas
«Y así, hombres y mujeres, por falta de comprensión mutua, podía torturarse inconscientemente, hacerse sangrar los corazones unos de los otros hasta que el espíritu se quebrase y la voluntad se doblegase en sumisión».
Jonas Lie. Las Hijas del Comodoro.
Algunas tragedias son hechas por grandes acontecimientos. Hay ciertos episodios negativos que marcan en nuestra vida un antes y un después. Sin embargo, también hay otra clase de tragedias, silenciosas, constituidas por medias palabras, poco articuladas y casi inconscientes. Tales tragedias no son repentinas, sino que se forman gradualmente a lo largo de muchos años, pudiendo incluso instalarse con una aparente normalidad en la vida cotidiana.
De esas tragedias cotidianas está compuesta la novela Las Hijas del Comodoro, del escritor noruego Jonas Lie. Lie fue uno de los cuatro grandes de la literatura noruega del siglo XIX, junto a Bjönrstjerne Björnson, Henrik Ibsen y Alexander Kielland. Las Hijas del Comodoro, publicada en 1892, transcurre en una pequeña ciudad portuaria de Noruega. Los personajes son los marinos, sus esposas e hijas. El ambiente es más bien la vida doméstica que marítima, entre el seno familiar y los salones sociales.
El ambiente es interesante porque, en un primer momento, nos podría hacer imaginar un contraste entre la vida social y exterior de los salones de fiestas y la intimidad del hogar. Sin embargo, el hogar y los salones se complementan por su carencia de intimidad, la obsesión por las conveniencias sociales y la soledad en que viven los personajes – especialmente los familiares. La frialdad del mundo exterior es retratada por Jonas Lie como marca distintiva de la vida familiar.
Es un mundo en que las apariencias cuentan más que la verdad, en que escándalos se ocultan, en que la boca no debe revelar lo que abunda en el corazón hasta que el mismo corazón se encuentre vacío. Es un mundo en que las únicas palabras permitidas son las apropiadas a la conveniencia, y, por lo tanto, los únicos pensamientos permitidos son los que sostienen las esas apariencias. Cualquier búsqueda de verdad, amor, vocación y honestidad son cortadas por la raíz, de tal manera que el anhelo no expresado se pudre en la garganta, no encontrando ni siquiera las palabras justas para confesarlo.
¿Cómo comunicar lo que no está dicho? ¿Cómo enseñar la forma de una tragedia que les escapa a sus mismos personajes? Esa fue la dificultad de Jonas Lie y a la vez el meollo de la novela. Su idea era precisamente enseñar – y no tanto decir – anhelos que se convierten en palabras muertas antes de salir a la luz; anhelos que difícilmente pueden ser comunicados por aquellos que los experimentan.
Las protagonistas de la novela son las dos hijas del Comodoro Witt: Cecilia y Marta. Recién salidas de un colegio interno para muchachas en otra ciudad, curiosamente los filtros de la vida social todavía no las habían alcanzado. Pero, claro, no tardarían en llegar.
La presentación de Cecilia en sociedad (tenía 18 años al inicio de la novela) es todo un evento. Una muchacha guapa, agradable, elegante y alegre se destacaba en aquel medio. Sin embargo, Cecilia no ponía tanta atención en su conducta, en el sentido de que le faltaba tal vez alguna malicia que había en ojos ajenos. Su hermano, Karsten, luego la increpó, indignado, tildándola de coqueta.
Es curioso porque, hasta entonces, Cecilia no había sido realmente coqueta. Se divertía y hablaba con franqueza, pero sin segundas intenciones. Cuando su hermano le aconseja a hablar con todos sin ser profunda con nadie, imaginando que enseguida le harían comentarios maldosos, Cecilia se pone en guardia. Si solo quedan las apariencias, a ellas, pues.
Pero el punto de viraje viene con el teniente Lessing. Era uno de los amigos de su hermano y hablaba con ella a menudo en los encuentros sociales. La conversación con él era diferente, según Cecilia. Lessing hablaba de sus planes para el futuro, de su trabajo, de las cosas que anhelaba. Llega a hablar de algo insólito en aquel ambiente: el sentido del casamiento. Cecilia abría su corazón a Lessing y él, al parecer, lo hacía igual.
Karsten es quien lanza la semilla de la duda: los hombres, dice él, hablan de las mujeres cuando no están presentes. No dice que sea algo malo, sino normal. Lo normal sería poner distintas caras según el ambiente en que uno se encuentre. Si así hace todo el mundo, Cecilia tenía que precaverse – haciendo lo mismo. Aquí empiezan las insinuaciones entre ella y Lessing, la desconfianza;hay una inclinación mutua que, gracias a las nuevas sospechas de Cecilia, nunca sale a la luz hasta marchitarse. Cecilia cae en la duplicidad de carácter que tanto la aborrecía. Una duplicidad de carácter que la amargaría de por vida.
Mientras tanto, Marta iba creciendo. La tragedia de la hermana menor es más grande. A medida que Cecilia se convertía en una mujer amargada de lengua furibunda, Marta se resistía a las insinuaciones exteriores. Ella tenía algo en que agarrarse: un amor naciente. En la casa de la familia Witt había un agregado, un pariente huérfano a quien el Comodoro había acogido: Jan. De carácter franco como las hermanas, era el mejor amigo de ambas, especialmente de Marta.
Creciendo juntos, el amor fue arraigando poco a poco en el corazón de Jan y Marta. El narrador parece quererlos y nos pinta como diferentes de los demás personajes. Pero no totalmente, porque sus sentimientos no son claros ni siquiera para ellos. Es algo que también va apareciendo en palabras no dichas, en actitudes, en conversaciones sobre otras personas. No hay confesiones abiertas entre ellos, porque igualmente les faltaban las palabras;sin embargo había actitudes que se transfiguran en promesas.
Cuando Jan se convierte en marino mercante y logra firmarse, pide la mano de Marta. La señora Witt, mujer de aquella sociedad como la que más, se escandaliza. Quiere disuadir su hija de la idea loca de casarse con alguien que no es de su medio. Le pide un año a Marta y a Jan. Los muchachos, ahora adultos, lo aceptan. Pero, por primera vez, Marta toma la iniciativa y salta una barrera de la que no podría volver.
La promesa entre los dos no se cumple. No por culpa de ellos, sino porque Jan no regresa de su último viaje. Marta, que esperaba un hijo de su prometido sin habérselo dicho a nadie, lo confiesa a su padre. La madre, indignada, quiere ocultar el escándalo. Sabe que la vida de su familia cambiaría para siempre: Cecilia parecía que no iba a casarse, y ahora Marta tampoco. Los objetivos de aquella vida en sociedad, que era como una fiesta, estaban perdidos para las dos muchachas.
Dije antes que la tragedia de Marta fue más grande que la de Cecilia. Creo que fue más grande porque Marta, gracias a su acción, se convierte en víctima más señalada de aquel modo de vida, y, a la vez, en la única persona que lo transciende. Mientras que Cecilia se queda presa en el resentimiento, Marta tiene un cambio de carácter provocado por la pérdida del amado y por la vida del hijo a quien no podía amar de cerca. Cecilia se convierte en una mujer frustrada que habla mal de todo el mundo; Marta, antes de voluntad inquebrantable, se vuelve la mujer dócil que, no pudiendo servir de cerca a quienes más había amado, decide amar a aquellos con los que vive. No se rebela, no ataca, no se queja. Ama, en las figuras de sus padres y hermana, a las figuras que llevaba impresas en el corazón.
El amargor de Cecilia imprime en su carácter la asimilación de todo lo que aborrecía en el ambiente exterior. La dulzura dolorosa de Marta la hace parecerse a todos, aunque más dócil, mientras que en su interior ardía una llama que los demás no tenían. La vida de Marta, su tragedia silenciosa y ocultada como escándalo, es el rayo de luz en una casa fría y oscura. Incluso es Cecilia quien lo nota, probablemente sin acertar la causa:
Mientras permanecía sentada al lado de su hermana durante la noche, aguardando con ansiedad cada nuevo acceso, comenzó a vislumbrar señales de algo que la rutina diaria de la vida cotidiana había cubierto con un velo. Marta había sido en otro tiempo tan alegre, tan salvaje e indómita, que nadie podía hacer nada con ella; y más tarde, tan serena y dócil, dispuesta —al parecer— a expiar su existencia cediendo el paso a los demás.
La rutina de la vida cotidiana había cubierto con un velo la tragedia de las hijas del Comodoro, la transformación de Cecilia como la de Marta. Sus tragedias no fueron grandiosas, sino que tejidas en el corazón durante años. Cecilia quedó atrapada en su desilusión, malgastando las buenas inclinaciones en el ambiente superficial exterior. Marta, todavía más desilusionada, hizo fructificar el sufrimiento en vida interior, siendo un poco víctima del ambiente, como su hermana, pero también – y diferentemente – mensajera de algo que los demás no alcanzaban a ver.
Gilmar Siqueira
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