El pobre músico
«[…] el rezo tiene su lugar en la intimidad del cuarto».
Franz Grillparzer.El Pobre Músico.
Imagínense un hombre ya mayor, con por lo menos setenta años, bien arreglado en un traje pobre pero limpio. Ese señor lleva un violín y toca por las calles de Viena – estamos a mediados del siglo XIX, para que se ambienten mejor – a fin de ganarse el sustento. Sin embargo, mientras que los demás músicos callejeros tocan lo que pide la gente, el señor toca lo que realmente le parece bonito. Lo malo es que pocos alcanzan la belleza vislumbrada por él, de manera que las ganancias del día no son muchas.
Pero nuestro héroe, que se llama Jakob, no se encoje por ello. Agradece por cada monedita que depositan en su sombrero. Si alguien se queda a escucharlo hasta el final de la pieza, le hace una reverencia cortés.
Algunas personas se burlan de él. Pero Jakob, que sabe latín mientras que los demás músicos callejeros no saben más que jurar, parece indemne a las burlas. Su cortesía no es afectada, sino humilde; sus buenas maneras no son desprecio hacia los demás, sino respeto; su necesidad de ganarse la vida en la calle no le hace sentirse superior, sino resignado. Ese personaje fascinante atrae la atención del narrador de la historia.
Jakob es el protagonista de la novela El Pobre Músico, de Franz Grillparzer[1]. Publicada en 1847, la novela tuvo una acogida modesta, como las otras obras de Grillparzer, quien fue proclamado poeta nacional de Austria después de muerto. Modesto funcionario del imperio de los Habsburgo, Grillparzer casi desiste de publicar cualquier cosa tras la recepción terrible obtenida por una obra teatral suya. Entre el trabajo burocrático y los viajes, escribió sus obras, reconocidas mucho más tarde.
La novelita que ahora nos ocupa, profética si las hay, fue muy admirada por Kafka y tantos otros escritores de la lengua alemana. Pero ¿Quién es Jakob? Eso se pregunta el narrador, que lo ve presentarse en la calle durante un festival en Viena. Se interesa por él, por su figura a la vez distinguida y humilde, apasionada e inocente. Va a la casa del pobre músico; le pide al hombre que le cuente su historia.
Entonces la narración sufre un cambio. Nuestro primer narrador cede la palabra a Jakob, cuya personalidad es tan rica como su imagen hacía suponer. Hijo de un gran funcionario de la administración imperial, había sido ignorado por su padre, mantenido a parte, a causa de su aparente ineptitud para todo. Sin resentirse lo más mínimo, Jakob sencillamente acepta su condición de desubicado.
Colocado en un puesto de copista (sin sueldo) por influencia de su padre y obligado a regresar a casa en un horario fijo, Jakob descubre en el cuartito en que vivía una antigua memoria: un violín, colgado de la pared. Era suyo, pero también a la música la había abandonado a causa de la “ineptitud”. Toma el instrumento en las manos e intenta tocar, pero no sale nada bueno. Tendría que volver a aprender. Desde entonces, decide hacerlo.
La vida de Jakob cambia. La música se vuelve una obsesión – o una vocación. La música se convierte en su única manera de expresarse porque, al parecer, era antes su única manera de comprender la vida. No era un músico convencional, advierte el narrador; Jakob no distinguía más que dos elementos: armonía y disonancia. Pero quería deshacerse por completo de la disonancia, quedándose con la armonía que, para él, era la misma música del coro celestial. Interpretando su música, Jakob rezaba, entraba en comunión con la armonía divina.
Si la vida interior de Jakob ve la transmutación del silencio en armonía, en la vida exterior seguía siendo el mismo desubicado de antes. Conoce a una chica, vecina suya, hija del confitero. La conoce porque la oye cantar y aquello le parece bello. ¿Realmente se enamora Jakob? La palabra “amor” no aparece en la novela, pero Jakob ve en esa muchacha sencilla y ruda algo que ni siquiera ella misma había visto. Ella, a su vez, ve en él un tipo raro, pero al parecer intuye algo más profundo; algo todavía más profundo que un amor callado.
Jakob realmente parecía incapaz de vivir. Muerto el padre, recibe una herencia. Pero no tarda en perderla. Engañado por el antiguo secretario de su padre, le confía el dinero que ya no volvería a ver. Por entonces, Jakob frecuentaba mucho la confitería. La noticia de la herencia había caído bien a Barbara – así se llamaba la muchacha – y a su padre. La noticia de la pérdida, sin embargo, fue el fin del idilio. El padre de Barbara expulsa Jakob de la confitería.
Triste, pero sin quejas ni rebeldías, Jakob acepta el nuevo golpe. Un día, sólo en su casa, se le aparece Barbara. Le deja dos camisas y dos pañuelos, que le había hecho ella misma. Otra vez, no hay confesión. Barbara llora y se va, impidiendo que Jakob la detenga. Él, con su música, se resigna a la nueva pérdida. Tal vez, piensa, estar a su lado sería realmente peor para ella.
No hay ningún momento en que Jakob se rebele. Parece tan absorto en su música, en la armonía divina, que lo demás se convierte en menos importante. Está tan agradecido por la vocación recibida que se olvida de lo que tiene alrededor. ¿Sería realmente inepto para la vida?
El narrador pierde Jakob de vista por un tiempo. Transcurrido un invierno riguroso, tiene noticia de que el deshielo había provocado inundaciones en el barrio donde vivía el pobre músico. Cuando lo va a buscar para ofrecerle ayuda, se depara con el velorio. El anciano Jakob había enfermado y estaba muerto. ¿El motivo? Se echó al agua para salvar a un niño que se ahogaba y las economías de una pareja pobre.
¿Era realmente inepto para la vida? Tal vez su corazón inocente había buscado refugio en lo más importante, dando muestras de renuncia – que no de huida – tanto en la música como en su acto final de caridad.
[1] La novela fue publicada en español por la editorial Galaxia Gutenberg en el volumen Autobiografía, diarios y otros escritos.
Gilmar Siqueira
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