Es tradición de la Iglesia, cada 25 años, convocar un Año Santo. Este 2025, que está en sus últimos días en el momento en que escribo, lo ha sido. Además este año jubilar o jubileo (que también así puede llamarse) ha sido especial por coincidir con el cambio de sumo pontífice. El jubileo fue abierto por el papa Francisco y será clausurado, Dios mediante, por el papa León XIV.
¿Qué sentido tiene el año jubilar? Intento dar unas ideas que aclaren los aspectos fundamentales de un tema que requiere mayor extensión y que presenta interesantes aspectos dogmáticos, históricos y litúrgicos.
Lo primero que asociamos a la idea de año jubilar es el tema de las indulgencias. Se trata de un período en el que los cristianos, bajo ciertas condiciones, obtienen indulgencias. Hay que comenzar diciendo que éste es un tema que arrastra una rémora de anacronismo. Indulgencias… asociamos la palabra a la Edad Media, a los clérigos algo pícaros de El libro del buen amor o El Lazarillo, incluso a la famosa polémica con Lutero que, según el tópico histórico, desencadena la ruptura protestante con la Iglesia.
Sin embargo, las indulgencias constituyen una realidad de la vida espiritual y no es ninguna antigualla de museo. Como todo lo sustancial a la doctrina, posee un carácter intemporal, aunque deba explicarse, en cada momento, en su contexto y con su lenguaje. Obtener la indulgencia es lograr que nuestros pecados sean perdonados, borrados. Pero, ¿no son perdonados por el sacramento del bautismo y, luego, por la confesión, cuando se realiza adecuadamente? Evidentemente, sí. Al contrario de lo que creía Lutero, para quien la naturaleza humana está corrupta sin solución posible, la gracia del sacramento borra la falta. Pero, aun así, hemos cometido una falta y una deslealtad con alguien que ha confiado en nosotros. Debemos restituir esa falta, repararla. Estamos en deuda, aunque hayamos sido perdonados. Dicho de una forma sencilla, Dios nos ha perdonado, pero estamos en deuda con Él. Aparece aquí un concepto de la vida espiritual un poco olvidado, cuando no desconocido: la reparación. Esa reparación se nos admite por la indulgencia. El concepto de indulgencia puede explicarse, puede aclararse y verse desde un prisma más actual a la luz del concepto de reparación. La idea de reparación no es frecuente en el lenguaje pastoral de hoy. A muchos cristianos de a pie les sonará extraña esta palabra. A este eclipse contribuye la atenuación –que acaba en desaparición, en muchos casos– del sentido de culpa y, en última instancia, del sentido de pecado.
Hay un segundo aspecto, que me parece relevante: la celebración. El año santo se expresa y desarrolla en signos y actos externos. La apertura y cierre de las puertas santas, la peregrinación a lugares determinados, las misas, confesiones, oraciones… toda una serie de actos que muestran el carácter especial de este momento.
Un tercer tema que deriva de los anteriores es la conversión. La reparación, la liberación del pecado, la celebración: todo esto lleva a la conversión. Esto es, a un cambio radical en nuestra persona que nos configura con Cristo. La predicación de Jesús no impulsa a sus contemporáneos a hacer esto o lo otro, sino a cambiar de vida, a ser “otros“, el “hombre nuevo“ del que habla san Pablo. El año jubilar, en última instancia, tiene como fin principal la conversión de los fieles.
Y un cuarto aspecto, que está en la raíz de los demás: la gracia. Todo lo hacemos para pedir la gracia y es la gracia la que nos impulsa a estos actos. La primacía de la gracia, el hecho de que todo progreso en la vida espiritual parte de Dios, es una certeza también un poco olvidada en una espiritualidad psicologista y voluntarista.
Reparación, celebración, conversión y gracia; cuatro ideas que pueden ayudar a comprender qué es un año jubilar.
Tomás Salas
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