La Encarnación y la novela IV: el Adviento

«The intervention of God in history through the Incarnation bestows a weight and value to the individual human narrative which is like money in the bank to the novelist». Walker Percy. How to be an American Novelist in Spite of Being Southern and Catholic.

Yo ya pensaba en este artículo cuando a la mañana fui a misa. Y pensando en cómo concluiría esta pequeña serie sobre las relaciones entre la Encarnación y la novela, me he deparado con tres imágenes en la iglesia: el belén, la cruz y el sagrario. Tres imágenes que me han llevado, a pesar de mis distracciones, a meditar sobre el nacimiento, pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor. Primero estaba el belén que, con todos sus personajes vueltos hacia el Niño Dios, enseñaba la frágil y a la vez esperanzadora seguridad del hogar; después estaba la cruz con el Hombre Dios, el mismo que había sido Niño, clavado por nuestros pecados. Dos representaciones de un pasado que revivimos siempre. Y por fin estaba el sagrario, imagen como las dos anteriores, pero conteniendo verdaderamente a Nuestro Señor entero y en el presente. Las tres imágenes componen la narrativa de una vida, de la vida más importante de todas; es la narrativa de quien estamos llamados a ser.

El profesor Olavo de Carvalho, que en paz descanse, dijo que a medida que se acerca la fecha en que celebramos la Encarnación de Nuestro Señor, antiguos rencores familiares, soledades y vicios se nos vuelven a la superficie con especial fuerza. Y no es para menos. La Encarnación del Verbo es la respuesta, el remedio, a toda la tragedia que hemos abrazado en el pecado. El ensañamiento de los fariseos que pidieron la muerte de Cristo – sabiendo Quién era – no es muy diferente del nuestro cuando, alejados de Dios, sentimos con asco toda la miseria que sale a la luz antes de la Navidad.

En eso he pensado mientras veía el belén, la cruz y el sagrario. Un hecho real – real como el que más – sucedido en la historia fue la respuesta a la tragedia humana y al mismo tiempo la posibilidad de que hagamos las preguntas correctas. Como en nuestra época parecemos huir tanto de la respuesta como de las preguntas, me concentraré en éstas últimas. ¿Cómo acceder a ellas?

Tal vez empezando por donde empieza nuestro conocimiento: en los sentidos. Como dije antes, ya me planteaba este artículo; pero la imagen que he visto esta mañana me obligó a darle otro cauce, uno que espero sea el mejor. La sencilla sobreposición de escenas de la vida de Nuestro Señor me ha permitido verla en vez considerarla una idea abstracta. Flannery O’Connor advirtió que «cuando el hecho físico es separado de la realidad espiritual, la disolución de la creencia es eventualmente inevitable»1. No hay separación más grande – y más peligrosa – que la negación de la divinidad y concomitante humanidad de Nuestro Señor. Después de separarla de la gracia, nuestra época ya niega la propia naturaleza. Una de las maneras para que accedamos a las preguntas correctas, por lo tanto, es aprender a ver otra vez. Y aquí aparece el papel de la novela que, como dijo Walker Percy, tuvo origen en la Encarnación.

Yo me he preguntado muchas veces qué es lo que hace una narrativa funcionar, qué es lo que le hace sostenerse como historia, y he decidido que probablemente es alguna acción, algún gesto de un personaje que es diferente de cualquier otro, uno que indica el lugar en que está el corazón de la narrativa. Ese gesto o acción tendría que ser totalmente correcto e inesperado; tendría que estar en el personaje e irse más allá de él; tendría que sugerir tanto el mundo como la eternidad. El gesto o acción de que hablo tendría que estar en el nivel anagógico, es decir, en el nivel que tiene que ver con la vida Divina y nuestra participación en ella. Sería un gesto capaz de transcender cualquier alegoría o cualquier categoría moral casual que el lector podría hacer. Sería un gesto que de alguna manera establecería contacto con el misterio2.

Esa reflexión de Flannery O’Connor me llevó otra vez a las cosas ordinarias de que hablaba en el primer artículo. Algunas de ellas, a fuerza de la repetición, tienen su sentido olvidado. Y, sin embargo, si volvemos a pensar en ellas, a reconsiderarlas, nos sugieren a la vez el mundo y la eternidad: la amistad, la realización de una buena obra en el trabajo, el casamiento, el nacimiento de un hijo, etc. Si la Encarnación del Verbo, como explicó el Padre Lynch, lleva el tiempo a su plenitud, entonces en cierta medida todo lo que vivimos tiene sentido, aunque nuestro aburrimiento no nos permita verlo. Lo que hace el novelista es rescatar ese sentido que empieza a darnos señales en la misma materia, criatura de Dios. «Yo creo que cuanto más un escritor desee enseñar lo sobrenatural, más capaz tendrá que ser de enseñar lo natural; porque si los lectores no aceptan lo natural, no aceptarán nada más»3.

Si nos diéramos cuenta de las pequeñas revelaciones presentes en lo ordinario nos llenaríamos de gratitud, como dijo Chesterton, pero también de admiración; admiración por un misterio que no desvendamos, por lo insólito y hermoso que es encontrar a alguien o algo a que se puede mirar todos los días sin agotar y que no se puede reducir a ninguna de nuestras palabras. El conocimiento que encontramos en la novela es justo el del misterio: es una contemplación y no un intento de rebajarlo. Por eso «el resultado del estudio adecuado de una novela debería ser la contemplación del misterio en toda la obra y no sencillamente una proposición o paráfrasis»4.

El escritor es un artista y, aunque a veces esa vocación pueda coincidir con la de teólogo (como en San Agustín y San John Henry Newman, por ejemplo), el caso del novelista es más específico. El novelista representará la acción de la gracia en la naturaleza, como dijo – e hizo – Flannery O’Connor. «El escritor católico de ficción, como es escritor, buscará la voluntad de Dios primero en las leyes y limitaciones de su arte y esperará que, si las obedece, otras bendiciones serán añadidas a su trabajo»5. Si es capaz de dibujar el misterio que envuelve la realidad y despertar la añoranza por el fundamento del misterio en el lector, ya habrá realizado bien su trabajo; lo demás no es con él.

El novelista, aun intentando dar una respuesta, presenta antes que nada las preguntas correctas, las preguntas que no hemos aprendido a hacer o de las cuales nos hemos olvidado. Al narrar el drama humano de la menesterosidad, de la insuficiencia, de la nostalgia por una permanencia que al inicio parece inverosímil, el novelista plantea un problema de sentido que con su obra no lo puede resolver. Pero lo presenta. Nos pone en contacto con la pregunta por el sentido de lo que él y también sus lectores ven.

Porque es insólito que no haya ningún sentido en las cosas ordinarias, en ese concierto que uno puede percibir al echar una mirada hacia la creación. Aunque no se de cuenta de ello, el novelista tiene siempre como telón de fondo a la Encarnación del Verbo de Dios, por Quien todas las cosas fueron creadas. La narrativa que vemos en las pinturas, íconos e imágenes, y que escuchamos en el Evangelio, es la respuesta a las preguntas que se nos ocurren si nos abrimos a la realidad.

Es gracias a la Encarnación del Verbo, como dijo Walker Percy, que las narrativas humanas individuales cobran todo su sentido. No creo, por lo tanto, que sea casualidad el hecho de que esta serie de artículos haya sido escrita precisamente en el tiempo del Adviento. Veni, Emmanuel.

Gilmar Siqueira

1 Flannery O’Connor. “Novelist and Believer”. Mystery and Manners. New York: Farrar, Straus and Giroux, 1970.

2 Flannery O’Connor. “On Her Own Work”. Mystery and Manners. New York: Farrar, Straus and Giroux, 1970.

3 Flannery O’Connor. “On Her Own Work”. Mystery and Manners. New York: Farrar, Straus and Giroux, 1970.

4 Flannery O’Connor. “The Teaching of Literature”. Mystery and Manners. New York: Farrar, Straus and Giroux, 1970.

5 Flannery O’Connor. “The Church and the Fiction Writer”. Mystery and Manners. New York: Farrar, Straus and Giroux, 1970.

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Author: Gilmar Siqueira
Feo, católico y sentimental