• Mié. Dic 1st, 2021

Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Sinodalidad, pero, ¿Por qué?

PorAldo Maria Valli

Ene 29, 2020
Sinodalidad-MarchandoReligion.es

¿Cuál es finalidad de los sínodos, de la sinodalidad? ¿Subordinarse al mundo? Aldo María Valli nos trae la respuesta en su intervención en el programa de radio, Radiomaralibera

Sinodalidad, pero ¿por qué?, un artículo de Aldo María Valli

Artículo original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2020/01/08/sinodalita-ma-perche/

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión

Texto de la intervención de Aldo María Valli en radioromalibera.org, la cual puede escucharse aquí.

Pienso que “sínodo” y “sinodalidad” se encuentran entre las palabras más fraudulentas que la Iglesia, ya desde hace décadas, está utilizando en el marco de una siempre ambigua “renovación”.

Los que pronuncian a menudo la palabra “sinodalidad” muy raramente dicen a qué debería conducir todo este “caminar juntos”. Por eso hablo de palabra fraudulenta. Porque se utiliza como una cortina de humo.

Los dos sínodos sobre la familia de 2014 y 2015 y el sínodo sobre los jóvenes de 2018 fueron utilizados más que otra cosa para hacer pasar algunas “innovaciones”: en el caso de la familia la comunión a los divorciados y vueltos a casar, y en el caso de los jóvenes la legitimación de la homosexualidad.  ¿Qué otra cosa queda de todos las miles y miles de palabras empleadas durante estos sínodos? Nada.

Pero la “sinodalidad” es fraudulenta también en otro sentido: porque deja entender que la Iglesia es una suerte de democracia asamblearia, mientras que no es así ¡y no puede serlo! Ciertamente una confrontación de ideas es siempre útil, pero ¡hay una gran diferencia entre la confrontación de ideas y la pretensión de hacer entrar en la Iglesia la idea de libertad como la entiende el iluminismo!

Muchos paladines de la sinodalidad insisten en que ser cristiano corresponde a una suerte de activismo, en virtud del cual no se debe esperar que la Iglesia imparta sus directivas desde arriba, sino que cada uno se organice por su cuenta. Así surge la idea de que la Iglesia la hacemos nosotros, a través de nuestro “camino”, logrando sólo así que pueda ser siempre nueva, estar al paso de los tiempos, y ser verdaderamente “nuestra”.

Como se puede comprender, se trata de una visión que aplica categorías ideológicas y políticas a la Iglesia. Y el uso que se hace de la palabra “sinodalidad” a menudo va en esta dirección. Se dice: no debe haber ningún esquema preestablecido, ninguna norma aceptada como si fuera gato por liebre, ningún rito codificado. A fin de cuentas, en la liturgia lo que cuenta es la espontaneidad, hija de la democracia. ¡La Iglesia es nuestra, somos todos iguales y nosotros decidimos!

Pero si leemos las Escrituras y la ley divina, no hay nada que justifique esta visión de sello político. Como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia católica, la Iglesia una, santa, católica y apostólica lo es en Cristo. La unidad, la santidad, la catolicidad y la apostolicidad no son atributos que la Iglesia se confiere a sí misma, sino que “es Cristo quien, por medio del Espíritu Santo, concede a su Iglesia ser una, santa, católica y apostólica, e incluso es él quien la llama a realizar cada una de estas características” (n. 811).

Aconsejo releer en este sentido un texto de Joseph Ratzinger. Se trata de la transcripción del discurso pronunciado en la Reunión de Rimini de 1990, cuando el entonces cardenal prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, precisando concretamente que la Iglesia no es una democracia, dijo entre otras cosas: “Todo lo que los hombres hacen puede también ser anulado por otros. Todo lo que proviene del gusto humano puede no gustar a otros. Todo lo que una mayoría decide puede ser derogado por otra mayoría. Una Iglesia que haga descansar sus decisiones en una mayoría se convierte en una Iglesia puramente humana. Ella resultaría reducida al nivel de lo que es factible y plausible, de cuanto es fruto de la propia acción y de las propias intuiciones y opiniones. La opinión comienza a sustituir a la fe”.

Aquí está la clave: ¡la opinión comienza a sustituir a la fe! Es precisamente a lo que estamos asistiendo con esta dedicación exagerada a la sinodalidad. Dedicación totalmente instrumental, con el objetivo de una desacralización de la Iglesia y de su reducción a organismo político de sello democrático, como si el asamblearismo, y no la voluntad de Nuestro Señor, fuese el valor supremo.

La sinodalidad o, mejor dicho, el énfasis excesivo otorgado a la sinodalidad, es hijo de esta idea de que la Iglesia está hecha por hombres, pero así no se reforma la Iglesia ni se construye su futuro. ¡Así se destruye la Iglesia!

El auténtico caminar juntos, en sentido cristiano, se encuentra en el acto de dirigirnos todos juntos hacia el rostro de Jesús, en la contemplación de su Santa Faz, y no en el hecho de ser asamblea.

Pero ya escucho la objeción de quien no quiere comprender y a la cual ya estoy habituado: ¡pero tú eres un autoritario, un viejo nostálgico de épocas superadas, en las cuales todo derivaba de arriba y no había participación! Obviamente no es así. No soy nostálgico de nada sino de la sana y recta doctrina que ha nutrido la fe de generación en generación de creyentes. Lo que sostengo es que no se pueden aplicar a la Iglesia lógicas humanas, transformando en imperativo teológico lo que sólo es contingente exigencia funcional. Como decía Ratzinger, la Iglesia no necesita activistas, sino “admiradores”, en sentido literal: personas capaces de admirar, o sea de maravillarse por el misterio divino que se le ha dado contemplar.

Estrechamente conexa a la cuestión de la sinodalidad se encuentra la relativa a la autoridad. El sínodo de los obispos nació en 1965, a resultas del Concilio Vaticano II, con la Apostolica sollicitudo de Pablo VI, que precisamente instituyó el sínodo como “consejo permanente de Obispos para la Iglesia universal”.

Sin embargo, considero muy significativas algunas expresiones utilizadas por el papa Montini, concretamente al inicio del documento. Me refiero a los pasajes en los que el pontífice explica haber llegado a su decisión “escrutando atentamente los signos de los tiempos” y para “adaptar las vías y métodos del sagrado apostolado a las mayores necesidades de nuestros días y a las diferentes condiciones de la sociedad”. La referencia a la adaptación a los tiempos y a las nuevas necesidades deja entrever el espíritu con el que el papa se adhirió a la idea del sínodo. Cuando se admite deber “adaptar” el apostolado quiere decirse que hay una forma, si no queremos decir de servidumbre, al menos de subordinación y de sujeción de la Iglesia a las opiniones del mundo.

Desde el punto de vista del sucesor de Pedro, la Iglesia no debería adaptarse al mundo. Si acaso, el mundo es el que debería conformarse a las enseñanzas de la Iglesia. En el momento en que, por el contrario, el papa reconoce deber prepararse a hacer frente a los cambios del mundo, es la misma autoridad papal la que resulta interpelada y puesta en discusión.

El sínodo y la sinodalidad nacen así, con este estigma de la subordinación al mundo. Y Montini, fuera más o menos consciente, no hizo mucho por esconderlo en aquel septiembre de 1965. Cuando en efecto escribió que la época, en cuanto “abierta a los salutíferos soplos de la gracia divina”, es “verdaderamente turbulenta y está llena de peligros”, y precisamente por el hecho de necesitar experimentar alguna forma de “unión con los sagrados Pastores”, admitió que la autoridad papal no se siente preparada para guiar la barca de Pedro en el mar tempestuoso de la modernidad.

En este contexto, la sinodalidad se convierte en la máscara que la Iglesia decide poner sobre su rostro con un objetivo doble: de un lado, acreditarse como organismo que, a la par con el sentir del mundo, da cada vez más importancia al asamblearismo y, de otro, mostrarse a sí misma en grado de conciliar autoridad y cambio. Pero, por lo que se refiere a los hechos, lo que la Iglesia comienza a vivir es una profunda crisis de época y la sinodalidad, a pesar de la retórica del diálogo, del intercambio de pareceres y de la escucha, no logrará ni esconderla ni mitigarla.

Dejando aparte el riesgo del conciliarismo (que desde luego existe, pero merecería un tratamiento específico), la Iglesia que enfatiza el “camino sinodal” es una Iglesia que, como el mundo, ya no busca la verdad, sino sólo el pluralismo. Por supuesto, que el mundo se comporte así es comprensible, dada la exigencia de encontrar formas de convivencia entre puntos de vista diversos sin que se llegue al uso de la fuerza. ¡Pero la Iglesia, a diferencia del mundo, tiene el deber no sólo de proponer sino también de enseñar la Verdad!

El énfasis sobre la sinodalidad nace de la pérdida de confianza (¿de fe?) en la búsqueda de la Verdad. La Iglesia sinodal es bajo muchos aspectos la Iglesia del activismo humano: una Iglesia que pone en su cumbre el diálogo y el intercambio de pareceres porque ya no es capaz de percibir lo que supera a lo humano. En una palabra, es una Iglesia que abole la trascendencia.

“Caminando, simplemente camina”: así dijo, si no recuerdo mal, un maestro zen. Creo que este tipo de filosofía oriental ya ha entrado también en nuestro pensamiento de matriz cristiana. Es un pensamiento que no tiene nada que ver con el cristianismo. El cristiano no camina por caminar, ni para salir de sí mismo o para adentrarse en la esencia de las cosas. El cristiano camina, racionalmente, hacia una meta. La nuestra es la religión del Logos, no de la anulación, del nirvana.

En el Evangelio encontramos una bellísima página con el caminar como centro. Es el episodio de los discípulos de Emaús, que caminan discutiendo sobre lo que ha sucedido en los días de la pasión y muerte de Jesús, cuando he aquí que, “mientras discurrían y discutían juntos, Jesús en persona se unió y caminaba con ellos”. Esta anotación constituye una gran diferencia entre un caminar que encuentra en el camino mismo su razón de ser y el caminar cristiano. ¡Jesús está con nosotros y nos indica la meta!  “Y él les dijo: ‘¡Insensatos y lentos de corazón a la palabra de los profetas! ¿No hacía falta que el Cristo soportase estos sufrimientos para entrar en su gloria?’. ¡Y empezando por Moisés y por todos los profetas les explicó cuanto en todas las Escrituras se refería a él”. Nuestro caminar, en cuanto cristianos, tiene sentido si caminamos junto al Señor y le escuchamos.

Esa referencia a Jesús que, partiendo de los profetas, se pone a explicar todo es verdaderamente estupenda. Necesitamos siempre volver a la escuela de Nuestro Señor, pero para hacerlo debemos ser humildes y disponibles. Por el contrario, la Iglesia de nuestros días parece empujarnos a ponernos a nosotros mismos delante, con nuestro activismo, nuestro “caminar”, no se sabe hacia dónde y por qué motivo.

Ciertamente el cristiano debe caminar por los senderos del mundo, pero, mientras camina, tiene el deber de mostrar la belleza y la verdad de su fe. Como diría Divo Barsotti, debe ser manifestación de una presencia divina. De lo contrario se reduce a ser un pobre vagabundo perdido.

¡Qué bonito sería si nuestros pastores, en lugar de aburrirnos con la retórica vacía del “caminar juntos”, nos mostrasen la vía hacia la santidad a través del ejemplo de los que ya han transcurrido dicho camino! ¡Qué bonito sería si nuestros pastores dejasen de hablar como políticos o sociólogos y volviesen a enseñar la recta doctrina católica, para la salvación de nuestras almas!

Debemos rezar sin cansancio para que la Santa Madre Iglesia abandone la vía de los equívocos y de la ambigüedad y vuelva a ser maestra de Verdad, para que los pastores abandonen todo tipo de presuntuosidad y dejen de perseguir la renovación en lugar de la Palabra del Señor y de la ley divina.

Aldo Maria Valli

Nuestro artículo recomendado: La historia del hermano James Miller


*Se prohíbe la reproducción de todo contenido de esta revista, salvo que se cite la fuente de procedencia y se nos enlace.

 NO SE MARCHE SIN RECORRER NUESTRA WEB

Marchandoreligión  no se hace responsable ni puede ser hecha responsable de:

  • Los contenidos de cualquier tipo de sus articulistas y colaboradores y de sus posibles efectos o consecuencias. Su publicación en esta revista no supone que www.marchandoreligion.es se identifique necesariamente con tales contenidos.
  • La responsabilidad del contenido de los artículos, colaboraciones, textos y escritos publicados en esta web es exclusivamente de su respectivo autor

Aldo Maria Valli

Vaticanista. Entre sus libros más destacados están: Claustrofobia, Sradicati, el caso Vigano, 266. Jorge María Bergoglio, Benedicto XVI el pontificado interrumpido. Pueden leer sus artículos y leer toda la información sobre su obra literaria en italiano en su página web https://www.aldomariavalli.it/