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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Reclusión monacal y cuarentena

PorGustavo Nozica

Abr 18, 2020
Reclusión monacal y cuarentena-MarchandoReligion.es

¿Se puede decir que con este confinamiento estemos viviendo una reclusion monacal? ¿Reclusión monacal y cuarentena? ¿Qué opinan, tiene algo que ver una cosa con la otra?

Reclusión monacal y cuarentena: mundos inconmensurables. Un artículo de Gustavo Nózica

Se ha escrito mucho y muy bien sobre el tema pero en el en vivo del acontecimiento algunas malezas se nos pueden juntar en la planta del pie y enredarnos de porrazo al suelo.

En estos días quién no ha leído en sitios respetables que los monjes son los que más saben de como vivir en cuarentenas porque viven recluidos. Aunque con ese criterio el silencio de un viejo manicomio sería analogable con el silencio monacal por el hecho de vivir apartados. O quizás el uso de palabras comunes como “celda”, o “silencio”, “tiempos”, “reclusión”, etc. faciliten un error adoptado tanto por quienes se sienten a favor de la vida monástica como por aquellos que observan la más cruel y violenta tortura de la propia subjetividad.

No hay analogía posible entre el silencio peregrinado por un monje y el impuesto policialmente en un estado de sitio, en una cuarentena, en una cárcel o en un neuropsquiatrico, o el silencio ambulante de un paciente medicado. Las razones de esta analogía imposible son muchas y variadas vamos con las inmediatas.

El monje elige apartarse del mundo, no lo apartan. Tampoco el monje se retira para hacer algunas de las tres versiones modernas de la reclusión, Crusoe, Walden, o Evans city chapel. El acopio personal, la opción confortable de evitar a los demás de vez en cuando, o el apartamiento por pánico al mundo hostil.

Al comienzo de “Los vigías de lo noche”, ese bello documental del Barroux, uno de los monjes citando la regla de san Benito menciona especialmente a los giróvagos, y a los sarabaítas “que hacen su propia voluntad” i. Nuestro tiempo es maestro de existencia de esos falsos monjes. Nuestro tiempo también dice que no hacer la propia voluntad es tener la cuarentena internalizada, sufrir gozosamente en clave masoquista. Sin embargo suele olvidarse que al aspirante a monje se le recomienda incluso, y no repregunta, volver al mundo de donde salió, su vida privada acostumbrada. Y la verdad que busca sobre sí mismo, la encuentra viviendo como Jesús, más que obsesionándose en una búsqueda sobre sí mismo al modo de cartas blancas y negras tiradas sobre una mesa de disección -de la verdad.

Al comienzo de Cumbres borrascosas, la protagonista se asombra de lo alejado en que se encuentra su locación, ¡el cielo de cualquier misántropo!, I do not believe that I could have fixed on a situation so completely removed from the stir of society. A perfect misanthropist’s heaven. La reclusión de los monjes sería la tortura de los misántropos, en una abadía no se huye del trato con las personas, y aquel que tuviera alguna aversión especial en este sentido sería un gran problema para la comunidad como para él mismo.

En el Diario de la peste, el conocido autor de Robinson Crusoe, Daniel Defoe, registra al pasar y casi sin darse cuenta, la extrañeza previa que se tenía, entre las gentes, a la medida de la cuarentena. Aclaremos, la cuarentena es una medida política, del poder político, ejecutiva y administrativa. Nada tiene que ver con uso de costumbres, o un recurso común entre los gobernantes. De hecho la cuarentena como se la entiende actualmente tiene básicamente su origen en la gestión política y sanitaria de la peste de Londres en 1664. Esa misma es la que relata Defoe, en su Diario.

Y en ese texto, como decíamos, casi a su pesar hace un registro de lo que era esa medida antes de ser “internalizada” y aceptada por las generaciones venideras. Antes de su socialización “lo de clausurar las casas, –escribe Defoe- en un principio fue considerado como una medida muy cruel y bien poco cristiana”ii. El mismo testigo de esa cuarentena, un testigo moderno que mira los hechos desde sus beneficios y utilidades, todavía él, a pesar de su mirada transicional, acepta que “cerrar las casas de la gente, y apostar un guardián a la puerta, día y noche para impedir que nadie entrara ni saliera (…) parecía una medida muy rigurosa y cruel”iii.

Insistamos, porque no es un dato menor, a cualquier persona en el siglo XVI, en cualquier ciudad de Europa, católicos y protestantes, veían esa práctica política y sanitaria de los encierros en las casas, cuarentena, como “anticristiana”. En esos tiempos no era una palabra que adornara la verba de algún político o una autoridad religiosa. No. Era una adjetivación muy seria. Obedecía a una cosmovisión o a una integralidad de como vivir completamente diferente al que comenzaba con esa medida.

En estos días también nos preguntamos si la cuarentena sirva acaso para algún tipo de reflexión. Es más, y de nuevo los monjes, ellos expertos en la reflexión interior, estarían viviendo enclaustrados una cuarentena entre oficios y misas. De nuevo nos encontramos con la analogía difícil y forzada, por no decir imposible. “Resetearse”iv como bien dice nuestra querida Sonia Vazquez es posible, pero depende de una disposición interna y una libertad que no viene agregada en la medida sanitaria. Y no sería descabellado pensar la medida sanitaria en el opuesto cosmovisional, ¿acaso cósmico?, de la introspección cristiana.

La cuarentena puede hacernos reflexionar en un sentido cristiano sobre el dolor, las postrimerías, y de nuevo la diferencia con el oficio de los monjes, todas esas miradas interiores que no son ajenas a la práctica monacal no definen ni un poco, ni menos que eso, la belleza de esa vocación No es una pena para los monjes cumplir con el voto de quedarse en su monasterio.

Defoe, -y podría ser también Pepys, ¿una época? ¿tensión de guerra de sensibilidades en una época?- hace la introspección obligada a la medida de la cuarentena, cuando se pregunta si salir o quedarse de su casa. “Si hablo con tanto detalle de este punto es porque pienso que quizá pueda tener interés para quien me lea, si es que alguna vez llega a verse en una desgracia semejante y tiene que decidiese igual que yo; y por lo tanto quisiera que estas palabras mías se interpretaran más como guía o consejo que como historia de mis actos”. Esa “guía” es la función reflexiva de la cuarentena. Porque los actos que podrían servir de reflexión, de otro tipo de reflexión “a nadie le importa un comino”v.

El Diario de Defoe es un texto de guía y consejos, de una manera nueva de la mirada interior. Que a no confundirse no es meramente materialista. Es otra cosa. ¿Heredera de Ruysbroeck? ¿individualista? Parecen preguntas un tanto remotas.

El historiador de la muerte en occidente, Phillipe Ariès, dice que después de la peste negra, en el siglo XIV surgió en gran parte de la población europea, un sentido que antes no existía tan generalizado, la avaritia. Que Ariès encuentra como pasión ávida por la vidavi. La introspección que hace Defoe en la cuarentena no está muy lejos, tiene dos centros, su negocio y su vida. No hay más. Y todo eso es un mundo personal y diferente a lo que había antes. “Tenía ante mi dos cuestiones importantes que considerar: una era seguir con mi negocio y con mi tienda, que tenían un valor muy considerable, y que significaban toda la fortuna que yo tenía en este mundo; y la otra era salvar mi vida en aquella pavorosa calamidad”vii.

No parece entonces muy descabellado pensar la reflexión sobre la avidez de la vida y las cosas como una continuación de la cuarentena, o a ésta última como su condición de posibilidad. Una relación imposible, sin embargo, entre reclusión monacal y cuarentena sanitaria.

Gustavo Nózica

i “La cuarta clase de monjes es la de los que se llaman giróvagos, porque se pasan la vida girando por diversos países, hospedándose tres o cuatro días en cada monasterio. Siempre están de viaje, nunca estables, sirven a su propia voluntad y a los placeres de la gula: en todo son peores que los sarabaítas. De su estilo de vida tan lamentable es mejor callar que hablar. Dejándolos, pues, de lado, nos dedicaremos, con la ayuda de Dios, a organizar la vida de los esforzados cenobitas”; Regla de san Benito, en Biblioteca de la Abadía de Silos en http://www.bibliotecadesilos.es/es/contenido/?iddoc=13

ii Diario de la peste, Daniel Defoe, Bruguera, 1982, Barcelona, p.69.

iii Diario de la peste, ob.cit. , p.70.

iv “Con el virus se nos presenta un buen momento para cambiar de vida, para resetearnos. Todos podemos y debemos hacerlo, desde el rey hasta el panadero” en https://marchandoreligion.es/2020/03/preparados-para-morir/

v Diario de la peste, ob.cit., p.16.

vi Ariès, Phillippe, La muerte en occidente, Vergara, España, 1e.1982, p.72.

vii Diario de la peste, ob.cit., pp.16-17.


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Gustavo Nozica

Gustavo Nózica nació en Buenos Aires , es abogado y profesor egresado de la Universidad de Buenos Aires, ayudante en la cátedra de Cardineaux de epistemología en el profesorado de Cs. Jurídicas (UBA), Formó parte en 2012-2014 del Proyecto de investigación DeCyT (UBA). Enseño Derecho Civil y Romano en la Unpaz. Participó de ponencias en la Sociedad Argentina de Sociología Jurídica (SASJU) Se especializó en tutorías a estudiantes secundarios (IJVG). Escribió “Las violencias del maestro ignorante de Ranciére”; “¿Por qué no hay producción didáctica de las ciencias jurídicas para la enseñanza media y superior?”;“Los equívocos de Michel Foucault sobre san Juan Bautista de la Salle”; “Algunos problemas gravísimos de la teoría de género y la distribución de justicia”; “Una lectura crítica de Vigilar y Castigar de Michel Foucault” ;Tradujo de Michael Davies: “La nueva misa del Papa Pablo” y “El ordo divino de Cranmer. La destrucción del catolicismo a través del cambio litúrgico” “Derrida y Fontgombault sobre la hospitalidad: una pregunta por la amistad”