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MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO. Paternidad. Rev. D. Vicente Ramón Escandell

1. Relato evangélico (Mc 1, 21b-28)

Y entran en Cafarnaúm; y luego entrando los sábados en la Sinagoga, los enseñaba. Y se pasmaban de su doctrina, porque los enseñaba como teniendo potestad, y no como los escribas. 

Y estaba en su Sinagoga un hombre poseído del espíritu impuro y exclamó diciendo: «¿Qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno? ¿Viniste a perdernos? Sé quién eres, el Santo de Dios». Y Jesús le amenazó diciendo: «Enmudece, y sal de ese hombre». Y agitándole extraordinariamente el espíritu inmundo, y dando una gran voz, salió de él. Y todos se admiraron de tal modo, que unos a otros se preguntaban diciendo: «¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? ¿Por qué manda con imperio a los espíritus impuros y le obedecen?» Y su fama se difundió rápidamente por toda la región de Galilea.

2. Comentario exegético

Aquel sábado Cristo asistió, como de costumbre, a los actos sinagogales, y enseño allí. Las sinagogas existían en todos los pueblos y casi en todas las pequeñas villas. De una sinagoga magnifica de Cafarnaúm se conservan aún muy importantes ruinas.

Estos oficios tenían dos partes: una oración, otra lectura y exposición de la Escritura: primero de la Ley y luego de los Profetas. Esta exposición estaba a cargo de un sacerdote, del jefe de la sinagoga, o a quien invitase este, entre las personas que juzgase capaces de hacer una exposición. Esta no consistía solo parafrasear la Ley; podía ser una exposición literal o alegórica, reglas de conducta, parábolas, exhortaciones, etc. El tema era libre, amplio; pero el método, no. Este había de ser autorizando la exposición, sea con la Escritura o con la tradición: sentencias de los rabinos.

Hacia el centro de la sinagoga había una plataforma o tribuna, donde tenía su asiento el jefe y los miembros más respetables de la misma. Allí estaba también el sitio del lector y del que iba a hacer la exposición. Desde allí habló Cristo.1

3. Reflexión

Nadie puede ignorar, en efecto, que la prole no se basta a sí misma, que no puede proveer ni siquiera en las cosas que afectan a la vida natural, y mucho menos a las que tocan al orden sobrenatural, sino que por muchos años necesita del auxilio, de la enseñanza y de la educación de los demás.

Y está claro que, por mandato de la naturaleza y de Dios, este derecho y deber de educar a la prole compete en primer lugar a los que iniciaron la obra de la naturaleza engendrando, y a los cuales está terminantemente vedado exponer a una ruina cierta lo iniciado, dejándolo imperfecto2.

Con estas palabras del Papa Pío XI, contenidas en su encíclica Casti connubi, doy inicio a esta reflexión sobre el cuarto mandamiento del Decálogo, en lo que respecta a los deberes de los padres respecto a sus hijos.

El punto de partida de la paternidad humana es la paternidad divina3. Llamamos a Dios Padre en cuanto que es el principio de nuestro ser y gobernación, mientras que nuestros padres lo son de un modo secundario, participado, pero no por ello menos digno e importante. Pues, si a Dios en cuanto “Señor y Dador de Vida”, le tributamos honor y gloria por medio de la virtud de la religión; a nuestros padres, en razón de la alta misión que Dios les ha encomendado, por la virtud de la piedad les tributamos el honor, amor y respeto que les son debidos por la misma4.

Por otra parte, siendo Dios Padre providente, que todo lo dispone para el cuidado, gobierno y perfección del género humano; así también los padres, que ejercen su providencia sobre sus hijos, deben proveer de lo necesario para su cuidado, gobierno y perfeccionamiento5. Sobre esta providencia divina y humana, hablaba el Señor en el Sermón de la Montaña con estas clarificadoras palabras: Si alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden6.

En razón, pues, de todo lo anterior, podemos afirmar que por derecho natural y divino y por exigencia de la virtud de la piedad, los padres tienen la grave obligación de amar a sus hijos, atenderles corporal y espiritualmente y procurarles un porvenir humano proporcionado a su estado y condición social7. De lo contrario, estos no sólo estarían faltando a los más elementales principios de la caridad cristiana, sino también de la ley natural, que, inscrita por Dios en el corazón de todo hombre, impulsa a este a hacer el bien y evitar el mal.

La primera y más elemental atención de los padres hacia sus hijos, es la que atañe a su bien corporal. Este se inicia en el momento mismo de su concepción, cuando el ser humano empieza a ser persona humana, con todos los derechos naturales inherentes a la misma; el primero de los cuales es el derecho a la propia existencia física8.

En las atenciones de las que es objeto el ser humano desde el primer momento de su vida, se va descubriendo el valor de la persona humana como don y la generosidad de sus progenitores. En el mismo acto de ser concebido y traído al mundo, en el de ser alimentado, acogido en el propio hogar y en ver satisfechas sus necesidades corporales, el ser humano va descubriendo, desde su más tierna infancia, que ha sido fruto del amor de sus padres, y no el resultado de un capricho o de un supuesto derecho de traer al mundo a un ser humano, como si este fuese un bien de consumo más9.

Pero, dado que no sólo de pan vive el hombre, y del hecho de que este es un ser moral y trascendente, los padres han de procurar una adecuada atención espiritual, que abarque la esfera intelectual, moral y sobrenatural. A través de una educación adaptada y metódica, los hijos van desarrollando su inteligencia, voluntad y vida sobrenatural, ampliando su horizonte vital y descubriendo a cada paso, la presencia de Dios en su ser y obrar, como también en sus semejantes10.

Finalmente, los padres, previendo el futuro, deben procurar todo lo necesario, tanto material como humano, para que, cuando falten, sus hijos no se encuentren desamparados. Esta obligación es especialmente grave, cuando estos padecen alguna enfermedad o discapacidad, que les impida valerse por sí mismo en su ausencia. En estos casos, no faltándoles nunca el auxilio divino y humano, los padres están llamados, en lo tocante a la atención corporal, espiritual y material de los hijos, a una mayor entrega y generosidad; la cual, les será bien recompensada en esta vida, con el amor de los mismos, pero también en la otra por Dios, a quien cuidaron y amaron en estos hijos suyos predilectos.

4. Testimonio de los Santos Padres

SAN BEDA EL VENERABLE (672-735)

Los escribas enseñaban también a los pueblos lo que está escrito en Moisés y los Profetas. Pero Jesús, como Dios y Señor del mismo Moisés, con la libertad de su voluntad añadía a la ley lo que le parecía que le faltaba, o variándola predicaba al pueblo, según leemos en San Mateo (Mt 5,21-44): «Se dijo a los antiguos; pero yo os digo».

Catena aurea.

5. Oración

Señor y Dios nuestro, Padre amoroso y providente, que velas incesantemente por todo lo creado, y especialmente, por el ser humano; concede a todos los padres el mismo amor providente con que riges el mundo, y que este se vea correspondido por el amor de sus hijos. Te lo pedimos por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad

1 PROFESORES DE SALAMANCA: Biblia Comentada (Evangelios Va), pp. 493-494

2 PÍO XI, papa: Encíclica Casti connubi (1931), n. 16

3 CEC 2214

4 CEC 2215

5 CEC 2221

6 Mt 7, 9-11

7 ROYO MARIN, Antonio: Teología Moral para seglares

8 CEC 2378

9 CEC 2378

10 CEC 2224

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Rev. D. Vicente Ramon Escandell

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad: Nacido en 1978 y ordenado sacerdote en el año 2014, es Licenciado y Doctor en Historia; Diplomado en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Especializado en Historia Moderna, es autor de una tesis doctoral sobre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús en la Edad Moderna