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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Pablo VI y la “Misa nueva”. Así hablaba el papa en aquel histórico año de 1969

PorAldo Maria Valli

Ago 18, 2021
Pablo VI y la “Misa nueva”. Así hablaba el papa en aquel histórico año de 1969-MarchandoReligion.es

Queridos amigos de Duc in altum, tras la publicación del motu proprio Traditionis custodes de Francisco, que ha provocado dolor y desconcierto en muchos fieles, el asunto de la Santa Misa apostólica romana (término preferible al de Misa en latín, Misa tridentina o Misa antigua) ocupa el centro de abundantes análisis y reflexiones. Como parte de los comentarios surgen a menudo referencias a Pablo VI, el papa que deseó la “Misa nueva” y que la inició en 1969.

Pablo VI y la “Misa nueva”. Así hablaba el papa en aquel histórico año de 1969. Un artículo del blog de Aldo María Valli

Traducido al español por Miguel Toledano para Marchando Religión

Artículo original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2021/08/11/paolo-vi-e-la-nuova-messa-cosi-parlava-il-papa-in-quello-storico-1969/

*La imagen pertenece al artículo original publicado por Aldo María Valli. MR declina toda responsabilidad

Para entender mejor la atmósfera cultural y eclesiástica en la que se tomó la decisión por parte del papa, y para ilustrar el modo en el que el mismo Pablo VI vio aquella transformación histórica, es conveniente releer el texto de los discursos que Montini dirigió a los fieles con ocasión de sendas audiencias de noviembre de 1969, inmediatamente antes de la introducción del cambio.

En este artículo nos centraremos, por tanto, en la primera audiencia general, la del miércoles 19 de noviembre de 1969.

Adviértase cómo el papa trataba de responder a las objeciones que desde el primer momento le fueron presentadas.

A.M.V.

* * *

Acoged con alegría y aplicad con unanimidad de observancia el nuevo ordenamiento litúrgico

¡Queridos Hijos e Hijas!

Deseamos llamar vuestra atención sobre el acontecimiento que está a punto de producirse en la Iglesia católica latina, y que tendrá su aplicación obligatoria en las diócesis italianas a partir del próximo primer domingo de Adviento, que este año cae el 30 de noviembre; a saber, la introducción en la Liturgia del nuevo rito de la Misa. La Misa se celebrará de forma bastante diferente a la que estamos acostumbrados a celebrar desde hace cuatro siglos, es decir, desde San Pío V, después del Concilio de Trento.

El cambio tiene algo de sorprendente y extraordinario, dado que la Misa se considera una expresión tradicional e intangible de nuestro culto religioso, de la autenticidad de nuestra fe. La pregunta que surge es: ¿Por qué este cambio? ¿Y en qué consiste este cambio? ¿Qué consecuencias tiene para los que asisten a la Santa Misa? Las respuestas a estas preguntas, y a las que se derivan de tan singular novedad, os serán dadas y ampliamente repetidas en todas las iglesias, en todas las publicaciones religiosas y en todas las escuelas donde se enseña la doctrina cristiana. Os exhortamos a prestarles atención, pues tratan de aclarar y penetrar un poco la maravillosa y misteriosa noción de la Misa.

La intención del Concilio

Ante todo, a los efectos de este breve y elemental discurso, tratemos de alejar de vuestros espíritus las primeras y espontáneas dificultades que plantea dicho cambio, en relación con las tres cuestiones que de inmediato suscitó en nuestras mentes.

¿Por qué este cambio? Respuesta: Se debe a la voluntad expresada por el Concilio Ecuménico que acaba de celebrarse. El Concilio dice lo siguiente: «El orden ritual de la Misa debe ser revisado de tal manera que se aclare la naturaleza específica de cada una de sus partes singulares y su mutua conexión, y se facilite la participación piadosa y activa de los fieles». Para ello, los ritos, conservando fielmente su sustancia, se han de simplificar; se han de suprimir aquellos elementos que con el paso de los siglos se han duplicado o añadido de forma menos útil; en cambio, se han de restablecer algunos elementos que con el paso del tiempo se han perdido, según la tradición de los santos Padres, en la medida que parezca oportuno o necesario» (Sacr. Concilium, núm. 50).

La reforma, por tanto, que está a punto de publicarse, corresponde a un mandato autorizado de la Iglesia; es un acto de obediencia; es un hecho de coherencia de la Iglesia consigo misma; es un paso adelante en su auténtica tradición; es una demostración de fidelidad y vitalidad, a la que todos debemos adherirnos de buen grado. No es arbitrario. No es un experimento transitorio u opcional. No es una improvisación de aficionados. Es una ley concebida por autorizados estudiosos de la sagrada Liturgia, largamente discutida y estudiada; haremos bien en acogerla con alegre interés y en aplicarla con puntual y unánime observancia. Esta reforma pone fin a las incertidumbres, a los debates y a las arbitrariedades abusivas, y nos remite a esa uniformidad de ritos y de sentimientos que es propia de la Iglesia católica, heredera y continuadora de aquella primera comunidad cristiana, que era toda ella «de un solo corazón y de una sola alma» (Hch 4,32). El carácter coral de la oración en la Iglesia es uno de los signos y fortalezas de su unidad y catolicidad. El cambio que se va a producir no debe romper ni perturbar dicho coro: debe confirmarlo y hacerlo resonar con un nuevo espíritu, con un aliento joven.

Sustancia inmutada

Otra pregunta: ¿En qué consiste el cambio? Lo vais a ver ya; consiste en muchas prescripciones rituales nuevas, que requerirán, sobre todo al principio, de cierta atención y cuidado. La devoción personal y el sentido de comunidad harán que la observancia de estas nuevas prescripciones sea fácil y agradable. Pero que quede claro: Nada sustancial ha cambiado respecto a nuestra Misa tradicional. Quizás alguno puede dejarse impresionar por alguna ceremonia particular, por alguna rúbrica anexa, como si ello fuese u ocultase una alteración, o un menoscabo de las verdades de la fe católica establecidas para siempre y sancionadas con la debida autoridad, como si la ecuación entre la ley de la oración, la “lex orandi” y la ley de la fe, la «lex credendi«, quedase comprometida.

Mas no es así. En absoluto. En primer lugar, porque el rito y su correspondiente rúbrica no constituyen en sí mismos definición dogmática, y son susceptibles de una calificación teológica de diferente valor según el contexto litúrgico al que se refieran; son gestos y términos que se refieren a una acción religiosa vivida y que vive de un misterio inefable de presencia divina, no siempre realizada en forma unívoca, una acción que sólo la crítica teológica puede analizar y expresar en fórmulas doctrinales satisfactorias desde un punto de vista lógico. Y además porque la Misa del nuevo orden es y sigue siendo, aunque ello lo sea con mayor evidencia en algunos de sus aspectos, la misma de siempre. La unidad entre la Cena del Señor, el Sacrificio de la Cruz, y la renovación representativa de una y otro en la Misa se afirma y se celebra inviolablemente en el nuevo orden, como en el anterior. La Misa es y sigue siendo el recuerdo de la última Cena de Cristo, en la que el Señor, al transformar el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre, instituyó el Sacrificio del nuevo Testamento, y quiso que, por la virtud de su Sacerdocio, conferido a los Apóstoles, se renovara en su identidad, sólo que ofrecida de manera diferente, es decir, de forma incruenta y sacramental, en perpetuo recuerdo suyo, hasta su regreso definitivo (cf. De La Taille, Mysterium Fidei, Elucid. IX).

Mayor participación

Y cuando en el nuevo rito encontréis ubicada con mayor claridad la relación entre la Liturgia de la Palabra y la Liturgia propiamente eucarística, casi como si ésta fuera la respuesta eficaz de aquélla (cf. Bouyer), o cuando observéis lo mucho que la celebración del sacrificio eucarístico requiere la asistencia de la asamblea de fieles, que en la Misa son y se sienten plenamente «Iglesia», o cuando veáis ilustradas otras maravillosas propiedades de nuestra Misa, no creáis que esto pretende alterar su esencia genuina y tradicional; sabed, más bien, apreciar cómo la Iglesia, mediante este nuevo lenguaje que ahora difunde, quiere dar mayor eficacia a su mensaje litúrgico y llevarlo más directa y pastoralmente a cada uno de sus hijos y a todo el Pueblo de Dios.

Y respondemos así a la tercera pregunta que hemos planteado: ¿Qué consecuencias producirá la innovación de la que hablamos? Las consecuencias esperadas, o más bien deseadas, son las de una participación más inteligente, más práctica, más agradable, más santificadora de los fieles en el misterio litúrgico, es decir, en la escucha de la Palabra de Dios, viva y resonante en los siglos y en la historia de nuestras almas individuales, y en la realidad mística del sacrificio sacramental y propiciatorio de Cristo.

Por consiguiente, no hablemos de «Misa nueva», sino de una «nueva era» en la vida de la Iglesia. Con Nuestra Bendición Apostólica

Fuente:  vatican.va


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Aldo Maria Valli

Vaticanista. Entre sus libros más destacados están: Claustrofobia, Sradicati, el caso Vigano, 266. Jorge María Bergoglio, Benedicto XVI el pontificado interrumpido. Pueden leer sus artículos y leer toda la información sobre su obra literaria en italiano en su página web https://www.aldomariavalli.it/