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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Pablo VI y la “Misa nueva”. Así hablaba el papa en aquel histórico año de 1969 (2ª parte)

PorAldo Maria Valli

Ago 23, 2021
Pablo VI y la “Misa nueva”. Así hablaba el papa en aquel histórico año de 1969-MarchandoReligion.es

El otro día les traíamos la primera parte de este interesante artículo de nuestro vaticanista, Aldo María Valli y hoy, damos paso a la segunda parte

Pablo VI y la “Misa nueva”. Así hablaba el papa en aquel histórico año de 1969 (II parte). Un artículo del blog de Aldo María Valli

Traducido al español por Miguel Toledano para Marchando Religión

Artículo original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2021/08/12/paolo-vi-e-la-nuova-messa-cosi-parlava-il-papa-in-quello-storico-1969-seconda-parte/

Queridos amigos de Duc in altum. Junto al texto de la audiencia de 19 de noviembre de 1969, os propongo el de la semana siguiente, de 26 de noviembre. Faltaban muy pocos días para el 30 de noviembre de 1969, primer domingo de Adviento y fecha que se fijó para el lanzamiento del rito nuevo. Pablo VI volvió a dirigirse a los fieles y trató una vez más de justificar los motivos que llevaron al cambio. El texto ofrece muchos puntos de reflexión y toca todos los problemas que siguen hoy en el centro del debate, con inmediata posterioridad a Traditionis custodes. Afirma Pablo VI: “Debemos prepararnos ante esta múltiple perturbación, que es la misma perturbación de todas las cosas nuevas cuando aparecen en medio de nuestras costumbres habituales”. ¿Reducir la Santa Misa a una costumbre? En cuanto al abandono del latín, Montini habla de “sacrificio de inestimable precio” y, sin embargo, defiende la decisión de cambiarlo porque, dice que “es más importante la participación del pueblo”. Ahora, ante las iglesias vacías, o las iglesias a las que sólo asisten personas que peinan canas, vemos a dónde ha conducido aquella elección. Pero no juzguemos a posteriori. Os propongo las palabras de Pablo VI como contribución al debate que tiene lugar en la actualidad.

A.M.V.

* * *

Audiencia general, miércoles 26 de noviembre de 1969

La efusión de las almas en la Asamblea de la Comunidad, riqueza del nuevo rito de la Santa Misa

¡Amados hijos e hijas!

Una vez más, queremos invitaros a dirigir vuestros espíritus a la novedad litúrgica del nuevo rito de la Misa, que se introducirá en nuestras celebraciones del Santo Sacrificio a partir del próximo domingo, primer domingo de Adviento, día 30 de noviembre. El nuevo rito de la Misa constituye un cambio que afecta a una venerable tradición secular, y por tanto toca nuestra herencia patrimonial religiosa, que parecía deber gozar de una fijeza intangible, deber mantener en nuestros labios las oraciones de nuestros antepasados y de nuestros Santos, y darnos el consuelo de una fidelidad a nuestro pasado espiritual, que hacíamos actual con objeto de transmitirlo a las generaciones futuras. En esta contingencia comprendemos mejor el valor de la tradición histórica y la comunión de los Santos. Este cambio afecta al desarrollo ceremonial de la Misa; y notaremos, quizá con cierta incomodidad, que las cosas en el altar ya no se desarrollan con esa identidad de palabras y gestos a la que estábamos tan acostumbrados, casi hasta el punto de no fijarnos en ellos. Este cambio afecta también a los fieles, y quiere interesar a cada uno de los presentes, distrayéndolos de sus habituales devociones personales, o de su habitual adormecimiento.

Debemos prepararnos ante esta múltiple perturbación, que es la misma perturbación de todas las cosas nuevas cuando aparecen en medio de nuestras costumbres habituales. Y podemos percibir que las personas piadosas serán las más perturbadas porque, siendo muy respetable su propia forma de escuchar Misa, se sentirán desviadas de sus pensamientos habituales y obligadas a seguir los de los demás. Los mismos sacerdotes quizá sientan cierta molestia en el mismo sentido.

Prepararse para los cambios

¿Qué hacer en esta ocasión especial e histórica?

Ante todo: prepararnos. Esta novedad no es poca cosa; no debemos sorprendernos por la aparición, y quizás la molestia, de sus formas externas. Es propio de personas inteligentes, y de creyentes conscientes, informarse bien sobre las novedades de cuanto estamos tratando. Gracias a muchas iniciativas eclesiales y editoriales buenas, esto no es difícil. Como ya hemos dicho en otra ocasión, es bueno que conozcamos las razones por las que se ha introducido esta grave mutación: la obediencia al Concilio, que ahora se convierte en obediencia a los Obispos que interpretan y ejecutan sus prescripciones; y esta primera razón no es simplemente canónica, es decir, relativa a un precepto externo; está relacionada con el carisma de la acción litúrgica, es decir, con la potestad y eficacia de la oración eclesial, que tiene en el Obispo su voz más autorizada y, consiguientemente, en los Sacerdotes que coadyuvan en su ministerio, y que como él actúan «in persona Christi» (cf. S. Ign., Ad Eph., IV): Son la voluntad de Cristo y el soplo del Espíritu Santo quienes llaman a la Iglesia a esta mutación. Debemos ver en ella el momento profético que atraviesa el cuerpo místico de Cristo, que es precisamente la Iglesia, y que la sacude, la despierta y la obliga a renovar el arte misterioso de su oración, con una intención, que constituye, como se ha dicho, el otro motivo de la reforma: para asociar de manera más estrecha y eficaz a la asamblea de los fieles, que también están revestidos del «sacerdocio real», es decir, de la cualidad de conversar sobrenaturalmente con Dios, con el rito oficial tanto de la Palabra de Dios como del Sacrificio Eucarístico, del que se compone la Misa.

La transición a la lengua vernácula

Aquí se advertirá, claramente, la mayor novedad: la del idioma. El latín ya no será la lengua principal de la Misa, sino la lengua vernácula. Para quienes conocen la belleza, la fuerza, la sacralidad expresiva del latín, la sustitución de la lengua vernácula es ciertamente un gran sacrificio: perdemos la locuacidad de los siglos cristianos, nos convertimos casi en intrusos y profanos en el recinto literario de la expresión sagrada, y así perderemos gran parte de ese estupendo e incomparable hecho artístico y espiritual que es el canto gregoriano. Tenemos motivos para lamentarnos y para casi extraviarnos: ¿con qué sustituiremos este lenguaje angelical? Es un sacrificio de precio inestimable. ¿Y por qué razón? ¿Qué vale más que estos altísimos valores de nuestra Iglesia? La respuesta parece banal y prosaica, pero es válida, por ser humana, por ser apostólica. La inteligencia de la oración vale más que los ropajes sedosos y anticuados con los que se ha revestido regiamente; vale más la participación del pueblo, de este pueblo moderno saciado de una palabra clara, inteligible y traducible en su conversación profana. Si el divino latín mantuviera segregados de nosotros a la infancia, la juventud, el mundo del trabajo y de los negocios, si fuera un diafragma opaco en lugar de un cristal transparente, ¿haríamos bien nosotros, pescadores de almas, en preservar el dominio exclusivo de la conversación orante y religiosa? ¿Qué dijo San Pablo? Léase el capítulo XIV de la primera carta a los Corintios: «En la asamblea prefiero decir cinco palabras según mi inteligencia para instruir también a los demás, que diez mil en virtud del don de lenguas» (19 etc.). Y San Agustín parece comentar: «Mientras todos estén instruidos, que nadie tenga miedo de los profesores» (P.L. 38, 228, Serm. 37; cf. también Serm. 299, p. 1371). Aunque luego el nuevo rito de la Misa exige que los fieles «sepan cantar juntos en latín al menos las partes del ordinario de la Misa, y especialmente el símbolo de la fe y oración del Señor, el Padre Nuestro» (n. 19). Pero recordémoslo bien, como advertencia y consuelo: el latín en nuestra Iglesia no desaparecerá por este motivo; seguirá siendo la noble lengua de los actos oficiales de la Sede Apostólica; seguirá siendo el instrumento escolástico de los estudios eclesiásticos y la llave de acceso al patrimonio de nuestra cultura religiosa, histórica y humanística; y, si es posible, con renovado esplendor.

Participación y sencillez

Y, por último, si se observa con más detenimiento, se verá que el diseño fundamental de la Misa sigue siendo el tradicional, no sólo en su sentido teológico, sino también en el espiritual; éste, en efecto, si el rito se realiza como es debido, manifestará una mayor riqueza, puesta de manifiesto por la mayor sencillez de las ceremonias, por la variedad y abundancia de los textos escriturarios, por la acción combinada de los distintos ministros, por los silencios que marcan el rito en momentos de profundidad diversa y, sobre todo, por la exigencia de dos requisitos indispensables: la participación íntima de cada uno de los asistentes y la efusión de las almas en la caridad comunitaria; exigencias que deben hacer de la Misa, más que nunca, una escuela de profundidad espiritual y un tranquilo pero exigente gimnasio de sociología cristiana. La relación del alma con Cristo y con los hermanos alcanza una nueva intensidad vital. Cristo, víctima y sacerdote, renueva y ofrece, a través del ministerio de la Iglesia, su sacrificio redentor, en el rito simbólico de su Última Cena, que nos da, bajo la apariencia de pan y vino, su cuerpo y su sangre, para nuestro alimento personal y espiritual, y para nuestra fusión en la unidad de su amor redentor y de su vida inmortal.

Indicaciones normativas

Queda todavía una dificultad práctica, bastante importante de cara a la excelencia del rito sagrado. ¿Cómo vamos a celebrar este nuevo rito, cuando aún no tenemos un misal completo, y cuando tantas incertidumbres rodean todavía su aplicación? En efecto, resulta conveniente, para finalizar, leer las diversas indicaciones que Nos llegan de la oficina competente, es decir, de la Sagrada Congregación para el Culto Divino. Son las siguientes:

«Por lo que se refiere a la obligatoriedad del rito:

1) Texto latino: los sacerdotes que celebran en latín, en privado, o también en público en los casos previstos por la legislación, pueden usar, hasta el 28 de noviembre de 1971, bien el Misal romano o bien el nuevo rito.

Si usan el Misal romano pueden no obstante servirse de las tres nuevas anáforas y del Canon romano con las medidas previstas en su último texto (omisión de algunos Santos, omisión de sus conclusiones, etc.). Pueden además decir las lecturas y la oración de los fieles en lengua vulgar.

Si usan el nuevo rito deben seguir el texto oficial con las concesiones en lengua vulgar arriba indicadas.

2) Texto en lengua vulgar. En Italia todos aquéllos que celebren ante el pueblo, a partir del próximo 30 de noviembre, deben usar el “Rito de la Misa” publicado por la Conferencia Episcopal Italiana u otra Conferencia nacional.

En días festivos, las lecturas se tomarán:

– o bien del Leccionario editado por el Centro de Acción Litúrgica

– o bien del Misal Romano festivo usado hasta el momento.

Para los días de feria se continuará usando el Leccionario ferial publicado hace tres años.

Para las celebraciones privadas no hay problema cuando deba hacerse en latín. Si, a causa de un indulto particular, se celebra en lengua vulgar: para los textos debe seguirse lo dicho anteriormente para la Misa col ante el pueblo; para el rito, en cambio, debe seguirse el «Ordo» especial publicado por la Conferencia Episcopal Italiana.

En cualquier caso, recordemos siempre que «la Misa es un Misterio que hay que vivir en una muerte de Amor. Su Realidad divina sobrepasa toda palabra . . . Es la Acción por excelencia, el acto mismo de nuestra Redención en el Memorial que la hace presente» (Zundel). Con Nuestra Bendición Apostólica.

Fuente: vatican.va


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Aldo Maria Valli

Vaticanista. Entre sus libros más destacados están: Claustrofobia, Sradicati, el caso Vigano, 266. Jorge María Bergoglio, Benedicto XVI el pontificado interrumpido. Pueden leer sus artículos y leer toda la información sobre su obra literaria en italiano en su página web https://www.aldomariavalli.it/