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Miércoles de ceniza: los laicos dan una lección

PorFirma invitada

Mar 9, 2022
Miércoles de ceniza los laicos dan una lección-MarchandoReligion.es

Ha vuelto a ocurrir. El Miércoles de Ceniza la asistencia de fieles fue varias veces mayor a la de un día ordinario, más próxima a la de los domingos que a la de diario, pese a no ser día de precepto ni haberlo sido en el pasado.

Miércoles de ceniza: los laicos dan una lección. Un artículo de Juan Manuel Rubio

Seguramente fue también el día del año en que más llamadas telefónicas se reciben en las sacristías preguntando por las celebraciones ¿habrá imposición de la ceniza? ¿a qué hora imponen la ceniza? pese a que tampoco hay obligación alguna de recibir ese sacramental. ¿Por qué?

La celebración que suscita tanto interés en el Pueblo de Dios no suele ser especialmente vistosa, menos aún divertida. El tono lo marca, indudablemente, el Salmo 50, el penitencial por excelencia, el predilecto de la Iglesia a la hora de pedir perdón a Dios, que engarza reconocimientos de culpa y peticiones de perdón:

«Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé…»

Salmo 50

¿Y cuál es la lección a la que aludo en el título? Que los fieles, pese a padecer un clero de predicación bastante desnortada, sabemos lo que es importante: nuestra culpa y pecado, la necesidad de ser perdonados, nuestra relación personal e individualmente responsable con Dios; percibimos la necesidad de ser purificados por el mismo Dios contra el que pecamos.

El Miércoles de Ceniza se da una orientación completamente distinta a la que multitud de clérigos imprimen, neciamente, misa tras misa durante todo el año: todos somos buenos, todos vamos al Cielo directamente, el pecado está en la sociedad, en las estructuras, en las injusticias de origen un tanto impersonal, quizás en los poderosos de los que no queda muy claro si se escapan de la norma del «todos vamos al Cielo», los divorciados vueltos a casar deben ser acogidos y hasta recibir los sacramentos, todas las religiones tienen cosas buenas –quizás menos la católica contra cuyos practicantes se dirigen muchas críticas-, hay que ser muy bueno y servicial con los demás… ¿y Dios? Desaparecido.

Pero el Miércoles de Ceniza, incluso si el sacerdote celebrante dice algunas de las tonterías habituales, el tono de la celebración es diferente, la actitud de los fieles es diferente, el Salmo 50 resuena de otra manera. Yo no soy bueno, soy pecador «yo reconozco mi culpa»; soy personalmente responsable, el pecado no es una cosa que anda por ahí en estructuras y circunstancias externas y, además, he pecado contra Dios, no contra el planeta, la justicia social o mis seres más próximos y queridos. «Contra ti, contra ti solo pequé», lo verdaderamente grave del pecado es la ofensa a Dios que he cometido, eso es el verdadero pecado y por eso pido al verdadero ofendido «lava del todo mi delito, limpia mi pecado». Quizás pueda o quizás no me sea posible reparar el mal hecho al prójimo, pero siempre y en todo caso necesito el perdón de Dios y la conversión «¡Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro…»

¿Por qué acudimos tantos fieles el Miércoles de Ceniza?

Por la gracia de Dios que nos hace ver que las cosas son así, como dice el Salmo 50, y no como llevan décadas empeñados desde los más altos a los más bajos clérigos predicando sobre la justicia social, la paz en el mundo, las opresiones político-económicas, la ecología, la opción preferencial por los pobres, el respeto a la madre tierra y otras muchas cosas que nos dejan bastante fríos pues los fieles no solemos destacar por nuestras portentosa sabiduría sobre como arreglar los problemas de este mundo, ni por nuestras grandes riquezas y enorme poder político (algo así ya vio San Pablo en 1 Co 1,26); nuestras posibilidades de actuar en todos esos campos van de lo nulo a lo ridículo, en cambio nuestras posibilidades de que Dios cree en nosotros un corazón puro y nos devuelva la alegría de su salvación son elevadas, si acogemos su gracia y se lo pedimos por Él no va a quedar. Al tiempo que nos tomamos a beneficio de inventario la cansina predicación de cortas miras temporales de nuestros clérigos, somos movidos por Dios para aprovechar ese día del año en que la liturgia nos lleva por un camino de conversión.

Puedo enlazar las anteriores consideraciones con una pregunta ¿por qué tantos católicos, en Iberoamérica principalmente, se pasan al protestantismo, a las sectas llamadas evangélicas? Pues porque esos protestantes, con las enormes deficiencias heredadas de sus heréticos iniciadores, continuadores y profundizadores en el error, aun así, hablan de pecado, arrepentimiento, Cristo como salvador, relación del hombre con Dios y responsabilidad ante Él, del Cielo y el Infierno, etc. mientras en esos mismos países los sacerdotes católicos llevan más de medio siglo hablando de una liberación de los pobres meramente terrena, predicando marxismo, diciéndoles que por ser pobres ya son buenos pues los únicos malos son los capitalistas, los exploradores, las multinacionales, el imperialismo, las instituciones financieras, etc. Y la gente acaba o por creérselo, lanzándose a la violencia revolucionaria de tipo marxista en que Dios y la Iglesia son un estorbo, o por no creérselo e ir con los protestantes que hablan de asuntos verdaderamente religiosos.

Juan Manuel Rubio

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