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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

La Santísima Trinidad, base de nuestra Fe

PorMiguel Toledano

May 25, 2021
La Santísima Trinidad, base de nuestra Fe-MarchandoReligion.es

A las puertas de la Santísima Trinidad, nuestro articulista se centra en este dogma y para ello recurre a San Francisco de Sales

La Santísima Trinidad, base de nuestra Fe. Un artículo de Miguel Toledano

En la conclusión de su carta encíclica Sollicitudo rei socialis de 1987, Juan Pablo II exhorta a los mahometanos, entre otros, a ser fieles a su propia “profesión religiosa”.

Esto, para mí, es incomprensible; cómo el defensor de la fe, el vicario de Cristo, puede ignorar de esa manera las mismas palabras de Nuestro Señor (“Yo soy el camino, la verdad y la vida”) revela hasta qué punto la confusión lleva instalada décadas en la misma cúspide de la Iglesia Católica.

Por otra parte, esa afirmación pretendidamente magisterial constituye un insulto o un desprecio -en ambos casos, injustificable- a la memoria de los mártires: cronológica y cuantitativamente, primero a los mártires de España, que durante ocho siglos derramaron su sangre imitando al Redentor para reconquistar el alma católica de los Concilios de Toledo y con ella posibilitaron la evangelización de medio mundo; luego, a los mártires de las Cruzadas, que dejaron todo para combatir en Tierra Santa por la libertad de la Religión (que no “libertad religiosa”); en fin, a los mártires de su propia patria, que en 1683 salvaron a Europa en una jornada victoriosa que requería de la proverbial valentía y abnegación de aquella nación eslava.

Si hay un dogma que nos diferencia principalmente de la secta de Mahoma, ése es el de la Santísima Trinidad, que festejamos el próximo domingo. Cuando nos santiguamos lo hacemos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; mientras que los seguidores de la media luna proclaman el tawhid, la unicidad de Dios, reflejada más de veinte veces en su Corán del siglo VII, que viene así a negar los anteriores símbolos de los apóstoles y de Nicea.

Santísima Trinidad se llamaba el galeón insignia de la Armada española en Trafalgar, que en condiciones desesperadas llegó a enfrentarse a siete bajeles enemigos simultáneamente. Era el navío más grande de su época, por lo que su divina denominación resaltaba la gloria de la fe. No es de extrañar que correspondiese a la Inglaterra protestante ensañarse contra las maderas preciosas del buque trinitario. Y que el rey Carlos III, que consideraba mefistofélica la miasma británica, bautizase al gigante del mar con la triple divinidad católica, a cuyo púlpito se encomendaba diariamente en el salón del trono del Palacio de Oriente.

San Francisco de Sales dedicó a la Trinidad un sermón de juventud en Annecy, el 21 de mayo de 1595. Además de señalar la herejía calvinista, recordó que la Trinidad es el articulo fundamental de nuestra fe cristiana.

Por eso no se entiende la intervención del papa Wojtyla señalada arriba. No tiene sentido animar a la fidelidad a los que rechazan “el artículo de los artículos”, como lo llama el doctor de Sales.

¿Y por qué es la Trinidad el artículo de los artículos de nuestro Credo? Pues porque sobre este dogma se funda la Encarnación. No hay Encarnación sin Trinidad. Refutándose la existencia del Hijo, queda reducida la figura de Nuestro Señor a la de un profeta, como contra todo testimonio defienden los secuaces de Mahoma, o a la de un impostor, como hacen los de los fariseos y saduceos.

Respecto a éstos, sentencia el pontífice polaco en el mismo lugar citado que “comparten con nosotros la herencia de Abrahán”. Es otra afirmación sorprendente; aunque parcialmente en descargo hay que conceder que esa supuesta comunidad entre judíos y cristianos invocada en Sollicitudo rei socialis no incluye a los ismaelitas, a diferencia de autores aún más modernistas, que sí asimilan también el Islam al gran patriarca del Antiguo Testamento.

Pero digo que es sorprendente la segunda afirmación de Sollicitudo porque contradice por diámetro la enseñanza de san Francisco de Sales. Éste nos recuerda que Abrahán fue precisamente el primer hombre a quien se le apareció la Trinidad, contra la creencia sionista.

En el encinar de Mamre, según relata el capítulo 18 del Génesis, Dios se le apareció en forma de tres varones. El jefe caldeo corrió a recibirlos y se postró ante ellos. La Sagrada Escritura expresa la unidad de la Trinidad al utilizar indistintamente la forma singular y la plural. “Traeré un poco de agua para lavar vuestros pies”, exclamó el hijo de Taré. “Descansaréis bajo el árbol”. Pero también utiliza el vocativo “Señor”, propio de un solo Dios, de quien dice: “He hallado gracia en tus ojos” y no en “vuestros” ojos.

Cuando profesamos la fe en la Trinidad, continúa san Francisco, estamos imitando a Abrahán, a quien le fue revelada en el modo que se ha dicho. Por eso resulta tan contraria a la doctrina salesiana la equiparación que en los años ochenta del pasado siglo efectuaba el sucesor de Pedro.

A Abrahán se le llama “Padre de los creyentes” -sigue enseñando el doctor de la vida devota- por haber tenido tan señalada visión. No porque “represente la tradición del Antiguo Testamento” (argumento pseudomagisterial de Sollicitudo), sino porque le fue otorgado por Dios el privilegio de presentársele el articulo fundamental de la fe antes que a ningún otro creyente.

Por otro lado, la primera vez que implícitamente se afirma la Trinidad, escribe el santo obispo de Ginebra, es el mismo comienzo de la Sagrada Escritura, cuando el propio Dios se propone crear al hombre “a nuestra imagen y semejanza”.

Nuevamente observamos la primera persona del plural para expresar que Dios no es uno absoluto, según sostienen los agarenos a sangre y fuego, sino trino, como con veneración y repetición rezamos los católicos a lo largo de nuestro Rosario.

El santo saboyano enuncia la comunicación entre las tres personas divinas, obviada asimismo por los protestantes. Ellos no se santiguan ni dan gloria exterior a la Trinidad como es tradición en la Iglesia. Sin embargo, los católicos imitamos las palabras del mismo Cristo desde el primer momento del bautismo, invocando las tres personas distintas y verdaderas íntimamente comunicadas.

El Padre, al mirarse a sí mismo con su entendimiento fuera del tiempo, engendró al Verbo con toda su misma grandeza, por tanto consustancial a Él, tal y como rezamos en el Credo – correctamente si lo hacemos en latín, impropiamente en la traducción vernácula (deberíamos decir “de la misma sustancia que el padre” y no “de la misma naturaleza”, que sólo en Cristo es doble, divina y humana).

Ésa es Su gloria verdadera, afirma nuestro autor, haber engendrado al Hijo antes de todos los siglos. Luego, cualquier otra gloria no lo es, al menos no en igual medida. Volviendo a nuestro estupor inicial, de poco pueden gloriarse los “fieles” al Corán a los que animaba el difunto obispo de Roma. Su gloria no es verdadera. “Yo te engendré en mi seno antes de la estrella de la mañana”, proclama el Salmo 109. Pero la existencia de la segunda persona de la Trinidad, que nosotros reconocemos en dicho texto sagrado, es considerada blasfemia por sunnitas y chiitas.

Sería absurdo que el Padre no hubiese comunicado al Hijo sus perfecciones. En el caso de Dios, el Hijo debe parecerse perfectamente al Padre. Esa perfección no fue percibida por los judíos en la persona de Cristo, a pesar de las continuas afirmaciones y pruebas con que Nuestro Señor evidenció Su identidad. Lo que de ninguna manera puede sostenerse es que quien se proclamase Hijo de Dios fuera, en realidad, un profeta – pues tal profeta del Corán sería un profeta mendaz; o mendaces serían sus seguidores neotestamentarios que no lo tenían por tal profeta, sino por el mismo Verbo encarnado.

Y si del entendimiento divino se engendra el Verbo, del amor infinito que Padre e Hijo se tienen surge el Espíritu Santo, una vez mas consustancial a Aquéllos con toda lógica por compartir Sus mismas perfecciones.

Cuando proclamamos la gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo resumimos así nuestra fe, según concluye el fundador de la Visitacion: proclamamos la gloria del Padre, que ha dado; proclamamos la gloria igualmente excelsa del Hijo, que ha sido dado; y, finalmente, proclamamos con exacto grado de excelsitud la gloria del Espíritu Santo, causa amorosa por la que el Padre ha dado al Hijo.

Miguel Toledano Lanza

Domingo de Pentecostés, 2021

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Miguel Toledano

Miguel Toledano Lanza es natural de Toledo. Recibió su primera Comunión en el Colegio Nuestra Señora de las Maravillas y la Confirmación en ICADE. De cosmovisión carlista, está casado y es padre de una hija. Es abogado y economista de profesión. Ha desempeñado distintas funciones en el mundo jurídico y empresarial. Ha publicado más de cien artículos en Marchando Religión. Es fiel asistente a la Misa tradicional desde marzo de 2000. Actualmente reside en Bruselas. Es miembro fundador de la Unión de Juristas Católicos de Bélgica.