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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

La suspensión de las Misas y la relación Iglesia-Estado

PorAldo Maria Valli

Abr 8, 2020
La suspensión de las Misas y la relación Iglesia-Estado-MarchandoReligion.es

En este artículo, nuestro vaticanista, nos habla de la relación Iglesia-Estado, ¿Se han doblegado los Obispos a los gobernantes?

La suspensión de las Misas y la relación Iglesia-Estado, un artículo de Aldo María Valli

Articulo original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2020/03/27/la-sospensione-delle-messe-e-il-rapporto-tra-chiesa-e-stato/

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión

Entre tantos motivos de reflexión desencadenados por el suceso del coronavirus, se encuentra en particular la relación Iglesia-Estado.

Hemos visto que los decretos gubernativos, cada vez más exigentes a causa de la gravedad de la epidemia, suspendieron toda actividad “de carácter cultural, lúdico, deportivo, religioso y ferial”. Y hemos visto que, paralelamente, la Conferencia episcopal italiana (CEI) ha acogido tales disposiciones suspendiendo las Misas con presencia de fieles.

¿Qué me sugieren – como creyente, católico y practicante – estas dos decisiones en paralelo?

Me dicen que el gobierno, de hecho, ha equiparado las ceremonias religiosas a todos los demás acontecimientos que se desarrollan en lugares públicos, como cines, teatros, discotecas, estadios, ferias, salas de apuestas y bingos. Y que la CEI, decidiendo que no se celebren Misas públicas, se ha adherido a tal equiparación.

Parece claro, por tanto, que a la luz de estos comportamientos cabe reflexionar sobre la relación entre Estado e Iglesia.

A propósito de esta cuestión le he pedido una reflexión al profesor Stefano Fontana, director del Observatorio cardenal van Thuân sobre Doctrina social de la Iglesia, y he aquí a continuación las valoraciones que muy amablemente ha querido enviar a Duc in altum.

***


La suspensión de las Santas Misas con pueblo por parte de la Conferencia episcopal italiana ha suscitado numerosos problemas relativos a la relación entre Estado e Iglesia y, más en general, entre el orden de la política y el orden de la religión católica.

La decisión ha sido tomada por el gobierno italiano y la iglesia la ha asumido y obedecido, incluso si desde un punto de vista jurídico podría no haberlo hecho. El decreto gubernativo asimilaba las asambleas religiosas a las actividades lúdicas de grupo y ello expresaba una concepción atea y secularizada de la religión. Esta consideración atea y secularizada es, por otra parte, efecto del principio de libertad religiosa, dado que el mismo no considera ninguna religión como esencialmente conexa a la autoridad política. Según el principio de libertad religiosa, todas las religiones pueden tener relaciones con la autoridad política, pero como no hay “obligación” de que ninguna las tenga, la política puede suspender la libertad de culto temporalmente y por motivos de interés general. Aceptando la suspensión de las misas por decreto gubernativo, la Iglesia ha aceptado el principio de libertad religiosa y el deber/derecho del Estado de suspender el culto por motivos excepcionales. También ha aceptado que el Estado considerase a la religión católica al mismo nivel de todas las restantes religiones, es decir, con relación accidental y no esencial con la propia política.

El principio de libertad religiosa y de igualdad de las religiones es esencialmente ateo, en cuanto no acepta que el Dios de la religión católica deba tener un puesto en la plaza pública. La vida política puede existir y conseguir sus propios objetivos sin Dios. Sin ningún Dios y por tanto también sin el Dios de la religión católica. Tal posición se llama “naturalismo político”: el orden de la razón política es el orden natural que no tiene necesidad del orden sobrenatural para existir. El naturalismo político es fuente de secularización, o sea, de independencia de todo nivel respecto del nivel superior y trascendente. El naturalismo político es ateo, en cuanto prescinde de Dios, y ser ateo no quiere decir ser laico. Ser sin Dios no significa ser laico, significa ser sin Dios. Ser sin Dios quiere decir excluir a Dios de la vida pública, o, como máximo, tolerarlo de forma no necesaria sino contingente. Incluso esta tolerancia es ya una exclusión. No cabe por tanto distinguir entre laicidad moderada y laicismo, porque ambas excluyen a Dios. Cuando el plano natural se hace independiente ya hay laicismo y no sólo laicidad. Cuando la razón política excluye a Dios, inclusive al modo liberal y democrático de la libertad religiosa, ya ésta hace de sí misma una religión, porque para excluir a Dios se sirve de la afirmación de sí misma con carácter absoluto. La presunta laicidad, por tanto, se hace inevitablemente laicismo antirreligioso.

Los obispos italianos, aceptando la suspensión de las misas, han aceptado la exclusión de Dios de la esfera pública.

No es suficiente, sin embargo, acusar al estado de no haber respetado de esta forma el principio de libertad religiosa. Y sería erróneo que los obispos pensasen haber contribuido, con su decisión, al bien común, porque sería como decir que el bien común no tiene necesidad de Dios y, por lo tanto, sería aceptar una política atea, autosuficiente en la determinación del bien común y de los medios para lograrlo.

Un razonamiento puede interrumpirse por el camino o por el contrario llegar al fondo de la cuestión. Si en este caso quiere llegarse al fondo hay que reivindicar para la religión católica el derecho de considerarse no sólo accidentalmente sino esencialmente conexa al bien común político, el cual no puede existir sin el fundamento religioso (y no solo de solidaridad social) de la Iglesia y del catolicismo. No porque esta religión esté presente históricamente en Italia, no porque pueda prestar mucha ayuda material y social, no porque las oraciones serenen y den esperanza cívica (¡juntos lo conseguiremos!), sino porque es la religión del Creador y del Salvador, es la religión verdadera, que sostiene y refuerza cualquier otra verdad y sin la cual, a la larga, toda verdad desaparece.

Reivindicando esta pretensión, los obispos no habrían dado prueba de integrismo, sino que habrían permitido que la política fuese verdaderamente laica, o sea laica en sentido verdadero. La política que cierra iglesias no es laica, en cuanto pone en práctica un acto de valor religioso aun si es de sentido contrario al de la religión cuyas iglesias se cierran. La política verdaderamente laica es aquella que mantiene las iglesias abiertas porque se sabe necesitada de ellas como política. Y no se convierte por ello en fe religiosa, sigue siendo política, y se preserva de convertirse en una nueva religión laica y atea. Entre la aceptación por motivos esenciales de la religión católica como soporte de la política y su exclusión laica no hay vías medias y no vale de nada pensar en una laicidad como vía media. Ésta no existe.

Stefano Fontana

***


Pienso que las observaciones del profesor Fontana son muy pertinentes y nos ayudan a distinguir la verdadera laicidad de la falsa.

Por lo que se refiere a la Iglesia, como ha observado el mismo profesor Fontana en otras de sus intervenciones, cabe subrayar que aquélla, haciendo suyos los decretos del gobierno, ni siquiera ha tomado en consideración el valor público de la fe religiosa. Paradójicamente, lo han hecho algunos alcaldes, que han ido a rezar a las iglesias vistiendo la banda tricolor (y por tanto no a título personal, sino como representantes de la comunidad), para confiar su ciudad a la protección celestial.

Estoy de acuerdo con Marco Begato cuando, en una intervención en el marco del Observatorio cardenal Van Thuân, dice que los decretos gubernativos dictados durante la epidemia del coronavirus probablemente no se formularon con el propósito explícito de expresar una visión atea y antirreligiosa de la vida social. Es bastante probable que los redactores ni se planteasen el problema. Simplemente, con esa equiparación de las ceremonias religiosas a las culturales, lúdicas, deportivas y feriales, los decretos han expresado una visión que pertenece ya al sentir común. Pero no por ello debería ser tal visión la de los obispos, los cuales deberían haber presentado objeciones.

Comprendo que las disposiciones han tenido carácter de urgencia, pero no creo que fuese la urgencia la que determinase la equiparación del fenómeno religioso a los demás, incluso si vuelvo a tener en cuenta el sentir común, según el cual una celebración eucarística, como un partido de futbol, es sólo una reunión de individuos, y una iglesia, como los cines, discotecas o pabellones feriales, es sólo un continente de personas.

Por tanto, que el Estado se haya comportado así no me sorprende. Triste y sorprendente, sin embargo, es que los pastores se hayan alineado, como escribe Begato, sine glossa, o sea sin objeción ni distingo.

Lejos de mí, en este momento, la voluntad de alimentar polémicas y discusiones. Reivindico sin embargo la libertad de preguntarme y, al hacerlo, deduzco que los obispos, con su comportamiento, han determinado un precedente de un cierto alcance.

Begato es muy directo sobre este punto y puedo decir que comparto su juicio: “La epidemia nos confiere una comunidad eclesial postrada ante el Estado”. Lo que significa que cuando, si Dios quiere, el virus haya sido derrotado, todo este acontecimiento nos habrá conferido una Iglesia “inerme y pasiva”.

Aldo María Valli

La suspensión de las Misas y la relación Iglesia-Estado-MarchandoReligion.es

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Aldo Maria Valli

Vaticanista. Entre sus libros más destacados están: Claustrofobia, Sradicati, el caso Vigano, 266. Jorge María Bergoglio, Benedicto XVI el pontificado interrumpido. Pueden leer sus artículos y leer toda la información sobre su obra literaria en italiano en su página web https://www.aldomariavalli.it/