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II Viernes Cuaresma: Hoy estarás conmigo en el Paraíso

PorMarchando Religion

Mar 11, 2022
II Viernes Cuaresma Meditación de la Pasión-MarchandoReligion.es

Durante el tiempo de Cuaresma, en MR, les ofrecemos todos los viernes la meditación de la Pasión, hoy nos situamos en el II viernes de Cuaresma y centramos la meditación en este punto: «hoy estarás conmigo en el paraíso»

Meditación de la Pasión: II Viernes Cuaresma: Hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Recuerda, el pecador que se arrepiente de sus pecados está más cerca de Dios que el hombre justo que se jacta de sus buenas obras.” San Pío de Pietrelcina.

Pequeño extracto de la Meditación del V. P. Luis de la Puente sobre los ladrones que fueron crucificados con Cristo nuestro Señor.1

Crucificaron con Jesús a dos ladrones, poniendo uno a su derecha, otro a la izquierda y Él en medio

Oh Rey de la gloria, cuánto habéis mostrado que vinisteis al mundo para darnos ejemplo de humildad. En la entrada fuisteis puesto en un pesebre en medio de dos animales, y en la salida sois puesto en una cruz en medio de dos ladrones… Concededme Señor, que a imitación vuestra, ordene mi vida de tal manera, que su principio, medio y fin sea humildad.

Uno de los ladrones, le dijo: Si tú eres Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. El otro le respondió: ¿Ni tú temes a Dios? Nosotros justamente estamos condenados, porque recibimos lo que nuestras obras merecieron, pero éste ninguna cosa mala ha hecho. (Lucas 23, 39).

Uno de los ladrones, que se entiende era el del lado izquierdo, blasfemaba de Cristo nuestro Señor…

El otro, que estaba a la derecha, tocado con la inspiración del Espíritu Santo, y ayudado de la gracia del Señor, primero corrigió al blasfemo con palabras graves y concluyentes, diciéndole: ¿Ni tú temes a Dios estando a punto de morir?, luego confesó públicamente su culpa y finalmente confesó la inocencia de Cristo nuestro Señor.

¡Oh varón admirable, que no tuvo vergüenza de confesar la inocencia de Cristo, cuando todo el mundo lo condenaba! Justo es, Salvador mío, que cumpláis con él la palabra que dijisteis: Quien me confesare delante de los hombres, yo le confesaré y honraré delante de mi Padre y de sus ángeles. (Mateo 10, 32).

Vuelto el buen ladrón a Jesús, le dijo: Señor acuérdate de mí, cuando estuvieres en tu reino. (Lucas 23,42).

Respondió Cristo nuestro Señor: De verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso. (Lucas 23,43)

Oh salvador del mundo, no permitáis que me pierda, abridme las puertas del cielo, que mis pecados cerraron y cerradme las puertas del infierno, que ellos abrieron, para que en el día de mi muerte pueda, como el buen ladrón, entrar con Vos en el paraíso. Amén

Pequeño extracto del Sermón sobre la Segunda Palabra que pronunció Cristo en la cruz, de Fr A. Royo Marín.2

Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.

Royo Marín, en este sublime sermón nos invita a todos a escuchar al buen ladrón:

Acaba de hablar con su compañero. Ha querido enternecerle, pero comprendió que estaba perdiendo el tiempo.

Y dirigiéndose a nuestro Señor Jesucristo le dice sencillamente: «Señor…»

.¿Señor un ajusticiado desnudo, abandonado de todos, colgado de una cruz y escarnecido de la plebe y de los jefes…?

«Acuérdate de mí…». ¡Qué soberana invocación! ¡Qué plegaria!:

¡Qué maravillas obra la gracia de Dios cuando cae de lleno sobre un corazón que no le pone obstáculos! No le pide un lugar en su reino, no le pide un trono; no cree merecerlo. Él sabe que no lo merece: es un criminal. Simplemente le dice: «Acuérdate de mí». Un recuerdo nada más. ¡Qué bien había comprendido el Corazón de Cristo!, ¡qué de cosas le había revelado la gracia de Dios en unos instantes!

Y todavía añade: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».

A tu reino, fijaos bien. Y no lo dice dudando: sí llegas a tu reino; no dice eso, sino: cuando llegues a tu reino. Está seguro de que llegará; y está seguro de que su reino no es de este mundo. ¿Quién se lo ha dicho? ¿Quién se lo ha revelado? ¡Qué maravilla de la gracia! Una inundación de luz en la inteligencia, una inundación de gracia en su corazón. Y Jesucristo, desde lo alto de la cruz, contestó en el acto al buen ladrón y le dice: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».¡qué maravillosa la segunda palabra de Jesucristo en la cruz! ¡Qué libro de meditación, qué de cosas nos dice!”

Tres cruces.

Y sigue el padre Royo Marín:

Fijémonos en la escena. Tres cruces en lo alto del Calvario: el inocente en el centro, el penitente a la derecha, el obstinado a la izquierda. Reflejo, símbolo de toda la humanidad caída, de todos los hombres sin excepción. Todos somos pecadores, todos tenemos que sufrir, por las buenas o por las malas. ¡Qué poquitos pueden sufrir en plan de inocentes! Con inocencia total y perfecta, solamente Jesucristo Nuestro Señor y la Santísima Virgen Nuestra Señora, la Corredentora del mundo, la Reina y Soberana de los mártires. Ellos no tenían nada que sufrir por sus pecados personales, puesto que no tenían absolutamente ninguno; pero habían querido representar, voluntariamente, a todos los pecadores del mundo y tuvieron que padecer aquel espantoso martirio. Padecieron en plan de inocentes, para salvar al mundo entero. Otros tienen que padecer en plan de penitentes. ¡Bendita penitencia! Aquella María Magdalena, que se hace después, por la penitencia, una santa de primera categoría. Aquel Pedro que la noche del Jueves Santo negó tres veces al divino Maestro, pero que después se le formaron dos surcos en las mejillas de tanto llorar aquel pecado. Aquel Agustín, el buen ladrón, y tantos y tantos pecadores.

¡Pero hay también la cruz de los obstinados!. Tienen que sufrir también, es inevitable, pero sufren en medio del paroxismo de su rabia y desesperación. Sufrirán, mal que les pese, porque son pecadores y más pecadores que nadie, ya que pecan con obstinación. Tendrán que llevar la cruz. con rabia y desesperación, con blasfemias e injurias contra el cielo!

¡Todos tenemos que sufrir!. No podremos escoger la cruz de la inocencia, pero a nuestra disposición está la cruz de la penitencia, que desemboca en el cielo.!

Dios quiere que todos los hombres se salven. !¡Pecador que me escuchas! ¡Estás a tiempo todavía!

Y nos recuerda el gran teólogo al final del sermón:

Dios quiere que todos los hombres se salven. Y lo quiere con esa seriedad que hay en la cara de Cristo crucificado… ¡Ah!, pero ha puesto en nuestras manos nuestra libertad. A todos los hombres del mundo, incluso al último salvaje que no ha recibido la visita del misionero, ni ha oído hablar jamás de Jesucristo, le toca Dios el corazón, le ilumina la inteligencia y le da las gracias suficientes, suficientísimas, para salvarse si él quiere. ¡Pero tiene que querer!

Nuestro Señor está dispuesto a recibirnos a todos con los brazos abiertos, tan abiertos que los tiene clavados en la cruz para recibir y acoger a todos los pecadores. Basta una sola palabra: «¡Perdóname, Señor!», para que nos perdone en el acto. Dios quiere la salvación de todo el género humano, absolutamente de todos. Pero quiere que queramos, quiere que cooperemos. Y si no pronunciamos esa palabra de arrepentimiento, rechazando con verdadero dolor de corazón nuestros propios pecados, estamos perdidos para toda la eternidad.

¡Cuántas cosas vio el mal ladrón desde lo alto de su cruz! Escuchó aquella palabra sublime de Nuestro Señor Jesucristo: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen». Vio dé qué manera perdonaba a su compañero toda una vida de crímenes ante una sola expresión de dolor. Un poquito más tarde vio cómo saltaba la roca del Calvario, en medio de aquel espantoso terremoto. Vio las tinieblas, y de qué manera se golpeaba el corazón el Centurión: «¡Verdaderamente éste era el Hijo de Dios!»; y a pesar de todo ello permanece obstinado y rebelde. ¡Es el misterio insondable, señores, de la libertad humana, luchando, forcejeando contra la misericordia de Dios.

¡Tú, pobre pecador que me escuchas, tú podrías ser también uno de ellos!. …¡Cuándo comprenderemos el amor y la misericordia infinita de Dios! ¡Cuándo entenderemos el Corazón de Cristo, su infinita compasión y misericordia para con los pobres pecadores!¡Pecador que me escuchas! ¡estás a tiempo todavía! Aunque tengas la conciencia cargada con todos los crímenes imaginables, si le dices de verdad a Jesucristo: «Señor, perdóname». Cristo te dirá; «Hoy, hoy mismo, al caer de la tarde, al atardecer de tu vida —porque dice la Sagrada Escritura, señores, que mil años son ante Dios como el día de ayer que ya pasó, ¡como un solo día mil años!, de manera que los setenta u ochenta que tenemos que vivir en este mundo son como unos instantes—, estarás conmigo en el paraíso»

Después de uno de aquellos sermones tan encendidos que brotaban de los labios de san Vicente Ferrer, se le acercó un pecador que llevaba muchos años sin confesarse. Se confesó con un arrepentimiento vivísimo. El santo estaba profundamente conmovido. Tan conmovido, que a pesar de que su penitente había llevado una vida entregada de lleno a toda clase de crímenes y pecados, le puso una penitencia muy pequeña; porque gran teólogo como era San Vicente Ferrer, formado en los libros de Santo Tomás de Aquino, sabía que lo único que interesa en el momento de confesar un pecado es el arrepentimiento vivísimo, la profunda humildad con que le pedimos perdón a Dios. Y le vio tan arrepentido que le puso una muy ligera penitencia. Pero entonces aquel gran pecador, que esperaba una penitencia gravísima, porque creía qué la merecía, al ver que le ponía una tan ligera e insignificante, se echó a llorar a los pies de San Vicente Ferrer y le dijo: “¡No!, esa penitencia no la puedo aceptar. Tiene que ser mucho mayor, muchísimo mayor, como merecen mis pecados”. Entonces San Vicente Ferrer, dándose cuenta de que el pobre pecador estaba mucho más arrepentido de lo que él pensaba, lejos de aumentarle la penitencia se la rebajó la mitad. Y fue tal el arrepentimiento, fue tal la emoción que se apoderó de aquel hombre al ver de qué manera tan benigna le acogía y abrazaba el ministro y representante de Jesucristo, fue tan profundo su dolor de contrición, que cayó muerto a los pies de San Vicente Ferrer. Y el gran santo, en visión intelectual, vio el alma de aquel pecador que entraba inmediatamente en el cielo sin pasar por el purgatorio. Se había cumplido también al pie de la letra la sublime palabra de Jesucristo: “Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”

Grupo hijos de María.

1 Meditaciones espirituales , Tomo II Medit. XLVI

2 El texto completo se encuentra en La pasión del Señor o Las Siete Palabras de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz.

Les animamos a consultar nuestra sección de Teología y Espiritualidad

Nuestra recomendación para escuchar en nuestro canal de Youtube : Plegaria de María Stang


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