• Dom. Dic 5th, 2021

Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Érase una vez el pecado

PorAldo Maria Valli

Feb 19, 2020
El pecado-MarchandoReligion.es

¿Es correcto hablar de «fragilidad» en vez de «pecado»? Parece que nuestros pastores lo consideran más oportuno y así el pecado pasa ser una palabra tabú..¡lean, lean!

Érase una vez el pecado, Aldo María Valli

Artículo original disponible en https://www.aldomariavalli.it/2020/01/22/cera-una-volta-il-peccato/

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión

Queridos amigos de Duc in altum, está disponible en radioromalibera mi nueva intervención en la sección La viga y la pajita. La podéis escuchar aquí.

Y aquí abajo tenéis el texto escrito.

Habréis notado, queridos amigos, que los pastores de la Iglesia católica hablan cada vez menos del pecado. La misma palabra se ha convertido casi en impronunciable y se prefiere usar el término “fragilidad”.

Me parece que detrás de esta sustitución hay un proyecto: sustituir a Dios por el hombre, hacer del hombre el dios de sí mismo.

En el momento en el que apartamos a Dios, perdemos automáticamente el sentido del pecado. Ahora bien, que esta operación sea fomentada por el mundo es comprensible. Pero que lo sea por la Iglesia es aberrante.

El hombre sin Dios, y sin pecado, vive en el subjetivismo y en el relativismo. Puede hacerlo, porque es libre. Pero la Iglesia tiene el deber de decir que todo eso no es católico. Sin embargo, muchos hombres de Iglesia, desde hace años, se han encaminado precisamente por la vía del subjetivismo y el relativismo. Y para hacerlo han debido eliminar el engorro insoportable que constituye el pecado.

El uso de la palabra “fragilidad” en lugar de la palabra “pecado” denota ausencia de la relación con Dios. Soy frágil a causa de mis límites intrínsecos, a causa eventualmente de alguna experiencia equivocada, pero me las apaño solo. Todo se resuelve en la esfera del propio yo. No tengo necesidad de ningún Dios al que confrontarme. De ningún Dios al que pedir perdón. O quizás me las apaño con un Dios mío que, no obstante, siendo hecho a mi imagen y semejanza, ciertamente me comprende, me justifica y me perdona.

Obviamente el pecado puede estar producido por nuestras eventuales y variadas fragilidades, pero eliminar el pecado y poner a la fragilidad en su lugar es devastador desde el punto de vista católico, porque lleva a la eliminación de la misma gracia. Si no hay pecado, no hay necesidad de la gracia.  El Catecismo de la Iglesia católica (n. 1848) recuerda las palabras bien significativas de san Pablo: “Allí donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). La gracia, para cumplir su función, debe superar el pecado, pero si nosotros abolimos la idea de pecado hacemos inútil y superflua la gracia.

Hay una oración bellísima, y muy católica, que la Iglesia nos pide recitar cuando nos confesamos. Es el Acto de contrición: “Dios mío, me arrepiento y me pesa de todo corazón por mis pecados, porque pecando merezco tus castigos, y aún más por haberte ofendido, siendo infinitamente bueno y digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo con tu santa ayuda no ofenderte nunca más y huir de las ocasiones próximas al pecado. Señor, Misericordia, perdóname”.

Pues bien, hay un sedicente “teólogo” católico (comillas obligatorias) que, ante las cámaras de la televisión de los obispos italianos, ha descrito el Acto de contrición como una “oración tremenda”, “una oración que no tiene nada de cristiano porque Dios no se puede ofender y porque además Dios no castiga, ya que Jesús ha venido a revelarnos otro tipo de Dios, de Padre”.

¿Comprendéis cuál es la situación? ¡Esta es la “teología católica” que domina y que es divulgada por los medios de comunicación oficialmente católicos!

Lo sintetizaría así: habla de “pecado” quien ve la fe como relación vinculante del hombre con Dios; prefiere, por el contrario, el término “fragilidad” quien se concentra sobre el hombre e ignora a Dios, o lo deja de lado y considera su ley como un vago punto de referencia al cual se puede uno atener o no, porque todo depende, en realidad, del hombre y de su sentimiento.

Este segundo modo de concebir la relación con Dios y su ley me parece evidente en Amoris laetitia.  Respecto a la cuestión de la comunión a los divorciados vueltos a casar, Amoris laetitia insiste, más que sobre el contenido de la ley divina, sobre las atenuantes humanas. Ahora bien, sabemos bien que en la valoración moral las atenuantes, también para la doctrina católica, se tienen en consideración. Pero los factores atenuantes no pueden convertirse en llave interpretativa para resolver el problema de la admisión a los sacramentos.

De este modo el sacramento es ofrecido de forma rebajada, como vaga consolación, como si se entendiese que la criatura es constitutivamente incapaz de una respuesta seria y comprometida.

No por casualidad el título del famoso capítulo octavo de Amoris laetitia es Acompañar, discernir e integrar la fragilidad. Y el documento, en un cierto momento, precisamente porque incide en las atenuantes, llega a sostener que Dios mismo puede permitir al hombre vivir en estado de pecado. Una afirmación que ha llevado al filósofo Josef Seifert a comparar la exhortación apostólica con una bomba atómica contra la doctrina y la moral católica.

Nosotros sabemos que Dios es paciente, no permisivo. Dios sabe esperar, pero no intercambia bien y mal. Dios sabe que somos pecadores, pero precisamente por esto nos toma de la mano para sacarnos del pecado, ¡no para justificar la situación de pecado!

Los representantes de la Iglesia que inciden sobre las atenuantes y prefieren hablar de “fragilidad” pasando de puntillas sobre el pecado demuestran además una baja consideración por la criatura humana. Comportándose como esos maestros que, pensando no poder obtener mucho de sus alumnos, no les empujan a dar lo mejor y justifican todos sus errores y sus carencias, estos presuntos hombres de fe demuestran no creer en la santidad como objetivo de todo bautizado.

Debe además tenerse en cuenta que incidir sobre la idea de la fragilidad acentúa muchísimo una visión emotiva de la experiencia de la fe, en detrimento de una visión racional.

Creo que, en el fondo, detrás de la abolición del pecado hay falta de fe.

La sustitución de la idea de pecado por la de fragilidad es obra no sólo en beneficio de un cierto politically correct y de una tentativa de no parecer demasiado agresivos. La razón profunda es que no se cree en Dios.

Quien desautoriza la idea de pecado demuestra no creer en Dios en un doble sentido: no cree en el orden divino y en la obligatoriedad de la ley divina, pero no cree ni siquiera en la ayuda que Dios ciertamente ofrece frente a la caída en el pecado.

Hemos dicho que hay un preocupante eclipse del pecado. Pero cabe añadir que no basta hablar del pecado de modo genérico. El gran ausente, en la predicación actual, es concretamente el pecado original, como se ha visto durante el sínodo sobre la Amazonía, con un papa, Francisco, que parece creer no en el Catecismo de la Iglesia católica, sino en el pensamiento de Rousseau, según el cual el hombre nace inocente y se corrompe viviendo en sociedad.

La idea de pecado, en cuanto ruptura del vínculo y del pacto con Dios, lleva consigo la idea de penitencia, pero también “penitencia” es palabra que ha sido eliminada del vocabulario católico. En el momento en que la cuestión del pecado es sustituida por la de fragilidad, la cual, como hemos sostenido, se ventila por completo en el interior del individuo, sin que haya necesidad de tomar en consideración la relación con el orden divino, también el concepto de penitencia deviene inútil e incluso se hará bien en evitar recurrir a él. Y sin embargo sabemos que no puede haber experiencia auténticamente cristiana sin penitencia. No porque el cristianismo sea la religión de los masoquistas, de los que aman sufrir, sino porque ser cristiano presupone la conversión del corazón, y la conversión implica la penitencia, porque es necesario una separación de las cosas del mundo para vincularse por el contrario a las cosas del más allá.

Querría también subrayar que mientras la fragilidad es una condición respecto a la cual la persona debe reconciliarse con sí misma (de ahí expresiones como “recuperar el propio equilibrio”, “reencontrarse a sí mismo”), el pecado lleva consigo la idea de que la reconciliación, en el sentido más profundo, es un don de Dios.

Cuando una idea pierde potencia, decía Chesterton, inmediatamente hay otra idea lista para sustituirla y hacerse finalmente demasiado potente. Con la fragilidad, que está oscureciendo al pecado, lo vemos muy bien. Lejos de ser sinónimos, los dos vocablos son expresiones de visiones completamente diversas y, yo diría, incompatibles. Y, como a menudo sucede con las cuestiones de la fe, hay que elegir de qué parte se está.

Aldo Maria Valli

Pueden leer todos los artículos de Aldo María Valli en nuestra página

Nuestro artículo recomendado:


*Se prohíbe la reproducción de todo contenido de esta revista, salvo que se cite la fuente de procedencia y se nos enlace.

 NO SE MARCHE SIN RECORRER NUESTRA WEB

Marchandoreligión  no se hace responsable ni puede ser hecha responsable de:

  • Los contenidos de cualquier tipo de sus articulistas y colaboradores y de sus posibles efectos o consecuencias. Su publicación en esta revista no supone que www.marchandoreligion.es se identifique necesariamente con tales contenidos.
  • La responsabilidad del contenido de los artículos, colaboraciones, textos y escritos publicados en esta web es exclusivamente de su respectivo autor

Aldo Maria Valli

Vaticanista. Entre sus libros más destacados están: Claustrofobia, Sradicati, el caso Vigano, 266. Jorge María Bergoglio, Benedicto XVI el pontificado interrumpido. Pueden leer sus artículos y leer toda la información sobre su obra literaria en italiano en su página web https://www.aldomariavalli.it/