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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Encuentro con la verdad en el misterio

PorSebastian Renna

Jul 25, 2019
Raíces: Hogar y patria-MarchandoReligion.es

Se une a nuestro equipo de firmas, Sebastián Renna, Mendigo de Dios e impenitente objetor del Siglo, ¿Quieren saber más de él? A partir de ahora podrán conocerlo a través de sus escritos.

«Encuentro con la verdad en el misterio», Sebastian Renna

A mi querido amigo Gilmar Siqueira.

“Noli ese vana, anima mea, et obsurdescere in aure cordis, tumultu vanitatis tuae” (1)

Los párrafos que siguen corren el albur de aparecer vanidosos. No por sus afanes de excelencia, sino porque en su gran mayoría fueron escritos en primera persona, pero sólo porque así me han sido dados. Sea indulgente el amable lector que los acomete y sepa disculpar cierto exceso verbal que quizá, responda menos al fervor que a mis graves limitaciones literarias. Y si acaso, algún reproche conviniese, no tarde en realizarlo pues tengo por seguro que lo tuviese muy bien ganado, y no quisiera que suceda aquello que nos advierte don Miguel de Cervantes: “Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires”.

Me he preguntado por el sentido de escribir o de expresar una idea (o un concepto), o simplemente de expresar lo que se piensa, por declamación o por escrito, y he encontrado la respuesta en el Maestro -por analogía- Étienne Gilson, comentando a santo Tomas de Aquino, que ciertamente suscribo. Lo declaro: “en la multiplicidad y variedad de las palabras imitamos el acto creador de Dios, nos expresamos, nos hacemos lo que somos, semejantes a Él, y cumplimos uno de los propósitos por lo que fuimos creados, expresarlo”( 2) . Más el fin último de nuestros afanes no es la sola expresión del “máximo amable”, sino, y, además, la postulación del “fin”, es decir, aquello a lo que todo tiende, aquello que esperamos alcanzar definitivamente. Esta tendencia puede equipararse a la tensión del “ícono” al “arquetipo”.

Mi prosa es alegórica, verbigracia: la razón y la fe (Filosofía y Teología); para la literatura, para el Dante: Virgilio y Beatriz; para mí: el laurel y la rosa. Las figuraciones me remiten a una curiosa idea que reflexiona Borges: “más poético es el caso de un hombre que se propone un fin que no está vedado a los otros, pero sí a él”(3) . El hombre práctico, aún y en la contemplación, deplora los supuestos ornamentos que distraen y estorban, lo comprendo, pero no lo comparto: “Decir bellamente la verdad es actualizar el ideal ciceroniano del orador” (4) . Me atrevo a sugerir que es, además, un justo homenaje a la palabra según la magnitud de lo que expresa.

“El sentido del misterio es la contemplación”, dirá Reginald Garraigou-Lagrange, y aclarará que “se debe distinguir aquella oscuridad inferior que proviene de la incoherencia y el absurdo, de la superior oscuridad que se origina en a luz demasiado brillante que nuestros ojos no pueden soportar” (5) . Pero “el misterio pertenece a la verdad” (6) ha afirmado Romano Guardini, y “la verdad es convertible con el ser”(7) , según Santo Tomás, de modo que a la inteligencia cuyo objeto es la verdad, corresponde explorar aquellas veladas regiones del ser, aparentemente inaccesibles.

Debo a la filosofía Primera, la Metafísica, innumerables revelaciones, y entre otros beneficios, la certeza de que mi búsqueda no ha sido vana.

Por tanto, mía también es la búsqueda, esa minuciosa sucesión de énfasis que tiene un fin, sin duda porque el “buscador” no coincide con lo “buscado” y lo “buscado”, en tanto que aún no se ha encontrado, es un “misterio”. Búsqueda que supone la humilde indagación del “ser”, en tanto que “umbral” del “Ser”. Búsqueda como devenir inquieto e incesante, que exige de suyo la “contemplación”, de la “interioridad”, del otro y de lo otro, la “alteridad” y por ello también del “diálogo”, fundado en una disposición de expectación radical y esencialmente humilde.

A esta altura es necesario señalar que: «…cuando se dice que el ser es el objeto de la inteligencia, no se quiere significar que la inteligencia sea capaz de aprehender el ser íntegro; lo que se pretende sostener es que lo que la inteligencia entiende y concibe del ser es sólo aquello que puede abstraerse de él, y por lo tanto universalizarse, pero el ser universalísimo no es todo, es apenas lo cognoscible de él (del ser)por la inteligencia conceptualizante; pero mas allá del ser universal, hay un resto, algo más que permanece en las sombras, siempre inalcanzable para el intelecto abstractivo” (8) .

En cuanto a Aquel “resto” que señala el Dr. Caturelli como “segundo grado”, conviene anotar una aclaración: “…no podemos ir más allá del ser inteligible, pero podemos sospechar la existencia de un plus, que es mucho más que el ser inteligible; en 3 realidad el ser inteligible, es una fina arista de una realidad plena, que es como nada comparada con ella” 9 . Se puede notar en este párrafo la humildad de su autor.

El hombre no es un ser segmentado o fragmentado.

Quiero decir que la “humanidad” es una integridad y a la vez una complejidad en permanente tensión hacia la “divinidad”. Un “yo” que se proyecta al y en el “tú” en cada pensamiento, en cada sentimiento, en cada decisión de aceptación o renuncia, en el padecimiento, en la alegría, en la nostalgia, pero fundamentalmente en el “encuentro”. “La existencia actual es perpetua alteridad porque es perpetuo devenir” (10) .

Si es que algún acierto encuentra aquí, estimadísimo y desocupado lector: “leer, señala Jorge Luis Borges -que de esto algo sabía-, es una actividad posterior a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual” (11), adjudíquelo a la Providencia. Los errores son míos, sólo míos, pero puedo asegurar “que, si sucediese errar, no ha sido con conocimiento o intención, sino con ignorancia” (12) .

En cualquier caso, confieso con San Agustín: “hoc tantum scio, quia male mihi est praeter te non solum extra me, sed et in me ipso, et onmi mihi copia, quae Deus nom est, egestas est” (13) .

Sebastián Renna

1. “No quieras ser vana alma mía, ni ensordezcas el oído de tu corazón con el tumulto de tu vanidad”. San Agustín, Confesiones, IV, XI, 16.

2. “La razón de la multiplicidad y de la variedad de las cosas creadas, es, pues, que esta multiplicidad y esta variedad eran necesarias para expresar, tan perfectamente como pudieran hacerlo las creaturas, las semejanzas al Dios creador” (de Cont. Gent. II, 45, ad Quum enim, y sum. Theol., 1, 47, 1, ad Resp.) El Tomismo, Segunda Parte, La Naturaleza: “La Creación”, 1.

3. El Aleph (Obras Completas, Vol. 1) “La busca de Aberroes”, pág. 588. 4

4. Esto fue señalado por mi querido amigo, el Prof. Dr. Carlos Daniel Lasa (Filósofo, cuya paciente y generosa amistad no me será posible corresponder debidamente), en ocasión de la presentación del libro “Interioridad y Hermenéutica” del filósofo genovés Prof. Dr. Tomaso Bugossi.

5. El Sentido del Misterio, I, III

6. Lebersalter, 13

7. Suma Teológica, I, I, 1

8. América bifronte, Prof. Dr. Alberto Caturelli, “El ser inteligible”, Cap. I.

9. América bifronte, Prof. Dr. Alberto Caturelli, “El ser inteligible”, Cap. I.

10. El Ser y los Filósofos, Étienne Gilson, V.

11. Historia universal de la Infamia (Obras Completas, Vol. 1). Prólogo a la primera edición, pág. 289.

12. Según advierte con sincera humildad el “Doctor Iluminado”, mártir de Cristo, Beato Raimundo Lulio, en la introducción a su obra: De ascenso et descenso intelectus.

13. “Esto sólo sé, que me va mal lejos de ti, no solamente fuera de mí, sino aún en mí mismo; y que toda abundancia mía que no es mi Dios es indigencia”. Confesiones, XIII, VIII, 9.

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