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El vencedor del Tour: Egan Bernal y ese signo de la cruz

PorAldo Maria Valli

Ago 5, 2019
la maldad existe-Marchandoion.es

Aldo María Valli nos entrega este conmovedor relato sobre la vida del vencedor del Tour de Francia. EL joven colombiano Egan Bernal quien no ha dudado en mostrar el signo de la cruz no como mera superstición.

El vencedor del Tour: Egan Bernal y ese signo de la cruz

Artículo original: https://www.aldomariavalli.it/2019/08/03/il-vincitore-del-tour-egan-bernal-e-quel-segno-della-croce

Traducido por Miguel Toledano para Marchando Religión

Al final del Tour de Francia, ganado por el colombiano Egan Bernal, de veintidós años (primer sudamericano a triunfar en la empresa y atleta más joven habiendo vencido en tiempos modernos el llamado Gran Rizo) me ha llamado la atención el saludo entre el chaval, su hermanito de doce años y la madre.  Porque ha sido algo más que un simple abrazo.

Cuando vio a su hermano, Egan le cogió el rostro con sus manos, después se miraron a los ojos y entonces Egan besó a su hermano en la frente y finalmente se intercambiaron recíprocamente la señal de la cruz, realizándolo cada uno sobre el pecho del otro.  Y cuando después fue el turno de la madre, Flor Gómez, la escena se repitió de nuevo con ese contemporáneo signo de la cruz.  Un gesto hecho con toda simplicidad, sin miedo a desconcertar a las personas que estaban allí, y con gran espontaneidad, como es típico de quien lo hace habitualmente.

Que Egan Bernal es un buen chico lo dicen todos y se lee en su mirada.  Pero esa señal de la cruz ha añadido algo. 

Ciertamente en el origen de los éxitos precoces de este chaval no hay sólo una predisposición psicofísica.

Mamá Flor, después del triunfo de Egan, dijo:  “Puedo sólo dar gracias a Dios que ha elegido mi seno materno para dar la vida a este bellísimo niño venido al mundo con un objetivo especial:  regalar así tanta felicidad no sólo a mi vida, sino también a una nación entera”.

También vosotros comprendéis que no son palabras habituales.  Por eso he buscado más informaciones sobre Egan y he descubierto lo que sigue.

Hasta el final del octavo mes de embarazo, como ha contado ella misma, mamá Flor no sabía que estaba embarazada.  Tenía molestias, experimentaba náuseas, sufría vértigos y dolor de estómago, pero en aquel diciembre de 1996, cuando finalmente decidió ir al médico, pensaba tener sólo problemas intestinales.  Y cuando el doctor, después de haberla visitado, le anunció que le quedaba sólo un mes de embarazo, la sorpresa fue total.

Mamá Flor y papá Germán, no sabiendo que tendrían su primer hijo, no habían siquiera pensado en el nombre y así fue el propio médico quien eligió Egan, que significa “ferviente”, “fogoso”.  Y el doctor pidió también poder ser el padrino de bautismo.

Egan nació el 13 de enero de 1997 en Zipaquirá, una ciudad a más de 2800 metros de altitud y aproximadamente cincuenta kilómetros de la capital Bogotà.  Mamá Flor tiene veintidós años y trabaja en la hacienda agrícola Guacarí de Zipaquirá.  Su trabajo consiste en seleccionar los mejores claveles para destinar a la exportación. El 12 de enero de aquel 1997 estuvo todo el día de pie, observando claveles.  Cuando rompe aguas, ella, joven e inexperta que es, de nuevo no entiende lo que pasa, pero afortunadamente su jefa, Marina Velásquez, comprende rápido: 

“¡El niño va a nacer!”.

Flor es llevada a la enfermería de la hacienda y luego al hospital municipal, donde le dicen que deberá ir a Bogotá.  Sin embargo, no hay ambulancia, y así Flor debe coger un taxi, con un coste mucho más allá de sus posibilidades.  Al llegar a la clínica de San Pedro Claver, los médicos la ponen sobre una camilla en un pasillo lleno de pacientes.  Nadie le habla, mientras el personal médico va y viene.  Le suministran un fármaco para inducir el proceso, pero la cantidad es excesiva y le provoca una fuerte taquicardia.  Flor se encuentra mal y grita por el dolor.

Finalmente la llevan a la sala de partos y Egan nace a las doce del mediodía en punto.  La madre está en condiciones penosas, pero cuando le llevan al niño tiene la fuerza de contarle los dedos de las manos y de los piececitos, para verificar que no falta nada, y de memorizar eventuales signos particulares.  Las parturientas son muchísimas y tiene terror a que los neonatos puedan ser confundidos.

Unos instantes después, para Flor todo se pone negro.  Su corazón late a mil, como si quisiera salirse del pecho.  La joven madre pierde el sentido.  Una crisis cardíaca.  Cuando se recupera, le dicen que debe abandonar la cama, porque se necesita para otros pacientes.  La ponen en una silla.  Pide poder ver al niño, pero no es posible, porque se encuentra en otra sección.

Cuando Germán, el marido, viene, al principio no reconoce a su joven mujer, de tan transformada y dolorida que está.  Después finalmente le traen al niño y ella lo primero le baja el pañalito y controla un punto en la pierna.  Durante la minuciosa inspección, se acordaba de que había una manchita.  Comprende que Egan es verdaderamente Egan y finalmente la tensión se reduce.  Sin embargo, la clínica está tan llena que Flor es dada de alta.  Con Germán y Egan vuelve a casa en taxi y el desembolso, de nuevo, es costosísimo para sus bolsillos.

El primer control médico llega cuando Egan tiene seis meses.  Se descubre que el pequeño tiene pulmonía y la madre, para ocuparse de él, deja durante mucho tiempo el trabajo de selección de claveles.  Todo se resuelve y Egan crece bien.  Es un poco hiperactivo.  A un año camina y deja el pañal.

Tiene nueve años cuando con sus padres pasa junto a algunos niños con bicicletas y cascos.  Es una carrera infantil, y a él le gustaría participar, pero Flor y Germán no tienen dinero suficiente para la inscripción.  Interviene un amigo de la familia, César Bermúdez, que presta el dinero necesario y, al hacerlo, desde luego no imagina que está inscribiendo en su primera carrera al futuro vencedor del Tour de Francia.

Sobra decir que Egan vence la carrera sin dificultad, derrotando a todos.  El amor por la bici es inmediato y declara: “Quiero ser ciclista”.

Sin embargo, la suya es inicialmente una mountain bike, y durante mucho tiempo Egan compite por caminos en medio de bosques, tierra y barro, hasta participar en los mundiales de la especialidad en 2014 y 2015.

La aventura europea comienza en el verano de 2015 gracias a un ex-ciclista italiano, que lo hospeda en su casa, en Sicilia, como a un hijo.  Fue el comisario técnico de la selección nacional colombiana de mountain bike quien aconsejó al chico.

Cerca de Catania el jovencísimo ciclista tiene su primer contacto con el mar.  No sólo no sabe nadar, sino que jamás ha tocado el agua.  Ir a la playa le gusta mucho, a condición de que se pueda ir en bici.

En Sicilia descubre también la cocina italiana.  Todo en su nueva experiencia le gusta y las primeras victorias llegan rápido.  Pero, paradójicamente, se fatiga demasiado desde el punto de vista físico, porque correr al nivel del mar es extraño para él, habiendo nacido y crecido a casi tres mil metros de altitud.

Egan se comporta como un verdadero atleta.  Una vez le ofrecen una lata de Coca Cola y la rechaza:  bebe sólo agua y té.  Prueba el café, pero no le gusta:  le excita demasiado.  ¿Pero cómo va un chico a rechazar la Coca Cola?  Acorralado, confiesa que se trata de una promesa:  no beberla durante un año entero, hasta la firma de su primer contrato.  El cual llega puntualmente y le abre las puertas del ciclismo de los grandes campeones.

Pues ésta es, a grandes rasgos, la historia de Egan, de mamá Flor y de la familia Bernal.  En la cual, evidentemente, hacerse la señal de la cruz no es sólo un gesto supersticioso.

Aldo Maria Valli

Los invitamos a leer en italiano la página de nuestro querido Aldo María: https://www.aldomariavalli.it/

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Aldo Maria Valli

Vaticanista. Entre sus libros más destacados están: Claustrofobia, Sradicati, el caso Vigano, 266. Jorge María Bergoglio, Benedicto XVI el pontificado interrumpido. Pueden leer sus artículos y leer toda la información sobre su obra literaria en italiano en su página web https://www.aldomariavalli.it/