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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Domingo XIX de Pentecostés

PorPadre Ricardo Ruiz

Sep 30, 2018
Tiempo de Pentecostes-MarchandoReligion.es

Evangelio del día. Domingo XIX de Pentecostés. Santa Misa Tradicional

Evangelio de San Mateo, 22, 1.

Respondiendo Jesús les habló de nuevo en parábolas, y dijo: “El reino de los cielos es semejante a un rey que celebró las bodas de su hijo. Y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas, mas ellos no quisieron venir. Entonces envió a otros siervos, a los cuales dijo: “Decid a los convidados: Tengo preparado mi banquete; mis toros y animales cebados han sido sacrificados ya, y todo está a punto: venid a las bodas” Pero, sin hacerle caso, se fueron el uno a su granja, el otro a sus negocios. Y los restantes agarraron a los siervos, los ultrajaron y los mataron.

El rey, encolerizado, envió sus soldados, hizo perecer a aquellos homicidas, y quemó su ciudad. Entonces dijo a sus siervos: “Las bodas están preparadas, mas los convidados no eran dignos.

Id, pues, a las encrucijadas de los caminos, y a todos cuantos halléis, invitadlos a las bodas”. Salieron aquellos siervos a los caminos, y reunieron a todos cuantos hallaron, malos y buenos, y la sala de las bodas quedó llena de convidados.

Mas cuando el rey entró para ver a los comensales, notó a un hombre que no estaba vestido con el traje de boda. Díjole: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin tener el traje de boda?” Y él enmudeció. Entonces el rey dijo a los siervos: “Atadlo de pies y manos, y arrojadlo a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos”.

Domingo XIX de Pentecostés. Meditación

“El reino de los cielos es semejante a un Rey que celebró las bodas de su hijo.”

La invitación que Dios nos hace al banquete de su Hijo y que en esta parábola se nos presenta como obligatoria, puede parecer una imposición contra nuestra libertad ya que no hay opción para rechazarla.

Para poder entenderla y comprender que no es una agresión a nuestra libertad, es necesario ver que el verdadero mensaje es: QUE EL AMOR DE DIOS Y SU ADORACIÓN, NO SON OPTATIVOS, SINO MÁS BIEN NECESARIOS para nuestra salvación eterna y para nuestra felicidad.

Si nuestra voluntad se ha acostumbrado al mal, se ha acostumbrado a la mentira y a una vida desordenada, entonces esa invitación sí va ‘contra nuestra voluntad desordenada’, precisamente porque es una voluntad desvisada. Por lo tanto va contra una voluntad mal utilizada, pero no va contra nuestra felicidad. Es una invitación que nos contraría, para poder salvarnos, para siempre, y eso es por nuestro bien.

Cuántos testimonios de conversión hemos escuchado, afirmando: “Si no fuera porque Dios me envió una grave enfermedad, yo nunca hubiese abandonado mi mala vida.”

En ocasiones parece que Dios fuerza el alma para salvarla, como cuando tiró a San Pablo de su caballo.

La invitación a las bodas significa la invitación a salvarse por medio de una buena voluntad que ama, respeta y guarda los diez mandamientos.

Los peces han sido creados para vivir en el agua en su elemento; de tal manera que si alguno decidiese en un acto de ‘rebeldía’ vivir fuera de ella, inexorablemente moriría. El ave ha sido creada para vivir del aire y de los alimentos que le da la tierra, si también decidiese por locura, vivir bajo el agua, moriría inmediatamente, porque no es su elemento de vida.

Así sucede con el hombre, ha sido creado para vivir en la caridad amando a los demás, vivir en la verdad y así hacer siempre el bien.
Cuando el hombre, en un acto de orgullo y rebeldía, quiere vivir fuera de los elementos para los que fue creado, la caridad y la verdad, entonces muere, está muerto en vida o va directamente hacia una muerte eterna, a menos que corrija su camino a tiempo.

Como el pez que no tiene opción para vivir fuera del agua, ni el ave a vivir bajo el agua; así el hombre no tiene derecho a escoger la “opción” de vivir en el odio, en la mentira y en el desorden. Esta no es una opción sino un desorden y la muerte para sí mismo.

Y esa respuesta se encuentra directamente en el libro del Génesis, cuando Dios les prohíbe a Adán y Eva de comer del fruto del bien y del mal, es decir, del árbol de la soberbia, se los advierte también diciendo: “Porque si coméis de él, moriréis.” Génesis, II, 17. Lo que significa, si os separáis de mi, moriréis. Porque la soberbia es el peor pecado y el que más nos aparta de Dios.

No fuimos creados para vivir en el elemento de la soberbia y del orgullo, sino en la caridad y en la verdad.

Es por ello que la aceptación de ir a las bodas no es opcional. O aceptas los diez mandamientos o no hay vida ni felicidad. Sin embargo, hay quien rechaza la invitación con el pretexto de que tiene trabajo, que tiene una finca que comprar o una familia que atender, o que se acaba de casar; excusas siempre Injustificadas porque el trabajo y la familia nunca son un impedimento para cumplir con Dios y sus leyes.

Es verdad que los diez mandamientos en ocasiones nos parecen pesadas cadenas; ¡pero son aún más pesadas las cadenas del pecado!

Con la ayuda de la oración y de los sacramentos, los diez mandamientos se hacen más llevaderos y ligeros.

“Venid a mi vosotros que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré; porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.” San Mateo, XI, 28.

Y como los invitados no fueron dignos, es decir, «el pueblo elegido», y los católicos que de apariencia, que no viven sinceramente su fe; fue entonces necesario ir a invitar a buenos y malos en los caminos perdidos, donde no suelen pasearse los puritanos ni los que se sienten de alto nivel.

¿Invitar también a los malos? ¿Nos escandaliza? Pues Dios invita incluso a los malos, porque también quiere que se salven, porque también les hace invitaciones continuas para lograr su conversión y no se pierdan eternamente.

Finalmente, entre los invitados había uno que no llevaba el vestido nupcial. Esto significa en el lenguaje espiritual que para poder ser aceptado en Las Nupcias del Cielo, es necesario estar vestido con la gracia de Dios: el bautismo, la gracia, los sacramentos, guardar los diez mandamientos con sinceridad.

Eso nos lo dice por la «costumbre» antiquísima que practican los falsos religiosos, los que guardan apariencia de piadosos, de gente «aprobada por la autoridad», de gente «muy digna», que más bien les basta con aparentar en lugar de ser sinceros y honestos: esos son precisamente los que se quieren colar al Reino de los Cielos, sin el vestido nupcial. Pero se olvidan de lo que nos advirtió San Pablo: «De Dios, nadie se burla.» Gálatas, VI, 7.

¿Cuándo estamos despreciando la invitación a la boda Celestial del Padre?

– Cada vez que me niego a practicar la caridad con el prójimo.
-Cada vez que miro hacia otra parte cuando veo un necesitado.
-Cada vez que le niego a alguien el perdón.
-Cada vez que pongo pretextos para no dedicarle unos minutos de oración a Dios.
Y un gran etcétera.

Si nuestra conciencia está tranquila, Jesucristo está siempre a nuestro lado y eso es lo que hace la carga y la cruz más ligeras y llevaderas.

Los Santos siempre estaban deseando ofrecer o hacer algo por Dios durante todo el día. Y precisamente eso les daba la capacidad de tener el alma preparada para ir a las bodas celestiales en caso de ser llamados en cualquier momento:

“Speciosa in conspectu Domini, mors sanctorum ejus.”

El momento de la muerte de los Santos es hermoso ante los ojos del Señor.” Salmo, 116.

Ave María

Padre Ricardo Ruiz+

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Padre Ricardo Ruiz

Padre Ricardo Ruíz: 1980 Filosofía y latín en el Seminario Ntra. Señora Corredentora de Buenos Aires; 1986 Teología, Francés en Suiza; 1988 Ordenación sacerdotal, Seminario San Pío X, Suiza; 1988 Primer apostolado de parroquia en San Nicolás du Chardonnet, París, Francia; 1988-1990 Misión Parroquial en Mexico; 1991 - 2000 Madrid. España; 1996-2000 Exorcista "Ad Actum" en Valencia; 2000 - 2001 Parroquia en Wausau, Wisconsin, EEUU; 2000-2001 Capellán Hermanas del Corazón Real de Jesús. María Alm, Austria; 2002 - 2006 Capellán de convento Hermanas De La Presentación, Iowa, EEUU; 2006 - 2018 Casa De Retiros San José. Madrid, España.