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IV Viernes Cuaresma: Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?

PorMarchando Religion

Mar 25, 2022
IV Viernes Cuaresma Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado-MarchandooReligion.es

Les invitamos a leer esta Meditación pausadamente y sin prisas, para poder interiormente entrar como decía San Pablo de la Cruz, en este inmenso mar de amor, que es la Pasión de nuestro Señor Jesucristo.

IV Viernes Cuaresma: Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?

Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?

Mt 27,46

Si no hubiera infierno, ¿Por qué sus ignominias, sus sufrimientos y su sacrificio en la Cruz? (El fin del mundo y los misterios de la vida futura. Charles Arminjon1)

Pequeño extracto de la Meditación del V. P. Luis de la Puente sobre la Cuarta Palabra que Cristo nuestro señor habló en la Cruz.2

Cerca de la hora nona, que era a las tres de la tarde, exclamó Jesús diciendo: Eli, Eli, Lama Sabactaní, que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me desamparaste?.

Ésta fue la cuarta palabra que Cristo nuestro Señor pronunció en la Cruz poco antes de expirar, y la dijo con gran clamor para que se entendiese que estaba vivo, y para declarar el afecto con que la decía, afligidísimo por el desamparo interior que sentía…

También se ha de considerar el sentimiento grande que tendría la Santísima Vírgen cuando oyó decir a su Hijo estas palabras…Cómo debieron penetrar en su corazón…Y es de creer, que como Ella sabía también los salmos de David, juntamente le proseguiría en su corazón.

Oh Maestro dulcísimo, no me desampares, y cuando desfalleciere mi virtud, no me desampare tu gracia.

Extracto del Sermón sobre la Cuarta Palabra que pronunció Cristo en la Cruz, de Fr A. Royo Marín O.P.3

Cerca de las tres de la tarde, nuestro Señor lanzó este grito desgarrador: «Dios mío. Dios mío, por qué me has abandonado», expresión que señala el momento culminante del martirio de nuestro Señor en la Cruz.

El gran teólogo nos da tres explicaciones sobre el significado de estas palabras de nuestro Señor en la Cruz:

Primera explicación.

Jesucristo nuestro Señor comenzó a recitar en voz alta el salmo 21, que empieza precisamente con estas palabras:

«Dios mío. Dios mío, por qué me has abandonado», y continuó después recitando todo el salmo en voz baja.

Como nos recuerda Royo Marín, la inmensa mayoría de los judíos sabían el salterio completo de memoria. Y en ese Salmo, el profeta, muchos siglos antes de que ocurriese la escena del Calvario, describe maravillosamente todo lo que estaba ocurriendo entonces. En ese salmo se anuncian proféticamente los tormentos de Cristo clavado en la cruz:

«Todos los que pasan delante de mí se burlan y mueven sus cabezas»

«Soy un gusano y no un hombre, soy el deshecho de la plebe, me desprecian todos».

«Tengo mi lengua pegada al paladar, me rodea una turba de facinerosos»

«Han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos»

«Se han repartido mis vestiduras y echan suertes sobre mi túnica».

Y continúa explicando el gran teólogo:

Todo eso se estaba cumpliendo entonces al pie de la letra, en lo alto del Calvario. Todo estaba maravillosamente anunciado en el salmo mesiánico. Y nuestro Señor Jesucristo, con infinita delicadeza, después de haber afirmado delante del pueblo y de los jefes de la sinagoga que era Hijo de Dios, ahora en lo alto de la Cruz va recitando lentamente el Salmo 21 para decirles una vez más a los judíos: «¿Pero no veis que se está cumpliendo al pie de la letra todo lo que dice el Salmo de mí? Y fue recorriendo poco a poco todo el Salmo mesiánico para que cayeran en la cuenta de que era Él el Redentor, el Mesías anunciado por los profetas.

Segunda explicación

Según Royo Marín, Santo Tomás de Aquino, el príncipe de la teología católica, da una explicación también sencillísima con sólo añadir una palabra a esa expresión misteriosa de nuestro Señor en la cruz.

El sentido, según Santo Tomás de Aquino, sería el siguiente: «Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has abandonado en manos de mis enemigos?, ¿por qué has permitido que me claven en la cruz?» Nada más, nos dice Royo Marín. No hay más misterios.

Y esto no lo diría Cristo en son de queja, sino sólo para que nosotros cayéramos en la cuenta de los sufrimientos inefables que estaba padeciendo en la cruz. Nuestro Señor Jesucristo sufrió con una sinceridad enorme. Hizo milagros inmensos para socorrer las necesidades de los demás, pero jamás hizo un solo milagro en beneficio propio. Estaba sufriendo un tormento espantoso y una terrible tortura; y en prueba de ello y para que no nos cupiere la menor duda, lanzó esta dolorosa exclamación: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has entregado en manos de mis verdugos que me atormentan de esta manera?».

Tercera explicación.

Nos explica el teólogo que es dogma de fe católica, como todos sabemos, que nuestro Señor Jesucristo quiso salir, voluntariamente, fiador y responsable ante su Eterno Padre por todos los pecados del mundo.

El fiador, cuando da su firma como garantía de una persona no debe nada a nadie.

Pero si aquel a quien respalda con su firma resulta insolvente, tiene que pagar la deuda ajena.

Éste es el caso de nuestro Señor Jesucristo.

La humanidad era insolvente ante la justicia infinita de Dios.

Y, al menos en razón de la distancia infinita que hay de nosotros a Dios, no podíamos rellenar aquel abismo insondable que el pecado había abierto entre Dios y los hombres.

La humanidad entera, puesta de rodillas, era insuficiente para salvar aquel abismo. Éramos insolventes. No podíamos rescatarnos a nosotros mismos de las garras del infierno. Pero nuestro Señor Jesucristo, al juntar bajo una sola personalidad divina las dos naturalezas, divina y humana, en cuanto hombre podía representarnos a todos nosotros, y en cuanto Dios, sus actos tenían un valor infinito. Únicamente Él podía rellenar aquel abismo insondable con una superabundancia infinita.

Cristo salió voluntariamente fiador de la humanidad caída. Y el eterno Padre, viendo a su Divino Hijo, que personalmente era la inocencia misma y la santidad infinita, pero que quiso revestirse voluntariamente de la lepra y los harapos del hombre pecador, descargó sobre Él el peso infinito de su justicia vindicativa…

Y le hizo experimentar el espantoso desamparo que merecía, no Cristo, sino toda la humanidad pecadora. Y entonces fue cuando lanzó aquel grito desgarrador:«¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!».

Y nos resalta el teólogo, que no dice Padre mío, como dijo en la primera palabra y como dirá inmediatamente después en la séptima. No dice «Padre», sino «Dios mío». No habla ahora en plan de hijo. Ahora habla en plan de pecador, de representante de todos los pecadores del mundo. Y por eso no emplea el dulce nombre de Padre, sino una expresión llena de respeto y adoración: «Dios mío»…

¿Quién sabe, Jesús de mi alma, lo que en el momento de mi muerte puede ocurrir? ¿Quién sino Tú lo sabes?

¿Será posible, Dios mío, que me llames y no te atienda?

¿Podrá ser que al oír tu voz no vaya a tu lado?

¿Quién sabe, Jesús de mi alma, lo que en el momento de mi muerte puede ocurrir? ¿Quién sino Tú lo sabes?

Por eso, Padre de mi alma, cuando mi hora sea, no te limites a llamarme solamente, sino jube me venire ad te. Mándame ir a Ti.

Y al saber que Tu palabra no es sólo una divina caricia, sino un solemne mandato, el instinto de la obediencia a Dios que es innato de las almas cristianas me llevará junto a Ti.

Jesús mío, no nos desampares durante la vida, y sobre todo a la hora de la muerte.

¡Señor!… a la hora de mi muerte llámame! Y mándame ir a Ti para que con tus ángeles y santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén.

Preparación de los textos: Grupo hijos de María.

1 Charles Arminjon (1824-1885), El fin del mundo y los misterios de la vida futura (Ed. Gaudete).

“La lectura de esta obra sumio mi alma en una felicidad que no es de la tierra. Esa lectura fue una de las mayores gracias de mi vida. La hice asomada a la ventana de mi cuarto de estudio y la impresión que me produce es demasiado íntima y demasiado dulce para poder contarla. Santa Teresa del Nino Jesús, Historia de un alma, Cap. 5.”

2 Meditación XLVIII, parte cuarta de las Meditaciones sobre los misterios de la Pasión de Cristo nuestro Señor.

3 Fuente: Meditaciones de la Pasión de nuestro Señor, de Antonio Royo Marín O.P.

Les animamos a consultar nuestra sección de Teología y Espiritualidad

Nuestra recomendación externa: El Salvador de Toledo


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