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Marchando Religión

Católica, Apostólica y Romana

Cuarto Domingo después de Pascua

PorPadre Ricardo Ruiz

May 19, 2019
Meditación del Evangelio

Evangelio del Domingo. Cuarto Domingo después de Pascua. Santa Misa Tradicional

Evangelio según San Juan XVI

En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: voy a aquél que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Mas porque os he dicho estas cosas, se ha llenado de tristeza vuestro corazón. Pero os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; que si no me voy, no vendrá a vosotros  el  Consolador; pero si me voy, os le enviaré. Y cuando venga él, convencerá al mundo en orden al pecado, en orden a la justicia y en orden al juicio.

En orden al pecado por cuan­to no han creído en mí; res­pecto a la justicia, porque me voy al Padre, y ya no me veréis; y tocante al juicio, porque ya ha sido juzgado el príncipe de este mundo. Aún tengo otras muchas co­sas  que  deciros;  mas por ahora no  podéis compren­derme. Mas cuando venga el Espíritu de verdad, él os enseñará  todas las verdades; pues no hablará por sí, sino que dirá las cosas que habrá oído, y os anunciará las venideras. Él me glorificará a mí, porque recibirá de lo mío, y os lo anunciará.

Cuarto Domingo después de Pascua. Meditación

“Conviene que Yo me vaya para que venga el Espíritu Santo consolador.”

El Evangelio de este domingo nos está preparando para la venida del Espíritu Santo. Y con esta espera se nos da un tiempo de pruebas y tentaciones para que mostremos nuestra fidelidad.

Cuando éramos pequeños y nuestros padres nos estaban apenas dando las primeras lecciones para dar nuestros primeros pasos, en ciertos momentos, con el fin de ponernos a prueba, nos dejaron solos para obligarnos a andar y para que tuviésemos la oportunidad de ejercitar el equilibrio por nosotros mismos. Nos vimos solos durante unos momentos y nos pareció que caeríamos, incluso nos pareció haber sido abandonados por unos momentos…sin embargo, ahí estaban nuestros padres, no nos habían abandonado, nos estaban poniendo a prueba.

Así obra Ntro. Señor Jesucristo con nosotros, parece que nos deja solos, tenemos la impresión de haber sido abandonados y llegamos en ocasiones a decirle “¿Dónde estabas cuando yo lo estaba pasando tan mal?”

El hecho que Él nos diga que conviene que se marche para poder enviarnos al consolador, al Espíritu Santo, significa que es necesario que pasemos un período de prueba para poder ser dignos de recibirlo algún día.

Seremos probados en la doctrina, en la fe, en la virtud, en la caridad, en la paciencia, en el sufrimiento.

Al hierro se lo prueba en la fragua, al oro en el crisol y al hombre en la tentación.” Proverbios, XXVII, 21.

En cierta ocasión, Santa Catalina de Siena tuvo un periodo terrible de tentaciones contra la pureza. Estuvo tan violentamente atacada y con tal sufrimiento, que le producían una gran amargura y tristeza esos momentos. Finalmente logró salir sin caer en tan atroces tentaciones. Días después, Jesucristo se le apareció y ella le recriminó:

“Señor, dónde estabas en esos momentos de tentación; estaba yo tan sola, con tanta angustia y temor de poder caer? Y Él le respondió:
¿Quien crees que te hacia sentir esa repugnancia contra la tentación y esa tristeza ante el mal que te tentaba? Si no te hubiese Yo infundido esos sentimientos de rechazo hacia el mal, hubieses caído en la tentación. ¿Ahora comprendes como Yo estuve siempre contigo?

San Efrén nos instruye sobre la tentación:

”El alfarero deja el vaso de tierra en el horno hasta que ha conseguido la conveniente dureza y entonces le saca de él con cuidado para que no se carbonice y no reciba daño alguno; así Dios suele dejar al hombre expuesto al fuego de la tentación, hasta que se fortalece en la virtud, pero no permite que el fuego de la tentación sea tan violento ni de tan larga duración, que pueda sufrir daño el alma que la padece.”

Aunque nos lleguemos a sentir muy solos, Él siempre estará presente. Parece que se ha ido, pero es sólo una apariencia porque es parte de la prueba. Santo Tomás de Aquino nos enseña en su teología, que si Dios dejase de pensarnos tan sólo un instante, dejaríamos de existir, ya que Él sólo nos da a cada momento y continuamente la existencia. ¿Cómo podría, pues, abandonarnos Aquel que no puede dejarnos ni un instante para que podamos seguir existiendo?

Por esa prueba de estar por un tiempo aparentemente solos, todos tenemos que pasar como parte de nuestra purificación. Que es lo mismo que nos decía San Juan de la Cruz y que se podría resumir en estas breves palabras:

En una noche muy oscura, estando ya mi casa sosegada; salió mi alma, sin ser notada.”

Esta vida es oscuridad, en comparación con la vida eterna y es un valle de lágrimas como lo solemos cantar en La Salve. Pero cuando se ofrecen con paciencia y caridad nuestros sufrimientos y miserias, nuestra alma se purifica, entonces LA CASA QUEDA SOSEGADA. Y sale de este mundo para un viaje eterno sin ser notada; porque a este mundo lleno de vanidad, superficialidad, materialismo y soberbia, no le interesan las almas que salgan con su espíritu purificado, corregido, lleno de buenas obras y virtudes, es decir, con su casa sosegada: es por ello, que no será notada.

“SI EL MUNDO ME HA ODIADO, A VOSOTROS TAMBIÉN OS ODIARA.” San Juan, XV, 18.

Necesitamos de esta purificación como el hierro en la fragua y el oro en el crisol para poder recibir la luz y el consuelo del Espíritu Santo.
«NUNCA OS DEJARÉ HUÉRFANOS, RECIBIRÉIS EL PODER DEL ESPÍRITU SANTO.» San Juan, XIV, 16.

En el Evangelio de hoy, también nos advierte que este mundo será reprendido: en orden al pecado, en orden a la justicia y en orden al juicio.

En orden al pecado porque es un grave pecado contra la verdad y sobre todo contra el Espíritu Santo, rechazar al Hijo, enviado por el Padre, quien dio testimonio del mismo con la vida, hechos, doctrina, profecías y milagros que en Él obró.

En orden a la justicia, porque el Hijo ha sido glorificado al haber cumplido la voluntad del Padre, por haber sufrido la muerte y después de resucitado le fue dado por estricta justicia, todo poder sobre el cielo y sobre la tierra; y ahora, el estar sentado eternamente a la derecha del Padre.

Y en orden al juicio, porque nadie debe ni puede escapar del juicio personal ni del juicio universal.

El mundo, con su padre Satanás y todos los hombres que se arrastran por el fango, para poder servirle, saben de sobra que ya están condenados en orden al juicio.

San Vicente Ferrer nos habla en su vida de un joven de vida desordenada y en el pecado, el cual tuvo en una de sus noches un sueño terrible. Vio a Jesucristo sentado sobre un trono de fuego, con gran majestad y acompañado de ángeles. Al despertar sus cabellos se habían vuelto blancos y temblaba de espanto. Sus amigos de fiestas le preguntaron cuál era la causa, el respondió: «Yo no sé si fue sueño o realidad, pero he visto una escena terrible, que me va a suceder algún día. Vi a mi juez, que con terrible mirada me echó en cara mis desórdenes de vida y me mostró mis pecados escritos en su libro… Vi a los demonios a punto de echárseme encima.» Pero sus amigos le decían, «Seguramente que sólo ha sido un sueño. Olvida esas cosas y diviértete…» Él les respondió: «¡Retiraos! Ya no seréis más mis amigos. Seguid viviendo en vuestros pecados, si queréis; pero yo cambiaré de vida y así prepararme para ese terrible día de mi juicio.»

El Rey Bugoris de Bulgaria, en aquellos tiempos pagano, en una ocasión quiso adornar con magníficas pinturas su palacio. El famoso pintor Metodio, que era católico, le pintó una escena del juicio final: Jesucristo en su trono de gloria; a su derecha, los buenos inundados de luz; a su izquierda, los malvados desesperados con semblantes horribles y a los demonios precipitándose en el infierno. Al ver el rey tan impresionante escena, se estremeció y le pidió a Metodio, que le explicase que significaba todo eso. Pocos meses después se hizo católico y con muchos de su nación pidieron ser bautizados. El rey repitió en varias ocasiones, «Que el día del juicio no quería ser condenado con los réprobos.»

Nuestra paz y nuestro consuelo es saber que no despreciamos al Espíritu Santo cuando nos sea enviado. Lo sabemos con certeza, por nuestros frutos, si hay caridad en nuestras obras hacia aquellos que nos rodean, lo sabemos si guardamos los diez mandamientos y las palabras de Nuestro Señor Jesucristo:

Quien escucha mis palabras y creé en Aquel que me ha enviado, tiene la vida eterna.” San Juan, VIII, 47.

¡Ven Espíritu Santo e ilumínanos con el fuego de tu luz!

P. Ricardo Ruiz Vallejo +

Cuarto Domingo después de Pascua

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Padre Ricardo Ruiz

Padre Ricardo Ruíz: 1980 Filosofía y latín en el Seminario Ntra. Señora Corredentora de Buenos Aires; 1986 Teología, Francés en Suiza; 1988 Ordenación sacerdotal, Seminario San Pío X, Suiza; 1988 Primer apostolado de parroquia en San Nicolás du Chardonnet, París, Francia; 1988-1990 Misión Parroquial en Mexico; 1991 - 2000 Madrid. España; 1996-2000 Exorcista "Ad Actum" en Valencia; 2000 - 2001 Parroquia en Wausau, Wisconsin, EEUU; 2000-2001 Capellán Hermanas del Corazón Real de Jesús. María Alm, Austria; 2002 - 2006 Capellán de convento Hermanas De La Presentación, Iowa, EEUU; 2006 - 2018 Casa De Retiros San José. Madrid, España.