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Amor matrimonial: El fuego del hogar

PorFirma invitada

Nov 17, 2021
Amor matrimonial El fuego del hogar-MarchandoReligion.es

En el artículo anterior el profesor Rafael Hurtado nos hablaba de las relaciones familiares y hoy, entramos de lleno en el amor matrimonial

Amor matrimonial: El fuego del hogar. Un artículo de Rafael Hurtado

Por esta razón, la institución matrimonial juega un papel relevante como máximo exponente de toda relación societaria. El matrimonio sustenta su carácter relacional por su naturaleza que en sí misma es renovadora, enraizada en la mutua atracción entre el hombre y la mujer,1 los cuales son testigos fervientes de su complementariedad –que tiende a la fecundidad–2 partiendo de su propia individualidad, de su propio ser. El hombre y la mujer unen sus vidas con vistas a perpetuar su amor conyugal, el cual tomará sustancia en el devenir del crecimiento de la “estirpe” humana. Muchas culturas han ubicado la institución matrimonial en el centro de su sentido ritual y religioso,3 incluso en aquellas de menor calado, siempre apuntalando hacia lo divino, a lo eterno, a lo permanente.

En ese sentido, se puede afirmar que el matrimonio es la única institución de naturaleza “anarquista,” como afirmó G. K. Chesterton.4 Es decir, que existe de modo previo a cualquier otro tipo de construcción social humana, ya sea la villa, la ciudad, el estado o incluso la nación, y, como ya se ha dicho, siempre manifestando su radical capacidad renovadora. Lo ha sido incluso en períodos de penuria y escasez: en tiempos de persecución, de declive social, o incluso frente a la decadencia moral. En la época moderna –quizás más que nunca en la historia–, cada matrimonio nuevo encarna una heroica afirmación de la vida misma, promoviendo la continuidad del espíritu humano, frente a todos los intentos contemporáneos de acabar con él.

Cada nuevo matrimonio representa un acto de “rebelión”5 en contra de los ambiciosos poderes políticos e ideológicos que tienden a reducir el quehacer humano a una pobre continuación de los intereses oligárquicos, siempre guardando en su semántica de amor la inconmensurable potestad que le es propia, a saber, el engendrar y educar hijos.6 En efecto, en cada matrimonio sólidamente constituido la imperante naturaleza humana vuelve “tira los dados” al momento de engendrar una nueva vida, única e impredecible, con sus cualidades y sus potencialidades.

El matrimonio, por ende, ha de custodiar dicha potestad radical que le es exclusiva. El hombre y la mujer, gozosos de una dignidad compartida frente al Creador, son portadores de unos dones especiales, propios de su naturaleza masculina y femenina, diferentes en su modo de pensar, de actuar y de ejercer sus cualidades. Su complementariedad convierte su unión en una entidad que supera la mera suma de sus partes. Al mismo tiempo, el matrimonio establece los fundamentos para la edificación de otras relaciones de tipo social, pues éste se torna en un pacto, un vínculo, entre dos personas individuales –hombre y mujer– que acceden a entregarse el uno al otro sin resguardos con vistas al cuidado, el respeto y la protección mutua, la cual se ha de manifestar como una total apertura a las nuevas vidas que puedan llegar a partir de su unión sexual.

Para ello, el vínculo matrimonial fundacional debe ser garantizado de modo “permanente.” Sin esta característica esencial, los esfuerzos del hombre y de la mujer por consolidarse como una caro (una carne) se ponen en entredicho. Los llamados matrimonios de “asociación libre” (o, de hecho), tienden a reservar una parte de sus recursos de tiempo y espacio y sus expectativas futuras, acompañados de un miedo sintomático –que se sigue expandiendo en nuestros días– que se contrasta con la plena consolidación de su mismo matrimonio y de sus irrenunciables responsabilidades.

Ciertamente, no hemos de olvidar que la promesa que conlleva la indisolubilidad matrimonial es en sí misma un motivante para desarrollar criterios de “negociación” ante las claras fallas y diferencias que los cónyuges descubrirán poco a poco en el discurrir de su vida en común. La experiencia confirma que las promesas incumplidas en este ámbito operan como una fisura que aparece repentinamente en los cimientos de un gran edificio, la cual se ha de extender con el paso del tiempo hasta el punto de colapsar la construcción en su totalidad.

Al mismo tiempo, cada matrimonio conlleva el establecimiento de un segundo vínculo entre la pareja conyugada y su prole. La institución matrimonial tiene a título de honor el juntar a dos familias en la promesa de nuevas criaturas, futuros ciudadanos de todo entorno social conocido, ensalzándolas y perpetuándolas hacia una nueva era. En cierto modo, en la familia matrimonial también representa la solución natural al conocido problema de la “dependencia” entre los seres humanos. Cada comunidad humana ha de dar respuesta a este reto: ¿quién cuidará del infante, del anciano, del minusválido, del convaleciente? ¿Quién se encargará de administrar los frutos del trabajo productivo entre aquellos que no son aptos para hacerse cargo de ellos mismos? En el orden natural de la vida humana, esta labor ha sido encomendada a la inmensa red de relaciones de parentesco, sublimemente exaltadas por aquella frase que todo matrimonio ha de jurar: en la salud y en la enfermedad.

Es aquí donde las funciones paternas y maternas son llamadas a escena, a fin de sanar, educar, y proteger a sus propios hijos hasta el punto de que ellos mismos puedan encargarse de su propia familia, quienes además serán acompañados de la sabiduría de sus ancianos, bastiones inefables del paso del tiempo y de la historia, todos unidos en un irrenunciable propósito: que todo miembro de la familia llegue a buen puerto. La aceptación de estas funciones es encomendada de generación en generación, siendo cada hijo el “continente” de un acervo cultural confiado por sus padres y por sus abuelos, tíos y primos, con vistas a la trascendencia. Este repositorio cultural ha de enseñar a los hijos a la responsabilidad que ellos mismos han de asumir al momento que engendrar a sus propios hijos, de tal modo que la “cadena” de deberes y virtudes en favor de sus familias no sufra ruptura alguna.

El matrimonio también establece un vínculo irrenunciable entre los cónyuges y la comunidad que habita. La procreación encomendada a la familia matrimonial ofrece la promesa de engendran nuevos miembros de la misma, quienes han de ser humanizados por sus mismos padres sin ser encomendados fríamente a otras instancias de carácter institucional, a fin de que éstos crezcan sanamente y lleguen a ser padres responsables que contribuyan al mejoramiento de sus propias familias y de su entorno más inmediato. Será predecible que los niños criados en su propia familia serán más saludables, más inteligentes, más trabajadores y honestos, más dados a la cooperación que sus contrapartes. Adquirirán las habilidades prácticas y sus respectivos conocimientos con un fuerte sentido comunitario, siendo menos propensos a la violencia, al abuso y a comportamientos autodestructivos.

Como tal, cada matrimonio representará la renovación de su propia comunidad, a través de la promesa que conlleva la procreación de nuevos miembros responsables de la misma. Quizás esta sea la razón por la cual toda sociedad sana ha de invertir lo suficiente en cada “ceremonia de paso”, según edad y según sexo, en cada etapa de la madurez del infante. El mismo matrimonio como sacramento es un claro símbolo de esta necesidad de mantener la unidad de la comunidad. La imagen del esposo y la esposa que se juran amor eterno en presencia de Dios y de sus allegados, representa la promesa cultural que da cuerpo a dicha unidad, misma que va más allá de la intimidad del hogar, transformando su entorno y dando consistencia a su vida cotidiana.

Los seres humanos estamos capacitados para comprender la fuerza de este vínculo, y de su clara interdependencia con el resto de la sociedad. Si la institución matrimonial es débil, o lo que es peor, se “politiza” o subordina a las ideologías en turno, las patologías sociales como el suicidio, el crimen, el abuso, la falta de salud (biológica y psicológica), así como la total subordinación al estado o a otras instancias de poder, serán la consecuencia. La prolongación de este desorden no se quedará allí, sino que se transformará con el tiempo en tasas bajas de conyugalidad, de natalidad, y por ende en el colapso de la economía, como ya lo estamos viendo.

Rafael Hurtado, PhD.

Departamento de Humanidades

Universidad Panamericana, Campus Guadalajara

1Véase Karol Wojtyla, Amor y Responsabilidad, (Palabra: Madrid, 2008), cap. 1.

2Véase Angelo Scola, The Nuptial Mistery, (William B. Eerdmans Publishing: Cambridge, 2005), p. 44.

3Véase Carle C. Zimmerman, Family and Civilization, (ISI books: Wilmington, 2008), pp. 257-260.

4G. K. Chesterton, What´s Wrong with the World, (Serenity Publishers: Maryland, 2009), p. 34.

5G. K. Chesterton, Cómo escribir relatos policíacos, (Acantilado: Barcelona, 2011), p 249.

6Rafael Hurtado, Reflexiones sobre el Trabajo en el Hogar y la Vida Familiar, (Eunsa: Pamplona, 2013), pp. 58-63.

Pueden leer el artículo que da inicio a esta serie: La familia natural: Sumisión a lo Sagrado

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