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El hombre de los guantes de tela

Jean de la Varende fue un novelista francés católico del siglo XX, admirador de Barbey d’Aurevilly, del que hemos tratado en un artículo anterior y con quien compartía adscripción política al legitimismo.

El hombre de los guantes de tela. Un artículo de Miguel Toledano

En 1943, Varende publicó la interesantísima novela que figura en el título. La trama nos sitúa en la Normandía rural de la mitad del siglo XIX, donde a pesar de la revolución liberal perduran los bellos usos del Antiguo Régimen; eso sí, con un pueblo empobrecido a manos de la burguesía en el poder.

Un desconocido leñador provoca la extrañeza de los lugareños. Cubre permanentemente sus manos con unos guantes de cáñamo como los que utilizan los podadores de espinos o los obreros del metal en la forja. Sus ademanes denotan origen nobiliario y una gran piedad religiosa – que en este caso coincide con la de los normandos.

Su carácter huraño contrasta con el bien que, discretamente, hace a los distintos miembros de la comunidad. Todos se preguntan por qué se halla ese hombre entre ellos, renunciando a cuantas comodidades podría disfrutar; de quién se esconde el Señor Luis, como le llaman.

Una orden de comparecencia rutinaria alerta al fugitivo. Afortunadamente, goza de la protección del Duque de Loigny, antiguo señor de la zona, por lo que la declaración ante la autoridad revolucionaria se salda sin consecuencias. La comparecencia le lleva a conocer brevemente a Jacqueline, una chica de veinte años que le causa una grata impresión.

Son precisamente el Duque y su sobrina, la veinteañera Condesa Amicia de Tallard, a quien en círculos aristocráticos se conoce como Monette, quienes aseguran material y espiritualmente el sustento de toda la región. Lo que los campesinos y pescadores desconocen es que Luis, irreconocible para todos detrás de una gran barba que se ha dejado crecer, es en realidad el padre de la Condesa. Si supieran también que fue él quien acabó con su propia esposa…

De pronto, se produce un altercado con la policía liberal relacionado con el contrabando. En un principio, Luis cree que se trata de una redada para apresarle; cuando se da cuenta de que la operación nada tiene que ver con él, trata al menos de salvar de la muerte a un hombre, siendo los demás apresados. El agonizante es tío de Jacqueline; las heridas son demasiado serias como para que pueda sobrevivir, por lo que Luis asegura, al menos, la presencia del Padre Allard, que administra al moribundo sus últimos sacramentos.

Por su parte, la joven aprende de su madre Doña Juana que es hija ilegítima. Habiendo recibido una educación jansenista, la noticia provoca en Jacqueline una revuelta contra Dios, considerándose falta de gracia santificante e indigna para cualquier eventual matrimonio futuro, incluso si ella nada había hecho para merecer tal calamidad.

Aunque el Señor Luis la consuela, este episodio nos sirve para penetrar brevemente en los vicios de la secta de Jansenio, herejía que emponzoña hasta nuestros días una parte del mundo católico francófono. A ojos de cierta sociedad, la joven no es merecedora de aprecio por parte de los puros; y ese juicio social y humano se transfiere a la interesada con pretensiones divinas. Como si la redención no fuese posible, como si a pesar de su juventud fuese demasiado tarde, como si las obras y los sacramentos no contasen.

A renglón seguido, el autor desplaza la acción a París por un instante; el joven asesino profesional “Pavesa”, además de gozar con las mujeres, se dedica a preparar un nuevo crimen. Esta vez, ha concebido un plan para acabar con el Señor Luis a fin de embolsarse una suculenta recompensa, por lo que rápidamente se traslada a la región normanda para llevarlo a cabo. “Pavesa” y la policía encarnan al nuevo régimen liberal.

Al poco tiempo, leemos cómo Luis, acompañado por Jacqueline, descubre que alguien ha entrado en su escondite y manipulado sus armas. Todavía en guardia ante la situación, recibe la visita de los aldeanos, que le piden encabece una operación contra la policía del nuevo régimen. Así lo hace, convencido de la honradez de la empresa, y el resultado se salda con un gran triunfo.

Reaparece en escena el Padre Allard; al igual que el estamento aristocrático, el autor nos presenta la generosidad de la Iglesia con los más necesitados a través de este personaje. Sin embargo, en esta ocasión recibe el sacerdote la visita de un vendedor ambulante; se trata del siniestro “Pavesa”, disfrazado. El maleante -revolucionario y, como tal, siempre convencido de la connivencia típica del Antiguo Régimen entre nobles y clérigos- ha podido saber que el párroco y el Señor Luis se conocen bien. Mas no consigue averiguar mucho más de su objetivo.

El pueblo normando estima a sus señores naturales y muchos de los pueblerinos presienten que el pequeño vendedor ambulante no es honrado; por lo que le dan indicaciones falsas sobre el paradero del Señor Luis, con el fin de proteger a éste. El parisino pronto comprende que no ha de fiarse de estos rústicos ignorantes, quienes no parecen dejarse engañar tan fácilmente; para mejorar sus posibilidades de éxito, comienza a imitar el acento de la región.

El Duque vuelve a proteger a Luis, esta vez en relación con la operación que ha comandado contra la policía y en favor del pueblo. Regresa a casa, donde ha cambiado la cerradura porque alrededor de la cabaña ha detectado nuevas pisadas de un desconocido. Al volver a encontrarse con Jacqueline, ésta le declara su amor. Luis, veinte años mayor, también está prendado de la joven normanda.

Mientras ambos se intercambian lamentaciones sobre sus respectivos pasados, “Pavesa” les espía. Disfrazado aún de vendedor ambulante, comienza a interesarse por Jacqueline. Ésta descubre que la cabaña de su amado sigue siendo objeto de registro. No le cabe duda de que el pequeño forastero está maquinando algo grave contra Luis.

Ya he señalado al comienzo que el autor es admirador de Barbey d’Aurevilly. En homenaje a él, Varende hace una especie de alto en el desarrollo de la historia y nos transporta a la mansión del Duque, donde se recibe a un dandi cuarentón – colocando de esta manera al gran escritor homenajeado en el foco del argumento. El excéntrico visitante cuenta a su anfitrión dos relatos que se insertan en la intriga a modo de breves cuentos “diabólicos”, que vendrían a ser una suerte de continuación de los que en su momento escribió Barbey.

En el primero, contemplamos cómo él mismo asaltó de joven un convento en España, formando parte del ejército de Bonaparte y violando con sus compañeros a todas las monjas que allí se hallaban. Dicho primer relato entronca con nuestra Cruzada de 1936, pues no olvidemos que cuando Varende publica su obra, aquélla ya ha concluido con la Victoria de los alzados. Los liberales franceses se constituyen, pues, en precursores de los republicanos españoles.

El segundo relato es todavía más típicamente daurevilliano, en el sentido de mostrar sin tapujos, más bien al contrario, que el pecado conduce al desastre físico y moral: Un duque viudo se encaprichó de una joven oportunista, hasta el punto de que ésta le obligó a casarse con él. Los dos hijos del viejo también se enamoriscaron de la demoníaca mujer; tal era la desgracia que provocaba a su alrededor que el padre se suicidó al saber que sus propios vástagos rivalizaban con él en el amor prohibido. Los hermanos, contaminados de la maldad lujuriosa, no se conmovieron por la dramática desaparición de su progenitor, pero sí al saber que ambos ansiaban los amores de la bella. Tras matarla, fueron condenados los dos a galeras.

Entretanto, “Pavesa” sigue estrechando el cerco sobre Luis y se ha encaprichado de Jacqueline. Aprovechando la soledad de ésta, le formula un espantoso chantaje: o se entrega carnalmente a él o denunciará a su amado a las autoridades liberales, que sin duda le aplicarán la pena de muerte mediante guillotina por el crimen que cometió contra su esposa. La joven no tiene más remedio que ceder a la violación para salvar al héroe, perdiendo su preciada virginidad.

Por su parte, el viejo Duque se prepara para la muerte que, poco a poco, se le acerca. Muchas imágenes de sus innumerables aventuras lujuriosas, incluida una violación en España sospechosamente coincidente con el primer relato del dandi, se agolpan en su memoria; cuando, de pronto, le visita la madre de Jacqueline, completamente desesperada, para informarle de que su hija ha desaparecido.

Loigny, antiguo militar, decide emprender la búsqueda de la joven. El autor nos deja entender que el aristócrata es, en realidad, el padre de Jacqueline. Ésta ha huido junto a “Pavesa”; en medio del camino, enfurecida por la bajeza del parisino, le ataca. Él, tratando a la mujer como acostumbra, la insulta y la agrede con manos y pies.

En ese preciso momento hace acto de presencia el duque, justo a tiempo de acabar con el malhechor y de ser aclamado por sus antiguos súbditos, que han acudido al oír los gritos de la joven y del malvado buhonero de París.

En esta ocasión es el padre Allard quien trata de consolar a Jacqueline, explicándole que todo su sufrimiento tiene un sentido y que precederá su gloria eterna. El sacerdote llega a afirmar que hasta “Pavesa” pudiera haberse salvado gracias a la misericordia divina; que el infierno es, en realidad, esta vida; que no hay condenados y que posiblemente el mismo Judas fuera justificado. Se mezclan aquí postulados aceptables con tesis heterodoxas, lo que a la altura de la publicación de la novela era ya común en la Iglesia francesa; no se olvide que sobre las semillas del modernismo se construiría el humanismo democristiano de Maritain.

Cuando Luis comprende que Jacqueline no podrá acudir virgen al matrimonio, siente una tristeza mucho más dura que toda la penitencia a la que voluntariamente se ha venido adhiriendo en los últimos tiempos por el crimen que perpetró. Sin embargo, se recupera de ese sentimiento de aflicción y comprende que debe casarse con ella.

Antes de autorizar el sacramento del matrimonio, el padre Allard exige a los novios que se confiesen ambos. Él debe dar ejemplo de fe si va a fundar una nueva familia; ella ha pecado, sin perjuicio de las graves atenuantes que sufrió.

Una vez juntos para siempre, Luis y Jacqueline deciden partir rumbo al extranjero. El Duque y su sobrina, acompañados de Barbey d’Aurevilly, ven cómo se aleja el barco rumbo a Jersey y desde allí… Monette visitará a su padre algún día, ahora que definitivamente se ha transformado en un hombre nuevo, habiendo abrazado la fe para siempre, como corresponde a su linaje.

No me consta que esta novela esté traducida al idioma castellano, pero sería de gran provecho, toda vez que toca diversos asuntos que por su naturaleza atemporal pueden considerarse característicos de un clásico. Entre ellos, la bondad frente a las asechanzas de la revolución liberal, encarnada en la antipática policía y en “Pavesa”, que aprovecha la inestabilidad creada por el Nuevo Régimen para materializar sus desmanes. O los excesos del jansenismo, corrupción de la fe al norte de los Pirineos. O el afán cristiano por expiar los pecados en este mundo a través de una penitencia que reduzca la pena del purgatorio.

Miguel Toledano Lanza

Domingo segundo después de Pentecostés, 2021

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