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Sentado a la derecha del Padre

MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO. Sentado a la derecha del Padre. Rev. D. Vicente Ramón Escandell

MISTERIOS DE LA VIDA DE CRISTO

SENTADO A LA DERECHA DEL PADRE

1. Relato Evangélico (Mc 16, 15-20)

Por último, les dijo: “Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas. El que creyere y se bautizare se salvará; pero el que no creyere, será condenado. A los que creyeren acompañarán estos milagros: en mi nombre lanzarán los demonios; hablarán nuevas lenguas; manosearán las serpientes, y si algún licor venenoso bebieren, no les hará daño; pondrán las manos sobre los enfermos, y quedarán éstos curados.

Así el Señor Jesús, después de haberles hablado varias veces, fue elevado al cielo por su propia virtud; y está allí sentado a la diestra de Dios. Y sus discípulos fueron y predicaron en todas partes, cooperando el Señor, y confirmando su doctrina con los milagros que la acompañaban.

2. Comentario exegético

El Evangelio según san Marcos termina afirmando que el Señor resucitado está en los cielos. Recuerda su lenguaje la <<ascensión>> de Elías. La proclamación de su gloria se expresa con el salmo 101,1 en que se reconoce a Cristo <<sentado a la diestra de Dios>>. Es estar en su misma esfera divina y participando de sus poderes.

La expresión <<Señor Jesús>> es muy rara en los evangelios. En otros pasajes neotestamentarios se usa con frecuencia en Hechos y Pablo. Y tanto en varios de estos pasajes como en la Iglesia primitiva, el titulo Señor, el Kyrios, aplicado a Cristo, era una confesión de divinidad. Que es la confesión con que comienza su evangelio san Marcos.

Un relato más detallado de la <<ascensión>> de Cristo se refiere en el Evangelio según san Lucas (24, 50.51 y Hechos 1, 9-11)

El final del Evangelio reconoce la obra misionera de los apóstoles y la confirmación que Cristo les hacía con milagros. Es ya la predicación y extensión de la fe, vista desde la perspectiva histórica de la Iglesia con unas decenas de años.

3. Reflexión

Los dichosos apóstoles y todos los discípulos que se habían alarmado por la muerte de cruz, y habían vacilado en la fe de la resurrección, de tal suerte fueron confortados ante la evidencia de la verdad, que al subir el Señor a lo más sublime de los cielos, no sólo no experimentaron tristeza alguna, sino que se llenaron de una gran alegría.

De esta manera describe el Papa San León Magno el efecto en el corazón de los apóstoles del misterio que hoy celebramos y que, místicamente, se renueva en cada celebración eucarística, como cima del misterio redentor de Cristo.

Escribí el primer libro, Teófilo, sobre todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por Espíritu Santo a los apóstoles que él había elegido, fue elevado al cielo.1 Con estas palabras inicia san Lucas su relato de los Hechos de los Apóstoles, y en ellas nos presenta la Ascensión del Señor como la culminación de su presencia física en medio de los hombres. Aquel que existió desde toda la eternidad junto al Padre, que se había hecho hombre en el seno de la Virgen María, y que por nosotros y para nuestra salvación padeció, murió y resucitó de entre los muertos; retorna, ante la mirada atónita y expectante de sus apóstoles, al Padre para ser elevado a su diestra y regir desde ella todo lo creado.

Oráculo del Señor a mi señor: “Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como estrado de tus pies.”2 Este oráculo de David alcanza su pleno cumplimiento con la Ascensión de Cristo, de una doble manera: Jesús es exaltado a la diestra del Padre por su condición de Hijo de Dios, pero también por su condición de Siervo sufriente, que, por su dolorosa pasión, es reivindicado por el Padre como el más Justo ente los justos. En cuanto Dios y Dios hombre, le correspondía a Jesús, tras su gloriosa resurrección, un lugar acorde con su dignidad y su igual naturaleza con el Padre; y “puesto que la fuerza de todo su amor al Padre y al género humano le empujó a los tormentos de la Pasión y a la muerte de cruz”3, no podría quedar este doble amor sin su justa recompensa, que no podía ser otra que sentarse a la diestra de Dios, es decir, participar de la esfera divina y de su poder. Toda esta verdad, la resume magníficamente el Apóstol al proclamar, en su Carta a los Filipenses, que Cristo siendo de condición divina, no considero como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo (…) se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y por eso Dios lo exalto.4

Subiste a las alturas, conduciendo los cautivos a la cautividad; tomaste a hombres como tributo, incluso rebeldes, para poner allí tu morada, ¡oh Señor Dios! Estas palabras del salmista, que proclaman la entrada victoriosa de David en Jerusalén, la Iglesia las aplica a Cristo exaltado a la diestra del Padre en su Ascensión. Cristo, como antaño hiciera el rey David, ha vencido y conquistado a sus enemigos, Satanás y la muerte, y en su ascenso a la Ciudad Santa, la Jerusalén del Cielo, lleva consigo a todos aquellos que habían sido sometidos a la servidumbre del pecado. En su Ascensión, nuestra humanidad, desterrada de la esfera divina por el Pecado Original, entra de nuevo en ella para ser situada en la diestra del poder de Dios, pues habiendo tomado nuestra débil condición humana, la exalto a la derecha de la gloria de Dios5. Logrando además la sumisión de todo lo creado, no sólo del mundo visible, sino también del invisible, de los justos y de los pecadores, de los ángeles y de los demonios, pues el Padre le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos6.

También ahora vosotros os entristecéis, pero os volveré a ver y se alegrara el corazón, y nadie os quitara vuestra alegría7. La Ascensión del Señor es motivo de gozo y de alegría para el cristiano, como también de fortaleza para su fe en medio de las tribulaciones del tiempo presente. Por ella, se ve fortalecida nuestra esperanza en la recompensa que nos aguarda después de las luchas de esta vida, “con tal de que padezcamos con él, para ser con él también glorificados”8 ;nuestra fe se ve consolidada, especialmente, en lo referente a las realidades invisibles, que nos animan a una vida santa, merecedora de ellas; y nuestra caridad es avivada por la gracia del Espíritu Santo que, enviado por el Señor tras su Ascensión, actúa a través de los sacramentos de la Iglesia, canales ordinarios de la misma.

Teniendo, pues, un gran Pontífice que penetró en los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengámonos adheridos a la confesión de la fe9. Todos estos dones y frutos que adquirimos en virtud del misterio de la Ascensión, proceden de la incesante oración de Cristo ante el Padre por nosotros. Él asciende al Santo de los Santos, no sólo como el Hijo de Dios y el Siervo Sufriente triunfante, sino también como Sumo Sacerdote que, penetrando en el verdadero Tabernáculo, intercede con oraciones y suplicas eternas ante el Padre por sus hermanos, pues asemejándose en todo a nosotros, se hizo Pontífice misericordioso y fiel en las cosas que tocan a Dios, para expiar e interceder por los pecados del pueblo10.

Gran misterio el que hoy celebramos y que se actualiza en la Liturgia de este día. Por el que “con Cristo y ofreciendo a su Padre sus méritos, no hay tentaciones invencibles, ni dificultad insuperable, ni adversidad sin consuelo, ni alegría insensata de la que no podamos desprendernos.”11

4. Testimonio de los Padres de la Iglesia

SAN GREGORIO MAGNO (590-604)

<<Pero se dirá tal vez cada cual a sí mismo: Yo seré salvo porque he creído. Y así será en efecto, si une las obras a la fe; porque la verdadera fe consiste en que no contradiga la obra lo que dice la palabra. “Pero el que no creyere será condenado”.>>

Homilia in Evangelia, 29

5. Oración

Señor y Dios nuestro, que, por tu gloriosa Ascensión, has sido exaltado a la diestra del Padre, desde la cual gobiernas cielo y tierra; haz que, por la consideración de este misterio, nos elevemos sobre nuestras miserias, para alcanzar la eternidad donde gobiernas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por lo siglos de los siglos. Amén.

LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI

Rev. D. Vicente Ramón Escandell Abad

1 Hch 1, 1-2

2 Sal 110,1

3 GERMAN DE S. ESTANISLAO – BASILIO DE S. PABLO: Santa Gema Galgani, p. 312

4 Flp 2, 6-8

5 Comunicantes de la solemnidad de la Ascensión. (PEI)

6 Flp 2, 8-10

7 Jn 16, 22

8 Rom 8, 17

9 Heb 4, 14

10 Cf. Heb 2,17

11 COLUMBA MARMIO, Beato: Jesucristo en sus misterios, p. 276

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